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RECONSTRUYENDO EL PASADO EN CALIMA RESULTADOS RECIENTESMARIANNE CARDALE DE SCHRIMPFF
Han pasado cinco años desde la aparición de la última reseña extensa sobre la región Calima (Herrera et al, 1984). La publicación de un número del Boletin del Museo del Oro, dedicado a la arqueología de Calima y regiones vecinas, es una ocasión apropiada para examinar los logros de estos últimos años y para comparar el estado de nuestros conocimientos en aquel entonces con los de hoy en día. Está amado, en gran parte, el marco general de cronología y periodización; nos encontramos ahora ante la fascinante tarea de ponerle cuerpo al esqueleto. Podemos, finalmente, permitirnos el lujo de escribir sobre aspectos específicos de una determinada cultura, tales como sus nexos con vecinos emparentados del mismo período por ejemplo, Bray, Gahwiler-Walder, Rodríguez, quienes investigan varios aspectos de lo que Bray propone llamar "la tradición" o "serie Sonsoide") o como ciertos aspectos de la cultura material por ejemplo, el articulo de Cardale de Schrimpff et al. sobre la orfebrería llama y sus diferencias con la orfebrería Yotoco, mucho más conocida). Estos logros han sido posibles gracias a circunstancias favorables que han permitido ovarios arqueólogos investigar sobre la región durante períodos prolongados 1 . Quizás el suceso más importante en los últimos años ha sido la documentación de una ocupación precerámcoa en la región. Hasta hace relativamente poco, el único indicio era una punta de proyectil hallada en el municipio de Restrepo (Reichel-Dolmatoff, 1986: 36), la cual, según la opinión nuestra y de Correal (com: pers.) podría corresponder al Holoceno temprano. Aunque se buscaron sitios de este período, no existen en la zona los abrigos rocosos que, en otras regiones del país, son tan valiosos indicadores de asentamientos de este período. En el año 1985 Héctor Salgado y su equipo, encontraron en el curso de sus excavaciones en El Pital, en el Calima Medio, dos estratos precerámicos que se formaron alrededor de asentamientos al aire libre con fechas del sexto y tercer milenio antes de Cristo. En éstos hallaron, además, una clase de artefacto que posiblemente se utilizó como azada y que ha resultado ser muy característico del precerámico de toda la región. Como ocurre con frecuencia, una vez descubierto el primer sitio, pronto aparecieron otros de este período, identificados por la cáracterística "azada" y por la presencia de los vestigios dentro de una capa de ceniza volcánica que es geológicamente más antigua que los estratos con cerámica. Los datos de dos sitios adicionales (Sauzalito y El Recreo) excavados en 1987, indican que la ocupación humana en la región se remonta hasta principios del Holoceno (véase Gnecco y Salgado. Además, a juzgar por los numerosos hallazgos fortuitos de "azadas", esta ocupación fue relativamente densa. Las investigaciones en estos sitios se describen en Salgado (1986 b y 1989) y en un informe preliminar sobre Sauzalito y El Recreo de Herrera, Bray, Cardale de Schrimpff y Botero (en prensa). Además, están ampliamente reseñadas en este Boletín por Salgado y Gnecco quienes hacen comparaciones con "azadas" similares de un sitio más al sur (Los Arboles cerca a Popayán) y evalúan los complejos en relación con desarrollos contemporáneos en el Area Intermedia. Son interesantes las marcadas diferencias entre los artefactos de esta región de la cordillera Occidental con la conocida industria Abriense de la Oriental. Es de lamentar que, debido a la acidez de los suelos en los tres sitios excabados, los restos óseos no se conserven. Se perdió así la información tanto.sobre las especies de animales cazados y su relativa importancia en la economía, como sobre los instrumentos elaborados en este material. Los arqueólogos generalmente se resignan a la pérdida de información sobre artefactos de madera o textiles para esta época 2, aun cuando es enorme el empobrecimiento y distorsión que sufre el reflejo del pasado cuando se restringe a los objetos de piedra. Gnecco y Salgado (en este volumen), enfatizan la "muy simple tecnología lítica". Sin embargo, como la interpretación de la prehistoria es una suma de aproximaciones, nos gustaría presentar un enfoque alterno. Los habitantes precerámicos del alto y medio Calima reconocían en la diabasa un material apropiado para fabricar artefactos utilizados para cortar y raspar, generalmente de aspecto burdo, pero, lo que era más importante, efectivos y cuya elaboración requería un mínimo de tiempo. Aunque la mayoría de estos artefactos no obedecían a ningún patrón predeterminado, este sí era el caso con las "azadas", elaboradas a partir de cantos rodados de distintas rocas ígneas, especialmente diabasa y gabbro, que se prestaban para modificaciones hábilmente efectuadas según un concepto claramente definido. Si era preciso elaborar una versión de superficie pulida tampoco faltaba el conocimiento de la tecnología. Asimismo cuando era necesario un material apropiado para retoques a presión 3, escogieron roca de grano fino como la lidita que, en el caso de Sauzalito, fue traída en pequeñas cantidades desde la formación Dagua, al otro lado de la falla de Calima y a varias horas de camino (Herrera et al., en prensa). Vista así, consideramos que la industria lítica de esta gente, tal como la conocemos hasta ahora con base en el material de sólo tres sitios, se puede comparar en términos bastante favorables con la de muchas culturas del formativo o de épocas posteriores, si se restringe la muestra en forma igual. No podemos definir por el momento cómo se utilizaban las intrigantes "azadas"; si como hachas, para remover la tierra en trabajos agrícolas, o en la búsqueda de tubérculos silvestres, o quizás para extraer almidón comestible de los troncos de ciertas palmas (cf. Reichel-Dolmatoff, 1985: 156). A medida que va creciendo el número de instrumentos documentados, se amplía la gama de variaciones; actualmente se podrían reconocer tres, aproximadamente contemporáneas (Gnecco y Salgado, este volumen, Lám. (1?), nos. 1- 3), y una cuarta conocida solamente de hallazgos superficiales (ibíd. Lám. (1?), nos. 8 y 9 ?). Sea cual fuere su utilización, es para el período en el cual estaban en uso estos instrumentos, que tenemos la primera evidencia de agricultura en Calima. Granos de polen de maíz en el perfil de polen de la hacienda El Dorado (GrN 13073: 4730 +/- 230 a.C.) anteceden en dos milenios y medio la segunda ocupación precerámica en El Pital y son solamente unos siete siglos más recientes que la primera ocupación en este lugar; por otro lado, los estudios de Botero sobre el estrato precerámico en Sauzalito sugieren que éste corresponde a un terreno que fue cultivado en forma no intensiva, en cuyo caso la costumbre de cultivar tendría una antigüedad mucho mayor (Herrera et al., en prensa). Cuando tratamos de precisar su inicio en los perfiles de polen del valle de El Dorado, encontramos varios inconvenientes. Los estratos que representan el Holoceno están muy compactados (Monsalve, 1985). Además las evidencias de tala de bosques para siembras en pequeña escala, como sería de esperar para el período Precerámico, estarían muy localizadas y no se reconocerían fácilmente afuera de los límites de la antigua huerta. El maíz no ha sido, generalmente, el primer cultivo adoptado por agricultores incipientes, pero tendremos que esperar los resultados de los estudios en proceso de Pearsall sobre las semillas carbonizadas y Piperno sobre los fitolitos, para entender mejor los primeros pasos hacia una agricultura estable en Calima. El Período Ilama Durante el primer milenio antes de Cristo existió en Calima una sociedad cuyos logros artísticos la han hecho conocida nacional e internacionalmente. Su base económica era una agricultura estable, de acuerdo con la evidencia de semillas carbonizadas, polen y fitolitos. La cacería habría desempeñado, sin duda, un papel importante también, pero en los suelos ácidos los huesos desaparecieron hace muchos siglos. Algún tipo de estratificación social parece reflejarse en las diferencias en el tamaño de las tumbas y en la cantidad y calidad del ajuar. A pesar de los estragos infligidos en sitios llama por gentes de culturas posteriores y del alto porcentaje de cerámica sin decoración, a primera vista difícil de fechar, estamos aprendiendo a reconocer sitios de vivienda de este período, los cuales se conservan sobre todo cuando quedaron protegidos por la sedimentación posterior. Dos sitios excavados, El Pita¡ (Salgado, 1986 y 1989) y El Topacio (Bray et al., 1988; Cardale de Schrimpff, 1987; Cardale de Schrimpff et al., s.f.) aportan información sobre la vida diaria de esta gente aunque no se haya logrado encontrar, dentro de las excavaciones, evidencia sobre la forma de sus viviendas. Estos sitios de vivienda nos han proporcionado casi toda la información disponible hasta ahora sobre los cultivos de la época. Tanto en El Pital como en El Topacio se encontraron semillas carbo nizadas. En El Topacio la mayoría eran de maíz; tenían características de la línea Chapalote/Nal Tel/ Pollo y eran, probablemente, ancestrales a esta (Kaplan y Smith, 1988: 43). Se encontraron también algunos fragmentos de fríjol común y un fragmento de semilla, posiblemente de achiote (Bixa orellana). La evidencia de los fitolitos (Piperno, com. pers.) indica la presencia de calabaza o ahuyama (Cucurbita sp.), , arruruz (Maranta arundinacea L.) y especies de Chrysobalanus. Los fitolitos de palmas eran abundantes y entre los géneros identificados se encuentran ejemplares de Scheelea y Elaeis. Aunque no se ha identificado la especie o especies utilizadas en El Topacio, la descripción del padre Pérez Arbeláez (1956: 581) sobre el cuesco (Scheelea butyracea (Mutis), común en el departamento de Tolima, da una idea de la gran utilidad que para el hombre pueden tener algunas de estas palmas 4.
En El Topacio hay evidencias de una ocupación sorprendentemente prolongada; según las fechas de C 14 habría durado cinco siglos, probablemente sin interrupción. Entre los factores que hicieron posible tal continuidad estarían la fertilidad de los suelos debido a su alto . contenido de ceniza volcánica y los recursos de los arroyos y ríos como peces y tortugas; además, los bosques eran todavía lo suficientemente extensos para albergar buen número de animales de caza. La abundancia de animales y la variedad de especies se reflejan en la cerámica zoomorfa de este período, estudiada en detalle por Anne Legast (s.f.) quien ha logrado identificar muchas de las especies representadas. Se ha intensificado, a la vez, el estudio de la iconografía de la cerámica antropomorfa (Bray et al., 1985: 3-9). Rasgos faciales muy característicos nos acercan a los rostros de la época, mientras que diversos detalles de las vasijas nos muestran, por ejemplo, varias maneras de usar el cabello y algunas clases de collares corrientes en aquel tiempo (p.e. Bray et al., 1985, figs. 2, 14). Guiándonos por estas representaciones, podríamos concluir que a pesar del clima relativamente fresco, se usaba pintura o tatuaje corporal, más que ropa. Sin embargo, esta conclusión no es siempre válida, como lo indican las figuras procedentes de otras culturas, mejor documentadas, como es el caso de los tunjos muiscas, por ejemplo. A veces encontramos, representados sobre las vasijas, otros aspectos de la cultura material como lo que parecen ser mantas, que cubren las figuras recostadas (p.e. Bray et al., 1985, fig. 5 y Arango Cano, 1979: Lám. 29), un butaco (Bray et al., 1985, fig. 6) y hasta una estera sobre la cual está sentada una mujer con su bebé (colección particular). El número y variedad de estas vasijas supone la presencia de hábiles alfareros quienes empleaban sofisticados cánones artísticos, en los cuales se combinan el naturalismo con la estilización, mezcla para la cual es muchas veces difícil encontrar la clave. Ejemplares muy característicos de esta mezcla son las vasijas con doble vertedera y asa puente ("alcarrazas", en forma de barril (Bray, et al., 1985, fig. 7); algunas tienen rasgos faciales humanos o, a veces una figura de cuerpo entero, indicada por incisiones sobre el panel delantero. Constituye, a primera vista, una representación en dos dimensiones sobre una vasija, tridimensional. Sin embargo, un examen más cuidadoso revela que el artista aprovechó esta tridimensionalidad a su manera. En la parte posterior de la vasija, opuesta a la cara, hay un pequeño panel rectangular con las líneas paralelas incisas que son la forma característica llama de indicar el cabello. Es probable que existan muchos ejemplares más de esta clase, que por falta de conocimientos no podemos descifrar en la actualidad. Al lado de las representaciones netamente humanas o zoomorfas, se pueden distinguir grupos de vasijas con seres fabulosos, o, más probablemente, con representaciones de varios aspectos de un mismo Ser Fabuloso, compuesto por elementos de varias especies, principalmente felinos, murciélagos, serpientes y el hombre (Cardale de Schrimpff, 1989). Estos seres atestiguan una actitud hacia el mundo animal corriente todavía entre muchos grupos indígenas, en la cual los límites entre hombre y animal no son fijos; el hombre puede, en determinadas circunstancias, transformarse en animal y el animal en hombre o, igualmente, en un animal de distinta especie (p.e. ReichelDolmatoff, 1949-51: 261). Se encuentra toda una gama de representaciones, desde aquellas en las cuales el cuadrúpedo es más evidente (Lám. 1) hasta vasijas que a primera vista parecen ser netamente antropomorfas, como sucede con algunos canasteros en los cuales los elementos del Ser Fabuloso son tan sutiles que pasarían desapercibidos fácilmente. Generalmente, en la literatura etnográfica, encontramos que es el chaman o "curandero" quien con más frecuencia se asocia con el poder de transformarse en un animal, especialmente en jaguar (p.e. Osborn, en prensa; Reichel-Dolmatoff, 1975; Roe, 1982). En este orden de ideas, es muy llamativo un grupo pequeño de representaciones, dentro de la categoría de las vasijas con doble vertedera y asa puente, con figuras recostadas (Bray, et al. 1985, 5, figs. 5 y 6). Aunque la mayoría de ellas muestran una figura individual, se conocen tres ejemplares (M.O. CC 5609 y dos en colecciones particulares) con una pequeña figura sosteniendo la cabeza de la figura principal quien estaría dando a luz (el ejemplar M.O. CC 5609, ilustrado por Bray et al.) o padeciendo de alguna enfermedad (los ejemplares de colecciones particulares). Aunque esta pequeña figura que estaría ayudando o curando el personaje acostado, parece a primera vista humana en todos sus aspectos, en los dos últimos casos encontramos un rasgo que señala lo contrario -sus ojos redondos-. Según los cánones artísticos llama los ojos humanos son siempre alargados, mientras que los redondos se reservan para los animales. Es posible que nos hallemos ante una representación de lo que Reichel-Dolmatoff (1988, prefacio) ha llamado "los grandes temas milenarios de la mentalidad indígena", una representación que dataría del primer milenio antes de Cristo, del chamán que puede asumir la forma y poderes de ciertos animales. Poco a poco se ha podido estudiar varias clases de objetos, la mayoría encontrados en tumbas, que en 1983 se conocían sólo por descripciones. Hemos visto una amplia gama de adornos personales, generalmente poco frecuentes, lo que indicaría que su uso habría estado restringido a alguna clase de elite. Los adornos de aro se describen en otro artículo en este Boletín y las figuras antropomorfas en piedra verde están claramente relacionadas con algunos de ellos. Si bien desde tiempo atrás se conocían reportes sobre la presencia de cuentas de collar de cuarzo, en tumbas tanto llama como Yotoco, no se sabía aún, a ciencia cierta, si existían diferencias entre ellas 5. Por esto es de gran importancia el hallazgo reciente de un collar de este material en Samaria, durante las excavaciones emprendidas por los arqueólogos Héctor Salgado y Carlos Armando Rodríguez (este volumen). Este se encontró con una vasija llama (con doble vertedera y asa puente y pintura negativa negra sobre rojo) y estaba compuesto por doce cuentas, relativamente largas, delgadas, de tamaños graduados, de 2.5 cm de largo por 1.4 cm de ancho en promedio, y con perforaciones en forma de reloj de arena, ejecutadas cuidadosamente. Estas cuentas componen un collar corto y de forma elegante, que contrasta con los que conocemos del período siguiente. Los últimos se caracterizan, generalmente, por ser de cuentas grandes, más anchas que largas, y por su enorme tamaño; asumiendo que fueran utilizados como collares, llegarían hasta más abajo de la cintura y su peso sería tal, que con el collar puesto, una persona difícilmente podría ponerse en pie. El cuarzo es un material que tiene muchos significados entre varios grupos indígenas actuales; por ejemplo, para los tukano (Reichel-Dolmatoff, 1988: Lam. p. 13) un cilindro de cuarzo pulido es parte esencial del equipo del chamán quien lo lleva en el cuello como un dije 6. No podemos asegurar que el cuarzo tuviera un significado simbólico en la época llama; sin embargo, el paso de collares de alto valor estético y de tamaño "práctico" del primer período, a los de exageradas. dimensiones del período Yotoco, podría indicar un cambio de valores. Ahora, en vez de colocarse al cuello un collar bello y resplandeciente, se coleccionaba, todavía en forma de cuentas, un material que conferiría prestigio y/ o simbolizaba riqueza.
Unos objetos que podrían haber desempeñado un papel utilitario o religioso son los espejos de obsidiana, encontrados ocasionalmente en tumbas llama y, según parece, restringidos a este período. La materia prima fue traída, probablemente, de un lugar distante todavía sin precisar. Los espejos representarían una respuesta a la ansiedad del ser humano de conocer su propio rostro o, pudieron ser empleados en ritos de adivinación tal como los que practicaban todavía los chamanes muiscas a la llegada de los españoles7 . En cuanto a artefactos utilitarios, nuestros conocimientos son todavía limitados. En los sitios de habitación se encuentran lascas burdas, tal cual lasca más elaborada y grandes cantidades de piedras traídas al lugar, pero sin modificar o con modificaciones mínimas. En las tumbas se hallan con alguna frecuencia piedras casi perfectamente redondas utilizadas, según parece, como martillos. En otras se han encontrado bloques irregulares de lidita negra, en forma de materia prima. Pequeños objetos labrados en el mismo material hallados en El Topacio, parecen ser puntas de taladro (Bray et al., 1988: 10). En El Pital se encontraron un cincel, un artefacto interpretado como una mano de moler y una base de molienda (Salgado, s.f.: 141). La mano, que sería muy pequeña para moler maíz, parece haber sido una especie de "muele-lo-todo" como se encuentra en casi toda casa indígena o campesina, utilizada para majar desde hierbas para remedios o tintas hasta raíces blandas.
La información sobre el desarrollo de la cultura durante los ocho , a diez siglos de ocupación en la región Calima, se limita todavía a inferencias, basadas principalmente en la tipología y decoración de la cerámica. El récord alfarero de El Topacio sorprende por los pocos cambios detectables a través del medio milenio durante el cual el sitio fue habitado. La pequeña vasija sub-globular con cuello revertido es la forma más común durante todo el período y, aunque la decoración incisa y pintada aumenta paulatinamente durante la segunda mitad de la ocupación, está presente desde el principio. Probablemente, sea en las tumbas donde finalmente encontremos indicios más claros de los desarrollos temporales. Actualmente se está compilando información detallada sobre unos 40 cementerios (Cardale de Schrimpff, en preparación) que está empezando a revelar algunas diferencias en las formas de las tumbas y sus ajuares. En la reseña del año 1984, mencionamos que los cementerios de este período parecen ser relativamente numerosos en la región, aunque varían mucho en tamaño. Se encuentran agrupaciones pequeñas de unas 4 ó 5 tumbas, y más grandes de hasta unas 25, aunque a veces se han documentado tumbas aisladas. Los cementerios grandes se localizan, generalmente, en la cima de una loma, mientras que las agrupaciones pequeñas de tumbas están con frecuencia en las zonas más planas de las laderas. El estudio en proceso indica, hasta ahora, que aunque las tumbas tienen casi siempre entre 1 y 2 metros de profundidad y una pequeña cámara o nicho en el fondo del pozo, existe cierta variación en su forma exacta. Generalmente, en un mismo cementerio, las cámaras están orientadas hacia el mismo lado; sin embargo, la orientación varía considerablemente entre un cementerio y otro. Por la ausencia de huesos, debida a la acidez de los suelos, se ignora la forma exacta del entierro. Sin embargo, en una tumba reseñada, localizada en La Palma, en un punto donde el pH era seguramente más alto, se encontró en la cámara un esqueleto extendido. En el momento de escribir este artículo, las únicas dos fechas radiocarbónicas para tumbas son la de La Iberia que es poco aceptable, y otra de Agualinda, que contenía solamente parte de una vasija con doble vertedera, no totalmente diagnosticada. Tanto los orígenes de la cultura llama como la extensión precisa de su territorio, siguen siendo poco claras. Hay un espacio temporal de más de un milenio entre las fechas para el estrato precerámico más reciente de El Pital y las más antiguas para llama (si se descarta la de La Iberia). Los hallazgos de objetos llama fuera de la región Calima misma parecen ser, o aislados como la vasija ornitomorfa con doble vertedera y asa puente de Santander de Quilichao (Cardale de Schrimpff et al., s.f.), o sin una documentación clara como las vasijas en el Museo Universitario de Manizales que habrían sido encontradas, según información que no hemos logrado reconfirmar, en Belén de Umbría. El nexo más intrigante es con Catanguero, un sitio en el bajo río Calima que representaría una versión modificada de la cultura llama en las selvas de la llanura pacífica. En este sitio, excavado por G. y A. Reichel-Dolmatoff, (Reichel-Dolmatoff 1965: 85, 100, 114) la cerámica con decoración incisa del estrato inicial es idéntica a la cerámica llama de la Cordillera 8. Además, una de las formas de vasija más común en Catanguero, parece relacionada con una vasija característica de los niveles llama en El Pital (Salgado, 1989: fig. 27, No. 36), sitio que queda a mitad de camino entre las dos regiones. Una fecha radiocarbónica para Catanguero sitúa la ocupación de este sitio en el tercer siglo antes de Cristo, o sea, contemporánea con la fase final de la cultura llama en la Cordillera. Algunas de las formas de vasijas que son características de llama se encuentran también en versiones locales sobre grandes extensiones del suroccidente de Colombia y norte del Ecuador. En San Agustín, Tierradentro, Tumaco y hasta en sitios de la cultura Chorrera en el Ecuador, se encuentran vasijas con una o dos vertederas y con asa puente, vasijas silbantes, vasijas modeladas en forma de casa y hasta versiones locales de canasteros 9. La mayoría de estas similitudes parecen ser a nivel de tendencias estilísticas, ampliamente difundidas y corrientes durante buena parte del último milenio antes de Cristo. Tanto Reichel-Dolmatoff (1965: 85, 100, 114; 1986: 96-8) como Bray (1989) destacan cómo las similitudes son más marcadas con la región de Tumaco-Esmeraldas, especialmente con la fase Mataje 1 que también tiene nexos con Catanguero. Sin embargo, ellos mismos advierten que en conjunto, la cerámica es básicamente distinta. La transición entre el período Ilama y el período Yotoco Aunque no podemos precisar cuándo se inició la transición entre llama y Yotoco, ésta parece haber tenido lugar alrededor del primer siglo antes de Cristo. Varios aspectos indican cierto grado de continuidad entre las dos culturas; entre los más importantes esta la iconografía. Legast (s.f. 80,8 1) destaca que, aunque las representaciones del mundo animal son menos frecuentes y más estilizadas en la cerámica del período Yotoco, no sucede lo mismo con el oro. Al contrario, considera que las representaciones en este último medio y, en especial, aquellas en que el murciélago se mezcla con la serpiente y el hombre con el animal, parecen originarse en el período llama. Concluye que se trata de "la expresión del mismo concepto mítico o religioso del mundo animal a través del tiempo". En la cerámica, el cambio iconográfico está acompañado por un énfasis mayor en el color y una disminución del modelado. Sin embargo, es factible interpretarlos como cambios dentro de una misma tradición general. En contraste, hay dos aspectos de la cerámica y la orfebrería que parecen reflejar cambios sociales profundos. Las vasijas llama se caracterizan por ser todas de tamaño relativamente pequeño. En cambio, al iniciarse el período Yotoco, aparece por primera vez, toda una gama de vasijas grandes (p.e. Bray et al., 1981, figs. p. 3 y fig. l7); de un tamaño adecuado para preparar comida -y bebida- para un buen número de personas; a la vez se comienza a utilizar una pasta burda con desgrasante de roca triturada, específicamente para estas vasijas grandes. En otro artículo de este Boletín, se destacan las diferencias entre la orfebrería de los dos períodos. Este es un tema complejo pero se podría proponer, muy tentativamente, que la nueva "moda" de usar una abundancia de joyas grandes y espectaculares proviene en parte de una mayor accesibilidad del oro -el fruto tal vez del acceso a regiones auríferas más extensas- y también que formaba parte de la misma actitud frente a la acumulación de "riquezas" o símbolos de poder, que hemos propuesto para el cuarzo. Un detalle interesante, en las vasijas modeladas en forma de casas, podría reflejar un cambio arquitectónico. En todas las casas que conocemos del período Yotoco, las cumbreras son rectas. En con traste, las casas de la conocida vasija en el Museo del Oro (M.O. CC5620, ilustrada entre otros lugares, en la carátula de Pro Calima No. 2), parecen tener cumbreras cóncavas, con algún parecido a las casas modeladas en cerámica de Tumaco (p.e. Banco Popular, 1988, fig. p. 26).
No es claro todavía cómo debemos evaluar estas continuidades y diferencias. ¿Indicarían el desarrollo de una misma cultura expuesta a fuertes influencias sociales y tecnológicas de grupos vecinos? O, ¿eventualmente, la llegada de nuevas gentes (con, según sus representaciones, rasgos faciales bastante diferentes) quienes se mezclaron con la población original, conservando gran parte de los mitos y creencias de ésta? Otra posibilidad sería que las nuevas gentes compartieran de antemano, con los pobladores originales, un fondo común de creencias, corrientes en aquella época a través de extensas regiones. La cultura Yotoco Esta cultura es, tal vez, la más renombrada de todas las que ocuparon la región de Calima, la cultura cuyos artesanos elaboraron la orfebrería espectacular y la sofisticada cerámica policroma. La población de este época, era ya bastante numerosa, y para aumentar el número de sitios aptos para establecer sus viviendas, empezaron a construir pequeñas plataformas artificiales sobre las laderas. Las tumbas eran, generalmente, de pozo y cámara lateral parecidas, a veces, a las del período anterior. La red de anchos caminos cuyos vestigios se conservan aún en algunos trechos, parece haber estado en uso en esta época, facilitando los nexos evidentes de la cultura Yotoco con lugares distantes como el valle del río Magdalena y el Quindío. No obstante su gran importancia, de las cuatro culturas conocidas para Calima, es para ésta, tal vez, que la información disponible se ha modificado en menor grado durante los últimos cinco años, a pesar de que se hayan practicado excavaciones en no menos de once sitios con estratos del período. Estos sitios incluyen tres plataformas pequeñas para vivienda, una loma aplanada para vivienda, un sistema de eras y zanjas que formaba un área extensa para cultivos en la parte plana y anegadiza del valle de El Dorado y, finalmente, un total de cuatro campos de cultivo sobre laderas. A pesar de los esfuerzos de los arqueólogos, en ninguna de las plataformas artificiales fue posible recuperar la planta de la vivienda. Una plataforma en Jiguales (No. 4a) fue excavada en su totalidad (Rodríguez y Bashilov, 1988: 61-65) pero un conjunto formado por dos zanjas y varios hoyos de poste y pozos, sobre y afuera de la plataforma, fue difícil de interpretar. Una plataforma de la -hacienda Altamira fue excavada parcialmente en un intento por correlacionar su edad con la de las zanjas en pendiente que parecen cruzarla. Se concluyó, tentativamente, que la plataforma se construyó después de los canales de cultivo, destruyendo los en este punto durante el proceso. La excavación reveló varios vestigios sobre el piso de ocupación de la plataforma, incluyendo posibles hoyos de poste y una depresión rellena con arcilla roja (Bray et al., 1988: 39-41). En El Pital una plataforma (No. 10) fue excavada parcialmente, encontrándose tres hoyos de poste en hilera y un pozo grande (de 105 cm de profundidad) sin material cultural y de difícil interpretación (Salgado, 1989: 73-87). Sobre la terraza grande de El Pital (Salgado, 1989: 72) se encontraron, en un relleno artificial (estrato No 3) tiestos del periodo Yotoco mezclados con otros de los períodos llama y Sonso reforzando la impresión de un alto grado de actividad en este último período de ocupación precolombina. Las excavaciones en la cima, artificialmente aplanada, del cerro Cabo de la Vela en Jiguales, son interesantes, entre otras razones, por la confirmación de la hipótesis planteada por Herrera et al. (1.984: 394) de que en este período, se modificaron zonas más extensas que los "tambos", o pequeñas plataformas para una sola vivienda. Aquí se logró recuperar la planta completa de una construcción. La forma, aproximadamente redondeada, contrasta con las plantas rectangulares de las casas Yotoco modeladas en cerámica y oro. Sus dimensiones (entre 3.2 y 3.8 m de diámetro) y el descubrimiento de un pozo grande (de más de metro y medio de profundidad) lleno de tierra muy negra con carbón vegetal, semillas carbonizadas de maíz, tierra quemada, artefactos líticos y tiestos, llevan a Salgado (1988: 69) a proponer que el pozo tal vez fue utilizado para almacenar alimentos y la construcción para protegerlo. Carbón procedente del pozo dio una fecha de 370 +/- 60 d.C. (BETA 16947). Un aspecto muy importante de las investigaciones sobre este período ha sido el estudio de los sistemas de cultivo, base económica sobre la cual se construyó esta sociedad brillante y cosmopolita. Poco después del inicio del período, parece haberse intensificado la tala de bosques para agricultura, según los estratos con evidencia de quemas (Piperno, 1985: 39) y de erosión (Bray et al., 1988: 27) que se encuentran en muchas partes. Las excavaciones realizadas en el piso plano del valle de El Dorado durante los años 1982 y 1984 revelaron que los dos sistemas de cultivo más extensos conservados allí fueron obra de esta gente (Bray et al., 1985: 18-25; fig. p. 34). Uno de estos sistemas consiste en campos rectangulares de aproximadamente 20 a 40 metros de ancho, delimitados por zanjas de drenaje relativamente hondas. El otro está formado por grupos de eras o camellones de 2 y 4 metros de ancho y hasta más de 100 metros de largo. En un punto, estos últimos están superpuestos a una zanja que pertenece a los campos rectangulares. Sobre las laderas se han encontrado, en varias ocasiones, tiestos del período en estratos de tierra muy negra, cuyas características edafológicas se han conservado por la acumulación de estratos poste riores. Por su aspecto mezclado y su superficie ondulada, se cree (Botero, 1985) que representan suelos de cultivo, mientras su color y su alto contenido de materia orgánica sugiere que fueron abonados. En el valle de El Dorado se observaron estos estratos en las excavaciones en un pequeño valle seco arriba de las plataformas grandes (Bray et al., 1988: 24-27). Más abajo sobre la misma ladera, la plataforma No. 1, construida durante el período Sonso, yace sobre una serie de paleosuelos anteriores, uno de los cuales tiene las características de una huerta del período Yotoco (Bray et al., 1985: 13-15). Se encontraron estratos similares en El Topacio (Bray et al., 1988: 18) y encima de los estratos precerámicos en Sauzalito. Desde los inicios del programa Pro Calima se han estudiado los canales o zanjas verticales visibles en las laderas e interpretadas por Botero (1983) como una estrategia precolombina, para evitar la sobre saturación de las cenizas volcánicas, la cual puede traer como consecuencia movimientos en masa de los suelos. Según parece, se utilizaron principalmente en las huertas. Otras hipótesis acerca de su utilización están reseñadas en Bray et al., 1987: 456. No se puede asegurar todavía si este sistema, muy característico del período Sonso, también se empleara en esta época. La evidencia ya mencionada de Altamira, aunque no definitiva, sugiere que este era el caso, así como la presencia de canales cerca a plataformas Yotoco y que parecen asociados a ellas. Otros aspectos investigados de estos sistemas incluyen (Bray et al., 1988: 35-8) la capacidad de drenaje de los suelos en diferentes lugares y los cultivos, conjunto con la vegetación alrededor, a través del estudio del escaso polen conservado. Los resultados preliminares concuerdan con la información sobre cultivos obtenida de los estudios de fitolitos y de los perfiles de polen en el valle de El Dorado, e indican la presencia de maíz, calabaza y/ o ahuyama, y probablemente fríjol. Si nos guiamos por la abundancia de fitolitos, el maíz habría desempeñado un papel muy importante en la dieta. Las semillas carbonizadas de este cereal indican claramente que se cultivaban dos razas, una relacionada con la línea Pollo/ Nal Tel/ Chapalote del período anterior y otra con granos más grandes que "podrían representar una línea de evolución hacia la raza colombiana contemporánea llamada "Cabuya" (Kaplan y Smith, 1988: 43-44). Se han encontrado, también, semillas del fríjol común (Phaseolus vulgaris), una variedad pequeña relacionada, posiblemente, con la que se cultivaba en los Andes peruanos septentrionales.
Las excavaciones recientes han aumentado en forma considerable, la muestra de tiestos disponibles y por consiguiente, la información que se puede obtener de ellos. Se inició también el estudio de la pasta por medio de secciones delgadas (Roe, 1985: 45-48) sobre una muestra todavía muy pequeña, de cuatro fragmentos solamente, de los cuales dos son de la pasta fina y dos de la pasta burda. La evidencia petrológica coincide con la empírica en cuanto a la distinción clara entre la pasta fina (que tiene una alta proporción de arcilla y desgrasante, según parece, de arena molida) y, por otro lado, la pasta burda con fragmentos grandes de roca triturada (tonalita o diabasa). Es interesante constatar que el parecido entre los dos ejemplares de pasta fina (encontrados en dos sitios diferentes que distarían aproximadamente un día de camino) es mayor que entre los dos ejemplares de pasta burda; sin embargo, la muestra es demasiado pequeña para interpretar más que como una indicación de la eventual elaboración de la cerámica fina por especialistas y la burda por alfareros locales. No se ha podido seguir, en forma continua, el estudio intensivo de la redde caminos, iniciado desde hace varios años; sin embargo, se siguió hace poco, un tramo desde las inmediaciones del valle de El Dorado cerca al borde oriental de la Cordillera, hasta el plan del valle del Cauca. Además, se está formando un archivo con información sobre otros trechos conservados, uno de los cuales sube por la vertiente occidental de la cordillera Central. La cultura Sonso En algún momento la sociedad brillante que denominamos Yotoco desaparece y es reemplazada por otra. Según el testimonio arqueológico, los logros de esta nueva sociedad están representados principalmente por obras de ingeniería. Parece que este cambio fue parte de un movimiento de gentes sobre una extensa zona de la región Andina. Estos grupos se apropiaron paulatinamente de territorios ajenos, proceso que tomó, seguramente, varios siglos, iniciándose hacia finales del primer milenio d.C. y continuando a principios del segundo. En algunas zonas es, inclusive, posible que estas nuevas poblaciones llegaran en varias oleadas. En Calima, la continuidad en la construcción de plataformas para viviendas, canales en campos de cultivo en ladera y en la pintura negativa, indican que estos conocimientos técnicos se habrían adquirido, de alguna manera, de los antiguos ocupantes del territorio. Por otro lado, como varios autores han anotado (p.e. Herrera et al., 1984: 401), cambios profundos están indicados en las representaciones físicas sobre vasijas y figurinas. Se enfatiza la nariz que es demasiado grande y exageradamente aguileña; los ojos se representan en la forma estilizada conocida como "grano de café" y un pastillaje exuberante fue utilizado para enmarcar la cara e indicar varias hileras de collares. En Calima estos collares ya no son de oro y cuarzo, sino de concha marina, de coral negro y unas pepitas blancas identificadas tentativamente como agallas de insectos10. En general, la orfebrería disminuye en cantidad y se encuentran cambios en el estilo de objetos elaborados; se restringen a adornos personales pequeños, especialmente las narigueras denominadas torzales y también varias clases de orejeras en alambre, colgantes en forma de sapo y pectorales circulares y acorazonadas. Predomina la tumbaga y se generalizan las técnicas de fundición y dorado por oxidación (p.e. Plazas y Falchetti, 1986: 208). Otra técnica característica de la época se encuentra en las narigueras con núcleo de cobre, forradas con una lámina delgada de oro fino (Juanita Sáenz O., comunicación personal). Hubo cambios notables en la forma de los entierros, ahora en tumbas profundas (5-15 metros), con cámaras grandes, sarcófagos de madera y, a veces, entierros múltiples (p.e. Wassen, 1976; Caldas et al., 1972; Illera s.f.; Rodríguez y Bashilov, 1988: 65-6; Salgado y Rodríguez, 1989). Como la profundidad y el anegamiento de algunas tumbas permite, en algunos casos, la conservación de restos orgánicos, especialmente de madera, se amplía el récord en forma muy interesante. Se conocen no solamente sarcófagos sino también banquitos, bateas, palas, lanzas, propulsores y dardos (Bray, 1962: 325; Illera s.f.: Lám. VI; von Schüler-Schömig, 1981). Héctor Salgado tiene en preparación un estudio detallado de algunos de estos objetos. Seguramente tuvieron lugar también, cambios fundamentales en cuanto a cosmología y religión. Desaparecen aquellas deidades antiguas o personajes míticos que hubieran sobrevivido, con algunas transformaciones, desde la época llama a la Yotoco. Buena parte de los esfuerzos de la sociedad se dirigió a la construcción de plataformas artificiales muy grandes como las del valle de El Dorado, que pueden medir unos 100 metros de largo por 80 de ancho. Los cálculos (Bray et al., 1983: 9) indican que para el relleno artificial de El Billar se utilizaron 3.600 metros cúbicos de tierra. La finalidad de estas plataformas sigue siendo materia de especulación. En ninguna de las excavadas (El Billar y plataformas Nos. 1, 3 y 4 de la hacienda El Dorado; Bray et al., 1983 y 1985), se encontraron evidencias claras de viviendas. Por otro lado, las piedras de tamaño considerable colocadas cerca al borde de una de ellas (plataforma No. 1; Bray et al., 1988: 19-24) en conjunto con las grandes cantidades de cerámica rota encontrada al pie de éstas, indicarían quizás una utilización ritual o, eventualmente, social para algunas de estas construcciones. Se detectan cambios hasta en la forma de las armas. El propulsor encontrado en una tumba Sonso en el municipio de Darién y publicado por von Schuler-Schömig (1981) es del tipo denominado "brasileño", definido por un ensanchamiento hacia un extremo y un orificio redondo para el dedo índice. En cambio, dos propulsores más antiguos conservados en el Museo del Oro (Nos. 3318 y 6520 ilustrados por Pérez de Barradas, 1954: Láms. 17 y 195) tenían un gancho o protuberancia para el dedo. No se sabe hasta ahora, si hubo resistencia armada a las nuevas gentes. En Calima, no se han detectado hasta ahora las construcciones defensivas, protegidas por grandes zanjas o empalizadas, mencionadas por los cronistas para muchas regiones. Los estudios de Roe y de Pradilla sobre secciones delgadas de cerámica también contribuyen información sobre la alfarería del período Sonso. Roe (1985) estudió nueve tiestos de este período, ocho de los cuales pertenecían a vasijas burdas con paredes gruesas. Se dividen en dos grupos según si en las inclusiones predomina la combinación de cuarzo-con-feldespato o las partículas ferruginosas. Dentro de estos grandes grupos se encuentran algunas diferencias: tres fragmentos tienen tiesto molido y otros tienen fragmentos de roca. En un caso Roe identifica, tentativamente, ceniza volcánica. La investigación de Pradilla (1987) en cambio, tiene como meta principal la identificación de las arcillas utilizadas. El llegó a la conclusión que los alfareros Sonso empleaban arcillas derivadas de la ceniza volcánica. Sin embargo, los experimentos con esta materia prima, llevados a cabo por Linda Cheetham, no dieron buenos resultados.
En los últimos años y a raíz de varias excavaciones, se ha aumentado la información sobre sitios de vivienda, tanto en las plataformas de vivienda de la hacienda Ceilán (Bray et al., 1988; 36-9) y en Jiguales (Rodríguez y Bashilov, 1988) se encontró una zanja panda para drenaje cerca a la pared posterior. En la hacienda Ceilán el piso de la plataforma tenía una leve inclinación hacia el extremo anterior, también, posiblemente, para asegurar un rápido escurrimiento de las aguas lluvias. En Jiguales, como en otras plataformas del mismo período, se hallaron varios pozos de tamaño considerable, interpretados como posibles depósitos para almacenamiento de comida o para basura. Los numerosos hoyos de poste se reconstruyeron como de una construcción que se extendía más allá del borde de la plataforma por encima del declive, y apoyada en postes (Rodríguez y Bashilov, s.f.). En este contexto es muy interesante constatar que en la cumbre de la colina vecina, el Cabo de la Vela las construcciones no parecen tener una forma muy estandarizada. En esta excavación (Salgado, 1988) se logró destapar un área de 227 metros cuadrados, aproximadamente la sexta parte de la cima. Entre los numerosos hoyos de poste, cuatro grupos parecen pertenecer a construcciones del período Sonso. Dos de ellas tienen una planta aproximadamente circular con diámetros de entre tres y cuatro metros. Las otras dos son mucho más grandes y se alcanzaron a excavar sólo parcialmente. Una de ellas tenía planta rectangular y en el sector excavado medía 4.7 x 3.0 metros, mientras que el otro "podría haber tenido dimensiones de 12 x 8 metros". Es interesante que las dos tienen fechas del siglo VII y IX, respectivamente, más temprano de lo esperado para Sonso. En San Luis 1, un sitio en el bajo río Calima (Rodríguez s.f., 2) se encontraron un buen número de hoyos de poste juntos, nuevamente, con algunas cunetas. En la segunda ocupación, dos agrupaciones formando círculos irregulares de unos 2.50 metros de diámetro solamente, se interpretaron como posibles "construcciones sobre plataformas, a su vez, montadas sobre pilotes", como las actuales casas indígenas de la región. Este sitio: reviste un interés especial como taller donde se elaboraban hachas y otros instrumentos en piedra. San Luis, junto con otros sitios que Rodríguez localizó en la prospección y uno descubierto algunos años antes en el río Munguidó (Bray et al., inédito), son los asentamientos Sonso más occidentales registrados hasta el momento. Según Rodríguez (s.f.: 91) se encuentran sobre ambas márgenes del río Calima hasta su desembocadura en el río San Juan. A lo largo de buena parte de este último río, se encuentran asentamientos con cerámica del complejo Murillo y, posteriormente, Minguimalo, estudiados por Recasens y Oppenheim (1944:364 ss.) y G. y A. Reichel-Dolmatoff (1963). Tanto en San Luis 1 como en el río Munguidó, se encuentra un porcentaje significativo de cerámica del complejo Minguimalo demostrando, al parecer, contactos importantes entre los dos grupos. En la dirección opuesta, a una distancia de 100 kilómetros en línea recta, se encuentran también sitios con la característica cerámica Sonso a las orillas del río Cauca (Bray y Moseley 1976). Hacia el sur de Calima, la misma cerámica se encuentra en la región de Pavas en sitios datados en los últimos siglos antes de la Conquista Española. Esta región comprende unos 5.000 kilómetros cuadrados y la gama de climas y zonas vegetacionales que abarca, indica que la cultura Sonso había logrado adaptarse a medios muy variados. El hecho de que ocuparan un trayecto de Oeste a Este a través de la cordillera .y no una región homogénea desde el punto de vista del medio, crea la inquietud de si tuvieron, eventualmente, residencias estacionales que les hubieran permitido explotar los diferentes pisos térmicos. Desde luego, el concepto de verticalidad aplicado a la cultura Sonso es una interpretación tentativa, ofrecida como un estímulo a la recopilación de datos que ayudarían a comprobar o desvirtuar esta posibilidad. Como han anotado muchos autores (p.e. Herrera, 1984, en prensa), una vez afuera de este núcleo, se encuentran los vestigios culturales de un buen número de grupos que parecen haber sido relacionados culturalmente. Compartían detalles en la forma y decoración de la cerámica, en la tradición orfebre y en la costumbre de enterrar sus muertos en tumbas profundas de pozo con cámara lateral. Es a este gran conjunto de grupos relacionados que varios arqueólogos en diferentes ocasiones han propuesto denominar el horizonte, serie, o tradición Sonsoide, la cual se dispersó sobre un gran territorio cuyos límites todavía no se pueden delimitar11. Un componente importante, como veremos luego, es el complejo denominado por Bray "Guabas-Buga", en el cual combina, por motivos que explica en su artículo en este volumen, lo que Rodríguez llama "las culturas Guabas y Buga". Hacia el Sur la tradición Sonsoide incluye el material excavado por Cubillos (1984) entre Cali y Santander de Quilichao, con los estilos de Quebrada Seca y río Bolo definidos por Ford (1944); según Marta Urdaneta (comunicación personal), llega casi hasta Popayán con el material arqueológico excavado por ella en Guambía (Urdaneta, 1989). Hacia el Oeste, Patiño (1989: 109-12; Lám. 14) ha encontrado material de la misma tradición en los ríos Guapi y Timbiquí en donde conforma su fase San Miguel. Al norte de Calima, por la misma cordillera, tanto Rqdríguez (s.f., 1) en la cuenca del río Garrapatas, como Salgado (1986; municipios de Bolívar y Trujillo) encontraron cerámica cuya decoración se asemeja en varios detalles a la Sonso, fechada (en el último caso) en el siglo X d. C., mientras que la forma y grado de relación con las culturas tardías del Quindío ha sido discutida por varios autores (p.e. Bruhns, 1976: 177; Bray y Moseley, 1976: 68). Inclusive se podría plantear una relación, aunque menos estrecha, con el valle del río Magdalena donde la manera de representar figuras humanas en vasijas del conjunto Pubenza Polícromo es sorprendentemente similar.
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