5. La Sierra Nevada de Santa Marta: surgimiento de los cacicazgos taironas
Desde el punto de vista ecológico, la pendiente norte de la Sierra Nevada es distinta de la pendiente suroriental. Es más inclinada, más húmeda, está cruzada por valles con parches de tierra fértil, y tiene bosques casi hasta el nivel del mar. No existe planicie costanera ancha y, debido a la yuxtaposición de las montañas y la costa, estas dos áreas comparten una tradición cultural común. Los episodios secos del 450-600 y el 1200-1250 de nuestra era (Figura 4) también se reconocen en la Sierra, como sucede también con la Pequeña Glaciación de 1600-1850 (van der Hamnien, 1986b; Oyuela, 1987b).
Las primeras etapas de la historia se desarrollan en la costa con el establecimiento de comunidades que utilizaban cerámica de la tradición malamboide (Langebaek, 1987a). En estas localidades, al igual que en otros sitios malamboides desde Venezuela hasta el Magdalena, hay budares pero no piedras de moler. Por lo general, esto se toma como evidencia de que el cultivo básico era la yuca brava en lugar del maíz.
A esta ocupación malamboide sucede la fase Nahuange en las costas al norte y occidente de la Sierra Nevada, la cual se prolonga durante la mayor parte del primer milenio de la era cristiana (Oyuela, 1986, 1987a, 1987b, Langebaek, 1987a, 1987b). El maíz parece entrar a reemplazar a la yuca brava como cultivo almacenable, aunque aún prevalecían la yuca dulce y otros tubérculos en la época del contacto con los europeos en las tierras bajas del Caribe (Bray, 1984). Desde el punto de vista cronológico, la fase Nahuange corresponde al período Horno en el costado de la Sierra que mira tierra adentro. Estos dos estilos de cerámica pertenecen al "primer horizonte pintado", y en sitios Nahuange se han encontrado fragmentos de cerámica del estilo Horno. Sin embargo, en otros aspectos, la fase Nahuange es claramente prototairona en lo que se refiere a su nivel de desarrollo y a la gama de artefactos.
Donde esto se ve con más claridad es en el sitio tipo, Nahuange I, excavado por Alden Mason (193 1-1939). El sitio es un túmulo funerario rodeado de un guardacantón de piedra que contiene una tumba revestida en piedra. En la estructura del montículo se depositaron otros entierros cuyo contenido incluía cerámica, figuras, cuentas del año 800 aproximadamente y 30 pendientes alados (muchos de ellos de nefrita), además de piezas de oro. El núcleo de fundición de una figura de tumbaga arrojó una fecha de C14 de 310 ± 70 de nuestra era (cx-1577). Esta pieza es de un período de transición entre el estilo internacional (Cooke y Bray, 1985) y el estilo totalmente tairona. Además, varios de los otros objetos metálicos presentan rasgos tairona.
Durante la época comprendida entre los siglos VI y X aparecieron otras características tairona en los sitios Nahuange de la costa. Tal parece que hubo un aumento de la población y hay indicios de una jerarquía de dos niveles; algunas localidades tenían estructuras megalíticas, incluyendo caminos, canales y escaleras; hubo un desarrollo progresivo de accesorios para rituales y ceremonias; la cerámica se hizo más estandarizada y comenzó a asimilar los elementos nuevos que constituyen el estilo tairona maduro.
Tal parece que en ese punto fue colonizada por primera vez la Sierra Nevada, empezando por las pendientes bajas para luego diseminarse progresivamente hacia las zonas altas. Este patrón se aprecia en la cronología del C14 Entre los 360 y los 500 metros sobre el nivel del mar se encuentran fechas de 580 ± 120 de la era cristiana (Beta-3563) en Las Animas y 660 ± 90 (Beta-13,948) en Frontera. Las fechas más antiguas de las partes altas de la Sierra son 970 ± 260 d. C. (GrN-1 1,887) en La Estrella a 670-950 metros, y 1000 ± 70 d. C. (Beta-12,994) en Buritaca 200 (Ciudad Perdida), a 950-1300 metros sobre el nivel del mar. A partir del año 1000 de la era cristiana la Sierra Nevada se llenó rápidamente de asentamientos y su densidad de población se mantuvo alta hasta aproximadamente un siglo después de la Conquista española (Cadavid y Herrera Turbay, 1985).
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Estos sucesos arqueológicos aparecen registrados en un estudio
polen realizado por Herrera de Turbay (1985) en La Estrella y 200.
Las primeras etapas de los diagramas del estudio muestran bosques
naturales en los cuales no ha intervenido el hombre. Luego, en los
niveles correspondientes a la ocupación tairona, aumentan las
Gramíneas Compositas (aunque no desaparece del todo el polen
de árbol) y hacen aparición el maíz cultivado, el aguacate y quizás
también la yuca. Por último, al despoblarse la Sierra por la
supresión de las últimas rebeliones de los taironas hacia el año
1600, el bosque se regeneró, aunque sus componentes no fueron
exactamente los mismos de antes. Con base en esa evidencia, Herrera
plantea que los seis siglos de actividad agrícola no produjeron
daño permanente a los suelos de la pendiente norte de la Sierra
Nevada (independientemente de lo que pudo haber pasado con el
sector más vulnerable del sudoriente). Esto contrasta con las
actividades de los colonos no indígenas de tiempos recientes que
han talado y quemado indiscriminadamente los bosques produciendo
erosión y degradación ambiental.
6. Conclusiones
Cualquier persona que haya esperado obtener un modelo general aplicable a todo el Caribe colombiano se sentirá defraudada por esta colección de estudios de casos. Tampoco encontrarán mucho consuelo en ésto los sentimentalistas que creen que los 'pueblos primitivos' nunca cometen errores contra el ecosistema (Ellen, 1986). La combinación y reacción de todo tipo de factores ambientales (globales, locales y humanos) son complejas y variables y cualquier intento por encontrar una sola explicación para el cambio puede ser tan infructuosa como la búsqueda de la piedra filosofal. A manera de reacción -quizás exagerada- contra los modelos deterministas en los cuales normalmente se hace énfasis en el papel del clima global, he prestado más atención a los cambios inducidos por el hombre, en especial la déforestación y sus consecuencias secundarias. En el proceso, he tratado de demostrar que no se deben estudiar aisladamente las prehistorias de las tierras bajas y de las tierras altas.
Pese a la diversidad regional, parece posible identificar ciertas tendencias generalizadas. Después de milenios durante los cuales el efecto del hombre sobre el paisaje fue relativamente reducido, se produce un cambio importante hacia la época de Cristo, aunque no en forma sincronizada en todas partes. En esa época crítica sucedieron varias cosas de una forma más o menos simultánea. Con el crecimiento de la población se intensificó la agricultura (y en las tierras bajas del Caribe, el maíz pudo haber reemplazado en gran medida a la yuca brava como principal fuente de alimentación); en muchas partes de Colombia se dio inicio a una deforestación en gran escala; el paisaje 'manipulado' reemplazó al paisaje natural; se desarrollaron sociedades jerárquicas y probablemente también los cacicazgos, algunos de los cuales dedicaron buena parte de la mano de obra a la actividad agrícola. Todos estos fenómenos están relacionados entre sí y no es posible señalar a uno solo como causante de los cambios.
En algunos casos se interrumpieron el proceso de crecimiento demográfico y el desarrollo sociocultural en determinadas épocas, pero no estoy convencido de que podamos diferenciar entre la tensión ambiental y otros tipos de presiones. No basta con alinear las columnas una al lado de la otra y señalar que la reorientación del registro cultural coincide con un episodio particularmente húmedo o seco del clima global. Esta es una correlación, no una explicación. La concordancia temporal puede ser solamente una casualidad estadística; hay, después de todo, rompimientos culturales que no coincidieron con ningún cambio ambiental obvio; también se presentaron fluctuaciones del clima que no produjeron efectos reconocibles en el registro arqueológico. Hasta cuando podamos mostrar como (en forma precisa, detallada y con base en evidencia de campo más que sobre especulación teórica) el cambio ambiental desencadenó el cambio cultural, o viceversa, no podemos ni siquiera comenzar a abordar preguntas de causalidad. Al final, lo que mi artículo enfatiza es la laguna en nuestro conocimiento y la debilidad de nuestros modelos explicativos.

