INVESTIGACIONES ARQUEOLÓGICAS EN VILLA DE LEIVA

 

Eliécer Silva Celis

La asociación directa e indirecta tanto a las columnas y monolitos de las estructuras arqueológicas rectangulares, como también a los demás monumentos de piedra tallada del "Infiernito", de la cerámica y la orfebrería, de los elementos de hueso y de concha de mar, los utensilios de piedra, como los torteros o volantes de hueso, lo mismo que las prácticas culturales, religiosas y mágicas, etc., todo lo cual, siendo, como en efecto lo es, de acuerdo con todos los contextos, propio de los chibchas o muíscas no da lugar a dudas de que estos nativos fueron los artífices de las admirables construcciones en piedra tallada tanto de Villa de Leiva como de Sutamarchán, Tunja, Ramiriquí, Tibaná, Paz del Río, etc. (Lámina. I).

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Foto de Wolfgang Sievers

La erección, con fines astronómico-religiosos, de las dos singulares construcciones rectangulares de piedra tallada del "Infiernito" convirtió los sitios donde éstas funcionaron durante milenios, en lugares sagrados por excelencia. Consideramos los espacios arqueológicos registrados como campos sagrados de observación astronómica y meteorológica y, al mismo tiempo, como centros ceremoniales y de culto al sol y de prácticas y ritos mágico-religiosos destinados a promover la acción bienhechora de los espíritus, fuerzas y fenómenos naturales dispensadores de la fecundidad de la tierra. Creemos que se trata de las ruinas de los que fueran, en el remoto pasado precolombino, singulares observatorios astronómicos y, a la vez, centros ceremoniales, religiosos y cívicos, que alcanzaron importancia extraordinaria para los chibchas que los erigieron. Apoyan lo anterior, entre otros, los siguientes hechos y testimonios:

1. La orientación exacta de este a oeste dada a estas estructuras no la hubieran podido lograr los chibchas sin el previo conocimiento de los movimientos del sol y de la luna, cuando menos.

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Lámina I. Villa de Leiva. "Infiernito". Mano izquierda, parte de una estatua de piedra monumental.

2. Las dos construcciones rectangulares fueron concebidas, y realizadas, abiertas al espacio celeste, para la observación de los astros y, principalmente, del sol; constituyen, además, sendas vías de recepción sagrada al astro-rey en su movimiento aparente de este a oeste.

3. Hasta mediados del siglo pasado yacía tendida y semienterrada, en el centro del Campo Sagrado del Norte, una hermosa columna cilíndrica de "cinco metros de longitud", que observó en 1850 el historiador y naturalista Joaquín Acosta. Tal pieza lítica, era, sin duda, una de las columnas solares o la principal de ellas la cual, dispuesta en exacta posición vertical, cumplía, entre otras, la función de señalar el momento en que la altura del sol sobre el horizonte alcanzaba los 90 grados, dos veces anualmente.

4. La separación intercolumnar de los pilares del Campo Sagrado del Norte, (Lám. II) facilita, ciertamente, el control del movimiento del astro del día y, por consiguiente, la posición celeste del mismo, con ayuda de la sombra formada en cada una de ellas, según la época del año.

Las sombras, regularmente espaciadas como las columnas que las originan, con su juego de movimientos de crecimiento, degradación y dirección, según la posición del sol, conmovía profunda mente el religioso espíritu de los chibchas. Y no nos queda duda de que ellas fueron objeto de culto. Aun en el estado de inclinación hacia el sur en que registramos estas formas líticas, las sombras que ellas proyectan al suelo en los días de pleno sol ofrecen un espectáculo por demás emocionante y extraordinario. Y es de imaginar el grandioso y original efecto óptico que se producía en el Campo Sagrado Meridional entre las 10 y 11 de la mañana, principalmente, durante el tiempo de viaje del astro del día hacia el norte, y entre las 3 y 4 de la tarde, durante su movimiento hacia el sur, al incidir los rayos del sol tanto sobre la superficie de los grandes monolitos rosados que lo enmarcan, como sobre las columnas monolíticas de color rojo brillante, erigidas, según creemos, en el centro de dicho campo (Lám. III).    

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Lámina II. Villa de Leiva. "Infiernito". Vista este-oeste del Campo Sagrado del Sur. Proceso de las excavaciones.

Con sus matices y cambios incesantes, según la posición e intensidad del sol, el juego de luces y, a la vez, de sombras, intensificándose las primeras y disminuyendo las segundas al acercarse el mediodía, se creaba una atmósfera de irrealidad que sustraía al nativo de lo terreno y lo elevaba a una atmósfera de ensoñación religiosa. Pero la excitación espiritual y emotiva de los chibchas debió ser particularmente intensa en el instante supremo del arribo del sol al cenit, pues al desaparecer su sombra en las columnas y monolitos, estas piedras talladas, al servir de asiento al astro rey, se transfiguraban, se hacían espíritu en el momento mismo de este milagro cósmico.

5. La disposición de las columnas del Campo Sagrado del Norte (Lám. IV) y la de los monolitos del Campo Sagrado Meridional, (Lám. V) con sus respectivos cantos orientados, uno hacia el este y otro hacia el occidente, no sólo facilitan, igualmente, mediante las sombras, el control y conocimiento de la posición celestial del sol sino que respondió, indudablemente, a otras funciones de carácter astronómico.

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Lámina III. Flanco meridional de la fila de columnas. Vista este-oeste

6. El número de columnas, 54 ó 55, de cada una de las alineaciones del Campo Sagrado del Norte, pudo haber tenido, según muchas probabilidades, un valor calendárico relacionado con el ciclo de algunos eventos y fenómenos astronómicos.

7. Por medio de las columnas y monolitos alineados y de puntos naturales fijos, como la laguna de Iguaque, lo mismo que de señales y marcas en el horizonte, entre las que pudo contarse la aparición de las Pléyades, los sabios sacerdotes chibchas calcularon, seguramente, los solsticios y los equinoccios.

La observación de los movimientos del sol de solsticio a solsticio no sólo previno a estos nativos acerca de las temporadas de lluvia y de estío sino de eventos y sucesos astronómicos, incluidos los eclipses.

Las torres, templetes y portales, que también fueron levantados, bien en el "Infiernito", en El Diamante o, ya en Salto y Bandera, cumplieron funciones astronómicas similares a las que dieron lugar las estructuras arquitectónicas que aquí estudiamos.

8. Además de que las hermosas columnas localizadas en el centro de los respectivos campos sagrados (columnas solares) fueron especiales medios detectadores del paso del sol por el cenit, también cumplieron, seguramente, muchas otras funciones importantes, y sirvieron, por ejemplo, para determinar el cambio del punto de ascenso y ocaso del sol en el horizonte.

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Lámina IV. Vista de este a oeste de la fila sur de columnas del Campo Sagrado del Norte.

9. Las actividades ceremoniales y rituales desarrolladas en estos campos sagrados fueron muy intensas, según lo ponen de manifiesto las numerosas fogatas, las ofrendas, los sacrificios, etc., registrados en ellos. Tal intensidad fue sostenida para mantener al sol funcionando y en permanente actividad ya que éste y la madre tierra son los responsables de la fecundidad de los campos.

Hermoso ejemplo del ritualismo cumplido en estos campos sagrados fue el haberse despojado los chibchas de sus atavíos personales (gargantillas hechas con finas cuentas discoidales labradas en concha de mar) para entregarlas, en oblación sagrada, al sol por intermedio de las columnas.

10. Hasta comienzos de la época colonial existió una columna monolítica erigida frente a un templo aborigen en una de las islas de la laguna de Fúquene. Dicho pilar recuerda muy bien una de las funciones que cumplían, en el lejano pasado, las columnas y monolitos de la doble estructura arquitectónica del "Infiernito". En efecto, de acuerdo con el cronista Zamora, la sombra del sol detectada por medio de la columna de Fúquene era objeto de culto. Ello, porque, seguramente, la sombra era tenida como símbolo sagrado del astro luminoso. Igual fenómeno cultural tenía lugar, repetidamente, en el "Infiernito".

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Lámina V. Vista este-oeste. Muestra el flanco meridional del Campo Norte y parte de la fila de monolitos del Campo Sagrado meridional.

11. Frente alas casas de los principales jefes guanes había un poste

"clavado muy recto, que les servía con su sombra para indicar el avance del día; era un verdadero reloj de sombra",

escribe el padre Isaías Ardila, citando al padre Simón.

12. Al hablar del sacrificio humano que señalaba para los chibchas la iniciación de un nuevo ciclo de quince años e indicar que la víctima era conducida hacia la columna a la cual era atada para ser flechada, Humboldt considera que tal columna

"parece haber servido para medir las sombras solsticiales o equinocciales, y los pasos del sol por el cenit".

13. La visión cósmica de los chibchas tuvo otras manifestaciones. La preocupación de estos nativos por el conocimiento de los eventos y sucesos cósmico-meteorológicos y la periodicidad de los mismos aparece reflejada, igualmente, en varios conjuntos de pictografías rupestres, en las cuales el sol, la luna, las estrellas, el rayo, etc., a los que frecuentemente se unen plantas y animales útiles, aparecen pintados en color rojo. En las pictografías de Mongua y la Mesa de los Santos, por ejemplo, la asociación de esta clase de motivos pintados puede corresponder a observaciones solsticiales. Las enormes masas pétreas que los presentan están ubicadas en sitios elevados y dominan horizontes muy amplios, siendo de anotar que muy cerca de ellas pasan corrientes de agua. Tales piedras pudieron ser centros de observación astronómica y las imágenes que ostentan, haberse dejado allí para recordar que desde ellas se podían observar, periódicamente, tanto la aparición y ocaso de algunas estrellas como la presencia de fenómenos celestes, todo lo cual era necesario tener en cuenta en las faenas agrícolas y en los actos religiosos.

Otras piedras pintadas o grabadas pueden ser consideradas como jalones direccionales hacia uno o varios puntos del horizonte. Al N W del "Infiernito", distante de este sitio unos 4 kilómetros, se halla una gran piedra de 4,80 m. de altura por 7,60 m. de ancho, (Fig. 1) que exhibe en su cara oriental varias pictografías entre las que destacan la de un sol y varias figuras antropomorfas y zoomorfas en actitud dinámica, como también la representación de una planta de maíz. El conjunto está presidido por una figura humana que resalta por su tamaño, forma de la cabeza y por las irradiaciones que emergen de ella a manera de plumas. De la parte superior de la piedra, que yace en un lugar bastante elevado, puede divisarse hacia varios puntos del horizonte.

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Figura 1. El Valle. Gran piedra con pictografías de color rojo.

14. Existe una pictografía chibcha (Fig. 2) en la cual el sol aparece antropomorfizado, en posición vertical. Creemos que tal simbolismo es la representación del descendimiento del astro-rey a la tierra para fecundarla.

No es aventurada la hipótesis de que, precisamente, la culminación del sol en el cenit y, con ella, la desaparición de toda sombra en los pilares erigidos verticalmente en el "Infiernito", haya sido interpretada por los chibchas como el descendimiento del astro luminoso a la tierra con el fin señalado. Una creencia semejante profesaban los mayas.

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Figura 2. Salto y Bandera. Monolito fálico: 1,40x0,30m. Se aprecian imágenes solar y batraciana.

15. Los testimonios de los cronistas no son menos convincentes. Tomemos un ejemplo: Juan de Castellanos, hablando del sumo sacerdote de Sogamoso, señala que tenía grandes conocimientos astronómicos y meteorológicos y sabía predecir los cambios de tiempo y las variaciones de los fenómenos atmosféricos:

"Por el sol, por la luna, por estrellas,
por nubes, aves y otros animales,
y cosas que le daban cierta muestra
de venideros acontecimientos".

Manifestación de esa sabiduría fueron, entre otros, los dos campos sagrados monumentales del "Infiernito", los cuales, como señalamos antes, corresponden a centros de observación y de estudio de carácter astronómico y meteorológico, al propio tiempo que de prácticas de ritos y cultos al sol.

16. En poder de campesinos de Ramiriquí y de Villa de Leiva hallamos, hace algunos años, varios monolitos medianos y pequeños que, por su singular diseño de talla, les habían llamado la atención y guardaban en sus respectivas casas de habitación (Fig. 3). Dichas piezas las habían encontrado en campos dedicados a la agricultura junto con "otras piedras grandes de forma cilíndrica". La Fig. 4 presenta algunos de tales ejemplares arqueológicos, que reseñamos como siguen.

Los indicados con las letras a y d fueron hallados no lejos del "Infiernito", en terrenos de cultivo de las veredas de Moniquirá, Salto y Bandera, respectivamente, y los señalados con b, c y e, proceden de los campos de Ramiriquí. Estos últimos y el d de Villa de Leiva desaparecieron y hoy nadie da cuenta de ellos. No obstante, los elementos informativos que tenemos de tales reliquias culturales son importantes y oportunos para el caso que nos ocupa.

La forma cilíndrica de talla abarca la totalidad del cuerpo de los monolitos a y b y es sólo parcial en los ejemplares c, d y e. Pero, en cada uno de ellos se combina con entalladuras, cortes y volúmenes geométricos, que los singularizan de manera particular.

El monolito a presenta en uno de sus extremos un corte rectangular en perfecta escuadra, mientras que el opuesto, que ofrece una silueta sensiblemente coniforme, muestra una escotadura cóncava que circunda la pieza.

En el monolito d, la zona cilíndrica remata, por una parte, en una semiesfera y en el tercio de la extremidad opuesta, por otra, exhibe un volumen cuadrangular admirablemente tallado. En su proyección inferior, el cuerpo cilíndrico estrecha su diámetro originando una especie de eje o clavija.

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Figura 3. Moniquirá. Fragmento de monolito fálico o de columna. Muestra figuras zoomorfas y antropomorfas grabadas. 0.82m.

El cuerpo del ejemplar c aparece dividido en dos partes, una cilíndrica que, en un extremo, termina con el entalle cónico y un casquete esférico, y, en la mitad opuesta, el cuerpo aparece labrado en cuadrángulo con base y lados perfectamente planos.

De uno de los extremos de la zona cilíndrica del monolito c se proyecta un cuerpo plano-rectangular, labrado en perfecta escuadra, a manera de espiga, con base plana. En el extremo opuesto aparece una zona redondeada, separada del cilindro por una muesca de entalle cóncavo, que circunda la pieza. Dicha muesca está cortada en forma de cruz en dos puntos equidistantes por sendas escotaduras de silueta ovaliforme e igualmente cóncavas.

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Figura 4. Villa de Leiva (a-d), Ramiriquí (b-c-e-). Diversas tallas monolíticas, medianas y pequeñas, de funciones y sentidos varios.

Con la posible excepción de los monolitos a y b, los demás fueron elementos que hicieron parte, seguramente, de construcciones especiales como torres, altares, templetes, portales, etc., erigidos en Villa de Leiva y Ramiriquí, en donde funcionaron como centros o estaciones de observación astral.

La pericia y la perfección logradas en la talla y el acabado de obras como las reseñadas, nos hablan tanto de los múltiples recursos y medios técnicos de que estuvieron equipados como del dominio que tuvieron los chibchas o muíscas de la geometría y las matemáticas, hecho que, igualmente, lo ponen de manifiesto la talla y la ornamentación grabada y pintada de los torteros o volantes de huso para la hilandería, utensilios estos en los cuales se hacen presentes símbolos solares y estelares, en general.

El contenido ideológico plasmado en tan interesantes formas talladas es, seguramente, muy grande. A primera instancia, por las formas, vemos reflejados en los ejemplares b y c los mismos principios de que estuvieron dotados los grandes monolitos fálicos. En los demás, vislumbramos una compleja suma de valores y atribuciones de carácter religioso.

17. El cómputo del tiempo y la elaboración del calendario, preparados por los sacerdotes con base en las informaciones obtenidas de la observación y el escrutinio de los cuerpos, las señales y los fenómenos celestes, para lo que, como inmediato medio referencia¡, sirvieron las alineaciones columnares y monolíticas, y otras construcciones del "Infiernito", fueron necesarias para los agricultores chibchas.

Dadas las condiciones climático-ecológicas de Villa de Leiva, con suelos secos y áridos y limitada y desigual lluviosidad, tales operaciones resultaron imprescindibles. Para nuestros cultivadores nativos era necesario saber, con alguna precisión, cuándo comenzaban las temporadas de lluvia o de sequía, mayormente cuando acá, en el trópico, no se cuenta con el ciclo estacional de otras latitudes, y donde además, como en el caso de Colombia, la variada y compleja orografía andina origina grandes variaciones meteorológicas. La presencia de lluvias oportunas y suficientes fue motivo de constante preocupación de los chibchas o muíscas, pues, de acuerdo con ellas, tenían que regular sus actividades agrícolas. Entonces, resulta apenas natural que se hubieran ingeniado y buscado los medios que les permitieran saber cuándo llegaban. Uno de tales recursos fue el seguimiento de los movimientos y posiciones del astro luminoso. El paso del sol por el cenit, controlado en estos campos grandes, era, y es, señal` cierta de la proximidad de las lluvias. Como el calor de los rayos verticales del astro origina la lluvia, el impresionante fenómeno natural coincide con la llegada de la época de las abundantes lluvias bienhechoras.

Creemos que la relación directa o indirecta de los hechos, testimonios y análisis hasta aquí esquematizados, con el sentido, el carácter y las funciones que atribuimos a las ruinas arqueológicas monumentales que hemos descubierto en el "Infiernito", afirma suficientemente la definición cultural que damos a las mismas.

La contemplación y el análisis constantes del firmamento por parte de los sabios sacerdotes astrónomos chibchas, y la permanente observación de las cosas y fenómenos inmediatos, acá, en la tierra, prepararon y condujeron a estos nativos a realizaciones superiores, como las que representan estas admirables construcciones de piedra tallada de Villa de Leiva.

Elaboración científica basada en la observación y la deducción, y solemnes actos religiosos, tenían cumplimiento en estos campos sagrados, que llegaron a ser verdaderos laboratorios de investigación astronómica y meteorológica. Ciencia y religión iban de la mano en estos lugares que fueron, además, sitios de gran atracción cívica.

 

CRONOLOGÍA

En el curso de las excavaciones arqueológicas en el "Infiernito" hemos recogido muestras de carbón vegetal de diversos niveles estratigráficos (Lám. VI). De los correspondientes análisis radio carbónicos, que ha efectuado el Instituto de Asuntos Nucleares, contamos, en este momento, con los siguientes resultados que nos ha proporcionado el Museo del Oro del Banco de la República, entidad que coordina esta clase de servicios científicos en Colombia.

IAN     -
119 -
"El Infiernito",
N° 2:
2.490
± 195 B. P.
IAN     -
128 -
"El Infiernito",
N° 1:
2.180
± 140 B. P.
IAN     -
148 -
"El Infiernito",
N° 2:
2.880
±   95 B. P.

En el primero de los casos, la cifra de 2.490 ± 195 B. P., corresponde al tiempo en que, en el nivel 3 del área del Campo Sagrado del Norte, inmediatamente frente a las columnas centrales que forman el marco meridional de dicho campo, los chibchas o muíscas hacían diversas ofrendas al sol y en su honor practicaban sacrificios de animales; le quemaban inciensos y resinas y realizaban inhumaciones de cenizas vegetales, cumplían complejos rituales con el ocre mineral rojo, etc., y, en fin, celebraban pomposos actos litúrgicos, especialmente durante el día y en el instante supremo del arribo del astro luminoso al cenit.

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Lámina VI. Vista este-oeste del Campo Sagrado del Sur. Aspecto de las excavaciones.

La cifra resultante del análisis del C 14 antes indicada, informa que los sacrificios y demás actos y ritos culturales anotados, fueron realizados por estos nativos en el curso de los siglos VI y/o VII antes de la venida de Cristo. Fue esta, sin duda, una época de gran esplendor de la civilización chibcha.

El segundo de los análisis, con la cifra de 2.180 ± 140 B. P., nos enseña que en el curso de los siglos III y/o IV antes del comienzo de la era cristiana, los chibchas realizaban sacrificios de productos vegetales, como el maíz, por medio del fuego, en el lado meridional de la fila columnar del mencionado campo sagrado. La importancia de este precioso cereal llegó a ser tan grande que, incluso, fue tomado como elemento de oblación sagrada. Era venerado en templos y santuarios, en los cuales se guardaba religiosamente.

El tercer resultado analítico, a saber, la cifra de 2.880 ± 95 B. P., se refiere a una muestra de carbón vegetal recogida de una hoguera registrada en el 5° nivel, al pie de uno de los grandes monolitos que conforman el Campo Sagrado del Sur.

El dato cronológico arroja la cifra de 930 ± 95 antes de la era cristiana. Información preciosa, extraordinaria, que proyecta muy lejos en el pasado el origen y el desarrollo de la civilización chibcha. Al señalar y fechar el cumplimiento de un acto ritual tan importante y complejo como el del sacrificio hecho por medio del fuego de lascas o esquirlas, fragmentos y trozos medianos y grandes de columnas y de monolitos tallados en arenisca de color rosado o rojo, la cifra cronológica anotada nos permite deducir, razonablemente, que si en el amanecer del milenio que antecedió inmediatamente a la venida de Cristo ocurrían fenómenos culturales como el señalado, propio de un estado de civilización plenamente formalizada, los factores y elementos que lo antecedieron, prepararon e hicieron posible, tuvieron que emplear, necesariamente, un largo tiempo de elaboración. No es imposible, entonces, que los pasos iniciales y fundamentales con los que se inicia la civilización chibcha se sitúen a mediados del segundo milenio antes de la era cristiana. De todas maneras, es sorprendente la dimensión temporal de estos monumentos, que se colocan entre las manifestaciones culturales más antiguas de la alta cultura colombiana de los tiempos precolombinos.

El Campo Sagrado del Sur, si bien orientado igualmente de este a oeste, como antes se dijo difiere, no obstante, en varios aspectos del que le es contiguo y paralelo por el norte. A su menor anchura y longitud se suman, por una parte, el considerable espacio que media entre uno y otro monolitos y el sistema y condiciones de afirmación de éstos en la tierra y, por otra, el volumen, la forma y el material lítico empleado en la talla de los mismos.

Los rasgos distintivos señalados determinan, hasta cierto punto, una estructura monumental de estilo un poco diferente de la del Campo Sagrado del Norte. Creemos, sin embargo, que la función esencial para la que se construyó fue la misma, pues así lo indican tanto la orientación como las prácticas religiosas y mágicas. Las diferencias antes indicadas, lo mismo que la mayor densidad de los estratos arqueológicos, y la cifra de radiocarbono correspondiente, nos permiten postular que dentro de las secuencias de desarrollo de la civilización chibcha o muisca en su gran fase megalítica, dicho campo es más antiguo que el del norte. De esta manera, en las singulares estructuras de piedra tallada que hemos descubierto en el sitio del "Infiernito", se perfilan dos períodos arquitectónicos.

Las monumentales obras de piedra tallada que ahora estamos poniendo a la vista en las tierras del "Infiernito" representan un esfuerzo extraordinario de nuestros nativos, y siendo, como son, el reflejo de su capacidad creadora y del dominio ejercido sobre los recursos naturales, expresan, al mismo tiempo, el inteligente y ambicioso anhelo que los llevó hasta los dominios estelares para tratar de intervenir y/o controlar los factores climáticos, con el fin de ajustarse mejor a las necesidades de vida de un medio físico biológicamente pobre y fuertemente azotado por los vientos de escasa lluviosidad y suelo erosionado y estéril, como el que habitaban en la cuenca de Villa de Leiva.

Las ruinas ciclópeas de estos campos sagrados, a los que se dio precisa orientación este oeste y cuya conformación originó una singular arquitectura, en la cual dominaron los grandes espacios rectangulares abiertos al espacio sideral, son también un edificante ejemplo de habilidad, ingenio y superación tecnológicos en el manejo, uso y empleo que los chibchas hicieron de materiales tan difíciles como la piedra, ya que sus herramientas de trabajo fueron sólo instrumentos líticos (Lám. VII).

Las excavaciones estratigráficas practicadas en el área rectangular delimitada por las dos series de monolitos del Campo Sagrado Meridional han venido señalando que allí se efectuaron cuatro, o tal vez cinco inhumaciones de personas adultas y una o dos de niños, a diferente profundidad. Por desgracia, las tumbas habían sido saqueadas y dispersados los restos humanos.

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Lámina VII. La columna No. 9 muestra en su extremo enterrado un corte rectangular en perfecta escuadra.

Hasta el momento, no hemos podido establecer objetivamente cuál fuera el tipo o tipos de tumbas correspondientes, pero, por los registros hechos en sitios cercanos al "Infiernito", deducimos que fue la forma de pozo con abertura circular u ovalada, clausurada con losas de piedra en un buen número de casos. En esta clase de sepulcros, en los que el diámetro varía entre 0,90 m. y 1,40 m., el cadáver era depositado con los miembros plegados.

Entre los restos óseos esparcidos aparecieron fragmentos de huesos largos (fémures, tibias, húmeros, etc.) y de cráneos, correspondientes, unos y otros, a personas adultas, que mostraban superficies coloreadas de ocre mineral rojo.

Se trata de la segunda constatación de aplicación de sustancia mineral roja a cadáveres chibchas. El primer testimonio de esta naturaleza lo descubrimos en un cementerio precolombino que excavamos en Soacha, hace varios años. Allí, los huesos de tres esqueletos femeninos y dos de niños recién nacidos, dispuestos con los miembros extendidos en exacta posición anatómica, en tumbas deforma rectangular, mostraban coloración roja en condiciones exactamente iguales a las del "Infiernito". Como en Soacha, aquí en Leiva se trata, igualmente, de una coloración indirecta de los huesos. La desaparición natural, por putrefacción, de las partes blandas, dio paso al polvo mineral, el que, al ponerse en contacto con los huesos, los coloreó de rojo. Referencias seguras de este mismo hecho cultural las tenemos, igualmente, de tumbas precolombinas de Tinjacá, Tunja y Sutamarchán.

La costumbre funeraria de olear el cadáver con una sustancia de color rojo la anota el cronista fray Pedro Simón para los muertos

"Por calenturas, dolor de costado, cámaras de sangre, o en la guerra, o las mujeres que morían de parto",

a los cuales se les embijaba la cara, a tiempo que era perfumada la respectiva tumba con trementina.

Los chibchas emplearon, igualmente, el color rojo, como señal de duelo. Pues, como lo indica el mismo cronista, a la muerte de Nemequene

"Pusiéronse mantas coloradas y embijaron el rostro y cabello, que es el luto con que celebraban el sentimiento que tenían de la muerte de sus reyes".

El uso funerario de pintar parcial o totalmente el cadáver con ocre rojo antes o en el acto de la inhumación, lo han practicado varios pueblos indígenas de América. Veamos unos ejemplos. Entre los iroqueses y natches, asiniboins y sioux, norteamericanos, la cara del difunto era coloreada con pintura roja, y entre los dakota, refiere Yarrow

"...el rostro, el cuello y las manos de mujeres y niños son pintados densamente con bermellón, que es una especie de tierra roja".

Los caribes de Jamaica, según el mismo autor, pintaban completamente el cuerpo del difunto con roucou, es decir, rojo. De los indios de Cumaná, anota el padre Simón que

"...en muriendo, adornaban el cuerpo... y habiéndolo embijado primero, lo tendían en una barbacoa que hacen de nuevo... y con fuego manso le iban secando por espacio de ocho días......

Con respecto a los indios Choroti, del Chaco septentrional, observa von Rosen lo siguiente:

"...el hecho es que hay entre los indios una muy extendida creencia de que la descomposición y los procesos similares son causados por espíritus malignos, por lo cual ha sido costumbre... pintar no sólo los cadáveres sino también el equipo de la tumba con pintura roja, para preservarlos de la descomposición".

Se observa, de otra parte, que la pintura roja aplicada directamente a los huesos, previo el descarnamiento del cadáver para fines de un segundo entierro, parece ser menos frecuente que la oleación del muerto con dicha sustancia mineral. Además, como esta costumbre mortuoria se conoce desde el paleolítico superior, bien se puede decir que el uso del color rojo en los funerales es práctica universal en el tiempo y en el espacio entre pueblos prehistóricos y primitivos.

Consignamos que el uso del ocre mineral rojo en polvo y en terrones fue muy intenso, y aparece en el "Infiernito" desde los niveles arqueológicos más profundos. La diversidad de su empleo en tan variadas condiciones y circunstancias, como en las de estos dos campos sagrados, nos indica que el rojo, color litúrgico por excelencia de los chibchas, tuvo atribuciones místicas y mágicas muy complejas.

 

INHUMACIÓN DE NIÑOS EN URNAS DE ARCILLA COCIDA

En el espacio que media entre los campos sagrados, norte y sur, frente a la columna N° 16 y distante 1,30 m. de ésta, registramos, a 1,20 m. de profundidad, el enterramiento de un niño recién nacido, dispuesto en una urna funeraria, aparentemente nueva, consistente en una vasija globular de arcilla cocida. Dicho recipiente, cuyas medidas de altura y diámetro mayor son de 35 y 38 cmts., respectivamente, fue hallado roto por la presión y el apisonamiento de la tierra arcillosa en que yacía, y estaba perfectamente limpio. Los pedazos del cántaro fueron recogidos para su correspondiente reconstrucción, y los huesos de la criatura fueron igualmente, colectados.

Observamos que esta inhumación es de tipo primario y fue hecha en terreno puro y en forma muy disimulada para evitar su violación.

La circunstancia tan especial de esta clase de enterramientos, en un lugar excepcionalmente sagrado, hace pensar en la posibilidad de prerrogativas que hubieran tenido ciertas familias de la alta clase social o política para sepultar allí algunos de sus familiares cuando el deceso de éstos era achacado a la ocurrencia de un evento o fenómeno astronómico, con el cual coincidía.

El entierro de niños, utilizando recipientes de arcilla cocida, Ya antes lo habíamos registrado en Soacha, Sogamoso, Tunja y Tinjacá. En varios de estos casos, las vasijas que contenían los despojos de la criatura, aparecieron tapadas con un cántaro pequeño, en forma de cuenco, colocado boca abajo; en otros, la tapa consistía en un casquete o pedazo de otra vasija.

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