Las clasificaciones tratadas hasta el momento no alcanzan, de acuerdo con los criterios establecidos en la introducción, a probar la enorme cantidad de relaciones que han propuesto ni las consecuentes subagrupaciones.
No pretendo decir con esto que se haya demostrado que dichas relaciones en su totalidad no existan, sino simplemente que no se han probado, que siguen siendo meramente hipotéticas, lo cual es realmente lo que ha de importarnos. La tarea del buen trabajo diacrónico en materia de clasificación no es probar que no existen relaciones (lo más que puede hacerse en este sentido es demostrar que no se han dado argumentos válidos a favor de ellas), sino probar que las que se proponen existen de veras.
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Niña Cuna, fotografía de Diego Samper |
Es posible que haya quien piense que en los casos en que se han aportado elementos de juicio, ha habido cierto grado de prueba, aunque aquellos no sean predominantemente correctos ni se hayan sistematizado. Mi respuesta es que no es así. Convengo en que entre tales elementos de juicio se pueden encontrar conjuntos de cognados que están integrados parcial o totalmente por formas en verdad descendientes de un mismo étimo, pero al no haberse intentado en la mayor parte de los casos una sistematización de correspondencias fonológicas o al estar ésta falseada y al darse los buenos elementos de juicio en una mezcla inextricable con los malos, igualmente abundantes por lo menos, la tarea de distinguir unos de otros recae sobre el lector de las obras, y todo discernimiento de cuáles casos son pruebas adecuadas y cuales no, en caso de que esté capacitado para hacerlo y lo haga, será entonces contribución suya, no del proponente de la clasificación, de modo que será el primero quien esté aportando las pruebas, no el segundo. En esto no veo por qué no ha de exigirse a los estudios diacrónicos el requisito de explicitez que, por ejemplo, Chomsky (1965:4) ha señalado para los sincrónicos.
Importa recalcar entonces que no hay nada probado por lo que respecta a las propuestas de relaciones macrochibchenses, lo cual deben tomar muy en cuenta los antropólogos, que con frecuencia les dan excesivo crédito. Conviene destacar esto particularmente en el caso de Greenberg, cuya clasificación, si bien es considerada como de relaciones probables por la mayor parte de los lingüistas diacrónicos americanistas, a partir de su inclusión en manuales clásicos como el de Steward y Faron (1959), ha tenido entre los antropólogos la aceptación que correspondería a una clasificación de relaciones establecidas.
Las lenguas de relaciones chibchas establecidas: estudios comparativos y lexicoestadísticos
Hasta el momento, las lenguas de relaciones chibchas establecidas por medio de la metodología válida son las siguientes: paya, rama, guatuso, bribri, cabécar, boruca, tiribí (teribe-térraba), movere, bocotá, dorasque, chánguena, cuna, cogui, damana, ica, atanques, muisca, duit, tunebo, chimila y barí (véase el mapa). Los escasísimos datos disponibles indican que el huetar (de Costa Rica) y el antioqueño (nutabe-catío chibcha de Colombia) también lo fueron, si bien en estos casos es casi nula la posibilidad de aplicar el método comparativo. Aparentemente lo fue también el tairona, pero los datos tomados en cuenta hasta el momento, más que nada muestras del habla ritual llamada «tairona» por los indígenas del grupo arhuaco, no descartan que fuera simplemente una variante de alguna de las lenguas arhuacas actualmente existentes. Por lo que respecta al extinto cueva del este de Panamá, considerado por muchos como lengua chibcha, como he indicado previamente (Constenla Umaña 1991: 47-48) los mejores indicios disponibles por el momento plantean más bien relación con las lenguas chocoes.
A continuación mencionaré las obras que han llevado a la definición de esta agrupación de lenguas, que denominaré, en lo sucesivo, estirpe (o tronco) chibchense.
El descubridor de la existencia de la agrupación, Max Uhle, planteó un número muy limitado de correspondencias fonéticas sólidas, en especial entre el cogui y el muisca, y sugirió otras entre las diversas lenguas que tomó en cuenta: muisca, cogui, ica, damana, bribri, cabécar, térraba, boruca, movere y bocotá. Incluso propuso como subagrupaciones seguras la de las lenguas arhuacas, la del bribri, el cabécar, el térraba y el boruca, y la del movere y el bocotá. Propuso además una relación más estrecha entre el muisca y las lenguas arhuacas por una parte y las dos últimas agrupaciones por otra. Todo esto se ha visto confirmado posteriormente. También propuso, pero con indicios mucho más tenues la inclusión del cuna y la del chimila.
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Mapa. Localización de los miembros de estirpe chibchense |
El siguiente estudio en esta línea fue el de Shafer (1962) quien con una buena aplicación del método comparativo demostró plenamente el parentesco entre el cogui, el ica, el damana y el atanques. Si bien no llegó a establecer correspondencias sistemáticas, hizo comparaciones con el chimila y consideró que se trataba también de una lengua arhuaca. Por lo que respecta a subagrupación, sin dar argumentos explícitos, propuso una relación más cercana entre el atanques y el damana; el ica, a su vez, estaría más próximo a estos que al cogui. Esto ha sido confirmado en estudios posteriores. El chimila, a su parecer, estaría más próximo al cogui que a las otras lenguas del grupo.
Wheeler (1972) intentó aplicar el método comparativo con miras al establecimiento de las relaciones entre lenguas chibchenses de Colombia. La aplicación no puede considerarse exitosa por los defectos metodológicos muy graves que presenta (véase Constenla Umaña, 1983); sin embargo, aportó algunos indicios comprobatorios adicionales a la relación entre el muisca, el tunebo, el cogui y el ica. En el caso de las otras dos lenguas que tomó en cuenta, el barí y el damana, no logró lo mismo.
Wheeler presentó en el mismo trabajo una matriz de porcentajes de léxico compartido a partir de las cuales concluyó que el ica, el damana y e cogui constituían un grupo coordinado con el muisca y el tunebo, en tanto que el barí exhibía la mayor divergencia léxica. Estas conclusiones han resultado confirmadas por los estudios lexicoestadísticos que se han efectuado posteriormente.
Levinsohn ( 1975), con base en el trabajo de Wheeler y con idéntica metodología, comparó listas del tunebo, el cogui, el teribe, el bocotá y el movere. Como se limitó a considerar cognados de las palabras de las lenguas colombianas a aquellos elementos de las panameñas que presentaran uno o más sonidos semejantes a las formas reconstruidas por Wheeler, el aporte de elementos de juicio explícitos fue muy limitado. Este autor también hizo un conteo lexicoestadístico que lo llevó a la conclusión de que no se podía realizar ninguna subagrupación de las lenguas panameñas tomadas en cuenta.
Constenla Umaña (1981) es el estudio más abarcador que se ha producido en materia de aplicación del método comparativo a las lenguas chibchenses. Este estudio aportó, en lo fonológico, el establecimiento de las relaciones entre todas las lenguas tratadas (las de la lista dada al inicio de esta sección, con excepción del duit), si bien menos detalladamente en los casos del paya, el chimila y el barí (para los cuales los datos disponibles fueron muy limitados). El mismo autor ha producido varios artículos (1985a, 1985b, 1988, 1989, 1990, 1993) en que se refinan y profundizan los resultados de su primer trabajo (en el estudio de 1993 se analiza el caso del duit) y se ofrecen reconstrucciones en el campo de la morfosintaxis. En sus diversas publicaciones se encuentra la discusión más detallada existente hasta el momento de la clasificación de las lenguas chibchenses.
Holt (1986), a pesar de problemas metodológicos serios (ya aludidos previamente) aporta nuevos elementos de prueba, por medio de correspondencias fonéticas, de la relación entre el paya, el rama, el bribri, el cuna, el cogui y el muisca. Sus conjuntos de cognados (en los que se entremezclan muchos que lo son realmente con otros muchos que no lo son) incluyen, además de formas de las lenguas para las que estableció correspondencias, rubros de otras 23 tanto propiamente chibchenses como presuntamente macrochibchenses.
Kaufman (1988) trató de hacer de manera precipitada una síntesis de los trabajos de Wheeler, Holt y Constenla. La reconstrucción esbozada muestra las deficiencias que podían esperarse de la aceptación acrítica de malas etimologías contenidas en los trabajos de Wheeler y de Holt. En este trabajo se ofrece una clasificación de las lenguas chibchenses que se basa más que nada en la interpretación subjetiva de los porcentajes de cognados ofrecidos por Constenla Umaña (1985b) en su primer estudio lexicoestadístico (seguramente practicando su recomendación de un análisis «más imaginativo»), a pesar de su opinión de que no deben proponerse clasificaciones con base en este tipo de datos. El modelo de diversificación de las lenguas chibchenses que propone, debido a desconocimiento de su historia, lo lleva a plantear hipótesis extremadamente aberrantes, como el remontar la entrada del tiribí a Costa Rica al año 4000 a.C., a pesar de que es bien sabido que esto se produjo en 1695 d.C., cuando los frailes franciscanos trasladaron a un grupo de tiribíes convertidos al cristianismo para alejarlos de sus sediciosos parientes paganos. En medio de la improvisación, hay, sin embargo, alguna sugerencia acertada (como el unir en un solo protofonema la /*d/ y la /*Q/ reconstruidas por Constenla Umaña en 1981).
Posteriormente se han producido dos estudios sobre las lenguas arhuacas: el de Frank (publicado en 1993, escrito originalmente en 1987) y el de Jackson (1990, publicado en este boletín), que han llevado a una apropiada reconstrucción de los protofonemas del subantepasado de este grupo. El segundo de los estudios además ha aportado con bastante detalle al campo de la reconstrucción gramatical e incluye una muy buena argumentación sobre la subagrupación de las lenguas arhuacas, que redunda en una clasificación que confirma la propuesta hecha por Constenla Umaña en 1988 (publicada en 1993).
Otras buenas aplicaciones del método comparativo se han dado en el caso del prótoviceíta (subantepasado del bribri y el cabécar, Jara 1986) y el del térraba-teribe (Portilla 1989). Estos estudios no tratan, por razones obvias, sobre problemas clasificatorios.
Finalmente, Malone (1991) ha producido un estudio en que, con bases tanto comparativas como lexicoestadísticas, confirma la condición chibehense del chimila.


