Reseñas de libros

PUBLICACIONES PERIÓDICAS

MAGUARE
No. 3
Revista del Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
Ciudad Universitaria Bogotá.

El tercer número de la Revista Maguaré correspondiente al año de 1985 aparece en esta ocasión con un artículo de Francisco Ortiz sobre la Mitología y organización social en el oriente de Colombia; Ligia de Ferrufino discute sobre Antropología y Programación; María Victoria Uribe resume sus estudios sobre Pastos y Protopastos: la red regional de intercambio de productos y materias primas de los siglos X a X VI d. C. En otro artículo la arqueóloga Luisa Fernanda Herrera sintetiza algunas consideraciones sobre Agricultura Aborigen en la Sierra Nevada de Santa Marta y Gustavo Santos Vecino refiere los hallazgos de los Asentamientos pre-hispánicos en la región del Golfo de Urabá y su desarrollo hasta la época de la conquista. Cierran el volumen un artículo de Fechados y bibliografía sobre la etapa lítica en Colombia de Gerardo Ardila, uno sobre La historia colombiana y los archivos de Augusto Gómez, el Concepto antropométrico y etnográfico sobre los restos hallados en Cueva de la Trementina, Departamento del Cesar y unos Apuntes de etnozoología de Gonzalo Arango.

MAGUARE No. 4
Revista del Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
Ciudad Universitaria
Bogotá.

El volumen cuarto de Maguaré correspondiente a 1986 contiene cinco secciones dedicadas a diferentes aspectos de la antropología. En la primera sección dedicada a la Etnología se incluye un artículo de Esther Sánchez de Guzmán sobre Aproximación al estudio del sistema cognoscitivo de la alimentación Páez, uno sobre La escalera de Cristal (Etnoastronomía Embera) de Mauricio Pardo y otro sobre Un mito de la gente Murui: de cómo sé crió Yarocamena de Fernando Urbina. En la segunda sección (Lingüística) se encuentra un artículo de Franciso Queixalos sobre Neologismos metalingüísticos en Sikuani. En la tercera sección dedicada a la identidad y diversidad cultural los tres artículos son: Relaciones de poder en la producción del café. Cultura e ideología de Carlos Pardo Vargas; Genitalidad en la copia de José Rozo Gauta y Víctor Raúl Rojas y Culturas Populares y contextos sociales: un enfoque interpretativo de Julián Vargas y Pilar Riaño. La cuarta sección de salud y medicina popular comprende los artículos de María Eugenia Romero sobre La metodología antropológica en los estudios de la salud y la nutrición y de Hugo Portela sobre Enfoques antropológicos sobre la atención primaria de salud: integración de la medicina alopática y tradicional. La quinta sección correspondiente a la enseñanza de la antropología tiene un artículo de Carlos Pinzón sobre Identidad y crisis en Antropología.

ARQUEOLOGÍA No. 3
Revista Estudiantes de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
Departamento de Antropología
Ciudad Universitaria
Bogotá.

Gracias al esfuerzo del grupo de estudiantes de la Universidad Nacional continúa apareciendo esta publicación periódica que en su tercer número recoge un artículo de Luisa Fernanda Herrera, Inés Cavelier y Santiago Mora sobre Fracciones de Espacio: Amazonas; un resumen de Gonzalo Correal sobre Excavaciones Arqueológicas en Mosquera; un artículo sobre Los Wayu de Augusto Gómez; un ensayo de Jaime Arocha sobre Clima, Hábitat, Proteínas, Guerras y Sociedades del Siglo XVI; un avance de la investigación de Arturo Cifuentes sobre El poblamiento prehispánico de la vertiente oriental del Páramo de Sumapaz; Etnología y prehistoria de Jean Guiart; Un espacio dónde morir de Armando Moreno; Geografía: sus dimensiones espaciales de Joaquín Molano; La Colonia Penal del Araracuara de Cristina Barajas y Camilo Villa; la tercera parte del artículo de Daniele Lavalee sobre Ocupación prehistórica de las Altas Tierras Andinas; un ensayo sobre Dermatoglifos: ¿Sugieren algo del origen? de Eduardo Forero Lloreda y una recopilación sobre Legislación referente al patrimonio nacional.

UROBOROS No. 2
Revista Estudiantes de Antropología
Departamento de Antropología
Universidad Nacional de Colombia
Ciudad Universitaria
Bogotá.

Uroboros en su segundo número, se dedica específicamente al tratamiento de la investigación en ciencias sociales (Articulación de teoría y práctica y propuestas metodológicas). Conforman este volumen los siguientes artículos: La etnolingüística: disciplina para un mejor conocimiento de las relaciones lengua, cultura y sociedad de Pedro Dupont; Descolonización de la tradición oral africana en América de Manuel Zapata; El estudiante mistificado de Jaime Neira; La vida no está en la universidad (Entrevista con Orlando Fals Borda); La historia de la novela o la novela de la historia de Fabio Silva; Notas sobre lo urbano de Ismael Ortiz y La historia desde abajo: una experiencia investigativa de Mauricio Archila.

REVISTA DE ANTROPOLOGÍA
No. 3
Departamento de Antropología
Universidad de los Andes
Apartado 4976
Bogotá

El tercer número de la revista de antropología de la Universidad de los Andes trae los siguientes artículos: Orden y desorden en ritos curativos neocoloniales: Brecht, Benjamín y el desorden mismo de Michael Taussig; Lengua blanca, lingüística india de Francisco Queixalos; Raza y clase: los negros de América Latina de Peter Wade; El papel campesino entre romanos y aztecas: dos casos de estudio de Enrique Mendoza; Donde los indígenas del norte de Colombia de Joseph de Brettes y Los Viajes del Conde Josef de Brettes en el norte de Colombia de Wilhem Sievers.

BOLETÍN DE ARQUEOLOGÍA
Año 2, No. 1
Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales
Banco de la República
Calle 16 No. 6-34 Bogotá.

La Fundación en el cuarto número de su boletín de divulgación incluye los artículos: Dos sitios arqueológicos con desgrasante de fibra vegetal en la Serranía de San Jacinto de Augusto Oyuela; Marín: un asentamiento indígena en el Valle de Samacá, de Ana María Boada; Investigaciones Arqueológicas en la región del Páramo de Guerrero de Sergio Rivera; Arqueología de la Costa Pacífica Caucana de Diógenes Patiño; La cronología de la región arqueológica tairona vista desde Papare, municipio de Ciénaga de Carl H. Langebaek y algunas interesantes noticias sobre investigaciones arqueológicas en otros países de América.

 

INTRODUCCIÓN A LA COLOMBIA AMERINDIA

Instituto Colombiano de Antropología, Bogotá, 1987

El Instituto Colombiano de Antropología (ICAN) ha publicado una Introducción a la Colombia Amerindia, libro prologado por el anterior director del ICAN, Dr. Roberto Pineda Giraldo, con la dirección y coordinación editorial de los antropólogos de esa institución: François Correa y Ximena Pachón. Con esta publicación se contribuye a disminuir el vacío de información general que aún existe en nuestro medio respecto a la etnografía "amerindia". Es un buen inicio de sistematización documental de lo hasta ahora realizado por la comunidad etnológica, para dar curso a indagaciones generales ya sea en el orden de la antropología social, cultural o simbólica.

Es un texto -tejido- en multiplicidad. Multiplicidad de miradas en concordancia a la multiplicidad étnica. Confluencia de 23 autores (22 antropólogos y 1 profesor de geografía) para presentar una mirada de temáticas comunes en 19 regiones etnográficas. La mirada es bastante amplia, casi una totalidad de etnología "amerindia" en el territorio conocido como Colombia. El texto se convierte de por sí en un manual y guía de consulta elemental -en el sentido de primer orden-. Cada capítulo está acompañado de dibujos de "figura humana" realizados por Andrés Rodríguez, y de "cultura material y vivienda" realizados por Diva Velásquez y Vilma Castellanos. En general estos dibujos son oscuros, no permitiendo apreciar con claridad la imagen etnográfica de los objetos culturales o la vivienda, de igual manera las "figuras humanas" están hechas en predominio de sombras en color ocre basadas en "fotografías de archivo del ICAN, archivos particulares y textos especializados", en las cuales se muestra una expresión y estética corporal que en su mayoría no corresponde a la cotidianidad actual, tendiendo a confundirse con el estereotipo ideológico del "indio" que aún existe de manera genérica en Colombia. De las 19 "figuras humanas" sólo siete muestran la corporeidad femenina, presentando una hegemonía masculina en aparente contagio de hegemonía cultural. Hubiese sido más expresiva y más clara la apreciación de las imágenes etnográficas si se hubiese optado por la reproducción fotográfica, puesto que en el dibujo no deja de sentirse la subjetividad del autor.

Solo una fotografía, la que recubre el libro, ha sido plasmada. Es una imagen captada por François Correa, de la que no se menciona su fecha ni el lugar a que corresponde. Es de suponerse que pertenece a alguna maloca del Vaupés, dado que es el lugar en el cual Correa se ha desempeñado privilegiadamente como investigador, o por lo menos corresponde a alguna región de la Amazonia dada la construcción, los objetos, la imagen humana y el espacio natural que se vislumbra.

La fotografía ha sido tomada desde el interior de la maloca, pero quien mira en la fotografía ya no es el etnógrafo sino el niño, quien al suspender su paso hacia el interior de la maloca encuentra su mirada con la lente del etnógrafo, mostrándolo como abriendo la puerta de un espacio de cultura que se convierte en portada titulada Introducción a la Colombia Amerindia del ICAN. Podría decirse que este texto es producto del encuentro de miradas ante los lentes de etnógrafos. Las miradas tienden a sentirse en la distancia. De ellas se percibe un lejano murmullo en la lente etnográfica expresada en unificación léxica de disciplinariedad académica y "objetividad científica". Hemos de esperar anciosos el encuentro de esas miradas asombradas ante las lentes etnográficas para que nos hablen de este libro. Por ahora se acercan otras lentes.

No ha sido fácil para las culturas que han surcado la civilización occidental esbozar una opinión objetiva respecto a las sociedades y las culturas que ha encontrado en su trayecto histórico. Una de las dificultades ha sido la impronta etnocéntrica que le es inherente a cada cultura, a cada civilización. En ella se circunscribe una necesidad imperiosa de identificar, nombrar y clasificar. A ello no escapa este libro, si bien trata por todos los medios de superar la voluntad etnocéntrica. Por algo ha sido editado desde la institucionalidad antropológica en proceder académico, pero no por ello escapa al interés de identificar, nombrar y clasificar.

Si la portada es una foto de un niño que mira ya no al fotógrafo sino al lector, el lector se introduce en la letra que le presenta un tejido de descripción y conceptos respecto a la "Colombia Amerindia" En estas dos palabras se ha optado por el identificar y el clasificar en el nombrar: "Colombia Amerindia". Es de suponerse que este nombrar fue pensado detenidamente y que se optó después de un proceso decisivo, al fin y al cabo no se habla ya de un "Atlas indígena de Colombia" o de un "handbook of colombian indians"; aunque su punto de partida ha sido la intención de hacer una gran Etnografía extensa indígena contemporánea de Colombia. Parece que la academia e institucionalidad antropológica aún no se decide por una opción diferencial en el nombrar a la dada en el acontecimiento azaroso de haber encontrado en octubre de 1492 con un territorio desconocido y con existencias no previstas, a las cuales de inmediato se les señaló como indios; nombre que ha sido matizado y suavizado transformándose en "indígena" o "amerindio" pero conservando su raíz sémica-genealógica. Esta matización ha pasado, con el transcurrir histórico, a adscribirlos con criterio de pertenencia y apropiación a las divisiones territoriales -arbitrarias y tardías- de las naciones y estados en América. Por ello se sigue hablando de "indios", "indígenas" o "amerindios" de tal o cual país. En esto el saber expresado por la etnografía, la etnología o la antropología sigue atada aún a espacios ideológicos -conscientes o no- de la cultura que hegemoniza el Estado en el que se ejerce este saber. Cuando este saber ha indagado por las nominaciones endógenas que estas comunidades y sociedades se asignan a sí mismas, se ha encontrado siempre con la palabra genérica gente en la expresión lingüística particular a cada una de ellas, y en su interioridad cultural en signación particular mitogónica: "gente del hacha", "gente-maíz", "gente jaguar", "gente-chontaduro", etc.

"Colombia Amerindia" nombra, identifica y clasifica. Clasificar es separar e identificar desde una nominación. El libro por tanto no introduce en la "Colombia Mestiza" -concepto que se esboza en el prólogo de Roberto Pineda Giraldo para identificar y separar la otra parte componente de una posible "cultura colombiana" surgida del "colonizador" y el "aborigen"-; el libro introduce en un segmento clasificador o clasificado de una realidad territorial de Estado. Por lo cual el autor del prólogo se preocupa por dedicarle varios párrafos al criterio de clasificaciones étnicas y culturales, presentando los antecedentes que en Suramérica y en Colombia tienen que ver con ello -el Handbook de Steward (1940) en concordancia con Cooper, la propuesta de zonificación cultural de G. Reichel Dolmatoff (1959) y la del Departamento Nacional de Planeación (1980) a partir del criterio de "modo de subsistencia"-, para esbozar la necesidad de realizar la clasificación etnológica en Colombia a partir de los resultados que se obtengan en monografías extensas y completas de las comunidades y sociedades actuales. Ante la ausencia de la continuidad clasificatoria en la sección o sector "amerindio" en Colombia, se opta por presentar los "grupos" desde un criterio espacial y no de "clasificación cultural", de acuerdo a la "distribución de los grupos en áreas que guardan cierta sujeción a la división en regiones naturales del país" (p. 18). Dado este criterio se escogieron 19 regiones con sus respectivas reseñas etnográficas suscintas, en las que se presenta en forma descriptiva una "visión etno gráfica del país indígena" (s.n., p. 15). Cada reseña consta de seis capítulos comunes -desde los cuales es posible comparar y empezar a clasificar-, respecto a los siguientes tópicos: ubicación geográfica, población, sistema de producción, organización sociopolítica, sistema de re presentaciones y cambio cultural.

Desde la época en que surgió en occidente el reloj de manecillas con giro por la derecha, se ha tomado su sentido para indicar o plasmar una direccionalidad o un movimiento. En otras palabras, se ha tomado como modelo. Otro elemento recurrente en la cultura y civilización occidentales el privilegiar lo de arriba a lo de abajo, lo cual en ocasiones se ha combinado con el modelo circunferencial y el sentido radial del giro de las manecillas del reloj. Este libro no ha escapado a la conjunción de este modelo. Si seguimos la secuencia ordenativa de los 19 capítulos, en el ángulo superior izquierdo de la segunda página de cada uno de ellos, se encuentra en recuadro un mapa de Colombia en el que se resalta el espacio geográfico ocupado por la cultura o culturas en mención. El primer espacio resaltado, en correspondencia al primer capítulo, es el de la península de la Guajira, ubicada en la parte más "arriba" del territorio Estado colombiano. El recorrido de los capítulos transita un sentido en manecillas de arriba hacia abajo para volver arriba, en el siguiente orden: Guajira, Sierra Nevada de Santa Marta, "provincia de los chimila", Catatumbo, Serranía del Perijá, Llanos orientales, "región puinave" (transición entre Orinoquia y Amazonia), Vaupés, región del Mirití-Paraná, Bajo-Putumayo y Caquetá medio, trapecio amazónico, alto-Putumayo y Caquetá, Sibundoy, Cauca-Nariño, región del Chocó y Urabá. Se presenta así una circunvalar etnográfica que muestra un cinturón cultural diferencial, a la manera de una envoltura periférica de la" Colombia Mestiza" del centro. Se completa así otro aspecto del modelo implícito, con el cual se ha construido el texto: el centro y la periferia. El libro, es indudable, ha sido construido desde el centro, los etnógrafos han irradiado hacia la periferia y de un modo u otro han recorrido la circunvalar en sentido manecilla.

Se puede apreciar cómo, desde una institución estatal como el ICAN, entidad que corresponde topológicamente al centro, se construye un modelo etnológico de la "Colombia Amerindia" en distribución espacial inscrita y atada a la circunvalar periférica del mapa del territorio-Estado. Bajo estas circunstancias la intención etnológica tiende a borrarse puesto que los territorios étnicos no son mapeados, sino calcados sobre un "mapa" de poder. Mapear un territorio étnico implica desatarlos de las fronteras artificiosas de los Estados, tanto en su distribución como en su ordenamiento interno, lo cual obliga a la etnología a desatarse en sus criterios metodológicos del Estado.

No todos los autores del texto son responsables del modelo implícito en el libro, algunos sólo tuvieron relación con él en cuanto autores del capítulo correspondiente, sin conocer los capítulos complementarios y el ordenamiento de su tejido. Cada autor se esforzó por precisar en las cortas páginas asignadas la mejor información posible respecto a las comunidades y sociedades presentadas, junto a una bibliografía selecta.

El libro culmina con dos glosarios: uno de localismos y otro de términos de parentesco, junto a un mapa general de Colombia en el que se localizan las etnias presentadas.

WILLIAM TORRES G.

 

ASENTAMIENTOS INDÍGENAS EN EL VALLE DE LA LAGUNA

(Samacá - Boyacá)

Ana María Boada Rivas. Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales

Banco de la República, 1987.

En los últimos años se han llevado a cabo varias e importantes investigaciones en la zona muisca, que indudablemente han contribuido al avance del conocimiento de los procesos históricos en ella ocurridos. La parte sur del territorio muisca es decir, la Sabana de Bogotá y sus alrededores ha sido más estudiada y en la actualidad se sabe que después de la etapa Lítica, estuvo habitada por dos etnias: la del llamado Período Herrera y la del Muisca. El norte de este territorio, correspondiente al actual departamento de Boyacá, no ha sido objeto de tantas investigaciones y aún no se conoce con precisión la historia de su poblamiento. Tunja y sus alrededores ha sido la región donde se han detectado los vestigios más antiguos de ocupación humana prehispánica. En un abrigo rocoso localizado en las cercanías del puente de Boyacá, investigado por Becerra (1985), se hallaron vestigios del período Lítico y del Herrera. En Tunja, Castillo (1984) excavó un sitio estratificado en el que encontró cerámica perteneciente al Período Herrera y al Muisca.

Este libro se enmarca dentro de las investigaciones arqueológicas pertenecientes al último período de ocupación prehispánica del norte del Altiplano Cundí boyacense, es decir, el período Muisca. Es una excelente investigación que refleja el trabajo sistemático y continuo que desde 1983 lleva a cabo la autora en la zona.

El interés inicial de esta investigación se concentró en buscar los asentamientos correspondientes a dos ocupaciones muiscas de la zona, relatadas en unos documentos de archivo investigados por Londoño (1983). Según éstos, poco tiempo antes de la conquista española los caciques de Ramiriquí, Cucaita, Sora y Samacá sujetos al Zaque de Tunja, desplazaron a los habitantes del valle: cacicazgos de Saquencipá, Moniquirá y Sáchica, haciéndolos irse hacia el valle de Leiva y zonas aledañas. A su vez los habitantes de estos últimos lugares fueron desplazados hacia otras zonas. En el valle de Samacá se asentaron los caciques de Ramiriquí, Cucaita, Sora y Samacá.

Con el reconocimiento arqueológico del norte del valle se localizaron doce asentamientos indígenas, en los que se recolectó abundante material cerámico cuyo análisis sugiere que los sitios fueron ocupados en distintas épocas, de acuerdo a una fecha absoluta y a la secuencia cronológica relativa obtenida por el método de la seriación, con base en la periodización establecida por Castillo para el material de Tunja (1984).

De acuerdo a las características de la cerámica encontrada en los sitios, a los datos etnohistóricos, al patrón de asentamiento y a las prácticas funerarias, la autora intenta relacionar los asentamientos con los cacicazgos que habitaron el valle según los documentos de archivo. Tentativamente los sitios correspondientes a la primera ocupación (cacicazgos independientes de Saquencipá, Moniquirá y Sáchica), serían: Cucaita II, Llano II y posiblemente Churuvita, Peñitas y Pupaguá. Los correspondientes a la segunda ocupación (cacicazgos de Ramirirí, Cucaita, Sora y Samacá) serían: Cucaita I, Pueblo Viejo, Tapias II, Llano I y Tapias I. De lo anterior surgen nuevos interrogantes acerca de la relación del valle de Samacá con la zona de Tunja o el norte del Altiplano que como lo afirma Boada requiere mayor investigación.

Respecto al patrón de asentamiento los datos de Boada comprueban los planteamientos de la mayoría de autores (c.f. Broadbent, Sáenz, Langebaek), basados principalmente en datos etnohistóricos, en cuanto a la existencia de pequeñas aldeas nucleadas y de viviendas dispersas, usadas esporádicamente de acuerdo con el ciclo de las labores agrícolas. Este es uno de los aspectos más valiosos del trabajo, puesto que se obtuvieron los datos arqueológicos que comprueban los etnohistóricos.

Dos de los sitios localizados en el valle presentan problemas en cuanto a su ubicación temporal: Siquianeca y Marín. En el primero se encontró un alto porcentaje de cerámica del tipo Naranja Pulido y una fecha del 1020 +/- 140 D.C., asociada a una copa del tipo guane Oiba Rojo sobre Naranja. Boada considera que este dato no está de acuerdo con la secuencia de Castillo en Tunja, donde el tipo Naranja pulido aparece hacia los siglos X o XI D.C.; y piensa que este sitio puede estar más relacionado con la parte norte del Altiplano, específicamente con Sutamarchán donde esta misma cerámica se fechó en el 1005 t 260 D.C. (Falchetti, 1975), y con el territorio guane donde el tipo Oiba Rojo sobre Naranja (muy similar al Naranja Pulido), se fechó en el 1160 t 60 D.C. (Sutherland, 1971). Respecto a esto me parece que los datos de cronología absoluta no están en desacuerdo con los de Tunja, teniendo en cuenta sus márgenes de error y el hecho de que la secuencia cronológica de Tunja es relativa.

El segundo sitio, podría ser uno de los más antiguos del valle, considerando la abundancia en él de cerámica del tipo Desgrasante Gris, que al parecer es el más antiguo detectado en la zona. Boada lo trata con cautela por la presencia en él de una cerámica denominada Cucaita Desgrasante Blanco muy similar a la Desgrasante Gris en sus rasgos esenciales, pero que es tratada por separado en Tunja por Castillo. Es preciso enfatizar aquí en la importancia que tiene la homogenización de la información para tratar la zona del Altiplano como un área en general, y evitar los problemas de la excesiva regionalización, como el establecimiento de muchos tipos cerámicos pertenecientes a los mismos períodos culturales.

Marín es un sitio localizado en una pequeña colina al suroriente del valle. Allí se obtuvo abundante información respecto al patrón de asentamiento, las viviendas y las prácticas funerarias. En la ladera norte de esta colina se observan varios aterrazamientos artificiales, donde los indígenas construyeron sus viviendas. Se excavaron tres de éstos, encontrando la planta circular de las casas compuesta de arcilla y piedras pequeñas, la cual se prolonga en un área que debió ser de circulación y de acceso a las viviendas. Dentro y fuera de las casas halló tumbas.

La importancia de los hallazgos en este asentamiento es evidente. Es ésta la primera investigación en el territorio muisca que se ocupa del estudio profundo de un asentamiento en particular, presentando los datos acerca de sus características y distribución de manera clara. Otro aporte de gran valor lo constituye el estudio sistemático de las prácticas funerarias detectadas en Marín, para lo cual Boada diseña una ficha de registro de la información sobre las tumbas y otra sobre los esqueletos, que resultarán útiles en futuras investigaciones del área muisca.

Entre las prácticas funerarias se destacan los envoltorios como parte del tratamiento de los cadáveres hechos en ceniza, mantas o tejidos de otras fibras, las tumbas de pozo con nicho y el recubrimiento de algunas con arcilla. Es interesante la existencia de deformación craneal de tipo tabular oblicuo, práctica poco reportada para el territorio muisca. Se estudiaron las patologías existentes en los esqueletos, hallándose que la columna vertebral era la parte del cuerpo más afectada.

En la parte final la autora enfatiza en la estrecha relación existente entre los guane y los muiscas, planteando la posibilidad de que en el valle de Samacá hubiesen existido asentamientos de los primeros. Para esto se basa en la presencia de cerámica guane en los sitios de Siquianeca y Marín y en la coincidencia de algunas prácticas culturales como las tumbas de pozo con cámara, los envoltorios en los cadáveres y la deformación craneal. Las evidencias arqueológicas obtenidas hasta el presente en el valle de Samacá, no parecen suficientes para comprobar esta hipótesis; puesto que el porcentaje de cerámica guane es muy bajo y las prácticas funerarias son un aspecto que no ha sido estudiado a fondo en otros lugares del norte del territorio muisca. Como lo dice la autora, solamente futuras investigaciones aclararán aspectos como éste.

La investigación de Boada constata la existencia en el centro y norte de la cordillera oriental colombiana, de una misma tradición cultural, de la que participaron diversos grupos étnicos como los muiscas, los guane y cuyos límites cronológicos estarían entre los siglos IX y XVI D.C., según los datos conocidos hasta el presente.

SONIA ARCHILA M.
Arqueóloga

 

EL ANIMAL EN EL MUNDO MÍTICO TAIRONA

Anne Legast

El Animal en el Mundo Mítico Tairona constituye el segundo libro escrito por la bióloga Anne Legast sobre temas relacionados. Tanto éste como el primero, "La Fauna en la Orfebrería Sinú", han sido publicados por la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del Banco de la República.

El objetivo principal del trabajo es conocer el mundo animal que atrajo a los taironas por medio del reconocimiento y clasificación de la fauna representada en el material arqueológico, basándose en criterios actuales de la biología y zoología. Se analizó principalmente el material de orfebrería (alrededor de 4.000 piezas); también se estudiaron piezas cerámicas, y algunas de piedra, concha, hueso y madera.

Legast establece la distribución geográfica de los objetos dentro del área arqueológica Tairona, según procedencias del Museo del Oro. Encuentra que la mayoría se localizan en los sitios de Bonda y Minca ubicados en el litoral, lugares que, según las crónicas del siglo XVI y los estudios arqueológicos (Reichel-Dolmatoff 1951-1955; Bishoff 1971; Cadavid y Herrera 1985), fueron de gran importancia para los taironas, además de ser lugares densamente poblados. Sin embargo, los sitios de origen son poco fiables ya que la mayoría de las adquisiciones del Museo, se hicieron por lotes grandes con información vaga, provenientes de la guaqueria en la zona (Plazas 1987). De igual manera la autora hace abstracción de la procedencia de las piezas y su posible cronología, partiendo de la hipótesis de que todo el material tairona es reflejo "de una unidad cultural y una continuidad en la representación del símbolo a través del tiempo".

Sin embargo, es necesario mencionar que algunos autores han propuesto la existencia de una etapa formativa o antigua en la cultura Tairona, ubicada cronológicamente hacia los siglos VI-VII D.C. El material de este período presenta formas simples, sugiriendo temas que luego serían comunes en la orfebrería tairona clásica; comparte rasgos estilísticos y técnicos con otras culturas vecinas, los que se irían incorporando progresivamente a este conjunto para adquirir una coherencia propia. El período comprendido entre el 1000 D.C. aproximadamente, hasta la época de la conquista española, se considera como la etapa clásica del desarrollo de la cultura Tairona. Sus asentamientos, en su mayoría con arquitectura lítica, se hallan ubicados en la Sierra Nevada de Santa Marta, conformando una cultura relativamente homogénea, reflejada en el material arqueológico recuperado en diferentes sitios. La orfebrería de este período se caracteriza por la variedad de adornos, su estilo recargado y formas homogéneas, muchas veces combinando los elementos representados, expresando un sistema de creencias y una particular visión del mundo (Falchetti 1987).

A lo largo del trabajo se recurre continuamente a citas del libro Los Kogi de Reichel Dolmatoff acerca de la importancia y significado que tienen determinados animales dentro de la mitología Kogi, descendientes de los antiguos taironas, quienes habitan hoy día en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Básicamente el trabajo pretende un conocimiento general de la fauna que se plasmó artísticamente y que tuvo algún valor mítico para los indígenas prehispánicos taironas. Legast describe las piezas zoomorfas relacionando el tipo de animal representado en cada uno de los materiales. En la descripción de los objetos nota que en uno sólo de éstos puede haber varios tipos de representaciones como:

a) Animales pertenecientes a una sola clase; b) Relación de dos o más clases diferentes de animales y c) Relación entre el ser humano y animal.

En la primera categoría, entre los mamíferos, distingue principalmente felinos como el tigrillo y el jaguar, el oso hormiguero, micos y especialmente murciélagos, representados estos últimos sobre todo en colgantes de piedra y cerámica. Según las características biológicas y morfológicas de las diferentes familias de murciélagos, se alcanzan a notar en las piezas dos o tres familias diferentes.

Entre las aves, la autora reconoce lechuzas, buhos y cóndores, entre otros. Los reptiles más comúnmente representados son los cocodrilos y las serpientes. En algunas serpientes encuentra unas espirales de filigrana que adornan la parte superior de la cabeza. Estos adornos se hallan en las figuras de aves posiblemente mostrando crestas de plumas. Esta característica la lleva a pensar en las posibles relaciones que existen con la serpiente emplumada de las culturas mesoamericanas. Los anfibios están altamente representados en ranas y sapos, generalmente muy estilizados, al igual que los moluscos.

En las asociaciones entre animales de diferentes clases, distingue entre otros, mamíferos anfibios, mamífero-reptil, mamífero-reptil-anfibio. Por último describe las relaciones entre el ser humano y animal. Estas son numerosísimas dentro del material Tairona, generalmente caracterizados por un cuerpo humano con cabeza zoomorfa. De esta manera habla de hombre-murciélago, hombre jaguar, hombre-reptil y hombre-ave. Entre éstas, la del murciélago es la más representada.

Legast concluye que aunque el murciélago no representa uno de los principales seres mitológicos para los Kogi actuales, de todas maneras se asocia con el sol, la madre y la fertilidad, y es probable que junto con el jaguar y la serpiente haya desempeñado un rol importante dentro de la cultura tairona debido al gran número de figuras que lo representan.

El trabajo realizado se limita a la identificación zoológica de las piezas y su descripción, con algunas interpretaciones de la mitología tairona. Se relacionan repetidamente las representaciones animales con la importancia que cada uno de éstos posee dentro de la mitología Kogi.

El libro Los Kogi de Reichel Dolmatoff es una excelente recopilación de datos y una de las pocas referencias que se pueden tener como ayuda para tratar el tema de la simbología y mitología Tairona. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que los Kogi son sólo uno de los grupos indígenas descendientes de los tairona, que hoy día habitan la Sierra Nevada de Santa Marta. Por otra parte, es muy probable que la mitología Kogi haya sufrido cambios a lo largo del tiempo, debido a la misma dinámica de los mitos, a la influencia de misiones religiosas, al contacto con otros grupos indígenas y con el hombre blanco. Es recomendable entonces, tener cuidado con las interpretaciones que se realicen basándose en la mitología actual de este grupo.

Este libro, sin embargo, constituye un buen trabajo de clasificación y descripción del material Tairona. Es bueno tener en cuenta que la autora, siendo bióloga, abre las puertas a investigaciones más profundas acerca de las representaciones simbólicas y mitológicas de la cultura Tairona. Asimismo, trabajos en que se desarrolle un estudio más profundo de la mitología Kogi con base en el material arqueológico. O bien, como la misma autora lo señala brevemente, estudios de este mismo estilo pero conjuntamente con las mamas o sacerdotes Kogi, que serían de gran interés para los antropólogos.

JUANITA SÁENZ SAMPER
Arqueóloga

 

SEMEJANTES A LOS DIOSES. CERÁMICA Y CESTERÍA EMBERA-CHAMI

Luis Guillermo Vasco U. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1987.

En los últimos años en Colombia, ha habido un interés creciente por el estudio de la denominada "cultura material", que llenaba páginas enteras de las etnografías de principios de siglo y aún de la "edad de oro" del Instituto Etnológico Nacional, pero que después prácticamente desapareció -a nivel nacional y mundial- de la mayoría de las monografías o estudios problemáticamente orientados sobre los grupos amerindios.

Esta investigación de Luis Guillermo Vasco corrobora aún más la riqueza y pertinencia del estudio de la técnica y fabricación de ciertos objetos artesanales y de su iconografía, no sólo en cuanto refleja patrones fundamentales de su cosmología sino, también, en la medida que expresa tendencias de cambio cultural y procesos de etnocidio.

Tomando como referencia a los grupos Emberá-Chamí de Risaralda y Valle del Cauca, el autor hace un análisis cuidadoso, en primer término, de la tecnología alfarera; distingue pormenorizadamente aspectos tales como materia prima, técnicas de fabricación y de tipos de los recipientes, formas de trabajo y apropiación de las mismas, estilos de decoración y simbología. Igualmente hace anotaciones relativas al proceso de producción de cerámios con destino al mercado local y su transformación en mercancías.

La descripción de los objetos está acompañada de diversos cuadros que ponen de presente algunas de sus cualidades físicas, de acuerdo con análisis de laboratorio, y un significativo conjunto de fotos y dibujos que ilustran cabalmente algunos procesos de trabajo o el tipo de cerámica.

El trabajo de alfarería es principalmente una actividad femenina, aunque con frecuencia también participan los hombres. No obstante, cada vez son más reducidas las mujeres que conocen el proceso de su elaboración debido en gran parte a la acción negativa de los internados. Por ello, un gran número de hogares depende de sus lazos de parentesco o de la "compraventa", un concepto que esconde en realidad el trueque para adquirirlos.

En el contexto de los ceramios, el autor destaca los Chokó; estas vasijas están generalmente decoradas con figuras antropomorfas, y se utilizan habitualmente para el consumo de chicha. El autor destaca que -según testimonios indígenas- su iconografía representa, en realidad, el "animal" del que la adquiere; y algunos indígenas le explicaron que "la figura de los Chokó es la de los antiguos". . . porque son ellos quienes hacen la chicha". Con base en estas y otras declaraciones, Vasco colige que la chicha es la bebida de los dioses; por ende, los indios, al tomar chicha en el Chokó, se hacen "semejantes a los dioses"; de ahí que la cerámica sea un componente fundamental de su propia identidad, y su pérdida (debido a la actividad misionera mencionada o a la represión de parte de las autoridades locales y regionales) conlleva un proceso de "despersonalización cultural". El profesor Vasco señala que parte de la producción alfarera se destina al comercio. A propósito de este último, se han creado una serie de tipos nuevos (candeleros, ceniceros, ollas) utilizados casi exclusivamente por los blancos o mestizos. No obstante la artesanía no se ha transformado totalmente en mercancía, ya que todavía la fabricación de un objeto cerámico está determinada en gran medida por el destinatario, como persona individualizada. Se trata de un caso interesante para la antropología económica, lamentablemente apenas esbozado por el autor.

La segunda parte está dedicada a la cestería. Como en la primera parte, el autor describe con detalles la materia prima, técnicas y tipos de cestería. Distingue por ejemplo los tipos, incluyendo cestos (ejm. jabara, petá, borosukas, impurr, korá, neenderdé, canasticas, etc.) y otros objetos (Pepenas, cedazos, robamuchachas, pata de tigre, cangrejos, sombreros, base de coronas, etc.).

La cestería es, también un trabajo predominante femenino. Empero, a diferencia de la cerámica, se trata de objetos que pertenecen al grupo familiar, con una forma de apropiación menos individualizada que la cerámica. Igualmente está decorada con numerosas representaciones iconográficas, muchas de las cuales se asemejan a las de la cestería del Vaupés.

No obstante, el autor aclara que no pudo encontrar comentarios sobre su significación simbólica, aunque algunos mitos asocian la cestería con la cerámica.

Como ocurre con la cerámica, parte de la cestería se produce para el mercado local. No obstante, las limitaciones estructurales del mercado dificultan la producción masiva de la misma y la transformación de este proceso de trabajo en un tipo de actividad cuasi capitalista. A menudo, por ejemplo, el vendedor debe regresar a su casa con su producto, debido a la carencia de demanda, o se ve obligado a venderla por un precio muy bajo. Sin embargo, la producción de cestería no tiene el marcado carácter individualizado de la cerámica, que impediría su transformación en mercancía.

A lo largo de todo el trabajo el autor compara la situación de las dos regiones estudiadas, en términos de su transformación socio-cultural, sus respectivas relaciones con el mercado laboral y de bienes locales, y otros procesos interétnicos.

En el Garrapatas (Valle del Cauca) por ejemplo, las familias nativas tienen una autosuficiencia de producción artesanal de cestos, cosa que no ocurre en el Chamí, donde apenas hay unas pocas personas que las elaboran y en donde la escasez creciente de recursos vegetales limita aún más su fabricación. Pero Vasco destaca también que la pérdida de la identidad cultural lleva a que esta actividad sea vista como "trabajo de indios", despreciable y de bajo estatus social.

Al contrario, en el área del Chamí, la posibilidad de contar con un mercado local de ceramios ha estimulado la formación de "artesanas" más o menos especializadas, y que devengan sus ingresos de esta actividad.

El autor, en las conclusiones, señala la posibilidad de estimular alternativas de recuperación de este saber tecnológico (aún en contra del deseo de algunos líderes indígenas influidos por la Misión). Destaca igualmente, las dificultades de transformar estas actividades artesanales en una tarea empresarial de cierta escala, debido a la escasez de materias primas, la concepción nativa de su actividad productiva y otras condiciones sociales de carácter interno y externo.

El intento de masificar su fabricación y comercialización tendría sobre todo, consecuencias profundas sobre sus valores y conceptos del trabajo y del producto, lo que -según Vasco -no sería otra cosa que una contribución al proceso de despersonalización cultural que ya viven los Emberá-Chamí".

En síntesis, se trata de un estudio serio, bien documentado etnográficamente que estimula a efectuar trabajos similares en otras sociedades indígenas del país y provoca numerosos interrogantes sobre los procesos de aculturación y de transformación de la vida económica de los pueblos amerindios.

ROBERTO PINEDA CAMACHO
Profesor Departamento de Antropología Universidad de los Andes

 

BASKETRY AS METAPHOR. ARTS AND CRAFTS OF THE DESANA INDIANS OF THE NORTHWEST AMAZON.
(Cestería como metáfora. Artes y artesanías de los indígenas Desana del Noroeste del Amazonas)

Gerardo Reichel Dolmatoff
Occasional Papers of the Museum of Cultural History, University of California, Los Angeles. Number 5, 1985.

Este trabajo busca dar al lector una nueva visión de la artesanía indígena americana que, generalmente, se ha estudiado desde su perspectiva meramente formal y técnica, enfatizando así sus características morfológicas, dentro de aquel campo que los investigadores han llamado cultura material. Este concepto se transforma, tal como lo anota el autor, cuando se empieza a entender la interpretación que hace el indígena de cada uno de los objetos manufacturados así como de muchos fenómenos naturales. Aún más, se cuestiona la validez desde la perspectiva indígena, del concepto cestería, categoría creada por los intelectuales.

Entonces, y tal como lo expresa el autor "se intenta mostrar que la cestería local en todos sus aspectos no sólo consiste de utensilios, de artefactos necesarios y manuales que pueden usarse, almacenarse y comerciarse, sino que también constituye una clase de objetos manufacturados que contienen un amplio rango de significados específicos, formando un código de comportamiento coherente (... ) un cuerpo de información condensada que transforma estos simples objetos en iconos reconocidos por todos que incorporan ideas, que expresan principios organizacionales y lineamientos para el comportamiento individual y social" (pág. 1). Aclara que no sólo la cestería sirve de vehículo de transmisión de códigos y valores culturales, pues todos los objetos manufacturados o artesanías y muchos fenómenos naturales llevan el código de una u otra forma.

La cestería y en general la artesanía, desde esta nueva perspectiva la analiza Reichel Dolmatoff dentro del contexto socio-cultural del grupo humano en estudio, integrada a la matriz cultural total, como un importante vehículo y manifestación de valores culturales, lo cual implica el conocimiento de un amplio rango de aspectos, como son la lengua, la estructura social, la religión, la utilización de drogas narcóticas y la tecnología de alimentos. Categorías tales como forma, uso y adorno deben apreciarse dentro de su contexto social y verse como eslabones en cadenas de analogías, como proyecciones de imágenes específicas.

Con base en estos postulados, el autor analiza la cestería elaborada por los Desana, grupo indígena que habita el Noroeste Amazónico (Vaupés), perteneciente a la familia lingüística Tukano; es una de las tres tribus que constituyen una fratría, siendo las otras dos la de los Piratapuyo y la de los Tukano propios. El trabajo de campo lo realizó principalmente en los años sesenta y con beca de la Goughenheim de 1976 a 1977.

En primer lugar hace una descripción de los procesos de manufactura de la cestería: división del trabajo, lista de materias primas utilizadas, de las principales técnicas para el tejido de la cesta y establece una tipología que comprende 15 clases de cestas, las cuales son descritas según su apariencia y su utilización en la vida cotidiana.

En su búsqueda por establecer cuál es el mensaje y/ o los códigos que se transmiten a través de los diseños, forma, uso, adornos, etc., el autor hace referencia a los mitos de origen -aquellos donde aparece mencionada la cestería-, a través de los cuales se establecen reglas para la sobrevivencia individual y social; encuentra como sobresaliente entre ellas la prohibición del incesto y el consiguiente establecimiento de la exogamia, llegando a afirmar: "sería difícil encontrar una sola regla de comportamiento que los indígenas no relacionen de alguna manera a la imagen del incesto y a sus calamitosas consecuencias" (pág. 3). Por otro lado, sexo y comida son equiparados en el pensamiento Tukano, de forma que cada referencia al acto de comer o a la comida en si puede trasladarse al acto sexual. Así por ejemplo, si se menciona que "comían de su propia carne", significa que se está haciendo referencia al incesto. De esta manera, como la comida tóxica hay que procesarla para desintoxicarla, las mujeres deben procesarse antes de que puedan ser incorporadas a la unidad de sus esposos y el procesamiento se conoce como "cocinando" y "fumando", y es realizado por los chamanes. Afirma entonces, que los mensajes que se transmiten a través de las artesanías son simples y puntuales: sexo y comida y sus expresiones rituales, como afirmación del ser, son los temas básicos que se repiten una y otra vez, El mensaje es simple, pero debe repetirse porque la gente es negligente y olvidadiza según dicen los chamanes. Ellos, a través del halo de la droga perciben la necesidad de legislar sobre comida y sexo.

El chamanismo para Reichel Dolmatoff, juega de esta forma un papel determinante como fuerza intelectual que introduce dentro del grupo social la significación simbólica como concepto guía de la vida cotidiana, lo cual le permite subsistir como fuerza dinámica. En este orden de ideas anota cómo la comparación de un conjunto de 20 a 30 fosfenos universales, descritos por neurólogos y médicos con una serie de motivos Tukano observados en la cestería, cerámica, talla de madera, cortezas pintadas y otros objetos, muestran una correspondencia impactante. Los adornos Tukano son desencadenados por drogas narcóticas o estímulos medioambientales preparados por los chamanes.

Salta entonces una pregunta: si el autor insiste en la contextualización cultural de la cestería como lo sostiene al afirmar que: "las cestas son imágenes que sirven de cubierta a estructuras más profundas; al hablar de cesterías los aspectos materiales son de poca importancia; lo que cuenta ese¡ código metafórico que expresa las realidades: la de la sobrevivencia individual y social" (pág. 41). ¿Si el chamanismo es la fuerza intelectual dominante que sustenta y da significado a las leyes que rigen el comportamiento socio-cultural del grupo indígena; entonces el complejo chamánico se torna en una síntesis del ámbito cultural y a través de su estudio se alcanzaría una visión total del mismo?

De todas formas, dentro del ámbito sociocultural total, se da preeminencia a la reglamentación de las relaciones sexuales como motor de la sociedad, así como a la interpretación simbólica sexual: sostiene el autor, que "la mayoría de los artefactos tienen asociaciones sexuales: son machos o hembras y difícilmente son neutrales" y afirma que "todo lo elaborado por el hombre tiene sexo, por lo cual la cultura material ofrece objetos precisos para intercambio" (pág. 42). En este sentido, en el capítulo en que hace la interpretación a través del análisis simbólico de la materia prima, de la tecnología, de la forma y de los adornos, es recurrente. Como al inicio de su trabajo lo anota, el tema de la fecundidad, fertilidad, copulación; todos los objetos y materias primas clasificadas tienen connotaciones sexuales: representan ya sea órganos sexuales femeninos o masculinos, llevan mensajes de virilidad, femineidad o erotismo. En síntesis, el sexo como procreativo y necesario para la sobrevivencia no sólo biológica sino social.

Al finalizar el estudio, el autor aclara que ésta constante referencia al sexo no se debe reducir a una simple interpretación freudiana, ni la cestería a un mero simbolismo sexual burdo e insiste en el entendimiento previo de los aspectos culturales que sirven de marco a la cestería. Entonces señala cómo los símbolos y signos se pueden contextualizar en diferentes campos de lo social y en cada uno de ellos conllevar un mensaje diferente. Este trabajo abre perspectivas al estudio del complejo cuerpo de estructuras simbólicas que relacionan a la cestería con otros aspectos de la cultura y al no agotarlos, deja abiertas las puertas para otras interpretaciones, además de aportar en el campo de la antropología simbólica.

MARTA CLEMENCIA RAMÍREZ DE JARA
Investigadora Instituto Colombiano de Antropología

 

IDENTIDAD CULTURAL ENTRE LOS INDÍGENAS DE SAN ANDRÉS DE SOTAVENTO - CÓRDOBA

Susana Jaramillo - Sandra Turbay

En el bajo Sinú conviven diferentes grupos étnicos. Además de los indígenas del resguardo de San Andrés de Sotavento, descendientes de los antiguos Zenúes que habitaban en el territorio llamado Finzenú entre los ríos Sinú y San Jorge, encontramos comunidades negras, mestizas y aunque en menor proporción, una población de origen Sirio-Libanés, la cual migró a estas tierras a finales del siglo XIX y XX.

A pesar de la constante presión por el control de las tierras del resguardo por parte de los medianos y grandes hacendados, al igual que los grupos mulatos y negros por el control de las ciénagas, los indígenas Sinúes han mantenido no sólo una lucha constante por la defensa de su territorio, amparado en el título del resguardo, concedido por la corona española en 1773, sino también por la defensa de su propia identidad cultural a pesar de las transformaciones ocurridas durante los últimos siglos y de las semejanzas que presentan con los campesinos de las sabanas.

Los indígenas continúan practicando la agricultura con las técnicas precolombinas de tumba y quema siendo sus principales cultivos el maíz, la yuca y el ñame. La cestería y la elaboración del sombrero "vueltiao", son actividades económicas complementarias al igual que la venta de su fuerza de trabajo en las haciendas ganaderas de la región.

La población se distribuye en caseríos conformados por parentelas estructuradas alrededor de la figura paterna. El matrimonio se realiza a través del pago de la novia. Su organización política gira en torno de un cabildo mayor y otros menores que aglutinan a los diferentes caseríos.

La celebración de las festividades religiosas es un elemento aglutinador de la comunidad. La religiosidad vivida en la actualidad no se conserva fiel a las tradiciones precolombinas. Lo que hoy en día encontramos es un sincretismo religioso donde se puede vislumbrar la influencia española y lo propiamente indígena. Son tal vez los ritos fúnebres los que guardan mayor semejanza con las prácticas señaladas por los cronistas para los indígenas del Finzenú.

Un indígena de San Andrés maneja distintos niveles de identificación. En primer lugar, se identifica con su nombre y apellido, el cual lo asocia con la línea materna, además el individuo se identifica con el caserío en que vive; la pertenencia a éste implica a su vez el ejercicio de tales o cuales actividades económicas y cierta manera de trenzar el sombrero. Pero el círculo de identificación se va ampliando, dependiendo del lugar en que se encuentra el individuo cuando es demandado por su identidad; mientras más alejado se encuentre del resguardo, más general será la categoría a la cual se adscriba. Las diferencias internas dentro del resguardo se hacen a un lado y se considera el resguardo como el elemento que los identifica a todos frente a los no indios.

Quedan aún dos categorías de adscripción que manejan los indígenas: la de sabaneros y bajeros, considerándose ellos pertenecientes al grupo de los sabaneros. Se diferencian también de los llamados arribanos (Alto Sinú) considerándose bajeros (Curso medio y bajo del río Sinú).

La categoría de Zenúes ha sido introducida a partir de los encuentros indígenas. Ellos se llaman así mismos "Los Indígenas de San Andrés de Sotavento".

La estructuración de la conciencia étnica no es homogénea dentro del resguardo, presentándose dos sectores claramente definidos: Quienes se reconocen así mismos como indígenas, valorando positivamente lo que ello significa, y el sector que se reclama como campesino. Las relaciones que los indígenas establecen con los otros grupos étnicos también varían. Con los grupos negros hay establecida una relación comercial, ya que éstos son quienes abastecen el resguardo de pescado a través del mercado de :Tuchín. A veces se presentan también relaciones de padrinazgo.

Con la gente mestiza del pueblo se tejen relaciones, muy frecuentemente, de patrón-cliente y de padrinazgo. Sólo en los terratenientes se presentan enfrentamientos directos. En ocasiones son mestizos del pueblo pero con frecuencia se trata de gente de Sincelejo, Chinú, Corosal, etc.

No sólo la lucha por la recuperación de las tierras del resguardo ha sido el eje dinamizador de esta comunidad en los últimos años sino la afirmación de su propia identidad como indígenas.

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