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ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA
CULTURA DE SAN AGUSTIN: UN PROCESO HISTORICO MILENARIO EN EL SUR
DEL ALTO MAGDALENA DE COLOMBIA
HÉCTOR LLANOS VARGAS
"Lo que se necesita es una ciencia del registro
arqueológico'que enfoque los problemas especiales que surgen al
tratar de utilizar este registro pára conocer el pasado-.
(Lewis R. llinford, En busca del pasado, 1988).
"¿son posibles las leyes históricas, es decir,
generalizaciones válidas en el tiempo, en un contexto
concreto?".
(Ian Hodder, Interpretación en Arqueología, 1988).
Durante la década de los años setenta y la actual se ha
realizado una serie de investigaciones arqueológicas, patrocinadas
por la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del
Banco de la República, cuyos resultados colocan en primer plano la
compleja realidad que gira alrededor de la llamada cultura de San
Agustín.
Se han excavado nuevos cementerios y esculturas monumentales,
sobresaliendo por su contenido simbólico las estatuas pintadas de
El Purutal (Cubillos, 1986); se ha profundizado la historia con los
hallazgos fechados por los arqueólogos Luis Duque Gómez y Julio
César Cubillos en el Alto de Lavapatas (1988), donde un fogón
aislado corresponde al siglo XXXIII A.C. (5250 +- 120 A.P.), siendo
la fecha más antigua asociada a un asentamiento humano, en el Alto
Magdalena. También, estos investigadores en sus excavaciones del
Alto de las Piedras obtuvieron una fecha del siglo IX A.C. en una
tumba monumental.
Los dos arqueólogos antes citados acaban de publicar la primera
síntesis de la cronología absoluta que ellos han logrado. Este
trabajo es de gran importancia porque se trata de una
sistematización de la información arqueológica asociada a fechas de
C. 14, que estaba dispersa en sus publicaciones, convirtiéndose en
su primer cuadro cronológico que facilita la consulta de la
asociación de elementos culturales para cada yacimiento fechado y
para cada uno de los períodos por ellos definidos (1988: 100).
Una tendencia reciente en la investigación arqueológica del Alto
Magdalena es el énfasis que se le está dando a los sitios de
vivienda. En primer lugar se realizó el trabajo en la loma de La
Estación donde se encontró una aldea del período tardío (siglo XVI
D.C.) (Duque y Cubillos, 1981); luego se efectuaron las
excavaciones en los asentamientos de Quinchana (Llanos y Durán,
1983), y la prospección en el curso inferior del río Granates
(municipio de Saladoblanco), donde se logró ampliar la información
sobre las pautas de asentamiento, al encontrarse el poblado
aborigen de Morelia y otros conjuntos de habitación más pequeños,
fechados entre los siglos VI y XVIII D.C. (Llanos, 1988). En este
último municipio, Leonardo Moreno exploró otras regiones,
localizando en El Mondey varias lomas aterrazadas y caminos,
obteniendo en sus excavaciones fechas comprendidas entre el siglo
III A.C. y I D.C. (1987).
Otro aspecto novedoso para San Agustín es el relacionado con la
reconstrucción de estructuras arquitectónicas asociadas a los
montículos funerarios y la escultura monumental, en las Mesitas A y
B, del Parque Arqueológico Nacional de San Agustín y en el Alto dé
los Idolos (Duque y Cubillos, 1979 y 1983). Estas obras permiten
apreciar al visitante el desarrollo tecnológico alcanzado por los
constructores prehispánicos.
Además, proyectos que en estos momentos se están realizando,
como el del Valle del río La Plata (Drennan y otros, 1985), el del
Valle del río Timaná por parte del arqueólogo Carlos Sánchez y el
que estamos haciendo en el Valle de Laboyos, no sólo están
ampliando considerablemente el área de ocupación de la llamada
cultura de San Agustín, sino que están aumentando el conocimiento
sobre el poblamiento en los diferentes paisajes inscritos en los
pisos térmicos frío, templado y cálido, con su amplio potencial de
recursos naturales.
Por último, los trabajos que realizamos en el valle inferior del
Granates integraron las fuentes arqueológicas con las
etnohistóricas, al encontrar una fecha de 1700 D.C. asociada a una
de las terrazas de habitación del poblado aborigen principal. Este
hallazgo, pareció en un comienzo insólito, pero al ser confrontado
con otras fechas de San Agustín, obtenidas por otros investigadores
(siglos XIV, XV y XVI), resultó muy valioso en tanto que mostró la
permanencia de las pautas de asentamiento agustinianas del período
tardío, durante la colonia hispánica (Llanos, 1988).
San Agustín, una tradición cultural regional
Hace algunas décadas la investigación arqueológica tuvo como uno
de los temas principales, conocer el origen de las diferentes
culturas regionales, utilizando modelos teóricos difusionistas
principalmente. En la actualidad., como consecuencia de nuevos
enfoques de la arqueología, los objetivos son diversos.
Ultimamente, ya no se enfatiza el modelo difusionista que
trataba de explicarlas a partir de supuestas migraciones
mesoamericanas. Esta revaluación se debe, en gran parte, al
incremento que han tenido las investigaciones arqueológicas en
países como Colombia y el Ecuador, cuyos resultados han
proporcionado una dimensión histórica profunda y regional en sus
territorios.
Por su localización en el extremo norte y occidental de
Suramérica estas áreas fueron el escenario de tradiciones
culturales alfareras que desarrollaron sus propias dinámicas
culturales, en procesos desi guales pero interrelacionados,
aprovechando la gran variedad de paisajes de la Orinoquia, la
Amazonia, las costas del Caribe y del Pacífico, los valles,
altiplanos y vertientes de las cordilleras andinas, inscritos en
los pisos térmicos cálido, templado y frío.
Como es bien sabido, en las costas del Caribe de Colombia y en
las del océano Pacífico del Ecuador, se han podido establecer los
más antiguos focos de tradiciones alfareras americanas que
perduraron durante unos tres milenios. Luego surgieron las llamadas
culturas regionales como San Agustín, en las tierras del sur del
Alto Magdalena, en Colombia.
Los proyectos de investigación arqueológica más recientes
señalan que en los valles de la cordillera Occidental
correspondientes al departamento del Valle del Cauca y en los
paisajes del sur del depar tamento del Huila, hacia el primer
milenio antes de Cristo, ya se pueden identificar sociedades con
alfarería especializada y un estilo regional propio.
¿Cómo surgieron estas culturas regionales? o ¿de dónde procedían
sus progenitores? Son preguntas que no tienen una respuesta
concreta pero que se pueden afrontar hipotéticamente, teniendo en
cuenta las asociaciones estilísticas de sus alfarerías, que
insinúan vínculos con la secuencia de los desarrollos culturales
ecuatorianos de Valdivia, Machalilla y Chorrera, entre el cuarto
milenio y el 300 antes de Cristo. Pero, estas asociaciones formales
de la cerámica todavía no son un argumento suficiente para
sustentar una procedencia directa de la llamada cultura de San
Agustín de las culturas ecuatorianas antes mencionadas.
Gerardo Reichel Dolmatoff en su último texto,
"Arqueología de Colombia", trae una novedosa
propuesta al respecto, desafortunadamente sin una sustentación que
rebase unas someras asociaciones formales de la cerámica del
llamado "segundo horizonte inciso, identificado con la
tradición Zambrano" que, según este autor, se difundió
hacia el interior del territorio colombiano por el valle del
Magdalena, ascendiendo al altiplano cundiboyacense (cultura La
Herrera) y llegando al sur del Alto Magdalena (cerámica del
complejo Horqueta) y por último, dando origen a la cultura de
Machalilla en el Ecuador (1986: 80).
Como lo escribimos en reciente publicación, a manera de
introducción, el problema del Alto Magdalena agustiniano es más
complejo: "La región oriental comprendida entre el norte
del Perú y el sur de Colombia constituye el Alto Amazonas, o sea,
es una zona donde en tiempos precolombinos parecen haber confluido,
en varias direcciones, tradiciones culturales diferentes, generando
procesos regionales como el de San Agustín" (Llanos,
1988).
O de otra manera, "Como lo ha señalado el arqueólogo
Luis Duque Gómez, en el Alto Magdalena se puede hablar de una gran
tradición cultural reflejada en sus complejos cerámicos, en su
mundo escultórico y funerario monumental, en sus sitios de vivienda
asociados a campos de cultivo, que rebasa las fronteras regionales
y se inscribe, ya sea por paralelismo estilístico o por analogías
etnológicas simbólicas, en un contexto cultural americano, tanto
andino como amazónico y de la Costa Pacífica Ecuatoriana"
(Idem).
Estas reflexiones hipotéticas sólo, se aproximarán a la realidad
histórica en la medida en que se confronten con nuevos proyectos de
investigación científica. Lo cierto es que la región de San Agustín
no se puede considerar aislada, en tanto que los paralelismos
estilísticos "señalan aspectos comunes entre San Agustín y
otras culturas, identificándose horizontes culturales, pero
lamentablemente no todas las regiones circunvecinas a San Agustín
han sido objeto de investigaciones sistemáticas, que permitan
dilucidar la problemática histórica que se refleja en su
complejidad alfarera" (Idem: 94).
Para San Agustín, la primera periodización arqueológica fue
hecha por el investigador Luis Duque Gómez, basándose en los datos
obtenidos en las excavaciones que había realizado durante la década
de los años cuarenta y cincuenta (1966). Se fundamenta en una
secuencia de tres complejos cerámicos: el primero lo llama Mesitas
Inferior y comprende desde el siglo VI antes de Cristo hasta el
siglo V después de Cristo; el segundo, Mesitas Medio, entre el
siglo V y el XII después de Cristo, y el tercero Mesitas Superior
entre esta última centuria y el siglo XVI.
Duque Gómez, posteriormente en una reseña arqueológica sobre San
Agustín (1981), a cada uno de los complejos cerámicos asocia
contenidos culturales, como la metalurgia, las tumbas, los
montículos con sus templetes, la estatuaria, la agricultura, la
vivienda, señalando que se trata del proceso evolutivo de la
cultura de San Agustín.
En la década de los años sesenta, Geraro Reichel Dolmatoff
realiza un proyecto de investigación arqueológica, donde enfatiza
la estratigrafía cerámica, con la que puede definir cinco
complejos: Horqueta y Primavera, que por asociaciones
estratigráficas considera anteriores a la era actual; Isnos, entre
el siglo 1 y IV después de Cristo; y los complejos Potrero y
Sombrerillos. De este último obtiene fechas tardías (siglos XV y
XVII después de Cristo) (1975).
Posiblemente, al considerar emparentados los complejos Horqueta
con el Primavera y el Potrero con el Sombrerillos, Reichel
Dolmatoff, en publicaciones posteriores habla solamente de tres
complejos: Horqueta, Isnos y Sombrerillos (1987). Su clasificación
cerámica lo lleva a concluir que entre los tres complejos no hay
una continuidad cultural; antes por el contrario, enfatiza en que
no se puede hablar de una cultura de San Agustín, sino de muchas
culturas (1979).
Aunque el investigador anterior excavó sitios de basureros,
también, fundamentándose en la secuencia de sus complejos cerámicos
y en los trabajos de investigación arqueológica realizados por
otros investigadores, hace su propia interpretación etnológica de
la simbología escultórica y expone sus cambios cerámicos (1972,
1979, 1987). No hay duda que la interpretación de los complejos
cerámicos de Reichel Dolmatoff, no sólo ignora los complejos
cerámicos definidos por Duque Gómez, sino que confronta lo que este
investigador ha dicho, de que se trata de la evolución de una
cultura con sus respectivos cambios en el tiempo.
Las investigaciones que hemos realizado en Quinchana (1983),
Morelia (1988) y las que estamos realizando en el valle de Laboyos
(1988), nos permiten afrontar esta contradictoria situación
científica. Para ello era necesario establecer un paralelo entre
los complejos cerámicos definidos por los dos investigadores, para
comprender, que aunque era difícil hacerlos equivalentes formal y
cronológicamente, por sus diferencias metodológicas, los materiales
cerámicos eran los mismos, como era lógico de esperarse al haber
sido obtenidos en los mismos yacimientos prehispánicos.
No hay duda de que en el Alto Magdalena hay tres grandes
complejos cerámicos, que tienen unidades con rasgos formales,
decorativos y técnicos propios que se encuentran en una secuencia
cronoló gica. Hay un primer complejo, que de acuerdo con las
últimas investigaciones de Duque Gómez y Cubillos, en el Alto del
Lavapatas, está fechado en un sitio estratificado en el siglo VII
antes de Cristo y perdura con el conjunto de sus características
propias, hasta el siglo 1 después de Cristo, según fecha obtenida
por Leonardo Moreno, en el sitio de vivienda del Mondey (1987).
Para Reichel Dolmatoff es el complejo Horqueta que incluye el
Primavera y, para Duque Gómez, es el Mesitas Inferior.
En el siglo primero de la era actual hemos podido constatar
cambios en la alfarería de San Agustín. Hay nuevas unidades que no
están decoradas con incisiones, pero, aunque las unidades incisas
peculiares del primer complejo pierden su preponderancia, las hemos
encontrado en el valle de Laboyos en menor proporción, asociadas a
los nuevos grupos cerámicos. En este segundo complejo hay formas
sobresalientes como lo son las alcarrazas, las copas y las urnas
funerarias. Reichel Dolmatoff lo llamó complejo Isnos y, para Duque
Gómez, hacen parte del complejo anterior y del Mesitas Medio.
Las excavaciones más recientes de Duque Gómez y Cubillos
enfatizan que: "Quizá la más importante conclusión que
podemos derivar de nuestro trabajo, en los sitios arqueológicos
mencionados (Mesita C, El Parador y El Estrecho), es la continuidad
en la cultura (subrayado de los autores), por lo menos a lo largo
de siete (7) siglos; del siglo 1 antes de Cristo al siglo VII
después de Cristo, sin desconocer por supuesto, las lógicas
variantes locales, que por ahora se constatan" (Cubillos,
1980: 166).
Los materiales cerámicos asociados a estas fechas en dichos
sitios, incluyen rasgos tanto del complejo cerámico antiguo como
del segundo, como era de esperarse, en tanto que por la cronología
abso luta, se ubican en la fase final del primero e incluyen y
comprenden todo el período del segundo complejo cerámico, que
Reichel llamó Isnos.
No parece haber duda que en el siglo 1 después de Cristo estaban
presentes los rasgos característicos de los dos complejos
cerámicos, como lo muestran los cortes VI y VII hechos por Reichel
Dolmatoff en el Alto de los Idolos y en la Mesita B,
respectivamente. Aunque este autor invalida esta fecha asociada al
complejo que él llama Primavera, Leonardo Moreno en uno de los
cortes hechos en el Mondey, vuelve a obtener una fecha del siglo 1
después de Cristo, para esta misma cerámica.
Se sabe que a partir del siglo XI después de Cristo hay un
cambio más grande en la alfarería, surgiendo el tercer complejo
cerámico que se desarrolla hasta los tiempos de la conquista y la
colonización españolas. Este nuevo complejo tiene unidades
cerámicas que se caracterizan por ser menos pulidas, a diferencia
de los dos complejos anteriores y por la presencia de técnicas
decorativas exclusivas, como el granulado, el corrugado, la pintura
positiva y el hachurado. Duque Gómez llamó a este complejo Mesitas
Superior y Reichel Dolmatoff, Potrero-Sombrerillos.
A la llegada de los conquistadores españoles, en el siglo XVI,
los territorios del sur del Alto Magdalena estaban habitados por
las comunidades indígenas productoras del tercer complejo cerámico.
Estas conformaban la etnia de los yalcones que sobresale por la
resistencia que ofreció, actitud que le permitió la supervivencia
de sus pautas culturales prehispánicas, durante el período
colonial, aunque en condiciones limitadas y marginales, como se
pudo comprobar en las excavaciones del poblado aborigen de Morelia,
donde se obtuvo una fecha de 1700 después de Cristo (Llanos,
1988).
En síntesis: "... en el Alto Magdalena se concretan
mayores cambios hacia los comienzos de la era cristiana, entre los
siglos X y XI y en el siglo XVI D.C. Si se observan estos períodos
de transformación de la cerámica, se puede pensar que probablemente
estén asociados a cambios de orden social, económico, político y
religioso" (Idem: 95). El balance antes expuesto señala
los cambios presentados en la alfarería del sur del Alto Magdalena
agustiniano. ¿Cómo explicar los cambios sucedidos hacia el comienzo
de la era actual y entre el siglo X y el XI después de Cristo?
Para Duque Gómez el fundamento inicial de su periodización son
los complejos cerámicos; no obstante, posteriormente (1979) cuando
entra a interpretar los resultados de su más reciente investigación
hecha en compañía del arqueólogo Cubillos, enfatiza su
periodización histórica.
Para estos investigadores el complejo Mesitas Inferior
corresponde al período Formativo (1000 A.C. - 300 D.C.), y el
Mesitas Medio, que es una continuación del anterior, conforma el
Clásico Regional (300 - 800 D.C.).
El Clásico Regional se diferencia del Formativo, por la
presencia de montículos funerarios, sarcófagos monolíticos, tumbas
revestidas de lajas, grandes aterrazamientos con muros de
contención, destina dos a necrópolis y arte escultórico monumental,
todo como "reflejo de complejas formas
religiosas" (Duque Gómez, 1981).
Para Duque Gómez y Cubillos en este período se da el auge del
arte escultórico y las construcciones funerarias, que tienen su
origen en el período Formativo. Pero, a excepción de la fecha del
siglo IX A.C. obtenida por estos arqueólogos en una tumba
monumental del Alto de las Piedras, similar a las del período
Clásico Regional, las demás fechas de C. 14 asociadas a esta clase
de obras funerarias quedan comprendidas entre el siglo 11 A.C. y el
VII D.C.
La fecha del siglo IX A.C., en estos momentos, aparece como algo
insólito, en tanto que este tipo de obras, al estar presentes en el
período Formativo Inferior (1000-200 A. C.), replantearían la
diferenciación de contenidos culturales que hay entre este período
y el Clásico Regional. Por eso, es mejor esperar a que nuevos
trabajos de investigación confirmen este hallazgo.
Es bueno destacar la correspondencia que hay entre el período de
las construcciones funerarias (siglos II A.C. - VII D.C.) y la
continuidad cerámica que Duque Gómez y Cubillos no colocan en duda,
"...por lo menos a lo largo de siete (7) siglos; del siglo
I antes de Cristo al siglo VII después de Cristo, sin desconocer
por supuesto, las lógicas variantes locales" (Cubillos,
1980: 166).
Lo anterior, además de señalar una continuidad cultural entre el
período Formativo Superior (200 A. C. - 300 D. C.) y el Clásico
Regional (300-800 D.C.), parece decir que antes del siglo II A.C.
existe un período diferente, que comprende la cerámica del Complejo
que Reichel llamó Horqueta.
Como ya se había dicho, hacia el siglo 1 D.C. se encuentran o
coexisten los complejos Primavera e Isnos. ¿Qué pasó entre el siglo
II A. C. y el I D. C.? Para Reichel Dolmatoff se trata de la llegad
a de unos invasores (Isnos); pero esta interpretación concluyente
no resuelve interrogantes como: ¿de dónde llegó el avanzado pueblo
escultor, que hasta el presente no se ha localizado?, ¿qué pasó con
los pobladores anteriores que habitaron la región durante casi mil
años?, si se fueron, ¿para dónde? y ¿por qué se desplazaron?
Retomando el análisis cerámico, el complejo que Reichel
Dolmatoff llamó Isnos lo hemos hallado en el valle de Laboyos
fechado en el siglo VI D.C., asociado a unidades cerámicas
anteriores, o sea el complejo Horqueta. Las nuevas unidades dominan
sobre éstas y esta asociación física no es accidental, sino que el
estilo del primer complejo se transformó, no desapareciendo en su
totalidad, de manera abrupta.
Algunas formas y la utilización de arcillas y desgrasantes de
unidades del complejo Horqueta se encuentran presentes en la
cerámica Isnos. Esta cerámica, aunque diferente, comparte elementos
con aquélla.
Es necesario pensar en otro modelo acerca del proceso histórico,
el cual nosotros llamamos de los desarrollos regionales y que
Cubillos, en cita anterior, constataba como "las lógicas
variantes locales". ¿Por qué no suponer que alguna de las
comunidades aborígenes que habitaron la región del Alto Magdalena,
hacia los dos primeros siglos antes de Cristo, produjeron las
innovaciones alfareras, que en los primeros siglos de la era
cristiana se volvieron dominantes, quedando las anteriores como
secundarias?
¿Qué factores determinaron estos cambios? En este momento no hay
hallazgos científicos para dar una respuesta precisa, pero como lo
escribimos en el trabajo de Morelia: "Estos grupos que
habitaron el Alto Magdalena en su período inicial, desarrollaron su
propia tradición cultural que se refleja en su alfarería y en sus
pautas de asentamiento, pero como es de suponerse no debieron estar
aislados, sino por el contrario, en las regiones vecinas al Alto
Magdalena (Amazonia, Valle del Cauca, Altiplano Nariñense y sector
norte del Alto Magdalena), fueron territorios de comunidades
partícipes de otras tradiciones culturales, que en determinados
períodos establecieron contactos con los agustinianos que
significaron influencias culturales de parte y parte, que se
reflejan parcialmente en los cambios del sistema alfarero... se
puede pensar que hubo vínculos de intercambio o parentesco con
grupos culturales diferentes" (Llanos, 1988: 94).
En el siglo VI D.C. se hicieron varias de las construcciones
monumentales funerarias, en sitios distantes como en el Alto de los
Idolos (montículo No. 5), El Purutal (montículo I) y Morelia
(montículo I), lo cual es indicativo de un momento de esplendor
monumental, que está asociado al segundo complejo cerámico.
El siglo VII D.C. es la fecha más tardía asociada a una tumba,
con elementos propios del período Lítico Monumental o Clásico
Regional (tumba No. 6, Mesita C; Cubillos, 1980). Entre dicha
centuria y el año 900 no hay hallazgos fechados, conformándose así
un vacío cronológico. Esta última fecha fue lograda en el corte II
realizado en un basurero en el poblado de Morelia (Llanos,
1988).
Según parece, en el período comprendido entre estas dos fechas
finaliza el Clásico Regional, y surge el tercer complejo cerámico,
que con seguridad se ha podido fechar en el siglo XI D.C., en una
terraza de vivienda en el Alto de Quinchana (Llanos y Durán, 1983),
y en un sitio de vivienda del siglo XII, en el Potrero de Lavapatas
(Duque, 1966).
Para Duque Gómez, el tercer complejo cerámico es el Mesitas
Superior, y aunque lo afilia al corpus tradicional de la cultura de
San Agustín, al mismo tiempo manifiesta: "... la
introducción de algunos rasgos nuevos en la cerámica, tanto en
cuanto a técnicas decorativas como en relación con la morfología,
lo mismo que la presencia de otros elementos que no se advierten en
los períodos inmediatamente anteriores, esto es, Mesitas Medio y
Mesitas Inferior". También anota que aunque desconoce la
iniciación del Mesitas Superior, "... De manera muy
tentativa podríamos situarla quizás en el siglo VIII 6 IX
d.C." (1966: 359).
Para Reichel Dolmatoff la problemática del origen del tercer
complejo cerámico, que llama Sombrerillos, no se presenta, porque
las fechas que obtuvo fueron muy tardías (siglos XV y XVII), y
porque no consideró que su complejo era el mismo Mesitas Superior
que Duque Gómez había fechado en el siglo XII D.C.
La cerámica excavada en Quinchana (Llanos y Durán, 1983), del
siglo XI, corresponde en un alto porcentaje al complejo Potrero que
Reichel Dolmatoff no pudo fechar y que consideró como un posible
ancestro del complejo Sombrerillos, lo cual se puede afirmar hoy en
día.
La pregunta que surge en estos momentos es: ¿Qué tiene que ver
el complejo Mesitas Superior o Potrero-Sombrerillos con la cerámica
del período Clásico Regional? En el libro de Morelia se trató de
establecer estas relaciones al obtener una fecha del siglo VI D.C.,
asociada a un sarcófago monolítico (corte I). Lamentablemente el
cementerio al que pertenece este sarcófago había sido guaqueado con
anterioridad, generando ciertas reservas en la comparación del
material cerámico de este yacimiento con el fechado en el siglo X
D.C. (corte II).
De todas maneras esta comparación se hizo entre los dos cortes,
apreciándose una transformación gradual de la alfarería entre el
siglo VI y el X D.C. De ratificarse ésto, se llenaría 'el vacío
anterior, identificándose las transformaciones de la cerámica de la
fase final del período Clásico Regional.
Las nuevas unidades alfareras identificadas entre el siglo X y
el XI D.C. se vuelven dominantes. Por eso la cerámica Sombrerillos
o Mesitas Superior, ubicada en el momento de la conquista
hispánica, tiene marcadas diferencias con la de los períodos
anteriores. Se puede suponer la intromisión o llegada de un estilo
alfarero diferente a los territorios del Alto Magdalena, que entra
en contacto con la tradición agustiniana del período Clásico
Regional, imponiéndose sobre ésta.
Pautas de asentamiento
Para poder ir más allá del análisis empírico cerámico y alcanzar
una dimensión histórica que supere los referentes espaciales y
cronológicos de los hallazgos, desde el año 1981, en el trabajo de
Quinchana y luego en el cañón del río Granates y actualmente en el
valle de Laboyos, hemos experimentado ciertos medios conceptuales;
con la intención de lograr una aproximación a la compleja realidad
histórica del sur del Alto Magdalena agustiniano.
El análisis cerámico indica cambios, pero en sí no los puede
explicar. Los restos materiales culturales como la cerámica, las
tumbas y el arte monumental de San Agustín, son tratados como
evidencias de grupos aborígenes, que a lo largo de varios siglos
produjeron unas formas de pensamiento mágicas vinculadas a su
organización social y política y a unos procesos de producción
económica; estas les permitieron interpretar la realidad natural en
diferentes paisajes, inscritos en un clima tropical húmedo
andino.
Este conjunto de respuestas articuladas y de diferentes órdenes,
las llamamos pautas de asentamiento. Si éstas se logran identificar
de manera particular para San Agustin, hemos dado un paso más allá
del mundo de los objetos, y esperamos acercarnos a la identidad del
mundo cultural que allí se produjo; en un proceso histórico de más
de dos milenios. A cada modelo de organización social corresponde
una determinada pauta de asentamiento, que en un proceso histórico
regional adquiere una identidad cultural propia. Si la pauta de
asentamiento cambia es porque hechos históricos de gran
trascendencia producen cambios en toda la sociedad. Los motivos
pueden ser muchos y se particularizan en cada proceso histórico
regional. Explicar estos cambios es muy difícil y no sólo se
requiere de una investigación arqueológica interdisciplinaria y
sistemática, sino también de la búsqueda de un mundo conceptual que
está surgiendo de la reflexión crítica de la etnología y la
historiografía, al que llamamos enfoque etnohistórico.
Las investigaciones etnográficas sobre grupos aborígenes en el
período de la conquista hispánica y los realizados sobre
comunidades indígenas en tiempos modernos, aportan modelos de
pautas de asentamiento de origen americano. Estas son consideradas
como el medio fundamental para aproximarnos a las sociedades
prehispánicas, en tanto que las pautas de asentamiento vienen a ser
la estructura que sustenta toda realidad étnica.
¿En el sur del Alto Magdalena hubo una o varias pautas de
asentamiento? Desafortunadamente todavía no se puede dar una
respuesta acabada en tanto que las investigaciones sobre el período
más antiguo de San Agustín (Formativo Inferior, 1000-200 A.C.), son
escasas, y no hay información sobre los sitios de habitación, los
campos de cultivo y los centros ceremoniales. De este período se
conocen los restos cerámicos y líticos excavados en basureros,
localizados en las cimas y en las laderas de lomas, donde
estuvieron sus viviendas. Se han identificado dos tumbas, una con
pozo y cámara lateral donde se exhumó un sarcófago de madera, en el
Alto del Lavapatas (siglo VI A.C.) y otra de carácter monumental
lítico en el Alto de las Piedras, del siglo IX A.C.
La información no es suficiente para identificar un modelo de
pautas de asentamiento, pero como lo anota el investigador Duque
Gómez este período corresponde a una sociedad agrícola formativa,
que posteriormente produjo los grandes centros ceremoniales
funerarios, del período Clásico Regional.
Para el siglo II A.C. se incrementa la información arqueológica,
que configura un modelo de pauta de asentamiento que
provisionalmente denominamos monumental (períodos Formativo
Superior, 200 A.C. - 300 D.C. y Clásico Regional 300 - 800
D.C.).
Se sabe que los constructores de estas obras monumentales
vivieron dispersos en las cimas amplias de lomas, en mesetas y
terrazas, que en determinado momento histórico transformaron,
haciendo grandes aterrazamientos, rellenos y montículos para sus
centros funerarios. Fueron agricultores del maíz, grandes maestros
alfareros y escultores especializados.
De ellos hay más información sobre sus tumbas y lo que se ha
interpretado, con diferentes significados, sobre su mundo simbólico
tallado en la piedra, que sobre su vida cotidiana. Por eso, los
investi gadores han visto una organización social jerarquizad a a
partir de sus centros funerarios. Pero, ¿qué sabemos sobre el
significado de la muerte entre los agustinianos?, ¿se puede aceptar
que sus formas de entierro reflejan directamente su organización
social?, o será, como se lo plantea Hodder, que "El
enterramiento adopta distintas formas, que son reflejo de la
sociedad. Estas distintas formas dependen claramente de las
actitudes de esa sociedad hacia la muerte" (1988: 15).
La presencia de varios centros funerarios monumentales en sitios
distantes y durante el siglo VI D.C. (Alto de los Idolos, El
Purutal y Morelia), se puede interpretar como la ocupación
simultánea de regiones, probablemente al mando de un jefe con una
autoridad local, simbolizada en los elementos mágicos, que portan
las esculturas principales de los montículos.
A su vez, sitios como las mesitas del Parque Arqueológico
Nacional de San Agustín y los altos de Los Idolos y de Las Piedras,
se destacan como centros principales, en donde hay varias
estructuras monticulares donde enterraron una secuencia de jefes
que gobernaron los territorios, durante el período Clásico
Regional, como si se tratara de linajes o clanes (Figura l, a y
b).
En este sentido, el mundo simbólico de la estatuaria adquiere
gran importancia. ¿Qué símbolos están asociados à los montículos?,
¿hay elementos estructurales en ellos?, ¿las esculturas son
representaciones míticas ancestrales?
Lo cierto es que San Agustín tiene el privilegio de poseer un
mundo simbólico en piedra, que ha resistido las inclemencias de la
naturaleza y los hombres modernos. En él, se encuentra plasmado un
pensamiento que rigió el comportamiento de grupos humanos durante
varios siglos. Allí están plasmados sus
"conceptos" sobre la vida y la muerte, el tiempo
y el espacio, la naturaleza y la cultura; o sea, toda una filosofía
mítica.
Un acercamiento al mundo escultórico agustiniano genera ciertas
consideraciones. Hay una figura central y principal que se
distingue por su boca feroz, asociada al felino; es masculina y
domina o se apropia de otros símbolos: agarra cabezas trofeo,
serpientes, pescados, monos fálicos y niños. Es fundamentalmente
antropomorfa, aunque tiene rasgos formales de animales como el
caimán y el murciélago.
El carácter principal de esta figura felina se enfatiza al
llevar, ya sea una corona de plumas, una cinta con moño alrededor
de la cabeza, en caracol y punzón, collares, pulseras o un cinturón
que destaca su fuerza masculina, y sobre todo al estar custodiada
por dos guardias o guerreros.
Los guardias también tienen elementos simbólicos: diademas con
tema ornitomorfo, motivo escalonado, doble espiral, placas sobre la
frente, y además de sus armas, llevan algunos de ellos, encima, un
ser mítico que se conoce como "el doble yo". Este
personaje tiene el rasgo felino (boca) y el cuerpo de serpiente; es
representado de manera dual (doble cuerpo con sus respectivas
cabezas integradas en un extremo a la cabeza felina frontal, como
en el caso de los guardianes del montículo oriental de la Mesita
A.
Lo felino no solamente es un rasgo de figuras antropomorfas,
sino que también tiene su propia representación zoomorfa. Este es
el caso de la escultura principal del montículo Norte de la Mesita
B, que se encuentra en el museo del Parque Arqueológico de San
Agustín. Este felino se encuentra sentado y tiene un tocado en la
cabeza, pero lo más sobresaliente es el signo que consiste en una
doble espiral, que lleva tanto sobre su pecho como sobre la frente;
este es similar al que lleva uno de los guardias del montículo
oriental de la Mesita A.
Además del conjunto de símbolos vinculados a lo felino como
fuerza masculina, se encuentran ranas, serpientes y lagartos,
asociados al elemento agua, que parece significar la fuerza vital
femenina.
Los poderes simbólicos de lo masculino y lo femenino se integran
en "el doble yo", y a su vez este ser está
asociado a los personajes con rasgos felinos. Estos parecen
sustentar su poder mágico en este "doble yo",
principio progenitor que está presente en el mundo de los muertos.
Es un símbolo que al integrar lo masculino y lo femenino está por
encima de lo natural, representando un poder mágico en la vida y la
muerte, y se vincula a las esculturas antropomorfas que pueden ser
la imagen de chamanes, como lo insinuan los símbolos que llevan. Es
un emblema de poder chamánico que debió controlar la vida social
durante el período clásico, como se expresa en los guardias y las
esculturas principales de los templetes, que están asociados a
tumbas monumentales en montículos artificiales.
El significado de todos estos símbolos es difícil de precisar,
pero pensamos que se pueden hacer asociaciones entre ellos. Y, es
bueno recordar en estos momentos, que estamos hablando del
pensamiento simbólico de una sociedad aborigen, localizada durante
siglos en los paisajes del sur del Alto Magdalena, que se
caracterizan por haber generado una paradoja a los grupos humanos
que los habitaron y a los que los habitan en el presente. Son
regiones con suelos propicios para la agricultura, con pisos
térmicos inmediatos, pero con un régimen de alta precipitación
pluvial y ríos torrentosos y profundos. ¿Cómo controlar esta
naturaleza? En tiempos prehispánicos, además de tecnologías
agrícolas, los aborígenes dieron respuestas mágicas y eficaces,
como las que siguen dando los grupos indígenas actuales, en sus
territorios de bosques tropicales húmedos.
El agua como elemento básico vital, simbolizado en serpientes,
lagartos, peces y ranas, es controlado por la fuerza felínica de
chamanes. Esta relación de poder, de control de las fuerzas
naturales, depende de lo femenino en tanto que es el elemento donde
germina la vida. Los chamanes felinos, de piedra, llevan en el
mundo de los muertos estos símbolos vitales, como emblemas de poder
mágico que rigen la vida cotidiana de la comunidad que depende del
control de la naturaleza (Figura 2).
Esta pauta de asentamiento monumental con su estructura
simbólica mágica, según parece, perdura hasta el período
comprendido entre el siglo VII y el X D.C., porque en el siglo XI
D.C. ya se ha podido identificar una nueva pauta de asentamiento,
que corresponde al complejo cerámico tardío.
Los conquistadores españoles encontraron los territorios del sur
del Alto Magdalena ocupados por comunidades indígenas que
identificaron con los nombres de yalcones, piramas y timanaes,
pertenecientes a una misma etnia, que identificamos con el nombre
de yalcones.
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Figura 2
Sistema alfarero de San Agustín
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¿Qué relaciones culturales existieron entre los yalcones y los
constructores de las obras monumentales? Es probable que estén
inscritos en tradiciones culturales distintas, en tanto que tienen
pautas de asentamiento diferentes.
¿Cómo fueron las formas de contacto entre los dos grupos
étnicos? En estos momentos no se puede dar una respuesta a este
interrogante, pero las evidencias arqueológicas muestran que los
sitios donde habitaron los constructores de las obras monumentales,
durante el período Clásico Regional, fueron también lugar de
asiento de los yalcones del período tardío, como si se tratara de
una ocupación cultural que terminó dominando sus antiguos
territorios. Varios de los asentamientos clásicos estaban
abandonados cuando llegaron los yalcones. Lo cierto es que los
alfareros del complejo cerámico tardío se impusieron sobre los
constructores de las obras funerarias monumentales, y como lo
indica la abundante presencia de yacimientos con cerámica tardía,
hubo una ocupación territorial más densa, en relación con la
ocupación de los períodos anteriores.
La pauta de vivienda tardía introdujo cambios. En el siglo XI
D.C. se hicieron terrazas artificiales sobre las pendientes de las
lomas redondeadas, que descienden a los profundos cañones de ríos
como el Magdalena, el Quinchana y el Granates. Estas terrazas de
vivienda se encuentran en pequeños conjuntos, no muy distantes
entre sí. En ellas se construyeron casas de planta circular y techo
cónico, con materiales naturales perecederos.
Las terrazas hasta ahora excavadas muestran que en ellas
vivieron familias nucleares, que prepararon alimentos y tallaron
sus herramientas de obsidiana en estos espacios.
Los campos con eras de cultivo se han encontrado próximos a las
terrazas de vivienda, a manera de huertas o parcelas familiares.
Cultivaron maíz, fríjol, papa y otros frutos "de que en
aquella tierra había en cantidad" (Llanos, 1988: 118).
En la región de Morelia, en el cañón del río Granates, se
localizó una alta concentración de terrazas de vivienda,
articuladas por una red de caminos y próximas a campos, de cultivo,
que configuran un poblado prehispánico. Las crónicas del siglo XVI
hacen referencia a un poblado como sede de la residencia de un
cacique principal de los yalcones, llamado Añiolongo.
El poblado principal de Morelia y los pequeños conjuntos de
terrazas de vivienda localizados dispersos en ambas márgenes del
río Granates (curso inferior), configuran el modelo de poblamiento
tar dío, donde el río parece constituir un eje de ocupación
territorial que debió estar al mando de uno de los caciques
principales (Figura 3).
En el siglo XVI, las crónicas de conquista sustentan la
existencia de la organización política de los cacicazgos. Entre los
yalcones hubo un cacique principal, Pioanza y otros caciques
llamados Pirama, Meco y Añiolongo. Ellos estuvieron emparentados en
tanto que Pioanza fue sobrino de Meco y hermano de Pirama. Cada
cacique tuvo su autoridad circunscrita a un territorio, y entre
ellos conforman una estructura de poder jerarquizado y vinculado a
una descendencia familiar o linaje. Modelo de organización política
similar al de los cacicazgos del valle alto del río Cauca (Llanos,
1981).
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Figura 3
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Los caciques fueron líderes militares que organizaron la
resistencia a los ejércitos españoles. Para los yalcones, como para
muchas otras comunidades aborígenes, la guerra estuvo en un
contexto ritual, donde las cabezas de los soldados y los caballos
caídos en el campo de batalla, lo mismo que sus pieles,
simbolizaron un poder mágico para sus caciques.
Los yalcones establecieron una pauta funeraria diferente; sus
muertos fueron enterrados en las plantas de sus viviendas, en
tumbas poco profundas y de pozo con cámara, sin estar asociadas a
estructuras monumentales y esculturas en piedra.
Lo antes escrito enfatiza las diferencias entre las pautas de
asentamiento del período Clásico Regional y la de los grupos
aborígenes que encontraron los conquistadores hispánicos en el
siglo XVI. En la historia precolombina del sur del Alto Magdalena
se puede hablar de una tradición cultural de San Agustín, que
produjo las admirables obras líticas de carácter funerario
monumental, en un proceso que duró varios siglos, y que hacia el
siglo X D.C., según parece, sufrió el impacto de la llegada de
comunidades pertenecientes a otra tradición cultural, qué alteró su
cosmovisión ancestral.
El poder de los chamanes de piedra, que controló las fuerzas en
la vida y la muerte, se personificó en los caciques o jefes
principales, cuyo poder se sustentó en acciones mágicas, en ritos y
sacrificios, como los que se dieron en el siglo XVI, cuando
combatieron a los soldados españoles, quienes además de sus armas y
perros esgrimieron sus símbolos protectores, como el apóstol
Santiago, que oportunamente salva sus vidas en una aparición
milagrosa, ante el ataque sorpresivo del cacique Pioanza y sus
guerreros.
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