Encontramos una cordial acogida en los pueblos de los indómitos Tuyúka. Participamos en varias fiestas grandes y el 10 de mayo continuamos nuestro viaje río arriba. El río se tornó rápidamente muy pequeño, en especial después del desagüe de un importante afluente por la margen izquierda, y se perdió finalmente en un típico bosque tropical de inundación, cuya exuberante vegetación y extraordinaria riqueza en orquídeas cautivarían el corazón de cualquier botánico. Avanzamos con lentitud y esfuerzo en nuestra ancha y pesada canoa.
Fuimos objeto de gran admiración entre los Bará, el último grupo del Tiquié, por ser los primeros blancos que veían. No tenían ni gallinas, ni pescado, ni bananos; sin embargo, «atendiendo más a la necesidad que al propio deseo», nos acostumbramos rápidamente a su comida algo peculiar: cazabe con caldo de ají, hormigas tostadas y un cucarrón con púas que se encontraba masivamente en las ramas del árbol Ingá.
Ya entre los Tuyúka había oído de la existencia de un sendero que utilizan los grupos de arriba para llegar hasta un afluente del Yapurá y mantener un activo comercio con los grupos allí asentados. El 18 de mayo me dirigí hacia allá con mis hombres y llegué el mismo día. Caminamos cincuenta minutos por un corto sendero indígena y cruzamos la divisoria de aguas de poca altura hasta un arroyo que, según los indígenas, tributa sus aguas blancas y claras al Yapurá. Una divisoria de aguas que se cruza en menos de una hora separa por lo tanto las cuencas de los dos poderosos ríos: el río Negro y el Yapurá.
Con las aguas blancas y negras se presenta una curiosa situación. Encontré corrientes de agua, separadas entre sí solamente por unos pocos cientos de metros, que corrían por la misma selva y por el mismo suelo, la una de aguas blancas, la otra de aguas negras. El agua del Tiquié, cuyo curso conocí en toda su extensión, cambia tres veces su color a causa de la afluencia de algunos ríos importantes, unos de aguas blancas lechosas, otros de aguas negras del color de la cerveza negra. Los indígenas dicen que las aguas negras son saludables, mientras que las blancas traen fiebres.
El 19 de mayo iniciamos el viaje de regreso por sobre el Tiquié y, deteniéndonos en los distintos pueblos indígenas, llegamos el 14 de junio a nuestro cuartel principal, Sáo Felippe.
Me urgía ahora conocer mejor el Uaupés que ya había rozado en dos ocasiones. La población que habita en sus márgenes y que pertenece a los más variados grupos lingüísticos, como ya había podido constatar con distintos representantes en Sao Felippe, prometía fructíferos resultados etnológicos.
Ya que en julio no es aconsejable viajar por el Uaupés a causa del alto nivel de las aguas, aproveché la oportunidad de realizar un viaje de varios días en un bote venezolano hasta llegar al sitio de Sao Marcellino, en la desembocadura del río Xié, y llevar a cabo estudios lingüísticos con los grupos locales.
El 14 de agosto en un bote más grande, que había obtenido en el Tiquié, partimos rumbo al Uaupés con un equipaje calculado para medio año. Este poderoso río se desliza tranquilamente en su curso inferior donde tiene la anchura aproximada del Rin en Colonia. Sólo a los ocho días de viaje río arriba, en el poblado indígena de Ipanoré hasta donde lograron llegar en su tiempo Coudreau y Richard Payer, empiezan las verdaderas dificultades con una cadena continua de cataratas y saltos de agua.
Allí empieza a su vez la parte más interesante del viaje porque es la región de los indios libres que viven todavía según sus antiguos usos y costumbres. Tuvimos mucho trabajo en las cachiveras. A veces encontrábamos una barrera de piedra atravesada a lo largo del río, de manera que se necesitaba un piloto y unos remeros muy hábiles para conducir el pesado bote sobre las altas olas de la catarata casi hasta su caída y levantado allí, con todo cuidado y uniendo todas las fuerzas, por sobre las rocas para llevado a aguas tranquilas. Se cargaba de nuevo con rapidez el equipaje y se continuaba el viaje con frecuencia sólo unos pocos cientos de metros, hasta que un poderoso rugido nos indicaba un nuevo obstáculo. Los saltos de agua en los que la masa líquida en su totalidad se veía obligada a comprimirse por entre un estrecho canal, repleto de inmensos bloques de piedra, eran particularmente peligrosos. Allí hay que halar el bote hacia arriba con la ayuda de gruesas cuerdas de fibras de palma, tejidas artísticamente por los indígenas, mientras que un remero armado de un palo tiene que contenerlo continuamente para que la fuerza de la corriente no lo arroje y lo despedace contra las rocas. Sobre éstas se encontraban inmensas pilas de madera, restos de gigantes de la selva que, junto con las barrancas de la orilla, el río arrastra desde los nacimientos y deposita luego al bajar las aguas.
La pausa del mediodía era mucho más tranquila. Cada uno de mis remeros tenía un oficio determinado, del cual se habían apropiado estos inteligentes seres de manera tal que no había ninguna necesidad de darles órdenes. Uno arreglaba los pescados o la carne de monte, otro lavaba los platos, otros traían la leña, y pronto, en nuestro único caldero de hierro, hervía a borbotones sobre un alegre fuego el almuerzo colectivo. Mi servidor Otto Schmidt lo había preparado agradablemente con la ayuda de nuestro semicivilizado guía a quien llamábamos el «Impresario» por la importancia que se daba.
Con frecuencia, cuando acampábamos en algún lugar difícil, aparecían en ligeras canoas los morenos visitantes para comerciar activamente con el blanco loco que pedía toda clase de cosas inútiles a cambio de deslumbrantes objetos de valor; los hombres iban desnudos, con excepción del taparrabos; las mujeres llevaban para celebrar el día faldas de cotón importado, pacotillas europeas que los grupos más alejados reciben a través del intercambio con los grupos de más abajo que sostienen una relación permanente con los blancos. Por lo general, en los grupos de arriba, las mujeres van completamente desnudas o con una faldita de corteza de árbol no mayor que el tamaño de una mano.
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Koch-Gruínberg con makunas, yabuyana y yahuna en el bajo Apaporis. Archivo fotográfico de la familia Koch-Griínberg. |
Los indígenas nos trajeron, además de alimentos como cazabe, piñas, pescados, carne de monte y otras cosas maravillosas, adornos, armas, objetos de uso diario y hachas de piedra, reliquias de sus padres, que en la generación actual han sido substituidas por hachas europeas. Ellos ya sabían por su teléfono natural las cosas que yo deseaba y conocían con exactitud mis precios. El amigo Schmidt, quien había adquirido una gran habilidad en este tipo de comercio, valoraba con ojo crítico todas las cosas y le pagaba a la buena gente con perlas, anzuelos, fósforos, cuchillos y otras cosas maravillosas de acuerdo al valor del correspondiente objeto.
Recibimos siempre una cordial ayuda por parte de los indígenas cuando se trataba de pasar los rápidos y cargar y descargar el equipaje. Jóvenes y viejos, sin que se lo hubiésemos exigido, realizaban servicios útiles a cambio de una exigua recompensa. Hasta la más anciana abuela cargaba algo y el pequeño bebé, en brazos de su madre, recibía algún objeto ligero en su manita para ganar se así el agradecimiento del blanco. Nunca ningún indígena de los llamados salvajes me quitó algo de valor. Sufrí mi primer robo en un vapor brasilero, lleno de blancos, donde me sustrajeron un gigantesco arco con un grueso atado de flechas.
El constante cargar y descargar, el arrastre sobre las afiladas piedras -tuvimos que cruzar solamente en el Uaupés más de cuarenta peligrosas cataratas y rápidos- condujo a que el bote sufriera muchas averías y se llenara de huecos como un colador. Había entonces que llevarlo a tierra, tapar los huecos con una camisa vieja y luego ya se podía proseguir con el viaje. El 21 de Septiembre, después de muchos esfuerzos y peligros, llegamos finalmente a aguas tranquilas y entramos al Cuduiary, un afluente del Uaupés por la margen izquierda, estrecho pero densamente poblado. Encontramos allí la más cordial acogida por parte de los Kobéua, un pueblo muy interesante por sus danzas con máscaras. Pasé días muy agradables y particularmente valiosos en lo que a mis estudios etnológicos se refiere en el mayor de sus poblados, Namokolíba, cerca a la desembocadura del Cuduiary.
El 19 de octubre continuamos el viaje, remontando con nueve remeros de diferentes grupos el río principal. Los mayores rápidos habían terminado un poco abajo de la desembocadura del Cuduiary, sólo había que cruzar algunos lugares que en comparación a los otros no ofrecían ya mayores dificultades. Cadenas de montañas de mediana altura, hermosamente onduladas, con imponentes rocas que sobresalen entre el verde de sus bosques, acompañan muy de cerca al río en ambos lados y proporcionan una agradable variedad que aumenta con las explicaciones de los remeros Kobéua para quienes el más allá de las almas de su grupo y la patria de sus demonios se encuentra en esas alturas azules y secretas.
Desafortunadamente los poblados indígenas escasean cada vez más, hasta que se acaban arriba de la imponente cachivera de Yurupary. Este poderoso rápido que parece corresponder a los mayores rápidos del Tiquié y al de Arara-kuára en el Yapurá, ofrece un espectáculo maravilloso. La inmensa masa de agua se precipita hacia abajo con fragor de trueno, estrechamente encajonada entre las salientes rocosas, desde una altura de 20 metros. El líquido atomizado sube muy alto hacia el cielo como fino vapor, cubriendo todo el panorama como con un ligero velo.
Mis hombres no querían dormir en las rocas planas de la orilla izquierda, socavadas por las continuas embestidas de las olas, ya que hacía poco tiempo sus parientes habían matado allí, en justa venganza, a dos caucheros colombianos cuyas almas vagaban por el sitio como malos espíritus.
Huesos humanos con restos de carne, diseminados por las aves de rapiña, yacían todavía por doquier. En lo alto del cielo algunos buitres trazaban majestuosos círculos, «la policía de sanidad suramericana» que siempre se encuentra donde hay cosas de este estilo para recoger. Ya que mis hombres no querían quedarse aquí, viajamos de nuevo por el torrente de agua y acampamos en la orilla derecha, separados de los fantasmas por el ancho del río. Al día siguiente vencimos con grandes dificultades este último y poderoso obstáculo, ante el cual tuvo que claudicar el conde Stradelli en su tiempo, y continuamos nuestro viaje por aguas mansas. Ya no había montañas en ninguna de las dos orillas. El río corre tranquilo con sus aguas blanquecinas y casi estancadas, cambiando alternadamente de rectas inacabables a curvas tan retorcidas que parecen retornar a si mismas. Ambas orillas están expuestas a las inundaciones durante las crecientes y no son aptas para la agricultura. Por lo tanto arriba de este último rápido ya no se encuentran más indígenas sedentarios. Mis indígenas, acostumbrados al pesado trabajo en los rápidos, empezaron a pensar tonterías. A la monotonía de un viaje siempre igual, interrumpido sólo de vez en cuando por la caza y la pesca, se añadió la falta de harina de mandioca, alimento indispensable en los viajes. Varias veces mi sensata tripulación estuvo a punto de devolverse y solamente apelando a todas mis energías y exigiendo que se remara día y noche con pocas interrupciones, logramos llegar después de 10 días de un viaje extenuante a una barraca de caucheros colombianos.
Estos colombianos llegaron hace unos tres años del alto lea y del Yapurá - cubriendo por agua y tierra dilatadas extensiones- hasta el alto Uaupés, con el fin de explotar allí los bosques de caucho. Sostienen constantes y sangrientas peleas con las tribus indómitas de la región, en particular con los Umáua, un grupo Caribe, y los Kobéua, y como suele suceder en la mayoría de los casos estos "portadores de la civilización «son los culpables. Sus actos vergonzosos y crueles - asesinato de indígenas, rapto y violación de mujeres y muchachas etc.- hanido generando entre la de por sí pacifica población indígena un odio ardiente que estalla a veces con sobrada justificación. Además de la matanza cometida por los Kobéua, que ya mencioné, habían tenido lugar poco antes de nuestro viaje varios encuentros entre ambas partes en estas cuencas superiores. Yo mismo tuve a mi servicio durante semanas enteras en este viaje a tres Umáuas, que se contaban entre mis mejores y más fieles hombres, y quienes habían asesinado hacia unos meses por venganza a varios colombianos en el alto Uaupés.
El gordo Kauílimu, quien era un amigo especial para mí, tenía una terrible cicatriz de esa pelea. Los caucheros habían asaltado y quemado su pueblo, asesinado a su padre y a otra gente y violado a su hija. Conocí a la hija seis meses después en un asentamiento de caucheros colombianos en el Yapurá. ¡Un cauchero se la había comprado a otro por un pantalón!
Yo ya había previsto que el encuentro con los caucheros, en el caso de que estos reconocieran a mis remeros, no iba a ser muy agradable y había adoptado mis medidas. Con el fin de evitar cualquier accidente desagradable, permanecimos en el campamento sólo el tiempo estrictamente necesario.
Un corto trecho arriba de la barraca emprendimos el viaje de regreso y después de algunos días de abundantes privaciones llegamos de nuevo al Cuduiary donde mis amigos los Kobéua. Obtuve con mi mente información detallada sobre la región del alto Uaupés y el Yapurá y sobre el nacimiento del primero, ya que ellos conocían bien estas regiones. Cuatro días de viaje arriba de la barraca de los caucheros, el río, que tiene allí todavía un ancho de 70 metros, se divide en dos brazos, uno de los cuales viene del occidente, aparentemente de la cordillera occidental de Colombia, y el otro del norte.
Se supone que el primero atraviesa en su curso superior grandes sabanas, a través de las cuales se puede llegar en un día a un afluente del alto Guaviare que es el mayor afluente por la margen izquierda del Orinoco. En antiguos tiempos los Umáua emprendían por esta ruta largos viajes con el fin de intercambiar productos con los grupos del alto Guaviare, entre los cuales mencionaron a los Guahibo, y tenían también contactos amistosos con los colombianos allí asentados. La irrupción de los caucheros parece haber roto aparentemente estas relaciones.
Como ya dijimos, en esta inmensa región, arriba de la cachivera de Yurupary, no se encuentran indígenas sedentarios debido a las malas condiciones. En un río que suele ser sano, la malaria ataca arriba del rápido a causa del agua estancada, y desafortunadamente la experimenté en mi propio cuerpo.
Pero retornemos al Cuduiary. Los Kobéua que allí habitan, me habían hablado mucho de grandes sabanas con grandes «casas de piedra» localizadas en el nacimiento de este río. Intuí de inmediato la existencia en estos parajes de maravillosas formaciones naturales. Resolví indagar al respecto y el 25 de noviembre partí con varios indígenas en una canoa ligera, dejando a Schmidt al cuidado del equipaje. Durante cinco fatigosos días seguimos el curso del río y encontramos una serie de rápidos, difíciles de atravesar por el bajo nivel de las aguas. Fuimos muy bien recibidos por los numerosos habitantes, muchos de los cuales no habían visto nunca un blanco, y llegamos finalmente al nacimiento del Cuduiary que fluye como un pequeño arroyo de pocos metros por entre un denso túnel de follaje. El 29 de noviembre alcanzamos finalmente las sabanas que se extienden a la orilla derecha sobre una meseta. Curiosa escena, inusual para alguien que sólo ha visto la densa selva por largos meses. El área en su totalidad está cubierta con placas de piedra. Una vegetación escasa, que yo nunca había visto antes, lleva una existencia miserable en las grietas de las rocas, expuesta a los rayos del sol: árboles bajos y raquíticos, arbustos atrofiados con troncos puntiagudos en los extremos como un cigarro y gruesos hacia la mitad con un manojo de hojas duras en la corona; aquí y allá una solitaria florecita de color. La mirada vaga sin obstáculos hasta las sierras del alto Uaupés, entre las que sobresale, envuelta en leyendas, Takú, la vivienda de los demonios, con sus escarpadas pendientes rocosas. No es una auténtica sabana sino más bien una estepa rala con matorrales, comparable al Cerradao, el «campo cerrado" de la altiplanicie de Matto Grosso con su vegetación achaparrada que conocí en el año de 1899, aunque en mi humilde opinión de lego el tipo de vegetación de aquí es muy distinto al de allá.
Continuamos avanzando por la altiplanicie candente por el sol, sobre la cual tiembla el aire a causa del intenso calor. Las fuerzas de la naturaleza han excavado sobre las placas rocosas innumerables hoyos y hoyitos con bordes salientes, como si hubieran sido producidos por el caer constante de una gota de agua, de manera que la marcha sobre estas púas ardientes no constituye precisamente uno de los placeres de la existencia. Llevamos ya media hora de camino cuando mi guía Kobéua dice al fin: «¡Allí hay una gran casa de piedra!". Al principio no veo nada, el suelo es plano como en cualquier parte, cubierto con numerosas lajas unas encima de otras. Nos arrastramos por una maleza espesa hasta una hendidura baja que aparece en la negra oscuridad, cerca al suelo, entre algunas placas rocosas. Inmediatamente detrás de la estrecha entrada se abre un inmenso laberinto de altas salas y corredores rectos y anchos, de los cuales se desprenden regularmente cámaras a ambos lados. El alto techo, que la escasa luz de nuestras linternas no alcanza a iluminar, está sostenido por fuertes postes que se estrechan hacia la mitad. El suelo plano, como apisonado, cubierto con una fina arena blanca¡ la piedra, una arenisca amarillenta, recubierta de manera similar a las estalactitas con una capa blanca y amarilla, en parte lisa como un espejo y en parte con innumerables hoyos y hoyitos. Visitamos distintos corredores y salones, pero con nuestra escasa luz no llegamos ni cerca del final. Por doquier se oye en la oscuridad un zumbido inquietante: son miles de grandes murciélagos que parecen ser los únicos habitantes de estos palacios.

