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Reseña de Libros
RELATOS MÍTICOS KABIYARI
Francqis Correa
El Servicio Colombiano de Comunicación publica el segundo texto
de la serie "Relatos y Leyendas Orales", en el
que presentan diez relatos míticos de la comunidad Kabiyari de
habla Arawak, habitantes de las riberas del río Cananarí (afluente
del Apaporis) en la región del Vaupés. Estos relatos le fueron
narrados al antropólogo Francois Correa hace uno diez años por
Gustavo Kabiyari y complementados con variaciones mitogónicas en
conversaciones con José y Benedicto Kabiyari.
El libro consta de dos partes. En la primera se presentan los
diez relatos míticos, los cuales incluyen temas como la Anaconda
Ancestral y el origen de los Kabiyari, el origen del Universo, el
origen de la horticultura, el origen de la coca y el tabaco, del
Yuruparí, el origen de la lengua idiomática, del trueno y del
fuego, el origen del curare, las flechas, las máscaras y los
bailes. Esta es una parte estrictamente mitogónica en la que danza
la palabra que narra, describe y devela los misterios del acto de
crear. Allí la palabra enuncia y describe lo que emerge y lo que
nace.
Esta sección del libro es titulada por el antropólogo como
Mitología Kabiyari. Pero más que mitología, un tratado mítico en
relación de expresividad en logos, como ciencia mitológica Kabiyari
es más bien un pequeño segmento o "capítulos" o
"espacios narrativos" de enunciados y
descripciones de lo acontecido en la mitogonía Kabiyari. Es un
pequeño corpus, ilustrativo, de aquello que tiene que ver con el
crear y el nacer en los tópicos mencionados. Tiene que ver con los
espacios y tiempos del crear y nacer.
En la segunda parte el antropólogo presenta una Lectura de los
Mitos, su lectura, apoyada en la observación etnográfica que le
permite contarnos las relaciones ecológicas con la
"antropogénesis", "la
cosmogénesis", "la génesis de la
horticultura" y la maloca Kabiyari. Sin embargo esta
lectura es también una interpretación. Es, indudablemente, una
lectura de modernidad. La dificultad reside justamente en la
interpretación. Allí es donde reside con más exactitud lo
mitológico, tal como lo percibe Lévi-Strauss cuando dice de sus
mitológicas que son a su vez mitologizaciones, que son a su vez un
mito. Por ello esta lectura de los mitos Kabiyari de Francois
Correa es mitológica o mejor mitográfica, puesto que es más
etnográfica que etnológica si se retoma la distinción
lévistraussiana entre etnografía, etnología y antropología.
En esta lectura el antropólogo F. Correa nos presenta el uso del
espacio (de vivienda, de cultivo, de pesca, de recolección y de
cacería) en su vivencia masculina y femenina mediante el equilibrio
ecológico y la presencia de la ritualidad del saber de los payé
(chamanes). Está acompañada de dos mapas en los que se ubica el
territorio Kabiyari en el espacio cultural del Vaupés, de un
"módulo de construcción" de la maloca y de once
fotografías que ilustran y contextualizan etnográficamente los
relatos.
De los Kabiyari había publicado hace unos años el etnólogo
francés Francqis Burgue un ensayo sobre el territorio Kabiyari y su
mitología. Se complementa así otra documentación respecto al modo
de existencia y estilo de vida Kabiyari. En esta ocasión el
antropólogo y los editores insisten en el problema de identidad
cultural coincidiendo así con otro interés de modernidad.
William Torres C.
EXCAVACIONES ARQUEOLÓGICAS EN
GUADUERO - CUNDINAMARCA
Cecilia de Hernández y Carmen de Fulleda
Dentro de los trabajos efectuados en el Magdalena Medio, debe
resaltarse que la presente investigación es de las pocas en las
cuales encontramos información acerca de los grupos que habitaron
el área entre el 500 A. C. y el 500 D. C. Por tanto se convierte en
una fuente de información importante para las regiones aledañas en
búsqueda de la explicación al origen de las migraciones hacia
dichas zonas.
El trabajo realizado en Guaduero comprende la excavación de
algunos pozos de sondeo y una cuadrícula que corresponde al
basurero de un taller cerámico. Sin embargo, la escala del trabajo
es tan reducida que ni siquiera se determina la extensión total del
yacimiento en sus alrededores y los pozos de prueba efectuados no
se utilizan para determinar otras áreas de actividad asociadas al
taller.
Así mismo, no se menciona la comprobación de la estratigrafía de
la cuadrícula con otros pozos para determinar si el estrato único
que encuentran las investigadoras corresponde a una formación
natural o intencional; es decir, si se hizo un hueco para botar el
material o si éste fue arrojado formando un montículo que luego fue
cubierto con material de deposición natural.
La tipología del material cerámico se hace con base en la forma
y la ausencia o presencia de decoración, permitiendo un manejo
claro y fácil del material. Sin embargo, debido a la especificidad
de la excavación y la carencia de una prospección en el área no se
puede determinar la función de algunas o todas las vasijas mediante
su asociación en otros contextos, ya sea funerarios,
habitacionales, etc.
Con respecto al material lítico encontrado en asociación con los
desechos del taller, las autoras afirman que éste indica la
presencia de consumo de maíz. No se niega que tradicionalmente los
metates y las manos de moler lleven a estas conclusiones, pero
teniendo en cuenta que se está utilizando como desgrasante el
tiesto molido, ésta puede ser una de las causas por las cuales se
encuentran estos instrumentos. En otros términos, el contexto de
asociación de ambos artefactos está mostrando otra función. Sumado
a esto, no encontramos un análisis geológico del material lítico
que lo identifique, permita saber su procedencia -local o foránea,
o si son de río-, dureza, composición, etc. Tales características
están directamente relacionadas con la función de los
instrumentos.
Las dos fechas obtenidas para el yacimiento indican que fue
ocupado por un largo período de tiempo. No obstante, en ellas
existe una incongruencia que no es explicada en el trabajo. La
fecha obtenida en el nivel 8 es posterior en unos 600 años a la del
nivel 6. La primera fue determinada con el método de
termoluminiscencia y su confiabilidad podría estar sujeta a alguna
alteración de su tipo natural o humano aún por determinarse. En
general, el proyecto sufrió serias limitaciones pues fue formulado
en términos muy específicos, es decir que sólo se abarcó la
excavación de una cuadrícula y la descripción del material
encontrado en él. No se hizo un intento de delimitar el área
circundante y mucho menos de observar qué estaba sucediendo a nivel
local y regional. Con esto, sólo se estableció un sitio tipo con el
cual se lograron unas conclusiones evidentes como la
especialización en producción de material cerámico y que el sitio
corresponde al período formativo.
Esto lleva a la conclusión, que un trabajo arqueológico no puede
limitarse a la descripción incompleta de un sitio para luego saltar
a integrarlo en un modelo general como el período formativo.
Primero hay que caracterizar el área y sus habitantes, o de otra
forma el yacimiento arqueológico, como el caso de Guaduero, pasaría
a ser igual que otros sitios formativos de la costa o de los
altiplanos. La interacción medio ambiente y cultura da resultados
que difieren unos de otros y en esto debemos enfatizar. Esto
permite establecer patrones de comparación y/o diferenciación con
las zonas aledañas.
Es cierto, que a veces económicamente es imposible abarcar
grandes extensiones de terreno para lograr estos objetivos, sin
embargo, existe la posibilidad de hacer este tipo de
investigaciones a nivel bibliográfico, es decir, a través de
trabajos arqueológicos realizados en otras áreas. En este caso
pudimos observar que en la investigación realizada por Marianne
Cardale en Pubenza (1976), el material encontrado es bastante
similar al excavado en Guaduero. El tipo cerámico identificado por
Cardale como Pubenza Rojo Bañado presenta formas y decoración
similares a todos los tipos identificados por Hernández y Fulleda
en Guaduero. En cuanto a la pasta, los tipos de Guaduero se
asemejan a los del tipo Pubenza Policromo, pues en ambos se utiliza
el desgrasante de tiesto molido. Este es un dato que hubiera sido
interesante explotar, por cuanto Cardale sugiere que el tipo
Pubenza Rojo Bañado es anterior al Pubenza Policromo, aunque
después se siguen utilizando los dos contemporáneamente. En Pubenza
también se encuentran piedras de moler y al respecto Cardale
comenta que son blandas y livianas lo que hace pensar que no se
utilizaron para moler alimentos duros como el maíz, sino que
sirvieron posiblemente para moler yuca cocida. En Guaduero, sin más
evidencia que la presencia de piedras de moler y metates en un
basurero de taller cerámico, es difícil inferir una dieta basada en
el maíz. La altura a la que se encuentra este yacimiento permite
pensar que hay presencia de una mayor variedad de productos.
Si queremos participar en las nuevas tendencias de la
arqueología y hacer investigaciones de tipo regional es necesario
que de una u otra forma, ya sea en el terreno o a nivel
bibliográfico, obtengamos la mayor cantidad de información que
permita reunir y despejar el panorama arqueológico y no seguir
trabajando con sitios-tipo aislados.
Monika Therrien
ARQUEOLOGÍA DEL ALTO VALLE DE
TENZA
Roberto Lleras Pérez
Este libro constituye una contribución a la arqueología del
departamento de Boyacá y particularmente a una zona sobre la que se
había escrito muy poco. En efecto los escasos reportes referentes a
las columnas de Ramiriquí era lo único que se conocía para el área.
El informe de Lleras viene a subsanar parte del vacío existente en
el contexto arqueológico de las áreas aledañas a Tunja.
El esquema del informe comprende dos partes: La primera
referente a una extensa recopilación geológica y ecológica y la
segunda a una reconstrucción histórica de las ocupaciones de la
zona desde sus inicios hasta la Colonia. Dentro de este último
tema, Lleras identifica ocupaciones de la zona por parte de las
gentes del Período Herrera -también reportados para la Sabana de
Bogotá- y posteriormente habitada por el grupo comúnmente
denominado Muisca.
En este trabajo es de gran importancia la reseña de una serie de
manifestaciones culturales tales como petroglifos y pictografías en
varios conjuntos rocosos y particularmente del taller de columnas
líticas de Tibaná. Sumado a esto, el registro de las columnas
dispersas en varios sitios de la región, y la recopilación de la
información de algunas de ellas reseñadas con anterioridad por
otros autores en artículos de difícil consulta. El autor propone
una posible relación entre las columnas y los grupos del período
Muisca pero la falta de material cultural asociable a ellos no le
permite identificar su filiación cultural con exactitud. Sin
embargo, como él mismo lo dice, es un rasgo que abre interesantes
perspectivas de investigación aun por fuera de la zona. En efecto,
al establecer correspondencia con este tipo de vestigios en áreas
relativamente alejadas como Tunja y El Infiernito, encontramos que
el material cerámico asociado de ambos sitios difiere enormemente
del encontrado en la zona del Alto Valle de Tenza. Dicha cerámica
forma un conjunto (estilo) muy local que se relaciona con las
primeras manifestaciones de grupos de tradición
"muiscoide" en la zona, ubicables hacia el siglo
VIII después de Cristo. Su relación con las gentes del Alto Valle
de Tenza aún está por establecerse tanto por cuestiones de estilo
como de cronología.
Lleras observa ciertas dificultades en correlacionar el material
de la zona del Período Muisca con el de otras áreas del altiplano
cundí boyacense. El autor dice que los tipos Arenosos de
Sutamarchán y Tunja son más antiguos que el Desgrasante Gris. En
realidad, en las últimas investigaciones en Tunja, Valle de Samacá,
Leiva y Sutamarchán, ambos tipos cerámicos aparecen juntos en todos
los sitos en donde han sido reportados. Pero aparte de esto,
realmente la dificultad estriba en el tipo de homologación que se
está haciendo con el material. En palabras de Lleras "el
problema radica en que el Desgrasante Gris no puede utilizarse como
indicador cronológico puesto que está presente a todo lo largo de
la ocupación Muisca prehispánica (por lo menos desde el siglo XI) y
subsiste durante el período Colonial" (p. 53).
Definitivamente este tipo cerámico es el más conflictivo de
cuantos se hayan establecido para el altiplano cundí boyacense
debido a que fue definido con base en la composición de la pasta,
material que se encuentra en formaciones geológicas que recorren
todo el altiplano. Al utilizar este criterio (la pasta), como
marcador fundamental para conformar los tipos de todo el
"territorio Muisca", es natural que la cerámica
se vea igual y engañosamente contemporánea. Tal parece como si la
clasificación obedeciera a una visión totalizante, es decir que
todos los cacicazgos que habitaron el altiplano cundí boyacense
pertenecieran a la misma gente. Sin embargo, al respecto, desde los
cronistas hasta la misma arqueología, incluido este trabajo (p.
106) se encargan de mostrar continuamente una composición cultural
heterogénea de los grupos que habitaron la región en la esfera
política, social, económica, lingüística, prácticas funerarias y
material cultural. Dentro de esta última, la cerámica muestra una
diversidad local tan notoria, que como el mismo Lleras lo anota,
"ofrecen un panorama que desconcierta. Mientras que los
mismos datos etnohistóricos vinculan inequívocamente el área con el
norte del territorio Muisca (Zacazgo) los tipos cerámicos
encontrados pertenecen a tradiciones de la región sur
(Zipazgo)" (p.106).
Sin embargo, una correlación de todos los rasgos entre las
diferentes tradiciones cerámicas particularmente de forma y diseño
está aún por hacerse. Hasta ahora, las correlaciones han sido
hechas fundamentalmente con base en la pasta, textura, técnica de
manufactura, etc. y una serie de características entre las que se
encuentran la forma y la decoración, pero como marcadores
secundarios. De esta manera, se aglutina bajo el mismo rótulo (
i.e. Desgrasante Gris) una serie de características tanto similares
(pasta, desgrasante, cocción, técnica de manufactura) como
diferentes (formas y diseños). Y es en estas últimas en donde el
artífice materializa toda una carga cultural que lo identifica; al
dejarla en segundo plano prácticamente estamos olvidando el rasgo
más importante en el proceso de identificar grupos humanos. Bajo
esta perspectiva cabe preguntarse para dónde nos va a llevar la
clasificación tradicional y qué tan precisas son las correlaciones
de materiales que se han hecho.
A propósito de la clasificación cerámica, en una investigación
recientemente publicada se trató este mismo tema causando gran
polémica (ver Boada, Mora y Therrien, 1988). En ella se proponía
enfatizar criterios como la forma y los diseños pensando en que
eran características más relevantes en la identificación de grupos
humanos.
Precisamente la posición de Lleras fue una dura crítica a la
propuesta arguyendo que la clasificación tradicional era
perfectamente viable como herramienta de análisis. Ahora veo
claramente que tampoco funciona para él a pesar de su ardiente
defensa.
En efecto, cada vez es más clara la necesidad de diseñar una
tipología que contemple la diversidad estilística para poder
manejar conceptos de identidad y territorialidad en donde la
expresión plástica y estética representan categorías de
diferenciación social a nivel intra e intergrupal.
A parte de esta discrepancia de ideas referentes a la
clasificación cerámica, debo felicitar al autor por el estilo tan
ameno que tiene para escribir. En realidad es difícil leer los
reportes arqueológicos por la gran cantidad de datos y
descripciones, particularmente de la cerámica, a la cual se dedica
generalmente tres cuartas partes de los informes convirtiéndolos en
verdaderos ladrillos. Aquí, por el contrario, el diseño de fichas
que sistematizan la información, dejan espacio para tratar el
problema de poblamiento y desarrollos locales y permiten al lector
concentrarse en el verdadero problema sin verse interrumpido por
una tediosa descripción de material que sólo interesa o es leída
por aquél que trabaja en la zona. Así mismo, la edición de este
informe es infinitamente superior a las anteriores y el libro puede
manejarse sin temor a que se desbarate entre las manos. Debo sí
señalar que es una lástima la deficiencia en calidad y cantidad de
las ilustraciones gráficas y fotográficas. Enfatizar en esta forma
gráfica de recopilación de datos facilitará el intercambio de
información en términos de la discusión antes planteada.
Ana María Boada Rivas
DE MISAHUALLI A CHAGUARAMAS, EN
CANOA DEL AMAZONAS AL CARIBE
Pinto, P., A.C. Montoya & R. Franco
(ed.)
La colaboración editorial del Inderena, la Comisión Colombiana
del V Centenario del Descubrimiento de América y la Universidad
Nacional de Colombia, permite conocer algunas de las crónicas de
quienes acudieron a la cita en Quito para navegar en canoa del
Amazonas al Caribe. Nuevos cronistas, como los antiguos de Indias,
relatan y narran acontecimientos relativos a: "Historia
indígena de los ríos Napo, Yasuní, Ampiyacu y Solimoes"
(R. Franco), "El último `patrón' del Napo" y
"la Iglesia Madre Central" (J.R. Pulecio),
"De Quito al Amazonas, naturaleza y hombre" (C.
Domínguez), "Arqueología del Napo" (A. Bolaños),
"Nombres Vernáculos de Plantas Amazónicas" (P.
Pinto y L. Menéndez), "Alimentación y futuro
amazónico" (T. Estévez), "Cairi, procesos de
colonización y mestizaje" (A.C. Montoya), y la reseña
general del viaje por su gestor y director Antonio Núñez Jiménez,
permiten en 320 páginas con fotografías y mapas ilustrativos,
asumir la navegación de Misahuallí (aldea de habla quichua) cerca a
las cabeceras del río Napo en el Ecuador, continuando por su
afluencia con el Amazonas hasta Manaos (Brasil) y desde allí
retomar aguas arriba las tributadas por el río Negro al Solimoes,
para por medio del brazo Caciquiare continuar por el Orinoco hasta
Chaguaramas en las costas de la Isla Trinidad en el Caribe. Más de
trece mil kilómetros.
En enero de 1986, durante el Primer Simposio Mundial de Arte
Rupestre realizado en La Habana, Antonio Núñez Jiménez
(Viceministro de Cultura de Cuba, geógrafo y arqueólogo de la
Academia de Ciencias de La Habana) presentó el proyecto de este
viaje en la reunión especial de la Comisión del V Centenario. En
abril de ese año se aprobó el proyecto: "En Canoa del
Amazonas al Caribe", durante la IV Conferencia
Iberoamericana del V Centenario realizada en San José de Costa
Rica, con la participación de 23 países.
El domingo primero de marzo del 87 partió de Quito la expedición
compuesta por 51 personas representantes de entidades científicas
de ocho países con territorios en la Amazonia y el Caribe (Brasil,
Colombia, Cuba, Ecuador, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y
Venezuela). La expedición llegó a Cuba el 22 de noviembre. Sin
embargo los textos publicados sólo corresponden a una pequeña
muestra del trayecto entre Quito y Chaguaramas (Trinidad). Es
triste que una expedición de esta magnitud no publique sus
resultados en forma conjunta, ya que brillan por su ausencia -como
suele decirse- los resultados de los brasileños, ecuatorianos,
venezolanos, dominicanos y boricuas, predominando en la publicación
los textos de los colombianos.
Tal parece que la labor de cronista en este tipo de expediciones
sigue marcada por esa antigua herencia de los antiguos viajeros y
navegantes que nos legaron esos documentos y textos que hoy
nombramos como Cronistas de Indias. Indudablemente el recorrido
escogido da que hablar y que pensar primordialmente respecto a esos
habitantes milenarios de la Amazonia y la Orinoquia en su encuentro
con los europeos. Todavía hoy es necesario hablar de la continuidad
de ese encuentro y de los acontecimientos que se han gestado
-violentos, transculturantes, etnocidas, ecocidas... y también
aquellas gestiones de reconstrucción y revaloración
cultural-...
Doble recorrido: El primero, el cual se intentó reconstruir con
esta expedición, corresponde a los antiguos desplazamientos y
migraciones étnicas y culturales que posibilitaron el poblamiento
prehispánico desde la Amazonia hasta las Antillas, de comunidades
Arawak y Karib, entre otras. Justo de los Arawak se constituyó la
primera crónica etnográfica escrita en América: Los Taíno que
vivían en Guananí, bautizada como "La Española"
por Colón, son los protagonistas del texto del "pobre
ermitaño" catalán Ramón Pané que por mandato del almirante
Colón es redactado en el interludio del segundo y tercer viaje al
Nuevo Mundo. Y desde aquel legendario documento se hace mención por
primera vez a los temidos caribes. Arawak y Karib: antiguos
viajeros, navegantes y guerreros, en la plenitud de descubridores
de espacios.
El segundo recorrido, también de viajeros, navegantes y soldados
-algunos de ellos guerreros como Aguirre "La Ira de
Dios"-, pero también de expedicionarios y estudiosos como
Humboldt y estos modernos "canotié" que nos donan
sus crónicas en este libro. Pero hay algo que queda, por una u otra
razón, como un vacío en su espacio cronista y que corresponde en
variación diferenciada con el legado de Pané, el ermitaño catalán.
El narrador está asombrado ante lo visto. Lo visto es la
cotidianidad del estilo de vida de quienes habitan en los espacios
por donde transcurre la mirada asombrada del viajero. Su mirada y
su escritura es en sí misma un transcurso, es el transcurso en su
cronos viajero que lo ata al espaciamiento vacío de su mirar, de
ver, de transcribir. Aunque el desplazamiento sea al ritmo de
canoas, no es posible captar con detenimiento los acontecimientos
que fulguran diferenciados en uno u otro afluente del sendero
seguido y trazado. Nuestros nuevos cronistas, a diferencia de los
primeros, ya cuentan con otros cronistas y su escritura se ve
marcada por ellos. Los textos modernos no pueden prescindir de lo
bibliográfico al tiempo que deben narrar lo que acontece en su
presente. El politólogo Roberto Franco, del Inderena, así lo asume
en su texto con el que empieza el libro: conjunción de
documentación histórica y de sus diarios de viaje. Y así se cierra
el libro, como enfatizando con insistencia la actividad cronística:
igual atención en el texto de la antropóloga colombiana Ana Cecilia
Montoya respecto a la colonización y mestizaje en Trinidad. Con un
intermedio de crónica arqueológica del peruano Aldo Bolaños
("Observaciones generales sobre la arqueología del río
Napo") en el que sólo se puede limitar a señalar
tipologías generales de relación entre horizontes culturales para
postular posibles investigaciones futuras entre un hojaldre de
figuras de fragmentos de cerámica sin mayor interrelación con el
texto. A uno Y otro lado, en el paginaje, de este intermedio
arqueológico y entre los polos del politólogo y la antropóloga, se
presentan las crónicas del presente inmediato de este viaje
respecto al mesianismo, los últimos vestigios de un patronato de
hacienda, una lista -sin más- de nombres vernáculos de plantas
recogidas y clasificadas de acuerdo a la taxinomia de la ciencia
botánica, una valiosa comparación entre la alimentación endógena y
las propuestas "alimenticias" que llegan con la
colonización -vividas y valoradas en su corporeidad por quien
redacta la crónica-, y el transcurso narrado geográficamente entre
Quito y el Amazonas cuyo autor no puede escapar a su propia
cronografía geográfica: El geógrafo Camilo Domínguez redacta su
texto desde el primero de marzo saliendo de Quito hasta el 29 de
marzo al llegar a Iquitos. El 27 de marzo, como un preludio de
final de texto, al llegar a Santa Clotilde, "un pueblo de
unas 70 casas y unos 400 habitantes": "Para
dormir en tierra solicitamos permiso para tender las hamacas en una
pensión donde vivían empleados del Banco Agrícola. Estos son
estudiantes de contabilidad de la Universidad de la Amazonia de
Iquitos que se encuentran realizando prácticas. Allí se tiene la
costumbre de dormir con la luz de una lámpara prendida toda la
noche y con el radio encendido. Para colmo de males uno de los
empleados llegó borracho a las 3 de la mañana y lloraba y
trasbocaba sin cesar. Un niño se asustó y acompañaba los lloriqueos
mientras que uno de nuestros compañeros de viaje roncaba como un
león.
Total, me levanté y salí corriendo a refugiarme en la lancha,
pero allí roncaba otro de los compañeros con toda la potencia de su
enorme caparazón. Santa Clotilde perdió todo su encanto esa
madrugada "... ¿Qué hubiese hecho Aguirre con su Ira de
Dios y su voluntad de traidor?".
La expedición en canoa del Amazonas al Caribe dejó aún otra
actividad cronística: convocó y realizó dos simposios y un
seminario con la participación de dele gados de Europa, Estados
Unidos y América Latina. El primero en Iquitos (Perú), convocado
por el Instituto de Investigaciones de la Amazonia Peruana (IIAP) y
el Instituto Veterinario de Investigaciones Tropicales de Altura
(IVITA). El segundo sesionó en Leticia (Colombia) como Simposium
Internacional sobre Investigación y Manejo de la Amazonia,
organizado por el INDERENA; el seminario organizado en homenaje a
la expedición lo realizó el Instituto Nacional de Pesquisas
Amazónicas (INPA), en Manaos (Brasil); así mismo sostuvieron
"conversatorios" en la Universidad las Indias
Occidentales (Trinidad y Tobago), en la Universidad de Guayana y de
las Antillas, en la Isla de Guadalupe (Dpto. de Francia), con la
Sociedad de Historia de la Isla de Nevis, en la Universidad Central
del Este (República Dominicana) y en el Museo del Hombre
Dominicano. Con esta otra actividad cronística se puso en discusión
la necesidad de proponer y desarrollar políticas adecuadas en
beneficio de las gentes y del espacio amazónico como
responsabilidad de los Estados.
El proyecto "En Canoa del Amazonas al Caribe"
fue y es valioso, no sólo por el recorrido de los territorios y sus
gentes, además de su cronística, sino porque es en sí mismo una
convocatoria a navegar en nuevas crónicas -en ese legado de
escritura con espaciamientos vacíos, al que no escapa-: Hoy cerca
al V Centenario del arribo de la colonización podemos convocar
nuestros cuerpos viajeros a navegar no sólo por las sendas de los
afluentes y el cauce gigante del Amazonas, sino también por las
sendas de la inmensa diversidad de cultura diferenciada en
múltiples formas de existencia. Esto es lo escapado de la
cronística, estos son sus espaciamientos vacíos. En ellos podemos
viajar y navegar.
William Torres C.
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