LOS KOGI DE LA SIERRA NEVADA DE SANTA MARTA

CARLOS ALBERTO URIBE T.
Departamento de Antropología Universidad de los Andes.

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Unos 3.500 indígenas Kogi sobreviven en las montañas, los valles y los cañones que la acción paciente y milenaria de las fuerzas tectónicas y de los elementos ha formado en la vertiente norte de la Sierra Nevada de Santa Marta. Ellos son los descendientes obstinados de antiquísimos pueblos nativos, que una vez se enfrentaron al invasor español que venía en busca de un Nuevo Mundo para la vieja Europa. Pero pudieron más los hombres de armadura de metal con sus caballos y canes amaestrados, y con.sus arcabuces que sonaban como un trueno y vomitaban mucho fuego. Los aborígenes cesaron entonces su resistencia armada y se inclinaron ante los nuevos amos que hablaban una lengua extraña y adoraban a otro Dios distante, pero no menos implacable. O huyeron en temerosa desbandada por los empinados riscos y los pasos peligrosos hacia lugares inaccesibles de su Sierra, en la dirección de las cumbres envueltas de niebla.

Después del holocausto de 1599, los aborígenes derrotados comenzaron a reagruparse y a reorganizar su vida como sus antepasados les habían enseñado, ahora protegidos por los peñascos de su nuevo territorio. Unos provenían de las costas y una vez habían sido pescadores y productores de sal de mar. Otros eran pueblos agrícolas, además de buenos orfebres, tejedores, y excelentes arquitectos e ingenieros de caminos, terrazas agrícolas y ciudadelas de piedra. Entre unos y otros se habían mantenido previamente delicadas redes de intercambio. Se intercambiaba el pescado y la sal por mantas de algodón y oro. Unos grupos eran "donadores" de mujeres en matrimonio a otros grupos con los que tenían establecidas sus alianzas, para cumplir así con los dictados de la exogamia que obliga a encontrar esposas por fuera del propio grupo. La derrota implicó, por supuesto, que los sobrevivientes perdieran su espléndida cultura material, que sus ciudades con cuidadosos basamentos en piedra fueran abandonados, y que los caminos hechos de lajas del mismo material se dejaran a la acción de la selva y los elementos. La fuga también trajo consigo el desplome de las redes de intercambio. Era como si la selva al cubrir con su denso manto la intrincada red de caminos prehispánicos, pusiera una barrera de protección infranqueable que habría de separar por muchos años a los descendientes del holocausto y a los nuevos señores de la tierra.

Abajo, en las partes bajas que rodean la Sierra Nevada, los colonos extranjeros se dedicaron en sus horas libres a la agricultura y la ganadería, con el beneficio del trabajo de los indios que se quedaron atrás y de los esclavos negros arrancados de su hogar en el Africa. Porque mucho tiempo se les fue en saquear el oro de las tumbas de los vencidos. Porque tuvieron que preparar nuevas acciones guerreras contra otros pueblos nativos del interior de sus nuevos dominios. Además de que debieron defenderse de los corsarios ingleses, franceses y holandeses, que con obstinación sin límite empezaron a asolar las costas y puertos recién fundados en la Tierra Firme.

Con los inicios del siglo XVIII, los españoles empezaron a traspasar las fronteras naturales que los separaban de los nativos refugiados en las montañas de la Sierra. Mercaderes, misioneros, funcionarios y miliciados coloniales remontaron entonces desde las partes planas los estrechos valles de los ríos que nacen en la Nevada. Unos llevaban herramientas y baratijas para comerciar con los indios. Otros iban armados de la cruz y de la Biblia para enseñarles a aquellos "bárbaros gentiles" las palabras de aquel Dios de quien sus antepasados habían huido. Los demás subían provistos de sus códigos y leyes para arreglar su vida de acuerdo con los moldes de la sociedad colonial, e imponerles los tributos a que como súbditos del Rey estaban obligados. Arhuacos los llamaron a todos ellos, sin mucha atención a sus diferencias, para distinguirlos de aquellos indios de las partes bajas que como los Guajiros, Tupes, Chimilas y Motilones aún les causaban problemas sin cuento con sus frecuentes rebeliones. Los Arhuacos, en cambio, eran pacíficos y hasta sumisos. Su única respuesta a las nuevas amenazas fue, como siempre, refugiarse en lo más distante e inaccesible de sus cumbres.

Desde entonces la marea humana que a partir de las llanuras y costas se remonta hacia las alturas de la Sierra Nevada no ha cesado. Durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del presente, la Sierra fue recorrida palmo a palmo por viajeros y exploradores ocupados en describir su intrincada geografía y en detallar las posibilidades económicas que entrañaría la explotación de sus recursos naturales. Sus pendientes caminos fueron también recorridos por los primeros etnólogos que como el alemán Konrad Theodor Preuss y el sueco Gustaf Bolinder, dejaron descripciones del modo de vida y las creencias de estos pueblos "Arhuacos"- los Kogi entre ellos. Los viejos relatos sobre los tesoros ocultos de la Sierra Nevada y sus descripciones recientes, tentaban así la febril imaginación de los criollos mestizos descendientes de los españoles, y de algunos extranjeros. La Sierra se retrataba como una especie de paraíso perdido, como una tierra plena de oportunidades y riquezas para aquellos que se atreviesen a disturbar sus dioses tutelares. Inclusive se llegaron a organizar colonias agrícolas con gentes traídas de Europa para que con su trabajo e industria contribuyeran en la "civilización" de estas montañas incultas y de sus "salvajes" habitantes. Sólo que los colonos extranjeros murieron bien pronto víctimas de la fiebre y el hambre.

Todavía hoy, los descendientes contemporáneos de esos exploradores de antaño, los antropólogos, agitan la imaginación del público con sus despachos que transmiten los recientes descubrimientos de más "ciudades perdidas" precolombinas, nuevas Machu Picchu, en el corazón de las selvas amenazadas de la Sierra. El escenario se completa con narraciones sobre la violencia, el crimen, y las inmensas fortunas que coexisten con la pobreza y el hambre, que el tráfico de marihuana y cocaína ha despertado. Mucho ha cambiado por los Kogi, pero hay cosas que parecen que fueran lo mismo. Y es que siguen llegando mercaderes, misioneros, soldados y policías. Ya no llegan colonos del otro lado del mar, pero en cambio, campesinos sin tierra del interior del país vinieron a cultivar el café en las faldas templadas, y se quedaron a vivir en sus nuevos fundos ocupados en ese cultivo que tan bien conocían. Luego decidieron dedicarse mejor a cultivar la marihuana, con la protección del dosel natural de los árboles del bosque tropical. Algunos, muy pocos, se volvieron potentados gracias a este negocio y al de presionar a los indios para que les vendiesen sus hojas de coca sagradas - con el tiempo la "yerba" y la "nieve" de la Sierra Nevada llegaba a sus consumidores en países lejanos. Otros, casi todos, comenzaron a aguantar hambre cuando la prosperidad pasó, pues habían dejado de plantar su comida. Ello cuando no fueron a parar por una temporada a la cárcel. Entonces se dedicaron a la "guaquería", como antes, para completar sus magros ingresos de agricultores con el producido de la venta de los tesoros arqueológicos. Ya los Kogi, por su parte, no pagan tributos. Pero en cambio, venden su trabajo a los mestizos para comprar con el dinero del jornal herramientas, pescado enlatado, y el ron adulterado que los colonos fabrican en alambiques ilegales usando la panela que los indios antes les han vendido. Y los Kogi ya no huyen tan fácil hacia las cimas cuando los "extranjeros" llegan a sus tierras: ahora no tienen para dónde escapar.

De esta manera, los Kogi conforman en la actualidad un pueblo de agricultores de montaña, ya despojados de todo el esplendor material de sus ancestros, los llamados Tairona. En los valles y pendientes de la vertiente norte de la Sierra, cultivan plátano, yuca, maíz, caña de azúcar, café y otros tubérculos, vegetales y frutas. Más arriba, en los casi estériles páramos cubiertos de frailejón, hierba y niebla mantienen su ganado vacuno medio salvaje. Y sus cerdos, aves domésticas y perros rondan libres en sus pueblos y caseríos, rodeados de bien cuidados campos de coca, cuando sus moradores se hallan presentes. Ello en la medida en que los Kogi viven en un incesante movimiento entre sus campos agrícolas localizados en la parte media e inferior de su territorio actual, y los páramos donde está el ganado. Así estos indígenas tejen las condiciones materiales de su existencia. Siempre de arriba a abajo, de un lado al otro, como en el movimiento que marcan los hilos de algodón cuando en un telar vertical los hombres tienden las urdimbres y atraviesan las tramas para tejer las telas con que ellos y sus mujeres se cubren. Mientras tanto, los sacerdotes nativos, o mámas, y su acompañamiento de discípulos y ayudantes se mantienen la mayoría de los días aislados en sus centros ceremoniales. Allí propician los favores de su deidad principal, que los Kogi denominan como la Madre, creatura femenina que todo lo abarca, el principio y el fin de todo lo que existe, la fertilidad, la tierra misma. En esos templos, o "Cansamarías", casas de la Madre, los mámas ayunan y adivinan, y observan con el mayor cuidado, los movimientos de los planetas, del sol y la luna en la bóveda de los cielos. Al igual que sus ancestros, los Kogi llevan una rica vida religiosa. ¿Cómo podría ser de otra forma, si es que los Kogi son la gente, la verdadera gente, los Hermanos Mayores, los guardianes del mundo, los hijos preferidos de la Madre?

Detrás de tan fuerte identidad étnica, se da, sin embargo, una aguda competencia entre los diferentes pueblos alrededor de los cuales organizan su vida los indígenas. Cada población reconoce como suyas determinadas áreas en cada uno de los niveles altitudinales, y el acceso a estas ecozonas productivas se determina por la membrecía de los hombres y las mujeres a ese pueblo. En otras palabras, el pertenecer a vecindarios diferentes da lugar a tener que mantener los campos agrícolas y los ganados en zonas diferentes de los valles, los flancos y los páramos. Cada pueblo Kogi controla entonces territorios diferentes dentro de ese gran ecosistema vertical que es la Sierra Nevada. Así por ejemplo, un hombre adulto cualquiera y su mujer pueden cultivar un terreno, digamos que en la ecozona baja del pueblo al que pertenecen, bien sea porque en él nacieron o porque han sido aceptados por todos, en especial por el máma local de mayor posición. Cuando la tierra se hace escasa, como ahora que los colonos mestizos se han venido apropiando de casi todas las tierras calientes y templadas, cada pedazo de ella es vital para los indios. La clave de su sobrevivencia es su movimiento de telar en este mosaico de telares que estructura la superposición de los territorios de cada una de las poblaciones de los Kogi.

De esta manera, este conflicto entre los varios vecindarios de los indígenas no sólo se genera por el acceso a la tierra como un medio de producción, sino también en términos de las relaciones de cada pueblo con la sociedad mestiza regional y la misión católica. Un conflicto que, a su vez, hace que se presenten fisiones en los poblados cuando algunos aldeanos, presididos por algún máma, se separan para asentarse en otro lugar a fundar una nueva población. Así ha sucedido antes, y así sigue sucediendo. Estos procesos dan lugar a la fascinante política de los Kogi con sus ingredientes de alianzas entre pueblos y sus correspondientes rivalidades, a las facciones en las que cada pueblo se divide con los correspondientes debates entre sus líderes, a la competencia por validar la identidad de cada pueblo frente a la de los demás. Todo en medio de un chismorreo sin fin, y de las idas y venidas de las últimas noticias provenientes de los pueblos vecinos. En el telón de fondo se sientan los mámas a meditar, a adivinar y a mover muy sutilmente los hilos que controlan las actividades profanas de los vasallos de la Madre. En esta tarea los acompañan los mayores o ancianos, aquellos a quienes se les reconoce poder porque saben bien los cantos y textos míticos que los ancestros han trasmitido. En este contexto es imposible una centralización política pan-Kogi.

Toda la vida social de un pueblo Kogi gravita en torno a la figura dominante del máma. Un buen máma es como un padre o una madre, siempre nutriendo y cuidando a sus hijos, sus vasallos, los hombres y mujeres Kogi. Un buen máma conoce de forma minuciosa la llamada Ley de la Madre, la ley de los ancestros, y se sabe de memoria las genealogías de los linajes sagrados que puede recitar en téijua, la antigua lengua de los Tairona que ningún Kogi del común puede entender. Su erudición también incluye los textos sagrados, los cantos y las danzas que detallan los hechos y las proezas de los hijos e hijas de la Madre, y de los sacerdotes y mayores de viejos tiempos. Un buen máma sabe el ritual necesario para bautizar a los ninos, para iniciar a los muchachos y muchachas, para adivinar cuando el infortunio y la enfermedad asedian la vida de sus vasallos. Un buen máma escucha a los vasallos en confesión para determinar así qué ofensa contra la Madre está causando el mal de cosechas y ganados. El máma, en fin, es el único que puede decidir cuándo se deben realizar los numerosos festivales religiosos, ya que él es un astrónomo consumado y puede controlar el estado del tiempo. En su aislamiento y distancia, al máma se le tiene miedo y respeto. El tiene la autoridad y el poder sobrenatural para hacerla valer, y los vasallos le obedecen cuando habla ya que es un buen máma, su protector.

Los Kogi no conforman pues una tribu de indios "primitivos". La perspectiva tribal con la que miramos a otras formas sociales distintas de las prevalentes en Occidente, distorsiona la realidad de estas sociedades. Entre los Kogi no existe una integración sociopolítica que implique una autoridad centralizada, ni una organización supra-comunitaria sobre un territorio determinado. Esto es muy diferente al sentimiento que todos ellos tienen de pertenecer a una misma agrupación étnica que comparte una misma lengua, que tienen unas costumbres similares y que profesa una misma religión antiquísima. En cambio, nos encontramos ante un mosaico de comunidades de agricultores, organizadas en torno a pueblos y centros ceremoniales, y encabezados cada uno de ellos por la figura dominante de un sacerdote nativo. Cada pueblo, su máma y sus respectivos vasallos, crean unida- des más o menos autónomas, aunque todas ellas se reconozcan a sí mismas como Kogi, la gente, los Hermanos Mayores de la humanidad. Aunque todos en conjunto se hayan adjudicado para sí la misión de cuidar el mundo y su centro, la Sierra Nevada de Santa Marta.

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