Un modelo descriptivo

Dos cosas me han llamado la atención al estudiar la arqueología de esta esfera de interacción.

Ante todo, las fronteras entre las provincias culturales permanecen constantes durante mucho tiempo. No es raro hablar de 1000 años. Así, por ejemplo, Cooke (1984) señala la continuidad de la cerámica de las provincias centrales de Panamá desde los primeros siglos de nuestra era  hasta la Conquista, y Drolet (1980) habla de una continuidad semejante  en el Oriente de Panamá desde el siglo I de nuestra era hasta los cacicazgos Cueva del siglo XVI. No pretendo afirmar que no haya habido cambios en las fronteras (es obvio que los hubo), sino que lo normal era, la estabilidad y no la fluctuación permanente. Este mismo tipo d  estabilidad se puede demostrar también en el caso de Colombia.

Figura 1. Las tierras bajas del Caribe desde Urabá hasta Venezuela

En segundo lugar, la estabilidad no es sinónimo de aislamiento. Cada una de las zonas tuvo relaciones comerciales con sus vecinos y,   través de una especie de ósmosis cultural, las técnicas e ideas pasaron de una zona cultural a otra. Esta filtración se produjo en todas las direcciones. Aunque ciertos rasgos (la metalurgia, por ejemplo) se difundieron de  forma unidireccional, el patrón global no nos permite hacer una división  simplista y hablar sencillamente de culturas donantes y receptoras.

Si esto es así (y gran parte de este trabajo tiene por objeto  demostrado), el Istmo tiene su propia individualidad cultural y no debe considerarse únicamente como una válvula de conexión entre las civilizaciones de Mesoamérica y Suramérica. En todo momento, la adaptación local y la adaptabilidad fueron el estímulo más importante para el desarrollo. En este modelo no es necesario hablar de oleadas de  invasores, sino de algo mucho más parecido a la transmisión" de mano en mano" de que habla Simón. No niego que hayan podido existir contactos  marítimos con territorios alejados como el Ecuador o los Andes centrales: (Paulsen, 1977; Snarskis, 1976a; Fonseca y Richardson, 1978) pero sí soy; de la opinión de que dichos contactos no contribuyeron de mane  importante a la historia del Istmo.

En aras de la brevedad, daré a mi interpretación el nombre de; modelo de cadena. Cada eslabón, o provincia cultural, posee su propia: identidad pero, al mismo tiempo, está unido a sus vecinos para formar  todo continuo e interrumpido. Las semejanzas disminuyen con la distancia; cada zona tiene más rasgos en común. con sus vecinos; inmediatos que con las regiones más distantes. En estas circunstancias, el punto en el cual se trace la frontera sur de la parte baja de América Central, es cuestión de selección arbitraria. La frontera se puede ubicar en cualquier punto entre el Canal de Panamá y el pie de monte de los Andes colombianos, dependiendo de los rasgos que uno escoja.

Un modelo de este tipo concuerda con la evidencia etnohistórica: creo que, en términos generales, puede proyectarse varios milenios hacia

el pasado.

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