RESEÑA DE LIBROS

 

TENGO LOS PIES EN LA CABEZA

Berichá (Esperanza Aguablanca).

Bogotá: Los cuatro elementos , 1992.

Berichá, mujer U’wa (Tunebo), escribe una autobiografía mitogónica de la comunidad U’wa. En muy pocas ocasiones se ha podido disfrutar de textos escritos por nativos indígenas, como el caso del arhuaco Vicencio Torres Márquez. El acto de incursionar en una escritura alfabética para tejer un documento etnográfico ha cursado siempre por previos procesos de violentación pedagógica ejercidos en los internados misioneros de evangelización: por esta vía se inician Vicencio Torres y Berichá. Sin embargo, estos autores indígenas al abordar su escritura se distancian y critican la labor misionera, a partir de su experiencia vivida, y optan por revalorar su cultura con tal voluntad de poder que activan procesos de organización endógenas y gestan con su vida trazas escriturales: se genealogizan en guerreros de cultura.

La traza de Berichá es doblemente mitogónica. Es hija de uejes (chamán) y de mcoicena (mujer chamán). Después del nacimiento de cinco hermanos y de morir cada uno de ellos, nace Berichá con el defecto físico de no tener piernas debido a que su madre transgredió la norma de comer pescado del río Cobaría sin antes haberlo purificado. Al no tener más hijos, sus padres deciden hacer otro acto de transgresión: cuando nacen niños con limitaciones físicas son abandonados o degollados, pero ellos optaron por conservarla como compañía. Este acontecimiento, desde su nacimiento, la signa como un ser remarcable, como una existencia con un destino que es mitogónico hoy para su comunidad. Así su escritura: además de desempeñarse actualmente como etnoeducadora U’wa, coordinadora de la Oriwoc (Organización regional U’wa del oriente colombiano) y secretaria de los comités de educación y salud; elabora un libro en el que se teje el cuerpo de consistencia mítico desde el cual se activa la vida social y cultural U’wa. Esta textualidad la remarca de nuevo en su signación mitogónica. Su escritura no es el juego de la apariencia, es el simulacro de lo mítico transcrito en el papel que fulgura como la fotografía que recubre el libro en la cual las aguas en reposo de los páramos del Cocuy incluyen en su imagen espectacular los picos nevados. Desde el génesis cultural, pasando por tradiciones ya en desuso, leyendas, rituales chamanísticos y de iniciación, las gestas demiúrgicas, la temporalidad selénica, hasta llegar “a donde hoy vivimos”, topos en el cual Berichá se enuncia en su acción como guerrera de cultura a la manera de una consigna:” Y hoy, aunque me faltan los pies, no me falta la cabeza”, para recapitular su vida tejida desde el transcurso más antiguo de su cultura y darle continuidad a la gesta de persistir en la diferencia cultural U’wa.

Mancená, la Mujer-Madre, activa un rol fundamental en el chamanismo de los U’wa. Es la encargada de establecer la comunicación directa con los seres divinos. Este ritual, Bita Baukará, se realiza con la asistencia de los uejená y el uso del yopo (A nadenanthera peregrina), el tabaco cerdo y la coca. Mansená asciende a la morada de los dioses a la manera como asciende el colibrí cuando se embriaga chupando el néctar de las flores del yopo para desplegar su agilidad en el vuelo, desde el cual la mujer chamán podrá llegar a sentarse en las vigas que sostienen el mundo (Rihrá y Witira) para observarlo y desde allí manifestar los mensajes de los dioses que expresan los cuidados a seguir por la comunidad en su vida social y cultural. El uso del yopo y del tabaco verde relaciona a los U’wa con las prácticas chamanísticas de los yanomami, mientras que la actividad femenina de la mansená la vincula estrechamente con el chamanismo de las machi mapuches.

Luceli, hija adoptiva de Berichá, ilustra con su traza pictórica el territorio y el mundo W’wa en un despliegue de colorido infantil en el que brillan fauna, flora, paisaje, astros y gente.

William Torres C.

MITOLOGÍA Y CULTURA HUITOTO

LINO TAGLIANI
Quito: Abya-Yala y Cicame, 1992.

La colección 500 Años de la editorial AbyaYala y el Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonia Ecuatoriana (Cicame) publican el libro de Lino Tagliani sobre aspectos etnográficos y míticos de los Uitoto, recopilados en la aldea y malocas de Cuemaní (Caquetá Medio, Colombia) mediante “trabajo de campo realizado entre enero de 1983 y diciembre de 1986”. El texto se presenta en dos partes: La Maloca: el vientre del Universo, e Historia del Sol. La primera parte, dividida en 8 capítulos, diseña una muestra etnográfica de los Uitoto tomando como referencia la maloca. La segunda parte, también en 8 capítulos, Tagliani transcribe una serie de relatos míticos que le fueron narrados en las malocas de Cuemaní por los estudiantes uitotos del centro educativo Mama-Bué, y algunos de otros autores que ya había publicado la revista Amazonía Peruana (No. 7.1976).

A pesar del prestigio de la colección 500 Años de Abya-Yala, que ya forma toda una biblioteca, en este volumen al parecer los criterios de selección editorial y de impresión no han sido rigurosos. La documentación etnográfica que presenta el autor es muy elemental dado el voluminoso material que ya ha sido publicado respecto a esta cultura; su nivel descriptivo es muy pobre en relación a lo conocido sobre los uitoto; su análisis se ¡imita a unas pocas citas de Mircea Eliade y algunas de Reichel-Dolmatoff, quien no es especialista en el complejo cultural uitoto; y para colmo de males algunos de los gráficos y fotografias no son de su autoría y sin embargo los publica sin citar la fuente de donde los ha tomado: es el caso de la figura 8 de la p. 32, en la que se presenta “la maloca como mujer en posición dadar a luz”, figura que fué elaborada por la antropóloga Blanca de Corrredor en colaboración con Fernando Urbina y la comunidad de Monochoa, que aparece en la tesis sobre la Maloca de la antropóloga citada y que ya había sido publicada en el periódico El Espectador. Así mismo las fotografias de las p. 57 y 106, la primera “Huitotos Antiguos” es probable que sea de la colección de Whiffen y la segunda “Chamán Huitoto” es una reconocida foto del abuelo Muinane José García, quien falleciera en 1991 en Leticia, y que ha sido publicada muchas veces con la autoría de Fernando Urbina.

En relación a la segunda parte del libro, la mítica, titulada Historia del Sol, el corpus que presenta no es el anunciado: la historia de Jitoma. Si bien aparecen fragmentos del extenso mito de Jitoma, en esta parte no se presenta toda la gesta demiúrgica de este héroe cultural; más bien el autor incluye fragmentos de la historia de la creación, de la historia de Díjoma y de acontecimientos míticos en los que protagonistas son gente-animal. A su vez el corpus que presenta Tagliani no corresponde a las versiones que se han establecido desde la época de investigación de Preuss, pasando por Urbina, Blanca de Corredor, López, y que hemos escuchado en el mambeadero —espacio de la palabra— en boca de chamanes prestigiosos. Las versiones que presenta Tagliani, a pesar de sus tres largos años de trabajo de campo, más parecen versiones de no iniciados en la tradición del mambe —coca—y la palabra; son versiones de quienes han escuchado “de oídas” y como tales es que el autor debiera presentarlas, solo así constituyen un valioso material de análisis —análisis que Tagliani no realiza— para ver las relaciones de transformación de lo mítico y su asimilación en los jóvenes que no se han iniciado en los rituales de transmisión y apropiación de la palabra mítica en la tradición uitoto.

Para completar los males, el autor que dice haber consultado toda la bibliografía existente respecto a este cultura, comete graves errores en la transcripción linguística de las palabras que cita. Para mencionar solo dos casos, a veces transcribe Jitoma, Giitoma para referirse a Jitoma; y Déjoma, Dijoma, Diijoma para referirse a Díjoma.

William Torres C.

ARQUEOLOGIA DE SALVAMENTO EN LA VEREDA DE TAJUMBINA,

Municipio de la Cruz (Nariño)

GILBERTO CADAVID Y HERNÁN ORDOÑEZ.

Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales

Uno de los graves problemas de la arqueología colombiana es el saqueo indiscriminado de sitios arqueológicos. La prehistoria que hubiese podido escribirse queda truncada tanto por la ignorancia como por la ambición, y todo ello ante la impotencia del Estado por salvaguardar su patrimonio cultural. A raíz de estas situaciones, Colombia se enfrenta día a día al problema de los hallazgos arqueológicos fortuitos por personas ajenas a la ciencia sin que hasta el momento se haya organizado un sistema científico y administrativo capaz de detener los saqueos, por una parte, y de realizar estudios completos sobre estos materiales y sitios, por otra.

Muchos arqueólogos hemos tenido que realizar lo que se llama comúnmente “arqueología de salvamento” —término por lo demás cuestionable porque muchas veces se pregunta uno qué fué lo que logró salvar. Casi siempre, este tipo de arqueología se ¡imita a recuperar objetos pero casi nunca logra recuperar contextos analíticos. Todo depende de una serie de situaciones de orden público, social, político y económico que inciden desfavorablemente sobre la investigación científica, máxime cuando se trata de lugares apartados de los principales centros urbanos. A todo este obscuro panorama se suma también el hecho de que algunos arqueólogos nunca procesan su información, nunca publican sus datos y nunca dan razón de su actividad “salvadora”, bien sea porque piensan que los datos recuperados de un salvamento no son del todo confiables, o porque no toman su labor con la misma concentración con la que harían una excavación completa.

El caso de Tajumbina, en el oriente nariñense, es un buen ejemplo de cómo sí es posible recuperar datos importantes a partir de una situación de salvamento bajo condiciones por demás peligrosas, no solamente por la inicial animadversión de la población local sino también por la cercana presencia de grupos guerrilleros en la zona. Ningún arqueólogo puede esperar que la arqueología de salvamento suministre la precisión de una excavación controlada, y sin embargo el trabajo que nos ofrecen Cadavid y Ordóñez demuestra una planificación muy lógica de acuerdo con la situación que presentaba el lugar en 1989 y 1990, y nos aporta además una serie de datos valiosos con respecto a los materiales culturales allí encontrados.

El cementerio indígena de Tujumbina está conformado por tumbas de pozo con cámara lateral, poco profundas con relación a aquellas en el sur de Nariño y el valle de Atriz. Aunque se encuentran en territorio conocido etnohistóricamente como quillacinga, es preferible no hacer aún esta asociación étnica hasta tanto no haya claridad con respecto a la cronología del lugar, según aclaran los autores mismos.

La cerámica, en términos generales, corresponde a los complejos Piartal-Tuza, aún cuando hay algunos ejemplares bastante singulares para la arqueología de Nariño, particularmente la vasija en forma de ave hallada en la Zona 2, Tumba 10. También fueron halladas piezas de probable origen de ceja de selva —o piedemonte, si se quiere— que también se han encontrado en la región del valle de Atriz. Pero particular mente interesante resulta el hecho de la presencia de estatuaria lítica. Esta corresponde clara mente a la que anteriormente se ha reseñado con el nombre de “estatuaria menor del norte de Nariño (Ortiz 1964-1965; Cárdenas 1989- 990), y que aparece en contexto de tumbas. Para los estudios de esta zona de Colombia, el informe de Cadavid y Ordóñez resulta un aporte muy interesante porque los materiales encontrados complican el panorama de los procesos histórico-culturales; y eso es bueno, especialmente cuando se trata de una región sobre la cual se pensaba que todo estaba resuelto. La presencia de cerámica del piedemonte oriental en un asentamiento de montaña como lo es Tajumbina, es otro dato más que pone en evidencia los contactos entre la sierra y las tierras bajas orientales y aviva el interés por estudiar si realmente estos indígenas provienen de la región amazónica (Ramírez de Jara 1992); las diferencias en los patrones funerarios con otras áreas del departamento hacen pensar si acaso están indicando diferencias internas entre la misma etnia o si se trataba de otros grupos diferentes.

Sin embargo, uno de los problemas con este sitio arqueológico es su datación radiocarbónica. Dos de las muestras analizadas (Beta 46168 y 47872), dieron como resultado 2450 aC y 2590 aC (Cadavid 1989:21). Ambas fueron tomadas en la misma tumba. Cadavid sugiere mucha prudencia con estos resultados (1989:24) pues cabía la posibilidad de intrusión de materiales, aunque fueron repetidas luego por nuevos fechamientos. Otra fecha del mismo lugar fue del año 950 dC; esta última sí está en concordancia con lo esperado para la ocupación del territorio y con sus manifestaciones de cultura material.

Tajumbina es un sitio arqueológico que tiene aspectos típicos de los complejos cerámicos tradicionales de Nariño como también otros totalmente desconocidos hasta ahora. Abre la posibilidad de que los asentamientos más orientales resulten siendo una combinación de mate riales que podrían suministrar datos valiosos acerca del poblamiento del territorio en cuestión. En términos generales, el libro es un buen trabajo de salvamento que hace referencia detallada de los objetos encontrados y nos deja nueva información que sirve para los recientes debates sobre la arqueología del suroccidente del país.

Felipe Cárdenas Arroyo

Nota del ed.: El libro Entre cantos y llantos, de Francisco Queixalós, reseñado en el Boletín No. 29, es una publicación de la Fundación Etnollano, 1991.

Guardas: Pictografías del resguardo de Guambía, Cauca (Foto martha Urdaneta Franco).

Contracarátula: Lámina del libro “Kultur und Industrie Südamerikanischer Volker”, de Max Uhle (Berlín, 1889), adquirido recientemente por la Biblioteca Luis Angel Arango del Banco de la República, cuyas magníficas litografías ilustran las colecciones llevadas a Alemania en el siglo pasado por A. Stübel, W. Reiss y B. Koppel.

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