La razón de esta miseria no se tiene que buscar muy lejos. En 1851, Mario Espinosa describió cómo los mineros blancos que vivían en el Chocó no hacían sino "zambullirse, buzos codiciosos en aquel mar de calor, de humedad y de plaga... para amontonar a todo trance y a toda carrera con el trabajo del esclavo, fuertes riquezas, para ir luego a disfrutarlas a otra parte... sin dejar en [el Chocó] un monumento de piedad, ni una muestra de civilización" (citado en Velásquez 1983: 54). Para la sociedad colonial, el Chocó se veía como una región inhóspita, peligrosa, salvaje y destinada a ser poblada solamente por indígenas y negros, vistos igualmente como "primitivos" y "salvajes", mientras la población blanca utilizaba la región y sus gentes para la extracción de los recursos naturales.

Después de la Independencia y la emancipación de los esclavos, hubo cambios radicales, pero también continuidad estructural. El régimen esclavista se empezó a desintegrar desde las vísperas de la Independencia. Ya en 1808 la población esclava había disminuido al 20% del total debido en parte a la retirada de esclavos ante la caída en la producción aurífera (Sharp, 1976: cap. 10; Colmenares, 1979: 87). Mientras tanto, la población libre había aumentado hasta conformar el 61 % del total, más por el crecimiento natural de la población que por los casos de manumi­sión (Sharp, 1976: 199; Wade 1989). Con el colapso total de la esclavitud, la población blanca se retiró en mayor parte. Ella afrontaba problemas insuperables para conseguir mano de obra. La población negra ya no quería trabajar para los blancos; una actitud comprendida por ellos como simple "pereza". Aun antes de 1851, Cochrane había observado que los negros libres eran "demasiado perezosos para trabajar, siendo contentos con procurar una suficiencia de plátanos y maíz para subsistir" (1825, II, 420). Otro viajero norteamericano dijo "Los negros continuaron sacando oro por su propia cuenta en los puntos más favorables y donde se requiere escasa labor, con el único fin de atender a sus diarias necesidades; pero como éstas son pequeñas y es aún menos su ambición, se entregaron a la pereza que los caracteriza" (White, citado en Restrepo, 1979: 82). Brisson, el explorador francés, comentó en 1895 que "hay escasez de brazos: cada negro tiene su minita donde trabaja algunos días de la semana [...] prefiere ganar poco pero ser libre y trabajar por su cuenta" (1895: 151).

Ante esta situación, los blancos no podían seguir trabajando como antes, pero no se retiraron del todo. Se mantenían en los centros urbanos, desempeñando actividades fundamentalmente mercantiles. Brisson nos describe como "en las arcas de hierro se amontona el oro y el platino que cambian los negociantes a los negros que vienen cada sábado y domingo a comprar desde los ríos lejanos" (1895: 128).

 

 Extracción industrial de metales preciosos: una draga introducida originalmente por la Compañía Minera Chocó­Pacífico, cerca de Andagoya.

 

 Tecnificación reciente de la pequeña minería: una dragueta, o minidraga, funciona en un río cerca de Opogodó (valle del San Juan). La mujer detrás de la dragueta está lavando los desper­dicios de la máquina.

 

 Tecnificación reciente de la minería: una mina de agua corrida, excavada con motobomba. El "frente" de la mina se ve en el fondo; en el canal se van asentando las arenas auríferas que las personas, están en proceso de lavar. Los tubos negros conducen el agua del río hasta el frente de la mina.

 

 Mujeres esperan debajo de la draga mientras las arenas auríferas se lavan detrás de las mallas. Recogen los desperdicios del proceso, que después vuelven a lavar para sacar cantidades minúsculas del metal.

Mientras tanto, las relaciones entre negros e indígenas vienen sufriendo cambios importantes. Del 39% del total que formó la población indígena censada en 1778, la cifra había bajado al 7% en 1918; el descenso sin duda obedeciendo a los mismos factores que ha determinado la caída de la población indígena en todo el país. En un proceso de "sucesión racial" los negros habían ido desplazando a los indígenas del territorio chocoano, retrocediendo éstos a las cabeceras de los ríos. Las relaciones interétnicas entre negros e indígenas tienden a ser antipáticas aunque no hostiles ni violentas, siendo mediadas por el compadrazgo y el intercambio. Por ejemplo los indígenas dependen en cierto grado de los negros en asuntos que tienen que ver con la administración regional y con la economía de consumo; por el otro, los negros cuentan con los indígenas para obtener acceso a tierras en las cabeceras de los ríos, a canoas de madera o a ciertos productos agrícolas. Cada grupo depende de los jaibanas o curanderos del otro grupo para curar enfermedades causadas por personas del otro grupo.

Existen diferentes versiones sobre el significado de estos nexos de relaciones: si representan una alianza entre indígenas y negros contra los blancos, o si bien los negros tratan de dominar a los indígenas como los blancos los han dominado. Córdoba rechaza ambas versiones y adopta un modelo más flexible de alianzas fluidas que cambian según el contexto, aunque en términos generales él define el grupo indígena como marginado de la competencia principal que existe entre los blancos y los negros (1983: 91) 2.

El siglo XX: cambios y continuidad

El Chocó a principios del siglo XX era una sociedad muy estratificada, con la elite blanca en la cúspide de la pirámide, pero no estaba completamente segregada. No todos los blancos eran de la aristocracia, sino que también había blancos y mestizos venidos de afuera que eran empleados públicos y comerciantes de una posición mediana 3. También algunas familias negras habían logrado cierto éxito económico, basado en la minería, la agricultura y el comercio en pequeña escala (Córdoba, 1983:53), que les permitió mandar a sus hijos a estudiar a Cartagena y Medellín. Además existía el mestizaje en diferentes formas. Hombres de la elite blanca tenían hijos con mujeres negras de menor clase social, aunque muchas veces sin reconocer la paternidad. Cuando la reconocieron, los apellidos de la elite se iban difundiendo entre las masas negras. Los hombres blancos y mestizos de posición más baja en la escala social también engendraban hijos con mujeres negras, y habrían de ser menos recelosos en reconocer su prole. Los turcos, inmigrantes sirio-libaneses que empezaban a establecerse como comerciantes en los pueblos desde 1915, buscaban sus esposas entre las mujeres blancas de la clase alta, pero también reconocían hijos tenidos con otras mujeres. En décadas más recientes, algunos de los negros más acomodados que salían a estudiar al interior terminaban casándose con gente blanca o mestiza, alimentando así la categoría de mulatos.'

Los procesos del mestizaje lógicamente dieron lugar a una categoría mulata como grupo distinto. El censo de 1918 registró el 24 % de la población del municipio de Quibdó como "mezclado". Muchos serían personas de condiciones sociales humildes, pero un número apreciable podía aprovecharse de la posición del padre para luego adquirir una posición social más alta que la mayoría.

Sobre esta base histórica sobrevinieron sucesos importantes que rompieron con las estructuras viejas. Desde aproximadamente 1939, los negros chocoanos, ya dotados con mayores niveles de educación, empezaron a presionar contra el control político de la elite blanca. Bajo la dirección de Diego Luis Córdoba y su partido Acción Democrática, políticos negros ganaron el apoyo de las masas y ganaron puestos en el concejo de Quibdó. Las escuelas exclusivas tuvieron que abrir sus puertas a todas las clases sociales, alimentando la producción de gente negra bien educada. Paulatinamente, los negros ganaron la dirección de la maquinaria política de la región. Cuando en 1949 la intendencia se convirtió en departamento, la burocracia regional se amplió, dando más espacio a la creciente clase administrativa negra (Rivas Lara, 1986 Cuesta Moreno; 1986, Caicedo 1977). Frente a estos cambios, la elite blanca empezó a desintegrarse y a salir de la región. El golpe final que culminó el proceso fue en 1966 cuando un incendió terminó con mucho de lo que quedaba de los negocios de la elite blanca.

Sin embargo, algunas estructuras se mantenían firmes, a pesar de los cambios radicales. Primero, el control político del departamento no rendía grandes beneficios económicos. El Chocó tiene un presupuesto minúsculo y han surgido diferentes grupos políticos que según un abogado chocoano se mantienen en "guerras fratricidas... por apoderarse de la tajada más grande del ponqué burocrático" (Cuesta Moreno, 1986: 70). En este sentido, el Chocó como región negra sigue siendo pobre.

Segundo, es notable que la nueva elite política tiene una marcada participación de los mulatos. Los .puestos más altos están ocupados por mulatos y mestizos. Ha habido únicamente un gobernador netamente negro, Ramón Mosquera (1966-1968). Es así que, entre todo, se mantiene una cierta estratificación de color. 

Tercero, y más importante, mientras iba saliendo la vieja elite blanca, iba entrando otra población no negra: los antioqueños. Estos siempre habían estado presentes como parte de la población blanca residente en los pequeños centros urbanos del Chocó, pero desde la apertura de la carretera Quibdó-Medellín en 1946 (Gómez, 1980), su flujo aumentó. Ellos han logrado mantener el control sobre el comercio que antes ejercía la vieja elite blanca. Conforman un grupo étnico que convive con la gente chocoana, pero que tiende a relacionarse socialmente entre sí (Córdoba, 1983; Wade, 1983, 1984). Son personas que vienen generalmente como colonos comerciales y con aspiraciones materiales. Gracias a su experiencia y tradición comerciales, a sus vínculos con el interior del país, al acceso al capital en algunos casos, y a su cooperación mutua de grupo étnico, los antioqueños han podido establecerse fuertemente en el sector comercial de Quibdó y otros pueblos del Chocó. En este sentido, entonces, no ha habido una ruptura fundamental con las estructuras económicas del pasado. Aunque los blancos tienden ahora a ser de orígenes más plebeyos, reduciendo así la relación jerárquica entre blanco y negro, el grupo blanco sigue ocupando una posición importante como intermediario en las redes comerciales que vinculan la región con el resto del país.

La situación actual del Chocó sigue siendo pésima. El estudio reciente del DANE (1989) sobre la pobreza en Colombia concluyó que el 83% de la población chocoana tiene "necesidades básicas insatisfechas", ubicando el departamento como el tercero más pobre del país. La educación aunque muy valorizada en el Chocó, sigue en mal estado. Según las cifras censales, entre 1973 y 1985 el analfabetismo en el Chocó decreció del 43% al 39%; mientras el promedio nacional bajó del 19% al 12%. En términos de salud, Cifuentes (1986: 20) recoge datos para la costa Pacífica que demuestran que la tasa regional de mortalidad infantil . es 191 por cada 1.000 habitantes, comparada con una tasa de 63 por 1.000 para la nación.            .

Frente a esta situación no es de sorprenderse que muchos chocoanos emigren para buscar mejores condiciones de vida y de trabajo. Antes de 1950, los negros chocoanos ya se movilizaban hacia Panamá y las ciudades de la costa Atlántica, entre otros lugares. Más recientemente, han migrado en grandes números a la zona del Urabá, especialmente a las fincas bananeras de esa zona. Y también a Medellín donde, aunque una minoría importante se dedica a la educación superior y a las profesiones, la gran mayoría desempeñan actividades como el servicio doméstico, el trabajo manual en la industria de la construcción, la venta callejera de comida, y otros trabajos mal remunerados e inestables (Wade, 1987).

2
Para  mayor detalle sobre las relaciones entre negros e indígenas en el Chocó, véanse Córdoba (1983), Stipeck (1976), Whitten y Friedemann (1974); Atencio (1973).
3
Fuentes para la historia del Chocó en el siglo XX son escasas, y esta breve relación se basa en entrevistas con el doctor Félix Arenas, ingeniero de minas y exalcalde de Quibdó, el doctor César Rivas Lara, escritor y catedrático en la Universidad Tecnológica del Chocó, Miguel A. Caicedo, poeta y escritor chocoano, Emilio Bechara, comerciante de descendencia siria, y Judith Ferrer, descendiente de la familia Ferrer que en una época representaba la flor de la elite blanca de Quibdó. Ver también Caicedo (1977), Va­rela (1983), Cuesta Moreno (1986) y Córdoba (1983).
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