|
|
LOS ÚLTIMOS INDIGENAS CHIMILASGUSTAF BOLINDER Traducción de Sonia Goggel
Con motivo de las dos expediciones que efectué durante los años de 1914/15 y 1920 en el norte de Sudamérica, tuve la oportunidad de un corto encuentro con indígenas chimilas de los bosques alrededor del Río Ariguaní, el cual baja de la Sierra Nevada y desemboca en el Río Cezár (sic). Desafortunadamente estas visitas, en cuanto a su duración, fueron muy limitadas, ya que en ambos casos estaba a punto de regresar a Europa y, aparte de eso, no era fácil encontrar las chozas de los indígenas. En octubre de 1915 crucé, acompañado por mi sirviente indígena, Francisco, los bosques que se encuentran en el camino entre la ciudad de Valledupar y el punto final del ferrocarril de Santa Marta, Fundación, en búsqueda de indígenas chimilas que se decía debían vivir allí. Habíamos calculado algunos días para encontrar a los indígenas, a los cuales deseaba conocer sin falta. A causa de la estación de lluvia reinante nuestro propósito fue considerablemente dificultado, ya que los caminos se encontraban pantanosos e inutilizables. Constantemente nos rondaban insectos. De día éramos atacados por "moscas de arena", llamadas jejens (sic), de noche por mosquitos de fiebre y al atardecer nos manteníamos muy ocupados tratando de liberarnos de garrapatas y niguas. El Río Ariguaní había crecido considerablemente a causa de la lluvia, lo cual nos obligó a pasar 24 horas en la orilla oriental antes de poder atravesarlo con los caballos y con nuestra única mula cansada y entumecida. Esta larga espera nos fue de todos modos provechosa, ya que por casualidad encontramos a un hombre sólo y enfermo, acostado a la orilla del río: había sido mordido por una serpiente. Le ayudamos lo mejor que pudimos y se evidenció que él era la única persona entre las que nos habíamos topado hasta ese momento, capaz de describirnos el camino que nos llevaría a donde los chimilas. Después de cruzar el río anduvimos errantes a lo largo de la orilla durante largo rato, buscando un sendero entre la hierba enmarañada y de la altura de un hombre. Gracias a la sagacidad de Francisco finalmente encontramos un camino muy malo, el cual tenía la apariencia de ser el que nos llevaría a donde los chimilas. Nos vimos obligados a dejar los caballos y la mula en la orilla, ya que era absolutamente imposible llevarlos por ese camino. Empero sólo caminamos unas pocas horas para llegar a la primera choza chimila, una casa grande totalmente cubierta por hojas de palma. Los indígenas que se encontraban en la casa, un hombre de edad, una mujer, un muchacho y una mujer de mediana edad con un bebé, si bien no nos recibieron con abierto desaire de todos modos fueron muy reservados. A alguna distancia vivía otro hombre, solo, en una casa grande y similar a la anterior, a la cual, además, pertenecían dos chozas abiertas que servían de despensa. Desgraciadamente sólo nos fue posible quedarnos durante ese día donde los indígenas, ya que debíamos regresar al encuentro de nuestros animales. Además, estábamos tan retardados que en Fundación ya se había ordenado la preparación de una expedición de rescate, como más tarde nos enteramos. De todos modos nos fue posible recoger una pequeña pero muy interesante colección de utensilios. Después de haber finalizado mi expedición donde los indígenas goajiros, paraujanos y motilones en 1920, llegamos a Barranquilla a esperar un barco. Resultó, empero, que antes de la salida del barco teníamos una semana a nuestra disposición, lo cual me llevó a la decisión de visitar de nuevo a los chimilas. El fotógrafo de la expedición y yo viajamos a través del delta del Río Magdalena hacia Ciénaga y de allí con el ferrocarril a Fundación, mientras que mi mujer permanecía en Barranquilla. En Fundación nos fue dicho que sólo restaban 14 indígenas chimilas y que vivían en un pueblo entre Fundación y el Río Magdalena. Además, nos comentaron que estos indígenas se habían mezclado con los criollos, y por lo tanto habían adoptado todas sus costumbres, por lo cual nosotros perdimos todo interés por visitarlos. Decidimos, por consiguiente, arriesgarnos a perder o a ganarlo todo y nos dirigimos de nuevo al Ariguaní, donde los criollos habían fundado algunos poblados en ese tiempo. Esperábamos obtener de ellos información más precisa acerca del paradero de los chimilas. Como no nos fue posible conseguir caballos a precios razonables decidimos ir a pie, acompañados por un peón, y llevar con nosotros un burro de carga. También ésta vez el camino fue nada menos que agradable. Pese a que nos encontrábamos viajando a finales de enero, es decir, en la estación seca, ya en la primera noche nos sorprendió la lluvia. Buscamos refugio en una choza del bosque, de donde fuimos espantados después de algunas horas por innumerables mosquitos. Según nos informaron los colonos blancos asentados a orillas del Ariguaní, encontraríamos unos pocos indígenas chimilas un buen trecho río arriba. Las chozas que había encontrado en 1915, desde hacía mucho tiempo estaban abandonadas y quemadas. Después de dejar atrás nuestro burro de carga, buscamos un camino a lo largo del río, y nos fue posible alcanzar nuestra meta por pura casualidad. Caminamos tres días y tres noches casi sin dormir. Encontramos dos pueblos contiguos, uno con ocho chozas y el otro con dos. Un sólo ser viviente estaba en casa: una mujer vieja, ciega, cubierta de heridas y que no hablaba castellano. Esperamos todo el día la llegada del resto de los habitantes, los cuales apenas aparecieron al atardecer y eran un hombre, dos muchachos, una mujer de edad y una mujer joven, así como un niño. Los hombres primero se nos acercaron con el arco tendido y las flechas listas para disparar. Probablemente los asustó la filmadora que habíamos puesto frente a las chozas. Sin embargo, se tranquilizaron rápidamente y aceptaron algunos collares, cuchillos y otros regalos. Los muchachos sabían un poco de castellano, ya que habían trabajado durante un tiempo con los criollos. Así nos enteramos de que en verdad sólo eran siete personas, aunque al construir las chozas habían sido más. Tal vez los otros habían muerto en epidemias de sarampión o de gripa, las cuales habían causado muchas víctimas entre los indígenas y criollos del departamento del Magdalena en el año anterior. Según sus declaraciones no existían otros indígenas chimilas fuera de ellos -a los indígenas medio civilizados, antes nombrados, de más abajo del Río Magdalena no los consideraban como tales, ya que aquellos no querían saber nada de sus hermanos tribales independientes-. Los muchachos, además, nos comentaron que no se atrevían a ir donde los blancos mientras el viejo estuviera vivo, pero que se les hacía difícil resistir las ganas de ir, ya que donde estaban no podían conseguir mujeres. Un indígena de todos modos depende mucho de la ayuda femenina, ya que existen una serie de trabajos que no pueden ser efectuados por los hombres. El viejo había acaparado para sí las dos mujeres aptas para trabajar. El otro muchacho era hijo del viejo y de una mujer ya muerta. El viejo y las mujeres nos trataban con constante desabrimiento. Ni siquiera nos fue permitido dormir en sus chozas sino que nos vimos obligados a pasar la noche al aire libre sobre un lecho de hojas de palma. Además, las hamacas de los indígenas son demasiado cortas para nosotros. En lo que concierne a alimentos, sólo pudimos conseguir algunas batatas y una única yuca. De todos modos los chimilas disponían escasamente de los víveres para sobrevivir. Los maizales que circundaban las chozas tenían un aspecto desesperadamente magro. En la cacería, de la que acababan de regresar, no les fue posible conseguir ninguna presa. Según sus informaciones era la primera vez que esas chozas eran halladas por blancos y estaban muy afligidos a causa del descubrimiento de su refugio. Nos vimos obligados a abandonar ese sitio ya el día siguiente. Los dos muchachos nos acompasaron un buen trecho, probablemente para estar seguros de que realmente nos marchábamos. Sin embargo, logré completar mi pequeña colección de 1913 (sic) y, además, me fue posible hacer algunas filmaciones. Los indígenas chimilas son mencionados varias veces en la literatura antigua, aunque se habla de su salvajismo y de su belicosidad, más que de su cultura. En 1514 Oviedo describe los indígenas de la costa de la región de Santa Marta, los cuales tenían varios rasgos en común con los chimilas en lo que concierne a la cultura. Culpa a esos indígenas de ser caníbales, ya que en sus chozas, repetidas veces, se tropezó con fragmentos de cuerpo humano colgados, manos humanas saladas (?), y, además, vio que llevaban collares hechos con dientes humanos ensartados. No obstante se puede suponer que en este caso se trata de trofeos o, quizá, simplemente de extremidades de simios. Cuando Ximenes de Quesada viajó con sus tropas desde Santa Marta hacia el sur en 1536, se encontró con indígenas belicosos. Les disparaban flechas envenenadas y los heridos morían, a más tardar, el séptimo día. Entre otras también cruzaron la provincia "Chimila", la cual se hallaba 40 leguas al sur de Santa Marta, es decir, no en la región de Ciénaga y Fundación, donde ahora se establecieron grandes plantaciones de banano1. Aguado también describe a los chimilas como hombres desnudos y belicosos y dice que les causaron más daños a los españoles que los españoles a ellos 2. En otro trabajo Aguado comunica que los chimilas acostumbraban vivir en las cercanías del mar y cerca de Santa Marta. Piedrahíta menciona que estaban establecidos hacia "Sienaga". Castellanos cuenta como Lope de Orozco mandó al capitán Antonio Cordero que poblara la provincia Chimila con blancos y relata los combates que padecieron contra ellos3 4. Julián relata que en su tiempo los chimilas constituían un peligro para los que viajaban por el Río Magdalena y que, además, asaltaban a los viajeros que se dirigían hacia la Provincia (Valle del Cezar) (sic). Su tribu parece haber comprendido unas 200 familias. Hacían insegura toda la región desde el departamento del Magdalena hasta Molino y Villanueva (?), al igual que desde Santa Marta hasta Tamalameque. Construían chozas de pasto. De resto Julián se preocupa, sobre todo, por comunicar lo que se había hecho para pacificar a los indígenas y hace propuestas de cómo se podría lograr mejor esa pacificación. Según sus afirmaciones los chimilas asaltaron una vez a un clérigo, le robaron los cálices de la iglesia y los fundieron para hacer puntas de flecha 5. Nicolás de la Rosa escribe que los chimilas vivían en las montañas arriba de Río Frío hacia la costa y que andaban vagando por las montañas arriba de Santa Marta (?). Según sus afirmaciones el nombre chimilas o chimiles significa que son numerosos. Andaban desnudos tapándose sólo los organos genitales con una fruta o una cápsula. Usaban coronas de plumas, tenían el pelo largo y se pintaban el cuerpo para protegerse contra los insectos. Sus ataques los realizaban por medio de emboscadas y eran hábiles en el manejo de arco y flecha. Con su aspecto salvaje y sus singulares gritos de guerra infundían profundo pánico. Entre ellos se encontraban monstruos que poseían dobles filas de dientes. Los españoles los castigaban reduciendo a cenizas varias de sus poblaciones 6. El único que, según mis conocimientos, visitó a los chimilas en tiempos recientes es De Brettes, el cual realizó varias observaciones interesantes sobre ellos 7. La siguiente descripción será complementada con esas observaciones, al igual que con las pocas informaciones que aparecen sobre los chimilas en la literatura antigua. Me parece pertinente mencionar que Reclus, el cual en sus viajes no llegó más allá de la parte noreste de la Sierra Nevada, informa que los chimilas parecen haberse asentado en la Sierra de Perija (sic) 8. Evidentemente se trata aquí de una confusión con los indígenas motilones, lo cual es confirmado por Julián que dice que los chimilas parecen haber vivido cerca de Villanueva y Molino. Desde hace algunas décadas las plantaciones de banano, cuyo centro anteriormente era Río Frío, se estaban expandiendo hacia el sur. El ferrocarril fue llevado hasta Fundación y, hasta mucho más arriba del camino a Valledupar, subiendo por los bosques, se talaron los árboles y se colonizaron nuevas tierras por doquier. De esta manera los chimilas, que de todos modos no podían soportar las condiciones de la civilización, fueron desplazados cada vez más. Los indígenas chimilas que encontramos algunas millas al norte del camino entre Fundación y Valledupar, y cerca del Río Ariguaní, probablemente eran los últimos restos independientes de una tribu antiguamente grande y guerrera. Voy a pasar ahora a describir, hasta donde me es conocida, la cultura material de los indígenas chimilas. Como ya había mencionado más arriba, en mi visita en el año 1920 encontré no menos de 10 chozas, no obstante la mayoría de ellas se encontraban vacías. La base de las viviendas es ovalada. Son formadas simplemente por un techo erigido directamente sobre el suelo. Este techo se compone de vigas que van desde el suelo hasta la cumbrera y son unidas por palos colocados en la parte exterior y amarrados con lianas. En estos palos se fijan las hojas de palma. Esta estructura es sostenida por postes de 1 1 / 2 a 2 mts de largo, unidos por varas colocadas horizontalmente encima o por lianas entrelazadas. Estos postes forman una armazón interior de ocho esquinas, tal como puede observarse en la Fig. 1 B. El techo, generalmente, es cubierto desde su cúspide hasta el suelo, y se utilizan para ello hojas de palma dispuestas a manera de tejas. (De Brettes también representa una choza chimila de base redonda cuyo techo termina en punta). La abertura de la puerta se encuentra en uno de los dos lados largos y generalmente es sombreada por un pequeño techo de hojas de palma saliente. Este techito es sostenido por palos que salen horizontalmente de los postes de la puerta y son amarrados a estos. La puerta a menudo es muy baja, de manera que hasta los indígenas, que generalmente son de baja estatura, se ven obligados a inclinarse profundamente para poder entrar a la choza. La abertura de la puerta puede ser cerrada en la noche por una gran hoja de palma. En una de las chozas había un orificio en el techo, el cual aparentemente servía para dejar entrar la luz, ya que el humo de todos modos sale por entre las hojas de palma del techo. Por lo demás el interior de la choza es oscuro. Uno o más fogones arden constantemente dentro de la choza. Preferiblemente se encuentran cerca de uno de los frontones o un poco en el lado. Frecuentemente también se observa un fogón localizado fuera de la casa y que arde, sobre todo, durante el día. En un extremo de la choza por lo general se encuentra un piso elaborado de caña o de algún material parecido, dispuesto a través de las varas que unen los postes que sirven de: soporte al techo. Los listones y palos que forman ese piso a veces se colocan sueltos, pero usualmente se ajustan a las varas horizontales que se encuentran por debajo. A veces también se encuentra una plataforma especial que se apoya sobre tres o cuatro postes que son unidos por varas horizontales, las cuales se ajustan a los postes por medio de pinzas. Sobre estas varas finalmente se disponen los listones. Estas estanterías hechas de listón se utilizan para depositar canastos con diferentes contenidos, como calabazas, etc. Puede también ocurrir que en vez de dormir en las hamacas se utilicen como lecho estos estantes. Es usual utilizar el techo para fijar a él toda clase de utensilios, como serían flechas, materiales para hacer flechas, husos, etc. Además, de los postes cuelgan bolsas y mochilas. En mi primer visita observé que habían colgado gran cantidad de tortugas terrestres en cuerdas que se extendían a lo largo de las paredes. Estas movían lentamente las patas y al ser tocadas silbaban y escupían. De esta manera los chimilas almacenan carne fresca, ya que estos animales resistentes pueden vivir durante semanas sin comer ni beber. Aquí y allá cuelgan las hamacas teñidas de color pardo, en las cuales se descansa durante el día y se duerme en la noche. Se encuentra también otro tipo de choza que tiene un techo de dos aguas sin frontón. Las vigas en estas chozas generalmente no se prolongan hasta el suelo, o cuando esto es el caso no se considera necesario cubrir la parte inferior con hojas de palma. Estas chozas parecen ser usadas como despensa, sin embargo, a los indígenas les gusta dormir la siesta durante el día en ellas, ya que son más aireadas que las otras. En estas chozas también se encuentran plataformas y estanterías, las cuales, a menudo, ocupan la mayor parte del espacio, por lo cual estas chozas a veces sólo consisten en una plataforma y un techo que las cubre. Estas chozas son siempre considerablemente más pequeñas que las primeramente descritas. En la construcción de la choza a menudo se aprovechan árboles fijos desramados. Las grandes viviendas de los chimilas coinciden perfectamente con los "Palenques" de los indígenas de Centroamérica, lingüística- mente emparentados con ellos. Además ambas culturas presentan diversos rasgos en común. Dr. Gabb9 hace 50 años describió las chozas de los bribris de la siguiente manera: "Las casas de los bribris normalmente son circulares, tienen 30 a 50 pies de diámetro y aproxmadamente lo mismo de altura. La estructura se compone de largas vigas que se extienden desde la base hasta la cúspide y reposan sobre un anillo de enredaderas o de varas de mimbre amarradas en paquetes de ocho a diez pulgadas de grosor. Este anillo a su vez descansa sobre una serie de postes verticales bifurcados, inmersos en el suelo y dispuestos en un círculo aproximadamente un tercio más pequeño que la circunferencia exterior de la casa. Si la casa es grande encontramos uno o dos anillos más, dependiendo del tamaño de aquella, que se colocan por encima del anillo base y en vez de descansar sobre postes se ajustan a las vigas inclinadas del techo. Toda la estructura es densamente cubierta con hojas de palma y rematada en su cúspide con una vasija vieja de barro, para evitar que la lluvia penetre al interior. La única abertura que tiene la casa es una puerta grande y cuadrada en uno de los lados. Encima de la puerta a veces se coloca una pequeña cubierta para proteger contra la lluvia. El interior de la casa es siempre muy oscuro. A veces los bribris en vez de construir la casa con base circular la hacen elongada y con cumbrera. Además los extremos son redondeados y con la puerta en uno de los extremos". Skinner 10 visitó a estos indígenas en 1917 y sólo encontró dos chozas de este tipo. Ambas eran cónicas y por lo demás el tipo de construcción coincidía con la descripción hecha por Gabb. Allí nuevamente se hallaban las estanterías rectangulares para almacenar toda clase de artículos. Bovallius 11 retrató un "Palenque" parecido al de los chimilas; sin embargo, éste no tenía una abertura en el techo para dejar entrar la luz, pero en el frontispicio se encontraba una puerta sombreada por un techito. Esta casa multifamiliar medía 30 mts de largo, 18 mts de ancho y 15 mts de alto. Contra sus paredes se hallaban ocho lechos de 1 mt de ancho por 2 mts de largo, hechos de palitos de cocotero o de caña de azúcar, así como una estantería. Según Sapper 12 las tribus chibchas construyen chozas circulares u ovaladas cuyos techos se prolongan hasta el suelo y descansan sobre varillas que están dispuestas en forma de octágono. Estas chozas se contraponen a las chozas cuadrangulares y con techo de dos aguas o inclinado que construyen las tribus del norte de Centroamérica. A veces los techos de las chozas chibchas no llegan hasta el suelo. En esos casos se construyen paredes en forma de cerca. El techo termina en una cumbrera corta, algo arqueada, o en punta la cual es cubierta con una vasija cerámica para proteger el interior de la vivienda contra la lluvia. Cuando las viviendas son alargadas la cumbrera es horizontal. Las viviendas de los Guatuso tienen techos de dos aguas, los cuales en sí se componen de dos simples cobertizos colocados juntos. Este tipo de techo también es usual donde los motilones 13, los cuales, además, construyen viviendas tipo "Palenque". A este tipo de "Palenques" Sapper les da el nombre de verdaderas "casas en forma de toldo" sudamericanas. Es evidentemente visible que las chozas de los talamancas son muy parecidas a las chozas de los chimilas. También donde los cuevas se encuentran chozas adornadas en su cúspide con una vasija de cerámica 13. Un tipo de choza con parentesco muy cercano al "Palenque" es la de los arhuacos de la Sierra Nevada 14. Al oeste del Río Magdalena también se encuentran casas multifamiliares de base circular 15. "Palenques" de base elíptica se hallan, entre otras, en el área Xingu y en el área Araguaya, así como más al occidente donde los ipurinas, yamamadis y paumiris 16. La forma circular puede ser considerada como la original. Los tipos de "Palenques" son, por lo demás, bien conocidos y no es de mi interés entrar aquí en detalles minuciosos en cuanto a dibujos de construcción. Tales dibujos fueron publicados, entre otros, por Steere 17. En cuanto a las estanterías y a los lechos cabría añadir que se encuentran también en otras tribus chibchas, como, por ejemplo, en los ijcas 18, en los guaimi y en los dorasque19, así como en los chibchas propiamente dichos 20. Nordenskióld publicó un mapa de la difusión de las tribus en Sudamérica 21. Varias de las tribus que son de interés aquí, como los cuevas, los ijcas y los chibchas de Centroamérica utilizan tanto lechos como hamacas. Los indígenas chimilas generalmente duermen en hamacas. Durante mi primer visita solamente vi hamacas de algodón teñidas de color pardo. No obstante en 1920 me fue posible adquirir una hamaca burda de fibra de corteza. La técnica de manufactura es la misma utilizada por los pueblos vecinos: son las llamadas "barred hammocks". En los extremos de la hamaca se ponen palos transversales a los cuales se ajustan las cuerdas para colgar la hamaca. Las hamacas son demasiado cortas para europeos de gran estatura. Las hamacas son untadas por los durmientes de la pintura roja que estos se echan en todo el cuerpo. Los arhuacos que viven en las cercanías solamente tienen hamacas de fibra de corteza, mientras que los goajiros que viven más lejos tienen hamacas tanto de fibra de corteza como de algodón. En tiempos más antiguos Oviedo (1514) 22 encuentra hamacas de algodón en la región de Santa Marta, Simon 23 las encuentra más allá en el área de Cartagena y Enciso 24 alrededor de Cenu. Las tribus chibchas de Centroamérica utilizan hamacas de fibra de corteza. A los indígenas chimilas les gusta sentarse tanto por dentro como por fuera de la casa en banquitos. Estos se tallan en madera de una pieza y tienen dos patas, las cuales consisten en dos tablitas de madera que nacen a partir de los lados longitudinales de la superficie del banquito. El ejemplar que se ve en la Fig. 16, tomada de De Brettes, es bastante más alto que el traído a casa por mí 25. La difusión del banquito en Sudamérica fue estudiada entre otras por Saville 26 y P. Schmidt 27, a cuyos trabajos me permito remitirme. El tipo de banquito chimila parece haberse difundido hacia el oriente. Los arhuacos, los goajiros y los talamancas utilizan banquitos de otro tipo: con cuatro patas 28/29. El vestido de los hombres chimilas consiste en un taparrabo tejido de algodón. Cuando conseguimos adquirir esta prenda, lo que, por lo,demás, fue difícil, descubrimos que el hombre llevaba interior mente una faja del mismo material, la cual era tan larga que era posible anudar un extremo alrededor del cuerpo y llevar el otro extremo por entre las piernas de atrás para adelante, un poco por debajo del extremo atado alrededor del cuerpo, y dejarlo colgando unas pulgadas en la parte delantera. Según sus afirmaciones los hombres también usan portapenes de calabaza. El taparrabos aquí representado está adornado tanto con franjas de colores entretejidas como con figuras negras pintadas que, supuestamente, representan ranas, lagartijas y humanos. Telas pintadas de este tipo se encuentran, según datos antiguos 30/31, donde los chibchas y probablemente también en la región de Santa Marta, donde telas de algodón preciosamente teñidas eran muy frecuentes 32. Además, donde los bribris parece haber telas pintadas 33. Taparrabos parecidos, para hombres y mujeres, se encuentran también donde los talamancas, sin embargo no son pintados sino que son adornados con franjas entretejidas 34. Las tribus chibchas de Centroamérica también utilizan telas de fibra de corteza 35. Los portapenes antes nombrados fueron hallados por Oviedo 36 en la región de Santa Marta y, entre otras, también se menciona su presencia en el Darién37 y en el Río Zulia38 . Nicolás de la Rosa también los encontró donde los chimilas. P. Schmidt publicó algunas informaciones acerca de su difusión en Sudamérica 39. Los chimilas se atan fuertemente los brazos y las piernas con hilo, para conservar la fuerza. Las mujeres chimilas se visten con enagüillas de algodón, así como con una capa que consiste en un pedazo rectangular de tela de algodón sin teñir. Esta tela se dobla por la mitad y se anuda sobre uno de los hombros con los hilos de remate de la tela, de manera que un lado quede abierto y un hombro destapado. Esta capa llega hasta la pantorilla o hasta el tobillo. Este traje es, como bien puede apreciarse de tipo mejicano. Sin embargo se encuentra hasta donde los paeces, lejos en el sur 40. El mismo tipo de capa también es común donde las mujeres arhuacas. Sin embargo donde los kagabas se aprieta alrededor del cuerpo y donde las mujeres ijcas la capa doble se ajusta con un cinturón. Donde los chimilas ambos sexos llevan el cabello largo. Usan muy pocas joyas: solamente a veces se ponen collares hechos de semillas 41. Sobre todo los hombres se pintan todo el cuerpo con achiote (Bixa orellana). Ellos mismos aseguran que ese color los protege contra los insectos 42, afirmación que se debe aceptar con precaución, ya que, pese a la pintura, los insectos los fastidian constanemente y, además, se rascan incesantemente. La costumbre de pintarse todo el cuerpo no me es conocida de ninguna otra tribu del departamento del Magdalena. Desde luego las mujeres goajiras se pintan el rostro con color negro o rojo para no quemarse con el sol. Nunca ví que los chimilas se pintaran figuras en el cuerpo. Todos los indígenas chimilas presentaban síntomas de desnutrición. Ante todo los adultos se veían particularmente escuálidos, con el cuerpo cubierto de heridas y débiles. Todos sufrían de una enfermedad de la piel generalmente inofensiva, llamada Carate o Jovero, que deja unas manchas sin pigmento o que le da a la piel un desagradable tinte azul o violeta. Esta enfermedad es muy común en la población mulata del departamento del Magdalena, no obstante no se presenta entre las otras tribus del departamento (tribus arhuacas, goajiros y motilones). Parece tratarse aquí de una enfermedad típica de las tierras bajas tropicales y, ante todo, de las regiones cubiertas de bosques. Aparentemente no es contagiosa, pero parece ser hereditaria, si bien los niños apenas se enferman al llegar a una cierta edad. Según las creencias aquí difundidas la enfermedad se transmite a través de las relaciones sexuales. Según Nordenskióld la enfermedad es típica de las zonas selváticas a lo largo de los Andes y la observó en las siguientes tribus: Yuracare, Chimane, Mosetene, Chama, Tambopata, Guarayo, Atsahuaca y Yamaica. El Valle Masicuri es el punto más meridional de su aparición, donde es llamada "Tiña" y "Azulejo" 43. Koch-Grünberg observó esta enfermedad en el noroccidente del Brasil, donde se llama Puru-Puru; además la vio en el alto Tiquié, a lo largo de todo el Icana y sobre el Río Aiary 44. Simson la vio en el alto Marañón 45, Whiffen 46 donde los indígenas del Río Napo y sobre el Amazonas la encontraron Bates 47 y Wallace 48. Spruce en un informe menciona que los Puru-Puru son indígenas con manchas que viven en la parte baja del río y de quienes la enfermedad recibió su nombre 49. Sapper la denomina "enfermedad de las tierras bajas" en Costa Rica (Jiote o Tiña; Cativi, en Honduras y en Nicaragua, parece ser idéntico con Tiña) 50. Lehmann cita la misma enfermedad en Centroamérica (Bulpís, bien te veo, Carate, Pinto; donde los negros Karaibes (sic) lleva el nombre de Uale-Dale) 51. Restrepo relata que los vecinos de los chibchas, los tunebos de los Llanos, concebían las manchas del Carate como signo de belleza. Cuando una mujer no tenía manchas de ese tipo ingería una decocción para provocar la enfermedad 49. Los chimilas parecen alimentarse principalmente de la agricultura. Hasta donde pude comprobar las plantas cultivadas más importantes eran el maíz y la yuca dulce. No obstante, además me fue posible localizar auyama, algodón, plátano, papaya, batata, ñame y pimienta. En las descripciones del área de Santa Marta, hechas por Oviedo, encontramos que se cultivaba maíz, yuca, guayaba, guanábana, mucha piña y otras frutas. Enciso escribe sobre una planta que probablemente es la guayaba. Además encuentra algodón y, hacia el occidente, maíz y yuca dulce. Nicolás de la Rosa dice que los chimilas tienen maíz, yuca, papas (¿batatas?) y ñame. Alrededor de las últimas chozas que visitamos el bosque se encontraba desmontado insuficientemente y se había plantado maíz. El resultado empero tenía apariencia muy miserable. Aquí se suele usar la coa, pero para sembrar también se utiliza la punta de la maza para hacer los huecos. Como ya dije anteriormente, parece que los indígenas sufren de escasez de alimentos. La caza ahora es muy difícil, ya que hasta los simios se volvieron escasos en estos bosques. Según dicen parece que a veces matan peces en el río con archo y flecha (para lo cual usan flechas con punta de madera). No me fue posible averiguar si saben envenenar el río para pescar. Empero, los criollos, al igual que los indígenas motilones utilizan dicho método constantemente. También aquí, en este departamento, al igual que donde los paraujanos del Golfo de Maracaibo es muy común matar peces con arco y flecha. Los únicos animales domésticos que encontramos eran unos perros de raza no identificable. Oviedo también menciona perros en la región de Santa Marta 52.
|

