RESEÑAS
Ambito y ocupaciones tempranas de la América tropical
INÉS CAVELIER Y SANTIAGO MORA, EDS.
ICAN COLCULTURA - FUNDACIÓN ERIGAIE. BOGOTÁ.
1995
Es muy valioso que surjan recopilaciones como esta. El estudio de los primeros pobladores comienza a mostrarse como un espacio abierto a múltiples preguntas y diversos enfoques.
Contrario a lo que pudiera ser un campo de estudio limitado por la aparente falta de datos, en comparación con otros períodos, este libro nos muestra que dichos límites, si existen, son más parte de las preguntas que se hacen a los investigadores que de los datos mismos.
Por esto resulta muy apropiado que los editores digan en el prefacio que «fueron contactados especialistas en el tema, que habían trabajado en ocasiones bajo criterios y perspectivas contrastantes... El texto que hoy presentamos.., es el resultado de esta reunión. El lector encontrará en él los énfasis propios de los enfoques teóricos que guiaron cada uno de los escritos, al tiempo que puede obtener una idea general de los alcances y orientación de estos estudios».
Con esta idea abordé la lectura. Enfocar estos trabajos desde el punto de vista teórico resultó ser un descubrimiento de posibilidades, que se abren en gran parte según la disposición de apertura de los investigadores. Surge un contrapunteo, que a continuación presento, entre los diferentes enfoques que se le dan al estudio de los problemas de esta etapa del pasado.
Por un lado, hay trabajos que se continúan dando a la manera tradicional, desde la óptica de entender la adaptación humana desde una perspectiva funcional, característica de los trabajos que se han hecho sobre este período en Colombia. A este línea pertenecen los trabajos hechos por de Ana María Groot sobre Checua, de Héctor Salgado en el cañón del río Calima, de Carlos Eduardo López en el Magdalena Medio, de Camilo Alberto Rodríguez en el sur del Tolima y de William P. Barse en el Orinoco. Estos trabajos resultan importantes pues amplían la información que se tiene sobre las ocupaciones tempranas de los territorios americanos.
Completan así el panorama que se va teniendo sobre la ocupación y la forma de adaptarse a su medio de estos primeros pobladores, para zonas ya estudiadas como la Sabana de Bogotá o para otros territorios no tan conocidos. Este tipo de estudios, tal como lo han mostrado otros investigadores de este período, nos han permitido desvirtuar la idea de un patrón de caza especializada traída desde norteamérica y entender los diversos patrones de adaptación de los primeros habitantes de Centro y Suramérica (Ardila y Politis, 1989; Ardila, 1992; Dilehay et al., 1993).
Sin embargo, desde y frente a este tipo de trabajos se abren nuevas alternativas para entender mejor el comportamiento de los primeros pobladores del territorio americano. En este libro se encuentran ejemplos estimulantes de otras vías que permiten comprender más sobre esta etapa de nuestro pasado. Ellas complementan el objetivo de esta recopilación, que es conocer diferentes enfoques en las investiaciones de los grupos humanos del periodo de las ocupaciones tempranas. Bajo otras formas de investigar, o sea como alternativas, se investigan aspectos de la cultura de estos grupos tales como la movilidad, el manejo del territorio, las diferentes relaciones con el entorno y tal como el título de este libro lo insinúa, la relación del «ámbito y las ocupaciones tempranas de la América tropical».
Las condiciones de cada uno de estos trabajos se relacionan estrechamente con los problemas que en cada caso se investigan; sin embargo, lo importante es notar la innovación de los enfoques derivados, basados, sobre todo, en las inquietudes de sus investigadores. Una muestra más de que los límites no están en los datos.
Quiero mostrar cada caso siguiendo el orden en que aparecen el libro:
El trabajo de A. J. Ranere y R. G. Cooke, (:5- 26), hecho en Panamá con los datos que se han ido acumulando en la región y por comparación con otros relacionados de Centro y Suramérica, refuerzan la importancia de esta región como paso obligado de los primeros pobladores de Suramérica. Las problemáticas de esta zona y para esta etapa son múltiples, de ahí que también sean variadas las tentativas para solucionarlas. Es importante entonces, que junto a la problemática de ocupación y desplazamiento de los pueblos «Clovis» o «preclovis», se busquen relaciones lingüísticas con grupos de Centro y Suramérica y se preste mucha atención a la transformación de hábitos de sus antiguos ocupantes. Por ejemplo el paso de la cacería a la horticultura como un proceso que necesita más comprensión y no como un salto casi lógico por lo tradicionalmente establecido.
El trabajo de Cavelier, Rodríguez, Herrera, Morcote y Mora (:27-44) es de gran importancia porque como ellos mismos dicen «constituye un caso de importancia dentro de la discusión generada en torno a la ocupación de cazadores recolectores independientes de los productos agrícolas en las selvas tropicales»(:28). Resulta en un aporte como estrategia de investigación de los grupos de «cazadores recolectores» porque este esfuerzo ha requerido una disposición diferente hacia el estudio de la vida de estos grupos. Se parte del interés por comprender de manera más amplia la interacción humana con su medio; la relación con el «ámbito» implica también la capacidad de transformación humana de su en torno y no sólo su supervivencia. Al conocimiento del medio, en especial de las plantas, le otorgan especial importancia como también a la capacidad de utilización y transformación de los recursos disponibles. Si bien este trabajo se hizo en una zona de bosque y, por lo tanto, en una zona no convencional en el estudio de estos grupos, su enfoque amplio es un llamado a considerar la participación de la cultura de estos grupos en la interacción con su medio de una forma más integral, ya que lo que queda para todos los interesados en conocer sobre los primeros pobladores de este territorio es que la frontera entre la caza y recolección y la agricultura debe ser vista de una forma más fluida.
Con el artículo de Gnecco (:59-71) resulta que aunque es oportuno el trabajo claro desde teorías o hipótesis que existen sobre los «cazadores-recolectores», ellas son ante todo herramientas de la investigación que deben ser puestas a prueba. No se trata entonces, de un traslado ingenuo de datos, tal como se dice a veces al referirse al uso de conocimientos foráneos. La puesta a prueba de una hipótesis implica la posibilidad de que se afirmada o negada.
En su trabajo, el investigador trata de averiguar es el tipo de movilidad para el sitio de La Elvira, en el valle de Popayán, según un modelo ya establecido. Y ya que lo que el hace es poner a prueba este modelo con los datos de este sitio, resulta ser un buen ejemplo de que si ampliamos nuestras fronteras -mentales-, el conocimiento sobre el pasado puede ser enriquecido con lo que otros han hecho. Esto permite corroborar, contradecir, pero en todo caso no se justifica un aislamiento académico en aras de la producción de conocimiento autóctono.
Junto al trabajo de Cavelier, Rodríguez, Herrera, Morcote y Mora, el artículo de Salazar resulta ser un complemento a la visión más integral de interrelación del ser humano con el medio. Al igual que en el trabajo de los citados, en el de este investigador se reconoce que los grupos no solo explotan el medio sino que también lo transforman, en este caso en la zona del Ecuador que él investiga.
Una transformación que pudo contribuir a la extinción de la megafauna del Ecuador es un interesante ejemplo de cambio de perspectiva; considerar que la acción de los grupos de «cazadores recolectores» respecto a su medio implica entender también la forma como este se adapta al ser humano. Gran lección para replantearse la relación unidireccional que tradicionalmente se ha planteado en Colombia para los primeros pobladores de nuestros territorios.
Para concluir, quiero decir que este libro es una muestra de los variados enfoques que co-existen sobre este período y sus ocupantes. Algunos artículos son más innovadores que otros, que son en los que me he centrado al hacer este reseña, porque aún en las condiciones que aparentemente contienen menos información es la mirada del investigador la que anticipa y amplía las posibilidades de investigación. De aquí que el estudio de los primeros pobladores pueda ser el de los primeros ocupantes y transformadores de su «ámbito», como lo propone el título de este libro.
De todas formas se vuelve a demostrar que es un tema, un espacio y un aliento para buscar, y también para arriesgar.
Mercedes Eugenia Bravo, Estudiante de Antropología Universidad Nacional de Colombia
Ideas y prácticas ambientales del pueblo embera del Chocó
CAMILO ANTONIO HERNÁNDEZ CEREC, SERIE AMERINDIA. BOGOTÁ. 1995
Este texto nos muestra la riqueza y la complejidad de la concepción embera del mundo, haciendo énfasis en los aspectos mágicos y religiosos de su pensamiento entorno a la relación del hombre con la naturaleza. La información etnográfica se refiere especialmente a los embera del Alto Baudó, cuyos resguardos se superponen con el Parque Nacional Utría, creado en 1987 en jurisdicción de los municipios de Bahía Solano, Nuquí, alto Baudó y alto Bojayá. El autor recogió una gran cantidad de información en la zona, gracias a su labor en la Fundación Natura, encargada de ejecutar algunos proyectos en el Parque.
El autor presenta inicialmente los mitos embera sobre el origen del universo y del hombre, así como los relatos sobre las etnias prehispánicas y coloniales que existieron en la región. Estos últimos, situados en la frontera entre el mito y la historia, recrean la presencia de los Burugumiá, los Bibidicomia, los Carauta y los Jura. Estos relatos se ven complementados con un recuento histórico de la colonización del alto Baudó y de otros ríos del Pacífico, realizado a partir de la tradición oral nativa.
Tres capítulos referidos al jaibaná, a los seres míticos y a la relación del jaibanismo con el manejo de la cacería y la pesca dan continuación a la obra. En ellos se describe el pro ceso de iniciación del chamán, su parafernalia ritual y los rituales de curación. Para comprender mejor el chamanismo embera se muestran los atributos de los jais o entidades espirituales de las cuales se valen los jaibanás para obtener sus fines. Igualmente, el autor nos muestra otros personajes sobrenaturales que pueblan el mundo embera. A través de mitos, anécdotas y relatos de diversa índole el lector puede captar la funcionalidad del jaibanismo en diferentes contextos -curación de enfermedades, ataque a los enemigos, equilibrio de fuerzas entre comunidades diferentes, protección a los animales y a los cazadores, etc.- y los conflictos que genera su presencia.
El tema de las recetas para enamorar permite al autor adentrarse en los conflictos de la vida conyugal y en las creencias mágicas sobre ciertas plantas y animales. En el capítulo final se analizan sistemas de interpretación y clasificación de fauna y flora, las relaciones entre los habitantes de los diferentes mundos que forman el cosmos embera, dedicando más atención a personajes como el Trueno, Pankoré, los colibríes, los venados, las sierpes y los papagayos.
El epílogo de la Organización Regional Embera Wounaan del Chocó (OREWA) resalta la relación armónica que los indígenas han establecido con la naturaleza, la ruptura que significó para ellos la conquista y colonización de sus territorios y la importancia de la labor de la organización como base para reivindicar los derechos de las comunidades y planear el progreso en concordancia con la visión embera de las relaciones del hombre con su entorno.
La lectura de este libro servirá a todos los investigadores que trabajan en la Costa Pacífica, no sólo a los antropólogos y sociólogos, sino también a los biólogos que adelantan investigaciones básicas sobre la selva húmeda tropical, a los ingenieros que participan en proyectos de desarrollo para la región y al personal del área de la salud que atiende a la población embera. Este texto les permitirá conocer la tradición oral embera y les dará la clave para comprender muchas de sus prácticas cotidianas y rituales.
Hernández logra recoger de primera mano una cantidad enorme de relatos que constituyen la base de esta obra. Gran parte de su mérito radica en haber logrado captar la trama de esas narraciones, redactarlas en un español comprensible para nosotros y organizarlas de acuerdo con una lógica que pretende aproximarse a la lógica del pensamiento indígena. Esta tarea es compleja e implica una compenetración profunda con el pensamiento indígena. Además existen muchas versiones de un mismo mito, los nombres de los personajes varían de un rio a otro, fragmentos de distintos mitos aparecen en otro lugar dando origen a un nuevo relato, lo cual obliga al investigador a seleccionar algunas historias y a través de notas explicativas, hacer referencia a otros relatos o creencias que ayudan a explicar la historia inicial.
Algunos investigadores anteriores habían presentado compilaciones de mitos embera, pero no se había hecho un esfuerzo como este para integrarlos en un discurso continuo que restituye las ideas que los embera tienen sobre su historia, los conflictos que han tenido con otros grupos, la composición del mundo, las relaciones con los animales, las plantas y los seres sobrenaturales, etc. El autor organiza un corpus mítico de tal modo que parece ser el embera quien está hablando. De todos modos la labor del escritor puede influir en el resulta do final, así sea en la manera de sintetizar y escribir lo relatos orales, en la organización de las secuencias temáticas y en la manera de correlacionar creencias, mitos y anécdotas para dar cuenta de la concepción embera sobre un determinado aspecto de la naturaleza. El texto final resulta un poco abigarrado, por la cantidad de mitos que se suceden unos a otros, pero su valor documental es incalculable.
Otro autor, desde una perspectiva teórica y metodológica diferente, tal vez hubiera preferido reducir el conjunto de mitos y emprender un análisis estructural clásico, ejercicio que no se ha hecho aún con los mitos embera a pesar de que contamos ya con varias compilaciones.
La elección metodológica del autor lo lleva a «ceder la palabra al indígena» reproduciendo su discurso sobre el mundo; encontramos entonces lo que se ha llamado una visión árnica en contraposición con una visión ática. Desgraciadamente no hay en el texto una reflexión del autor sobre el enfoque teórico y metodológico empleado en la organización y análisis de los mitos. Tampoco hay referencias a otros trabajos recientes como los de Stephanie Kane (1988, 1990) y Anne Marie Losonczy (1990), en los cuales mitos, relatos y creencias recogidas en campo, sirven de apoyo a las autoras para someter a examen sus hipótesis y sustentar sus interpretaciones, de tal modo que se trasciende el trabajo etnográfico para avanzar en los análisis de carácter etnológico. Creemos que en Colombia tenemos magníficos etnógrafos, como es el caso de Hernández, que podrían hacer muchos aportes a la disciplina avanzando en investigaciones de carácter comparativo que se detengan un poco más en los problemas teóricos que plantea el análisis del mito.
El título del libro alude a las ideas y a las prácticas ambientales de los embera; sin embargo en el desarrollo del trabajo el autor se concentra en las ideas y particularmente en aquellas que tienen una connotación mágica o religiosa. Es cierto que en los grupos indígenas de las selvas tropicales suramericanas se han encontrado sistemas clasificatorios que combinan un conocimiento detallado de las características biofísicas de los seres naturales con un conjunto de creencias mágicas y religiosas sobre dichos seres. Tal vez por eso las categorías de etnobotánica y etnozoología no sean muy adecuadas, es posible que los indígenas de estas selvas no tengan una taxonomía estrictamente botánica o zoológica. Lo que en contramos son, más bien, complejas cosmologías que involucran conocimientos y saberes de distinto orden y donde se mezclan distintos criterios para clasificar los objetos y los seres vivos. Además, la distinción que nosotros solemos hacer entre lo natural y lo sobrenatural o entre naturaleza y cultura, no es muy pertinente dentro del pensamiento de estos pueblos amerindios, lo cual se ve claramente reflejado en la presentación que Hernández nos hace de los relatos embera.
Consideramos que el título de! libro no refleja plenamente su contenido ni su orientación, pues el tema de las prácticas ambientales apenas se trata de manera tangencial. Creemos que hacia el futuro las investigaciones deben trabajar verdaderamente sobre los dos frentes, el de las ideas y el de las prácticas. En este último se incluiría un estudio detalla do de la horticultura, de la caza, la pesca, la recolección, la construcción de viviendas y de embarcaciones, etc. Para ello sería indispensable, por ejemplo, medir los terrenos en cultivo y en barbecho, cuantificar la producción de cada especie vegetal, el tiempo de trabajo invertido, la disponibilidad de alimentos por cada consumidor y las presas capturadas por los cazadores en determinado lapso. Si la «práctica» se convirtiera en el eje de la investigación, los mitos y creencias mágicas adquirirían una nueva dimensión, pues no serían una rueda suelta en la relación del hombre con su medio ambiente, no serían un mero discurso esotérico, sino que estarían integradas al quehacer cotidiano de estos pueblos. Además las discusiones sobre la sostenibilidad de los modelos amerindios en territorios selváticos no se debe dar únicamente a partir del discurso que dichos pueblos tienen sobre su relación con los seres naturales, sino con base en un análisis minucioso de su economía.
Reiteramos la importancia de este texto para la comprensión de la cultura embera. La habilidad del autor para escribir los mitos hace que su lectura sea agradable, accesible e interesante para un público no especializado. Personas sensibles a la temática indígena, teólogos e incluso los mismos embera leerían con placer esta obra, que constituye un avance importante en los estudios sobre este grupo indígena del Pacífico.
Sandra Turbay
Barbarie y canibalismo en la retórica colonial: los indios Pijaos de fray Pedro Simón
ALVARO FÉLIX BOLAÑOS CEREC, BOGOTÁ, 1994
Esta obra se agrega a la escasa bibliografía colombiana sobre los cronistas de los si glos XVI, XVII y XVIII. Se trata de un libro crítico de la tercera parte de las Noticias Historiales de Simón, dedicada ante todo a la lucha de pacificación de los Pijao y ostenta el mérito de que se sale de la línea tradicional del encomio muchas veces exagerado, sin caer tampoco en el dicterio por mentiroso el autor, o por ser cómplice de las masácres de los conquistadores. De ninguna manera. Bolaños hace un es fuerzo por explicar los motivos que tuvo Pedro Simón para caracterizar a los Pijao y para presentarlos como dignos de exterminio. Así mismo, explora las atribuciones de antropófagos recaí das sobre ellos y otros grupos indígenas presentes a la llegada de los europeos en el siglo XVI.
Bolaños también muestra marcado interés en demostrar que muchos de los criterios hispanistas y por tanto antiindígenas originados por los discursos coloniales de los cronistas continúan vigentes en buena parte de historiógrafos recientes y que lamentablemente esa visión euro- centrista y etnocida es la que ha penetrado en la mayor parte de los colombianos. Cita como ejemplo de esto la matanza de los Cuiba ocurrida hace unas tres décadas donde uno de los crimina les adujo reiteradamente que a él le habían enseñado que matar indios no era delito ni pecado.
Bolaños no es historiador ni su trabajo es estrictamente de historiografía. Aunque sí maneja hechos y textos de tal naturaleza, su tarea primordial se relaciona -a mi modo de ver- con la creación textual en la colonia. Ve a Simón como agente del orden estatal imperialista y expansionista que alega la obligación que tiene de evitar el olvido para las generaciones del porvenir, de los hechos gloriosos de los conquistadores. Sin embargo, Bolaños coloca a Pedro Simón como representante de una tendencia nociva que tendía a desconocer al otro en beneficio del español, de la Corona y en últimas de Occidente.
Aunque el autor de la obra reseñada aquí, está lejos de ser perpetuador de la Leyenda Negra, comete lo que yo llamaría error de ingenuidad al esperar que en el siglo XVII un europeo, español o no, a excepción de unos cuantos frailes de la escuela de Las Casas y eso no del todo, pudieran renunciar a los valores de su tiempo. A través de la obra, en diversas ocasiones le censura a Simón el reproducir las valoraciones conceptuales peyorativas hacia los Pijao y el indio americano en general. De otro lado, propone que los juicios actuales contra los Pijao son «el perdurable legado de Simón» (p. 25), lo cual es por lo menos exagerado, pues de no haber sido este franciscano el cronista de la lucha contra los Pijao, cualquier otro es pañol que la hubiera relatado a comienzos del XVII, en calidad de cronista, habría transmitido una similar imagen. Simón no forjó la ideología, más bien fue producto de la misma como en otros lugares lo reconoce el autor.
En el mismo orden de ideas, tampoco puedo estar de acuerdo con el señalamiento hecho en el libro, se el cual los cargos administrativos ocupados por Fray Pedro fueron razón, casi única en el texto, para que este cronista desarrollara un gran desdén por el indio americano. Si así fuera, los soldados y capitanes españoles de la Conquista y los encomenderos por estar en contacto cercano con el nativo americano, habrían desplegado actitud de atención y preocupación por ese indígéna; y la historia nos ha mostrado que la tendencia no era siempre esa. Más bien al contrario. Luego la idea de los cargos administrativos, sostenida también por Friede en nada ayuda a entender la actitud etnocéntrica de Simón.
La reiterada crítica a la intolerancia y arrogancia eurocentristas de la época hace pensar que el autor supusiera que había otra alternativa posible formada socialmente y que quizá con propósitos poco edificantes los españoles la mantenían oculta. Bien sabido es que los loables ideales de Montesinos, Las Casas y otros frailes indigenistas no tuvieron el eco esperado por ellos ni se pueden considerar representativos de la sociedad española del siglo XVI. Por tanto, menos posible pedir a los cronistas y al franciscano Simón en particular que fuera relativista como cualquier antro pólogo de fines de estos noventa, que manejara críticamente el concepto alteridad y que obrara contrariamente a la herencia mitológica europea que el autor de la obra demuestra idoneamente que pesó sobre los relatos fantásticos de las crónicas. Entonces, la manida división entre lo bueno europeo y lo malo americano tenía toda la razón -debido a múltipies factores que el autor trata- para ser popular y exitosa. Sin embargo, Alvaro Félix Bolaños tiende a olvidar ese mismo peso que él ha documentado.
De todos modos, esta obra no cae en la tendencia continuadora de la Leyenda Negra. Ni siquiera lo pretende. Trata de ver cómo se formaron los juicios antipijao y antiindígenas en general para explicarse el proceso creativo de una crónica específica. Dentro de esa explicación repite muchas veces que .el resultado fue la dicotomía formulada entre lo español y lo indígena, atribuyendo valores positivos a lo primero y negativos a lo segundo. Y ese resultado lo critica no a la luz de valores formados en la época de la escritura, sino desarrollados mucho más tarde, es decir, extemporáneos.
En ese mismo sentido, la anterior acotación puede hacérsele a Juan Friede, cuyos juicios sobre la obra de fray Pedro son anteriores a los de Bolaños y van en la misma dirección.
Aparte de esto, el autor reseñado aquí hace un minucioso análisis de las menciones de antropofagia contenidas en crónicas y en versiones de informantes comprometidos en la lucha contra los Pijao y pone de presente lo difícil que es hallar testimonios directos de constancia ocular sobre dicha práctica. Abundan las referencias a haber oído, a que es conocido, e inferencias en general. Ese manejo de la información resulta meritorio en la obra pues además del examen riguroso de los textos no opta por caminos radicales negando el canibalismo, al estilo de Arens, de manera rotunda, sino que con serenidad metodológica expone las debilidades de los juicios de fray Pedro que los convierten en exageraciones y generalizaciones no muy fundamentadas. En este aspecto del canibalismo el autor también destaca la condición nefasta que las crónicas en general atribuyen a los Pijao y otros grupos, dentro de la cual no sólo ocurre esa costumbre, sino además la sodomía, el asesinato y una muy notable caracterización de afeminamiento que resulta importante para ser contrastada con la hombría y valentía de los soldados de España. Esos son aspectos brillantes del trabajo de Bolaños, indudablemente.
El estudio del canibalismo es de por sí bastante complejo. Sería muy interesante poder tener en cuenta la perspectiva arqueológica al respecto, pues el libro la ignora por completo. Si es escasa, al menos hacerlo constar sería conveniente para ilustrar que esta fuente científica también puede aportar argumentos importantes en la descripción y explicación de tal institución.
Así mismo, valdría la pena ahondar en la distinción entre el canibalismo (si existió) cometido entre indígenas antes de la llegada de los españoles y el dirigido a éstos a partir del siglo XVI, pues este análisis puede develar muchos conceptos culturales ilustrativos de la cosmovisión de los Pijao.
El libro de Alvaro Bolaños contribuye a en tender bastante de la ideología española presente en la Conquista. Así es como presenta el ideal caballeresco con sus atributos inherentes de nobleza, honor y valentía, característico de militares como Miguel Bocanegra, quien preliminarmente emprende campañas contra los Pijao. Luego tal ideal queda relegada a un segundo plano en el caso de Juan de Borja quien enarbola el estandarte de la causa justa con respaldo oficial de la Corona. Ya no hay contemplaciones ni reconocimientos a los enemigos, como en el primer caso. Cualquier recurso es admitido y las crueldades, como el empleo de perros carniceros, son privilegiadas como acciones. El ideal caballeresco incluso llega a proyectarse en la obra de Simón a adalides Pijao como Calarcá quien es reputado de valiente asombroso en la lucha.
Vale la pena detenerse un poco antes de terminar en una hipótesis de trabajo que el libro insinúa pero no desarrolla. El uso de perros carniceros pudo forjar en los Pijao la imagen del español caníbal y contribuir en alguna medida a ideaciones que estimularan esta práctica contra los invasores.
Hay dos pequeñas cosas que valdría la pena aclarar en últimas: Una se refiere a que el no matar es el quinto y no sexto mandamiento, como anota el autor. La otra es que los Pijao y los indígenas en general no pueden considerarse mayoría étnica, sino al contrario, minoría, pues lo que prima en la determinación de tal concepto no es la cantidad de personas sino la inferioridad en el acceso al poder.
Podríamos concluir que esta obra de Alvaro F. Bolaños abre caminos muy interesantes para el análisis de las crónicas de los siglos XVI y XVII y para entender más a profundidad las relaciones interétnicas de la Conquista, especialmente desde la perspectiva de los dominadores, lo cual casi no se ha estudiado.
Jorge Morales
