Reseñas. Su lectura es como visitar un salón de belleza seis
veces en una semana
Su lectura es como visitar un salón de belleza seis
veces en una semana
De los amores negados
Ángela Becerra
Villegas Editores, Bogotá, 2003, 461 págs.
En la carátula, una paloma roja que despliega sus alas nos
anticipa el tono de la novela, el título lo confirma y el contenido
no nos toma por sorpresa.
En los últimos años se ha puesto énfasis en la condición de las
mujeres, en su libertad, su sexualidad, su espacio propio -como lo
llamó la Woolf-, su independencia, la ruptura de esquemas, etc.
Incluso, en un extraño intento semántico, en la actualidad se debe
hablar de niños y niñas, hombres y mujeres, gatos y gatas, mirlos y
mirlas, ahora es un desacato referirse -como antaño el discurso
filosófico-, al hombre como humanidad. En los planteles educativos,
llamados también así ahora, y no escuelas o colegios (además, casi
siempre tienen nombre de correccional), se refieren a los alumnos y
las alumnas, profesoras y profesores, maestros y maestras; en las
entidades públicas tardan años encabezando los discursos y dan
tumbos para referirse a temas triviales y buscar el termino
femenino para no herir susceptibilidades. Ni qué decir del virus
que carcome el lenguaje coloquial: ya nadie oye, todo el mundo
"escucha"; tiene cabello, y pelo es una palabra soez;
nadie pone sobre la mesa, sino "coloca" y pocos espichan,
tienden a "oprimir". Estos malos vientos afectan al país
entero y se cuelan por doquier. De la misma forma aún se insiste en
encasillar a la literatura en "femenina", "de
alteridad", "alterna" y lo demás.
Cuando leemos a la premiada Laura Restrepo en Delirio, se lee
una estructura genial, donde los hilos no se pierden y la urdimbre
se teje entre buen humor y maestría. No es literatura femenina
aunque está escrita por una mujer y la protagonista lo es también.
Es decir, si se omite el nombre del autor la novela se sustenta por
sí misma, no hay que defenderla exclamando: -¡Ay, pero si lo
escribió una mujer!-. Es literatura y no debe tener género, es
buena o mala, legible o impasable, escrita con maestría, narrada
con deleite, estructurada con talento.
Pero tal vez me alejo del tema. La paloma roja de la carátula
nos deja entrever aquello que vamos a encontrar... Una novela rosa,
rosa carmín, si se puede exagerar, rosado Soacha para los
nacionales, rosado dulce de Semana Santa de Zipaquirá. En las
peluquerías y en las filas de los supermercados alguna vez hemos
ojeado Vanity Fair, Cosmopolitan, Vanidades o Marie Claire. La
licencia se permite entre los vapores de los secadores de pelo y
las conversaciones trascendentales de las dientas y las angustias
de los peluqueros. Y la sensación, leyendo esta novela -escrita por
una publicista exitosa que ha incursionado en la poesía también-,
es la de estar sumergido en una de esas aventuras
romántico-sensuales, eróticas, que tanto éxito han tenido en estos
círculos.

Juzgue el lector en el siguiente trozo:
Era una noche de carnaval y fiesta, pero ella había huido en
busca del húmedo mar; amaba la soledad del oleaje, la simetría de
su música. Se había quitado los zapatos para sentir el crujir de
las caracolas trituradas bajo sus pies, otro sonido que adoraba.
Había llegado a la orilla, y se había sentado a escuchar el vaivén
de las olas...su respirar y expirar constantes. En ese momento
había entendido que las olas eran la respiración del
mar...
Fiamma dei Fiori, de profesión psicóloga, experta en oír dolores
ajenos; Estrella, coleccionista de ángeles, directora de una ONG,
"Amor sin límites", y Martín, periodista y escritor de
poemas en los arrebatos de amor, marido de la primera y hombre en
cuestión. Las dos mujeres se conocen porque a la psicóloga le cae
encima uno de los ángeles de Estrella y termina siendo su paciente
y amiga. Pero el ángel que le cae luego a Estrella no es de yeso,
argamasa ni madera; es el mismo marido de Fiamma. La coleccionista
de ángeles reencuentra su sexualidad refundida gracias a un ex
marido violador y opresivo; la psicóloga pierde la suya y a su
marido entre el tedio de un matrimonio de años y las sorpresas que
le desvelará su nueva estrella. Fionna sigue atenta las aventuras
del ángel y su amiga, a quien alienta y le presta libros para
desatar su sexualidad, sin sospechar la pasión que está
alimentando:
Ese sábado, Agualinda era un paraíso perdido que esperaba
ansioso urgirse de enamorados: los corazones de Estrella y Ángel,
reventados en aleteos de alegría y gozo, acompañaban los fastuosos
remolinos de arrugados tafetanes y tules que vestían y desvestían
sus ardientes playas en apasionada y armónica danza.
La psicóloga no se queda atrás, encuentra un escultor que antes
de conocerla la ha reproducido en hermosas y expresivas esculturas,
que representan, todas y cada una, los dolores y la soledad de las
mujeres. El umbral de la infidelidad sobrepasa los límites, Fionna
reencuentra su vida entre la greda y la talla y descubre a la vez
la traición de su marido.
El lector se imaginará el final. Hay arrepentimiento, claro.
Ella huye de todo y se desaparece convertida en escultora anónima,
ya sin su amante. Con el paso de los años, él siente que se
equivocó y que su verdadero amor siempre había sido la psicóloga.
Cuando la nieve blanquea sus cabezas, se encuentran en una
playa.
Continuar con los detalles sería fatigoso. La ventaja de las
novelas rosa leídas en las revistas de las peluquerías es la
brevedad. Ésta supera las cuatrocientas páginas. Su lectura es como
visitar un salón de belleza seis veces en una sola semana; casos se
han visto y sobra anotar que se asegura que el libro ha sido un
verdadero éxito. De todo hay en la viña del señor. Y para todos los
gustos.
JIMENA MONTAÑA CUÉLLAR