MITOS Y PETROGLIFOS EN EL RIO CAQUETA



FERNANDO URBINA RANGEL
Profesor - Universidad Nacional de Colombia


 

 

 

 

 

 


Generalidades

El presente trabajo nació sobre la marcha de una investigación que inicialmente tenía por objeto abordar la vieja teoría de Preuss (1974: 56; cf. sobre todo Barney, 1975: 56) acerca de los posibles vínculos entre la cultura agustiniana y la mitología de los uitotos, nación indígena amazónica, algunos de cuyos representantes habitaban, a la llegada del investigador alemán, en uno de los afluentes del curso superior del río Caquetá, relativamente cerca del piedemonte oriental.

Este problema se inscribe en uno más amplio: el estudio de los vínculos y mutuas influencias entre las innumerables culturas que configuraban la civilización amerindia y el puesto cada vez menos marginal y más fundante asignado a las Culturas de Selva Tropical Húmeda (Reichel, 1978: 47; sin embargo ver: Meggers-Evans, 1978: 2).

En este terreno se han dado virajes significativos que poco a poco configuran posiciones más objetivas. El problema planteado por la paulatina valorización de las culturas amazónicas es complejo y tiene raíces hondas.

Los conquistadores al arribar a América justificaban sus acciones alegando que las culturas amerindias eran engendros del demonio. Los virajes político-administrativos y los arrepentimientos de algunos europeos menos prejuiciados, conformaron una tesis etnocentrista más morigerada: las culturas aborígenes poseían aspectos muy valiosos, sólo que provenían de fuera, pues era imposible que unos seres desnudos y pintarrajeados, estúpidos -porque no aprendían rápidamente los nuevos mitos- y perezosos -porque no trabajaban de modo suficiente para los nuevos amos-, pudieran haber generado nada bueno a partir de sí mismos. Los conquistadores se encargaron de explotar las creencias de héroes culturales calificándolos de extracontinentales para insinuar un emparentamiento con ellos, al menos cultural. Estas apreciaciones se referían, claro está, a aquellas culturas amerindias que presentaban apariencia inmediata de gran complejidad: inca, maya, azteca, chibcha.
Los auténticos hombres de ciencia encontraron el justo medio. La tesonera investigación sobre las más espectaculares culturas amerindias viene descubriendo sus primeros balbuceos, grandiosos en su humildad fundamentadora. Es el caso, por ejemplo, de cómo los amerindios también idearon la agricultura, con independencia del viejo mundo, y es precisamente en el noroeste amazónico desde donde, probablemente, se extendió el cultivo de la yuca (Reichel, 1978: 60), poco a poco emparejada o desplazada en algunas regiones por el maíz, presumiblemente de procedencia centroamericana.

No se trata, por supuesto, de afirmar la dependencia de las culturas mesoamericanas o andinas respecto de las amazónicas con la pretensión de derivar de esto el orgullo de una antecedencia. Seriá sucumbir al prejuicio de considerar que todo depende del origen. Natural que todo ha de tener un comienzo, pero a partir de la corrección de las exageraciones de las tesis difusionistas, que postulaban la existencia de unos muy pocos focos culturales desde donde se habrían repartido a manera de dones los grandes hallazgos del hombre civilizado, se ha llegado hoy a una perspectiva que se compadece más de las realidades mostrando cómo, por un lado, se pueden hacer hallazgos paralelos y, por otro, considerando que la capacidad no se mide sólo por el hecho de inventar una ruta, sino también por el valor de reconocerla, recorrerla, prolongarla y diversificarla.
 

 

 

 

La selva amazónica con su copiosa diversificación de especies y cadenas biológicas ha incidido en la heterogeneidad cultural de las numerosas etnias que la han venido poblando. Esta heterogeneidad se observa no en la cultura material y tecnológica que es bastante homogénea -si bien se dieron grupos especializados en la producción de ciertos artefactos (Searing, 1980: 106)-, sino en la proliferación de variaciones en los niveles de organización social y en los sistemas de creencias (Reichel, 1968: 12). Parece que en los mitos, con su infinidad de versiones, en los cuales se pueden encontrar algunos temas comunes básicos, se reflejara esa negación de la uniformidad que es evidentemente lo peculiar del territorio amazónico. El cómo hayan podido sobrevivir y proliferar tantos sistemas culturales interrelacionándose, ya que las comunicaciones o intercambios han sido mucho más frecuentes de lo que se piensa, ha de ser uno de los temas prioritarios de estudio y meditación. Esta complacencia del indio amazónico por sentirse diferente no sólo del 'blanco' sino de cada una de las otras etnias que lo entornan, ofrece el espectáculo de un hombre enraizado en su cultura pero sabiendo que las otras tienen su puesto. Si hay algo por aprender -y hay mucho- del indígena amazónico, es su gran capacidad de diálogo. Es en esto donde ha residido su fuerza, la que a su vez ha sido uno de los factores clave de sobrevivencia sin abandonar por eso, del todo, su patrimonio cultural fruto de una larguísima, continuada y sagaz experimentación de su mundo físico y espiritual.

Buena parte de las etnias amazónicas han visto disminuidos de manera drástica sus efectivos. Si bien las guerras intertribales se dieron antes y después del arribo del conquistador (europeo o criollo), su intensificación llegó a niveles funestos cuando el tráfico de esclavos convirtió en botín predilecto no ya los territorios sino las gentes mismas. El régimen de esclavitud como forma de explotación de ciertos recursos naturales perduró de manera abierta hasta hace pocas décadas en la Amazonia.

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