LAS OFRENDAS EN LOS ANDES SEPTENTRIONALES DE INFLUENCIA CHIBCHA*

El caso de un ofrendatario Muisca encontrado en Fontibón

CARL HENRIK LANGEBAEK.

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Recipiente cerámico que contenía un conjunto de piezas votivas encontrado en Fontibón

En 1985 el Museo del Oro del Banco de la República adquirió un ofrendatario cerámico Muisca (C. M. 12.599) asociado a veinte piezas de oro, proveniente del municipio de Fontibón, al sur de Bogotá. Este importante hallazgo nos da pie para discutir la idea general de "ofrenda" en los Andes Septentrionales con influencia Chibcha, y plantear que un ofrendatario puede ser interpretado corno un "microcosmo "del cual es posible inferir información que enriquezca nuestros conocimientos sobre los antiguos pobladores de la Sabana de Bogotá.

 

La idolatría que encontraron los cristianos

A la llegada de los españoles la Cordillera Oriental de Colombia, la Serranía de Mérida y la Sierra Nevada de Santa Marta estaban ocupadas por diversos grupos indígenas emparentados por su filiación lingüística, cultura material y desarrollo político. La complejidad de algunos elementos que tradicionalmente se toman como indicativos de un elevado desarrollo social, en especial por lo que toca a sistemas agrícolas (terrazas, riego, etc.) y arquitectura lítica, solo fue notable en la Sierra Nevada de Santa Marta y en la tierra fría de la Serranía de Mérida, mientras que en el resto del territorio, y particularmente en dominios Muiscas, las huellas de la cultura material no son más complejas que, digamos, las que nos han dejado los grupos de bajo desarrollo del Valle del Magdalena o de los Llanos Orientales.

Sin embargo, fue precisamente en la región de los Andes Septentrionales, ocupada por grupos de filiación Chibcha, y en especial en los valles fríos del territorio Muisca, donde al momento de la con quista se encontraba la mayor densidad de población y se desarrollaban sistemas políticos que trascendían el nivel de pequeñas comunidades independientes, característico de las tierras bajas, del norte de Suramérica. Bajo una aparentemente pobre evolución tecnológica de la producción económica, existía un sistema de explotación del medio ambiente y una forma de ordenamiento social que permitió mantener una compleja organización política y religiosa, dando campo a la existencia de especialistas de tiempo completo en el manejo de las manifestaciones ideológicas. Una de estas últimas, la que corresponde a los "ofrecimientos", de los cuales el ofrendatario Muisca encontrado en Fontibón es solo un ejemplo, atañe directamente a este artículo.

La despectivamente denominada "idolatría" indígena fue un constante dolor de cabeza para las autoridades políticas y religiosas españolas, que pretendían convertir a los habitantes del norte de Suramérica al credo cristiano. En 1577, cuarenta años después de culminada la conquista del territorio Muisca, fray Pedro de Aguado escribió a los monarcas españoles que los Muiscas estaban "tan idólatras como si cristianos no morasen en aquella tierra" (en Friede, 1976: VII: 144). Años después, hacia 1637, el oidor Juan de Valcárcel admitía que la situación había cambiado en el sentido de que los habitantes del altiplano cundiboyacense estaban dispuestos a reconocer un Dios cristiano, pero se quejaba de que simultáneamente respetaban a otras deidades relacionadas, no con la idea abstracta de un Dios celestial, sino con "las cosas de acá abajo /el cual/ ... les dá de frutas y salud"(en Rojas, 1963: 1520).

Aunque el Dios de los españoles se admitiera en el panteón indígena, los conquistadores encontraron que en la generalidad de los Andes Septentrionales de influencia chibcha, los habitantes autóctonos persistieron durante años, subrepticiamente, en mantener buenas relaciones con una amplia variedad de "dioses de acá abajo", que permanentemente incidían en los aspectos cotidianos de su vida. Para el caso concreto del territorio Muisca, fray Pedro Simón (/ 1625/ 1981: III: 377) cuenta que había "dioses de diversos nombres, a quienes adoraban para necesidades diferentes". Igual cosa sugiere la Relación Anónima de Trujillo para los Andes venezolanos, donde los indígenas "para todas las cosas que en la tierra había tenían un ídolo" (Anónimo, / 1579/ 1964: 167), así como el padre Simón (/ 1625/ 1981: VI: 13) para los Taironas, quienes "conociendo lo bueno y lo malo, siguen siempre lo peor" de tal forma que siempre andaban "invocando a sus ídolos".

La constante preocupación de los españoles por erradicar la idolatría hizo que consignaran en crónicas y en documentos un buen acopio de información, el cual, unido a la arqueología y la etnografía, nos sirve para reconstruir este aspecto de la cultura aborigen.

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Tejuelo de tumbaga y "anillos" que formaban parte de la ofrenda de Fontibón. Los tejuelos, el metal que que daba en el fondo del crisol, eran la forma común de intercambiar la tumbaga. Todas las otras piezas de Fontibón fueron fundidas a la cera perdida.

 

Las ofrendas

La manera como, según las fuentes disponibles, los indígenas pretendían propiciar el favor de las diversas deidades era por medio de ofrecimientos. En las diferentes regiones, de acuerdo al particular desarrollo de sus industrias, cada grupo daba énfasis a la elaboración de tal o cual ofrenda, si bien es fácil encontrar ofrecimientos similares en todos los Andes Septentrionales. En la Serranía de Mérida y la Sierra Nevada de Santa Marta existió una actividad de manufactura de pendientes y cuentas líticas muy intensa y precisamente estos elementos se nombran comúnmente como ofrendas a los ídolos de esas regiones, mientras que las figuras de oro y tumbaga solo parecen haber sido importantes como tales en territorio Muisca, donde la actividad orfebre estaba bien desarrollada.

De acuerdo con datos etnohistóricos y arqueológicos, en los Andes venezolanos se hacían ofrendas de ovillos de hilo, paquitas de algodón o añil, plantas, lienzos, pendientes líticos, cuentas de collar y figuras de rana en piedra (Wagner, 1972: 53), mientras que los Ijca y los Kogi, descendientes de los Taironas y actuales habitantes de la Sierra Nevada de Santa Marta, ofrendan guijarros de formas especiales, cuentas de collar enteras o pulverizadas, semen humano, pelos, uñas, hilos de algodón, conchas marinas, semillas y trozos de tela (ReichelDolmatoff, / 1950/ 1985: II: 101; Chaves y de Francisco, 1977: 61). De los Muiscas, por su parte, se sabe que destinaban a tal fin figuras de oro y tumbaga, esmeraldas, caracoles marinos, "pepitas de algodón", pedacitos de mantas, cuentas de collar en ocasiones de origen Tairona, "moque" (traducido en algunas ocasiones como excrementos, aunque por lo general usado en el sentido de sahumerio de mal olor), hojas de coca, plumas de guacamayos y papagayos, así como comida, entre otras cosas (Acosta Ortegón, 1938: 122; Pérez de Barradas, 1951: 467-472; Cortés, 1960; Duque Gómez, 1979).

La variedad de ofrendas de las que nos hablan las fuentes puede explicarse, en primer término, porque su selección parece haber dependido del interés en propiciar deidades específicas con ofrecimientos particulares. Refiriéndose a los Muiscas, el padre Simón (/1625/1981: 111: 377) mencionó que a Cuchaviva, una deidad asociada a las mujeres parturientas y a los enfermos de "calenturas", le hacían ofrendas de esmeraldas y cuentas de collar de Santa Marta; a Bachué, "amparo de todas las legumbres", le daban sahumerios "de moque y resinas", mientras que a Bochica, "dios universal" especialmente favorable a los caciques y capitanes, y a Chibchacum, propicio a mercaderes, orfebres y labradores, "siempre que les ofrecían había de ser oro".

La asociación que hace Simón para territorio Muisca entre las cuentas de collar "de Santa Marta" y la idea de "enfermedad" resulta interesante por cuanto parece un concepto aplicable a otros grupos de los Andes Septentrionales. El mismo Simón (/1625/198 1: VI: 13) sostuvo que los Taironas tenían cuentas "de muchas virtudes... que son para sangre, ijada, riñones, leche, orina", y el obispo Piedrahita (/1666/1973: 11: 726) refiere que en Mérida los indígenas le daban a sus ídolos "piedras verdes tan buenas como las de Santa Marta para el mal de ijada", es decir, para cualquier dolor entre las costillas falsas y los huesos de las caderas. En general, cada ofrenda debía tener un sentido propio y una deidad asociada, como sucedía con las cuentas de collar, aun cuando éste se nos escapa debido a que las crónicas y los documentos españoles no profundizaron en el tema, al cual se calificaba, por cierto, como tocante a "tinieblas y ciegas oscuridades" (Simón, /1625/1981: 111: 363). Los hilos de algodón, una ofrenda que fue común entre los Muiscas, tienen entre los actuales Kogi un sentido de "fertilidad", dado su carácter de "cordón umbilical", mientras que cualquier otro artículo que se destine a ofrecimientos tiene un nombre y un "poder" únicos culturalmente aceptados (Preuss, 1926: 154-160; Reichel-Dolmatoff, /1950/1985: II: 101-108).

 

Ofrendatarios y lugares de ofrenda

Las ofrendas dedicadas a los distintos ídolos podían dejarse en recipientes de muy diversas clases. Para el área Tairona, fray Pedro Simón (/ 1625/1981: VI: 270) habla de "ollas", mientras que los actuales Kogi e Ijca utilizan hojas de maíz o pequeñas mochilas (ReichelDolmatoff, 1985: II: 102-103; Chaves y de Francisco, 1977: 6E). Durante la visita realizada por Diego Hidalgo a los santuarios de Boyacá, en 1577, resultó usual encontrar que los indígenas guardaban sus ofrendas en mochilas "tejidas y pintadas" de algodón o de red (Cortés, 1960: 227 y 234; Colmenares, 1970: 233). Además, parece común que usaran vasijas de cerámica especialmente hechas para el mismo fin, puesto que Hidalgo decomisó "olletas" y "mucuritas" (Cortés, 1960: 232 y 234) y fray Pedro Simón (/ 1625/ 1981: 111: 378) refiere que era usual que los Muiscas elaboraran vasijas "en figura humana" así como "a modo de múcura", "en que metían las ofrendas".

La visita que se realizó a Iguaque en 1595 resulta interesante en la medida en que en sus actas se describen algunas ofrendas depositadas en vasijas. De una de ellas, encontrada bajo unas piedras, se dijo que era "una ollita, y dentro de ella dos santillos de oro muy bajo revueltos en un poco de algodón... y un pedacito de manta colorada", mientras que otra que apareció en un hueco se describió como "un tiesto como gacha", y en dicho hoyo se hallaron seis pedacitos de metal que parece cobre, con unas esmeraldas" (ANC. C + I: LVIII: l9v-20r y 25v; en Langebaek, 1985: 228).

También en cuanto al sitio en donde se depositaban las ofrendas existía una amplia gama de posibilidades. Los páramos y las lagunas alejadas de los pueblos se consideraban como lugares propicios para hacer ofrecimientos tanto en la Serranía de Mérida (Wagner, 1972: 53), la Sierra Nevada de Santa Marta -al menos entre los actuales Kogi (Reichel-Dolmatoff, / 1950/ 1985: 11: 146-149)-, La Sierra Nevada del Cocuy (Silva Celis, 1945; Osborn, 1985)- y el Altiplano cundiboyacense (Quesada, en Ramos, 1972: 300). Por lo general, entre los Kogi se aprecia "una cueva, una roca de forma extraordinaria o una fuenta de agua" (Reichel-Dolmatoff, / 1950/1985: II: 107) e igual preferencia existía entre los Laches de la Sierra Nevada del Cocuy, quienes "adoraban por dioses a todas las piedras, porque decían que todos habían sido primero hombres, y que todos los hombres en muriendo se convertían en piedras" (Piedrahita, / 1666/ 1973:1: 76), así como entre los Tunebos, a quienes se acusaba a finales del Siglo XVIII de ir "a una peña que llaman... del Chuchagúa" con fines rituales (Langebaek, 1985b) y en territorio Muisca, pues don Juan de Castellanos (/ 1601/ 1955: IV: 15.7) refiere que sus habitantes asistían "a fuentes, y a los ríos, a las cuevas, a quebradas y a plantas, donde hacen sus ofrendas".

 

Bohíos de idolatría

Resulta usual, además, encontrar referencias sobre bohíos construidos especialmente para determinados ídolos y donde se podían hacer ofrecimientos a través de especialistas que allí vivían. Para la Sierra Nevada de Santa Marta fray Pedro Simón (/ 1625/1981: VI: 270) refiere que los españoles encontraron "bohíos del Diablo", que los indios aculturados llamaban casas de "Santa María", donde era común encontrar ollas llenas de piedras "que... tenían ofrecidas, bien finas", así como plumas y mantas, que servían de escenario a sus "fiestas y bailes". Hoy día, los Kogi tienen templos llamados nuhué o "cansamarías", probable corrupción de las "Santa María" que cita Simón, de los cuales Reichel-Dolmatoff (175: 202-204) distingue aquellos ubicados en las propias aldeas los cercanos a los poblados, así como unos más alejados "y que no son públicos" y, finalmente, otros que son más bien "templos particulares que construyen los sacerdotes en los propios pueblos o cerca de ellos".

Sabemos que los Muiscas también hacían ofrendas en bohíos. Según los documentos de archivo, tanto los caciques como los capitanes e indígenas del común tenían uno o más bohíos "santuarios", los cuales acostumbraban heredar siguiendo la imperante norma de la filiación de tío a sobrino o de hermano a hermano (ANC: C+I: XVI: 566r, 571v y 578r). De los documentos se puede inferir que estos santuarios podían, como sus homólogos Kogi actuales, ubicarse en sitios diversos. Quesada (en Ramos, 1972: 298) habló de "santuarios" en los propios pueblos y los diferenció de aquellos "con carreras y andenes, que tienen dende los mesmos pueblos hasta los mesmos templos", y de las "ermitas en montes, en caminos y diversas partes". La información de archivo, por su parte, permite confirmar la existencia de santuarios comunicados por medio de calzadas ceremoniales a las aldeas Muiscas. En 1593 se hablaba, por ejemplo, de que en cercanías de Guasca había un templo indígena "que tiene una carrera abierta que sale hacia Siache" y "otro santuario que está entre dos quebradas... del cual sale una calle que va hacia la quebrada llamada Ubsa"(ANC T. Cund.: XXXII: 56v).

Algunas referencias sugieren que los bohíos santuarios Muiscas eran construcciones muy pequeñas. Simón (/ 1625/1981: III: 378) se refirió a uno de ellos como un bohío "muy ordinario", lleno de barbacoas y poyos a la redonda". De otro lado, en 1595, cuando los funcionarios españoles encontraron que los indígenas de Lenguazaque persistían en hacer ofrendas, se describió que uno de los acusados tenía:

... un bohío que estaba más adelante de su casa, que tenía una puerta muy baja y dentro estaban unas petacas forradas con cuero de venado y muy bien puestas y una cabeza de león y en las cuatro esquinas... cuatro gachas, donde dicen que queman moque y tienen trato con el demonio "(ANC. C+L X VI.-565r-v; también citado por Casilimas y López, 1982: 1983).

En general los bohíos santuarios Muiscas se llamaban cucas, "que quiere decir Casa Santa" (ANC. C+I: LVIII: 18v), aunque existe la posibilidad de que cada uno de ellos recibiera un nombre específico, como sucedía en Guasca con los santuarios que hemos mencionado, los cuales se llamaban Subcho Zusa y Chachua, respectivamente (ANC. T. Cund: XXXII: 56v), y con un santuario de Tibaquirá localizado en "un cerrito que se llama su tierra Untiva, y la tierra o santuario se llama Runtiba"(ANC. Enc: XXXI: 967r). Un nombre propio para cada santuario coincide con la referencia de Quesada (en Ramos, 1972300) en el sentido de que cada uno estaba "dedicado al nombre de cada ydolo" y con el testimonio del padre Alonso Medrano Len Pacheco, 1953: 175) en cuanto a que cada ídolo, a su vez, correspondía a enfermedades, sementeras, casas, partos y caminos específicos. De ser así, la relación entre ofrenda, santuario y deidad sería innegable, y todas ellas, a su vez, se vincularían íntimamente con la idea de favorecer la satisfacción de necesidades específicas.

La existencia de santuarios propios de cada deidad explica, además, por qué en territorio Muisca ciertos templos Habían alcanzado notable renombre y a ellos acudían indígenas de diversas procedencias con el fin de hacer ofrecimientos, como era el caso de "los del Sol en Bogotá, Guachetá, el de la Luna en Chía, el de varios ídolos en Guatavita, el de la Laguna de Fúquene"(Zamora, '170E ' 1980:1:223), el de Fontibón, lugar al cual acudían "centenares de negociantes" con el fin de conseguir favores de Fetiquintiba 1 "una de las deidades chibchas"(Pacheco, 1959: I:311), o el de Sogamoso, dedicarlo según Aguado (/ 158111956: I.:294) a Remichinchagagua "a quien veneraban mucho con su ciegas supersticiones".

De otro lado, la variedad de propósitos sagrados de los diferentes santuarios implica que los indígenas acudían a más de uno con el fin de propiciar tal o cual ídolo de acuerdo con sus necesidades, lo cual puede deducirse, independientemente, del testimonio de un indígena de Lenguazaque, quien en 1595 confesaba haber "ayunado dos veces y ofrecido a santuarios, una vez a un santuario de un sobrino suyo... v otra vez a otro santuario y otra vez al santuario de sus antepasados" (ANC. C+I: XVI: 572v).

 

El Chicua o sacerdote Muisca: intermediario de la ofrenda

El cuidado de las cucas Muiscas era propio de especialistas. En Lenguazaque, por ejemplo, un indígena declaró que:

" .. nadie ha de entrar allí sino es el indio que tiene a su cargo... que en lengua se llama Chicua... que en lengua española quiere decir sacerdote y questo lo guarda el tal indio "(ANC. C+l: XVI: 569r).

El rol de los Chicuas 2 en los ofrecimientos a los ídolos fue el de intermediarios. Los Chicuas Muiscas se encargaban de adivinar. mediante el consumo de drogas narcóticas, qué tipo de ofrenda convenía para los casos específicos que los indígenas, a título personal, les planteaban. Simón ( 1625; 1981: 111: 386) refiere al respecto que, cuando "tenía alguna necesidad, hombreo mujer, la comunicaban con el jeque... ' el cual;' mascaba... tabaco en su casa '' y;' ordenaba a los que querían hacer la ofrenda los días que había de ayunar... Cuando se iba acabando, mandaba al jeque que se hiciese de oro, cobre, hilo o barro la figura que habían de ofrecer".

El ayuno era común al Chicua y al interesado en hacer el ofrecimiento, si bien parece que era un hábito para el primero y sólo algo temporal para el segundo. En la visita de Lenguazaque, los españoles consideraron que haber ayunado era sinónimo de acudir a los santuarios (ANC. C+I: XVI: 572v), y Simón(/ 1625/1981: 111: 383) sostiene que los Chicuas no comían "al día más que una bien tajada porción de mazamorra o puchos de harina de maíz, sin sal ni ají, y alguna vez algún pajarillo que se llama chismía, o algunas sardinatas". La práctica de ayuno y la vida de recogimiento en el templo, también era característica de los líderes religiosos Taironas y de los de la Serranía de Mérida. La relación de Trujillo anota, al hablar sobre esta última, que los santuarios estaban a cargo de "viejos hechiceros" quienes "no salían de los santuarios, y es cosa averiguada y cierta que hablan con el demonio; y... no comen sal ni beben vino", mientras que de los mohanes Taironas se decía que "había de estar en coime, que es en ayuno, diez y seis o veinte años... retirados a las espesuras de los montes en cuevas" (Simón /1625 / 1981: VI: 316).

El acto mismo del ofrecimiento resulta rico en detalles etnográficos. Según los cronistas, el indígena interesado en dar ofrendas, una vez las había preparado de acuerdo con las indicaciones del Chicua, se las daba a éste, quien, aprovechando la noche, iba al sitio del ofrecimiento "que ya lo sabía" y:

"... se desnudaba y quedaba todo en carnes, mirando primero si sonaba algún ruido, y sin hacer él ninguno iba con gran reverencia... y llegando al lugar del santuario levantaba en ambas palmas la figurilla que llevaba... decía algunas palabras en que significaba la necesidad del que ofrecía y pedía remedio para ellas y... la arrojaba en las aguas... o metía en alguna cueva, o la envolvía en la tierra, según el santuario" (Simón / 162511981: III: 386).

Aparentemente, además, el ofrecimiento implicaba ceremonias posteriores al propio acto de dar ofrendas, puesto que algunas referencias indican que el indígena oferente, al saber de la culminación de la labor del Chicua, "convidaba a sus parientes y hacía con ellos una gran borrachera" (Simón / 1625/1981: III: 386) vistiendo mantas nuevas y cantando "juntamente algunos versos o canciones que hacen en su idioma y tienen cierta medida y consonancia, a manera de villancicos y endechas de los españoles" (Piedrahita, / 1666/ 1973: I: 66).

Hasta aquí hemos pretendido dar una información general sobre el sentido específico de las ofrendas en los Andes Septentrionales y en particular entre los Muiscas, haciendo énfasis en la enorme riqueza que manifiestan en cuanto a variedad de propósitos, lugares de ofrecimiento y relación con especialistas encargados de concebirlas y entregarlas a los dioses. Para ilustrar estas ideas, se estudiará enseguida el caso específico del ofrendatario Muisca encontrado en Fontibón, en un intento de interpretar su significado.

 

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Agradecemos las fotografías de Mario Rvera y los dibujos de Lucía Teresa Rueda que acompañan este artículo
1
Resulta entonces interesante el tejuelo encontrado en el ofrendatario de Fontibón, puesto que los tejuejos eran la forma como se intercambiaba el oro y suelen asociarse a los "negociantes".
2
En los documentos figura claramente el término Chicua como sinónimo de"sacerdote". Piedrahita ( 1666 1973.1:64) habla indistintamente de jeques o chuques, mientras que Simón (' 1625;' 1981:111:383) se refiere a los ogques o jeques, pero aclarando que el segundo término corresponde a la mala pronunciación, por parte de los españoles. del primero. En este artículo haremos referencia a los Chicua tal y cosmo figuran en las "visitas".

 

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