Persistencia de prácticas indígenas durante la colonia en el altiplano cundiboyacense *

MONIKA THERRIEN

 

Dibujo del mestizo peruano Wamán Poma de Ayala, imaginando antes de 1615 la «Ciudad de Nuevo Reino; Santa Fe de Bogotá; ciudad, tiene gobernador».

Abstract: Archeology is a valid source of information for historie periods for whieh written information is available. This article explains, from the field of Archeology, the transformations occurred among lndian communities of the central plateaus of Colombia during the European conquest and the colonial periodo. Two basic approaches are used: the Spanish settlement pattern and the model of center-periphery relationships derived from such pattern.

La historia del altiplano cundiboyacense muestra en su reconstrucción una ruptura en las fuentes de información aportada por las diferentes disciplinas, como la arqueología, la etnohistoria y la historia social. Parece estar implícito que esta ruptura se origina con la introducción de la escritura: la arqueología orienta sus investigaciones hacia el pasado prehispánico carente de escritura, la etnohistoria somete los objetos arqueológicos a los hechos escritos y la historia social parte de los documentos de la conquista, colonia y república.

El aporte de la arqueología para el período colonial no se ha medido. En algunos estudios se recalca que el impacto de la conquista española sobre la población nativa fue dramático e inmediato y que la cerámica, considerada por muchos arqueólogos como material diagnóstico por excelencia para la identificación de grupos o áreas culturales y períodos cronológicos, se transformó radicalmente como respuesta a estos cambios (Cardale, 1989: 57). Este factor hizo denominar al nuevo material cerámico como «moderno» y se interpretó, a partir de una tipología tentativa propuesta (Broadbent, 1986), que tipos como el «Chocontá vidriado» o el «Ráquira desgrasante arrastrado» reflejaban un proceso de homogenización del material cultural y por ende de la cultura misma posterior a la conquista.

Esto probablemente ha llevado a los historiadores a no tomar en cuenta a la arqueología como fuente de información (Colmenares, 1989: 217) o, a determinar que la arqueología es una disciplina que justifica su existencia buscando los orígenes de las pautas culturales actuales en el pasado prehispánico (Ueras, 1985, 1989). Incluso se ha considerado a la arqueología como interesada en una reconstrucción estática del pasado para proponer volver a él (Melo, 1989: 233).

Sin embargo, las problemáticas y las técnicas de apoyo para responderlas que maneja en la actualidad la arqueología, sin importar el período investigado, permiten conocer otros aspectos de la vida cotidiana de los distintos grupos étnicos, difícilmente rescatables a través de los documentos escritos. Con análisis como la palinología, macrorrestos, zooarqueología o antropología física, se puede saber sobre aspectos relacionados con el manejo del medio ambiente, la dieta, las enfermedades o la demografía. Más aún, la arqueología colonial cuenta con otro espectro de información provisto por la etnografía, la cultura popular, la historia oral y la observación de sociedades contemporáneas (Schuyler, 1978; South,1977: 5), como soporte para la interpretación de la información.

No se trata, por tanto, de buscar lo «estático» dentro de las comunidades indígenas del altiplano durante la colonia; con esta información se puede complementar lo que quedó consignado en las visitas, bastante periódicas, de los españoles a los pueblos de indios. La historia colonial del altiplano cuenta con la arqueología como otra fuente de información, como se propone para los estudios históricos en general:

«En las actitudes colectivas, ante la familia, la vida, el amor, la muerte, los historiadores actuales tenderán a buscar los rasgos que antes se evocaban de las fuentes literarias, a partir de las baterías de <indicadores> nuevos, fuentes escritas masivas y anónimas tales como testamentos, o de fuentes iconográficas y arqueológicas... Aunque no cedan al empuje de lo cuantitativo o de lo serial, los investigadores de hoy parecen apartarse del apoyo del testimonio literario, que tal vez se ha vuelto muy cómodo en apariencia.» (Volvelle, 1985: 39).

La base de los estudios arqueológicos depende en este caso de la caracterización del material cultural, es decir, de la identificación de los procesos de formación que llevaron a constituir la evidencia observable. Para ello se plantean alternativas que expliquen la modificación, circulación, almacenamiento, deposición o preservación de los artefactos, rasgos y estructuras arqueológicos (Schiffer, 1977: 13). Con la explicación de esos procesos de formación se dan a conocer las actividades que giraron en torno a ellos y se reconstruyen los patrones culturales característicos de cada período, ocupación o grupo social.

La búsqueda de la persistencia de prácticas indígenas, no hace referencia a posibles manifestaciones culturales que han permanecido «intactas» durante la colonia. Por el contrario, con la conquista se crean nuevos contextos y dentro de ellos, los materiales culturales cambian su significado al igual que los atributos en las formas y las funciones, hasta llegar en ocasiones a ser reemplazadas totalmente. Los significados pueden modificarse de acuerdo a las variaciones presentes en los ámbitos a los cuales están asociados, ya sea al religioso, económico, político, etc.

Como marco para explicar las transformaciones dentro de las comunidades indígenas del altiplano, se proponen dos aproximaciones: el modelo de poblamiento español y las relaciones centro-periferia que surgen de ese modelo urbano. Ambas aproximaciones son tomadas de estudios históricos: el de poblamiento se basa principalmente en la propuesta presentada por Colmenares (1989), el de centro-periferia se extrae de la obra general de Wallerstein (1976).

Los núcleos urbanos crean una jerarquización en el poblamiento y la formación de ellos sirve de base para establecer etapas dentro del período colonial (Colmenares, 1989: 215). El poblamiento del altiplano se puede sintetizar de la siguiente manera: fundación de ciudades como Tunja o Santafé en 1536-1537 y de villas, como la de Leiva, en 1572. Estas se caracterizan por un patrón de cuadrículas con una plaza central alrededor de la cual se encuentra la iglesia principal, la casa cural, las casas destinadas a funciones públicas y las de personajes como fundadores y conquistadores. En torno a ella se distribuyen los solares para los demás españoles que participaron en el proceso de conquista y los caciques principales de la zona.

Simultáneamente con la fundación de las villas, se forman los aposentos de los encomenderos, para luego dar paso a las haciendas, instauradas a partir de 1590. Los aposentos y haciendas, están situados en territorios alejados de los centros urbanos españoles, cerca a los indígenas para así obtener de ellos la mano de obra indígena.

El proceso de asentamiento de los indígenas se da paralelo a estas fundaciones españolas (Colmenares, 1989; Villamarín, 1979). En la etapa inicial, al tiempo con la fundación de ciudades, predominan las poblaciones indígenas no-nucleadas, en términos del modelo español antes descrito. Posteriormente, la cercanía de los aposentos a los indígenas, al igual que el patrón de poblamiento «disperso» que caracteriza a sus asentamientos, el cual no se ajusta a las necesidades de los españoles de recaudar tributos, adoctrinar y vigilar, llevan a la corona a ordenar la creación de pueblos de indios.

Estos pueblos comienzan a fundarse a fines del siglo XVI e imitan las características de las ciudades y villas españolas; de esta manera la imposición de las estructuras políticas, sociales, religiosas y económicas se hacen evidentes en el seno de las comunidades indígenas (Fals Borda, 1979: 56-57).

Para regular el acceso a las tierras, motivo de severos conflictos entre españoles e indígenas, se otorgan poco después de la creación de los pueblos de indios, los resguardos o tierras de labor. Considerada como una medida protectora, los resultados de estas restricciones se tradujeron en la liberación de más tierras para los españoles (Villamarín, 1979: 51).

Posteriormente al establecimiento de núcleos urbanos españoles o indígenas, ya consolidados a mediados del siglo XVII, no ocurren cambios en los modelos urbanos implantados. Sin embargo, a lo largo de la colonia se presentarán flujos de poblaciones de los centros españoles hacia el área rural y los pueblos de indios, como de estos pueblos hacia las ciudades españolas. Es posible que en el futuro se pueda discernir cuándo ocurrieron los mayores movimientos y en qué dirección, para poder identificar otras etapas de poblamiento distintas a las fundacionales dentro del período colonial.

Arqueológicamente, los datos que hacen referencia a la incidencia de estos modelos de poblamiento son escasos. Una manera posible de medir su impacto en las prácticas indígenas es a través de la transformación gradual de los ritos mortuorios de las poblaciones nativas. Es cada vez más frecuente encontrar en las investigaciones arqueológicas reportes de tumbas indígenas con las características de los entierros prehispánicos en sitios como Tenza (Ueras, 1989), Ubalá (Botiva, 1984) y Samacá (Boada, Therrien y Mora, 1989), cuya cronología o ajuar funerario permiten asociados al período inicial colonial, caracterizado por los asentamientos indígenas no-nucleados en donde no ha sido implantado el modelo urbano español.

Al no estar aún presentes las estructuras españolas, como la iglesia y la obligación de enterrar dentro de ella a los muertos, la frecuencia de este tipo de enterramientos indígenas será mayor en esta etapa, que en el resto del período colonial. Sin embargo, se reportan prácticas tardías de momificación en zonas alejadas de las ciudades españolas, en Pisba y Chiscas; la cronología de una de ellas la sitúa bien entrada la colonia (Cárdenas, 1989). La distancia de los núcleos de población con su ubicación eminentemente periférica, tal vez determinan y posibilitan la presencia de practicas mortuorias como estas.

Otro aspecto en el cual la arqueología puede aportar acerca del cambio en las comunidades nativas es en su relación con el entorno. Al imponerse el modelo de nucleación en los pueblos de indios (siglo XVII) se observa, a nivel comparativo entre asentamientos prehispánicos y los de períodos posteriores, el cambio en la escogencia de las tierras, como se anota en una prospección realizada a lo largo del río Sutamarchán (Boada, 1991: 60). En ella se pone de manifiesto que el patrón de asentamiento no corresponde al indígena sino al impuesto por los españoles; en los territorios asignados, los suelos son menos fértiles, ácidos, menos planos y con zonas agrícolas de bajo rendimiento. Esto entre otras, afecta el tamaño de las poblaciones, las relaciones de las unidades domésticas e incluso genera migraciones.

En uno de los sitios reseñados por esta prospección, dentro de lo que correspondía al resguardo colonial de Ráquira, se efectuaron excavaciones que permitieron determinar la presencia de áreas de habitación y producción alejadas del pueblo de indios pero dentro de los límites del resguardo (Therrien, 1991). Algunos estudios han interpretado esta contravención del modelo nucleado español como la persistencia de las prácticas de poblamiento prevalentes entre los indígenas antes de la conquista (Fals Borda, 1979; Villamarín, 1979).

Sin embargo, en los procesos de formación del registro arqueológico que muestran un patrón de asentamiento disperso dentro del resguardo, se encuentran explicaciones distintas: la conveniencia de la dispersión en un territorio que topográficamente no brinda grandes extensiones de tierras explotables agrícolamente, cercanas al pueblo. Se facilita el desarrollo de actividades alternas como la producción cerámica y, de esta manera, se complementan las labores agrícolas para las cuales no se requiere de cuidados constantes (Therrien, 1991: 121). Al estar localizados en sitios alejados del pueblo, se impide la apropiación de las tierras por parte de los hacendados o colonos y se evita el paso del ganado, frecuente destructor de los cultivos indígenas (Villamarín, 1979: 80).

Otro marco explicativo de los procesos de formación observados en el registro arqueológico, es el de la relación centro-periferia, generada a partir del modelo de poblamiento español. Hay que aclarar que el modelo propuesto por Wallerstein (1976: 7) es aplicado a escala mundial; aquí se plantea su impacto a escala local. Para medirlo se han establecido dos niveles: el primero se deriva de la relación entre ciudades y villas españolas con los pueblos de indios. El segundo nivel es a partir de la relación pueblo indio y vivienda dispersa dentro del resguardo del mismo pueblo.

Este esquema permite comparar patrones de comportamiento frente a la producción, la circulación y acceso a materiales y conocimiento entre y dentro de las áreas urbanas funcionales:

«En el modelo, el centro económico, o núcleo, contiene localidades usualmente mas ricas y mas desarrolladas que aquellas de la periferia... Las restricciones al desarrollo económico son impuestas a los grupos por virtud de encontrarse en áreas periféricas. Por lo tanto el dominio económico del núcleo promueve y retuerza la distancia del poder y la riqueza de los grupos periféricos.. En general, la densidad, variedad y acceso al material cultural es mayor en las áreas centrales, donde existen centros politicoeconómicos de actividad más intensa». (Cressey et aL, 1982: 144).

Como se ha mostrado antes, las diferentes etapas de poblamiento han dado como resultado un cambio gradual, que es posible poner de manifiesto en los contextos culturales arqueológicos. En la formación de núcleos de población, en especial españoles, se esperaría la introducción de materiales foráneos, los cuales permitirían identificar los sitios arqueológicos coloniales. Sin embargo, aún en las ciudades españolas costeras con fácil acceso al material importado, la proporción de este material con respecto al nativo es siempre mucho menor (Deagan, 1983).
 

Para el altiplano cundiboyacense se plantea una muy reducida presencia de material foráneo y las posibilidades de hallado se van reduciendo entre una ciudad española y un pueblo de indios. Hasta ahora no se han efectuado sondeos en los centros urbanos españoles; sin embargo, en un reconocimiento realizado en Gachantivá Viejo, pueblo de indios abandonado hacia 1850, la proporción de material como mayólica, vidrio, hierro, era mínima (Therrien, s.f.). En su lugar la cantidad de vasijas en barro y aún la cerámica vidriada de manufactura local era mayor. De igual manera, en otras prospecciones de viviendas dispersas en Sáchica, Sutamarchán y Ráquira el material predominante es de manufactura local (Boada, Therrien y Mora, 1989; Therrien, 1991).

La introducción de material foráneo hacia el altiplano era costosa y por lo tanto poco accesible a toda la población. Poseer este material se constituye, por tanto, en símbolo de estatus, poder y diferenciación entre los diferentes grupos étnicos. La manera de introducir a los caciques indígenas hacia los cambios impuestos por los españoles, para utilizados como instrumento de dominación del resto de la población, se hacía otorgándoles privilegios reservados sólo a los españoles, tales como el vestuario o el mobiliario, el título de Don o Doña, ubicación privilegiada en el pueblo y sitio especial en la iglesia -tanto en vida como al morir- (Villamarín, 1972: 277). Arqueológicamente es posible que se puedan identificar otras diferencias observables en los rasgos, estructuras y artefactos, susceptibles de ser hallados de manera sectorizada en los núcleos de los pueblos indios.

Pero igualmente en la periferia de los resguardos es posible encontrar evidencias. En un taller de producción de vasijas cerámicas en la periferia del resguardo colonial de Ráquira, se ha puesto de manifiesto otro tipo de efectos de la relación centro-periferia. De una parte, la producción de múcuras con motivos antropomorfos, copas con culebras y ollascuenco, bien entrada la colonia, muestra la persistencia, en el sentido dado aquí, de ciertas prácticas rituales en las cuales se utilizan estas vasijas. El auge durante este período de las chicherías (Rojas ,1991; Villamarín, 1972), las romerías y procesiones (Adarve, 1986), la celebración de algunas fiestas como bautizos o matrimonios (López y Casilimas, 1982), son los nuevos contextos que permiten el uso de estas vasijas con formas y diseños similares a las prehispánicas. Todo esto reforzaría lo propuesto por Fals Borda (1979) en el sentido que el poblamiento disperso permitió esta persistencia de prácticas indígenas.

De otra parte, la localización periférica de este taller, muestra la dificultad al acceso de nuevas tecnologías de producción, en este caso de cerámica que imite la loza española, esto se ve reforzado con los estudios etnográficos. Al establecer un estudio comparativo entre la producción de cerámica colonial de Ráquira y la que se producía en las veredas de este mismo pueblo y el de Sutamarchán hace 20 años, se observa que por lo menos durante dos siglos las técnicas de producción no habían variado notablemente (Falchetti, 1975; Mora de Jaramillo, 1974; Therrien, 1991). Desde el punto de vista etnográfico, una de las explicaciones más comunes la aporta una ceramista de Ráquira, quien considera que la lejanía es el factor principal: «Don Pablo Rodríguez vino a enseñar a hacer moldes. Pero como yo vivía en el campo no aprendí nada con él» (Mora de Jaramillo, 1974: 32).

Con la entrada de los españoles se introdujeron o incrementaron ciertas necesidades y con ellas nuevas técnicas. El acceso ala nueva tecnología o la adecuación de las existentes no estaba a la disposición de todos y la accesibilidad va disminuyendo hacia la periferia. Es el caso de la cerámica vidriada, que requiere de técnicas especiales y de hornos que proporcionen altas temperaturas. En el caso del taller cerámico de Ráquira es evidente que este tipo de técnicas no fueron de fácil acceso.

Consideraciones finales

Se propone considerar el modelo de poblamiento español con sus respectivas etapas y las relaciones centro-periferia que de él surgen como marcos explicativos para futuras investigaciones arqueológicas coloniales. Mediante ellos, se hace posible reconstruir los procesos de formación de las evidencias y caracterizar los patrones culturales presentes, durante las diferentes etapas de la colonia y entre los distintos grupos étnicos.

El proceso de transformación en las comunidades indígenas del altiplano durante la colonia está ligado a este modelo de poblamiento. En el centro se realizan actividades económicas y sociales y en él se encuentran instaladas las diferentes fuerzas políticas y religiosas, lo que conlleva una variedad de manifestaciones culturales posibles de interpretar a partir de las evidencias del material arqueológico.

Los cambios en la periferia serán más lentos. En ella, los procesos culturales son en su mayor parte reflejo de un comportamiento asociado al centro. Poco a poco se han recogido evidencias que muestran los diferentes ritmos en los cuales se dio el cambio al interior de los pueblos de indios: en las prácticas mortuorias como la momificación, presente incluso hasta el siglo XVIII; el patrón de habitación nucleado vs el disperso; las fiestas y celebraciones, como mecanismos de permanencias en las formas y diseños de vasijas, o la menor variabilidad en el material cerámico, con predominio de material de manufactura local y una menor proporción de artefactos foráneos de loza, vidrio, plata, hierro, etc.

En los diferentes núcleos de población la presencia de material foráneo, al igual que su contexto, pueden considerarse como indicadores de estatus, poder y prestigio. Según su distribución se podrán inferir aspectos como el comercio y las relaciones de poder. La jerarquización de los diversos asentamientos se podrá evidenciar a través de materiales como estos. En estos casos, factores como el tamaño de los asentamientos son relativos si tenemos en cuenta que núcleos como los aposentos o haciendas -la casa y área circundante-, pueden contener una mayor proporción de material foráneo que un pueblo de indios entero.

Como se afirmó en un principio, la arqueología de la colonia está por hacerse y con ella vale la pena responder las múltiples preguntas que surgen: ¿Cuáles son los indicadores que permitirán identificar a los mestizos y blancos pobres que poco a poco se introducen en los pueblos de indios e inferir nuevos patrones de poblamiento? ¿Predominará la cultura material indígena en los aposentos de los encomenderos y en las haciendas, así como se deduce su presencia de acuerdo a los documentos escritos? ¿Se identificará la ocupación semi-periférica de los barrios indígenas en las ciudades españolas? ¿Qué impacto tuvieron las iglesias en los pueblos de indios como nuevos centros de culto funerario? Estas y otras preguntas más podría formularse para rescatar el no registro escrito de eventos cotidianos de esta naturaleza, y con ello desembocar en imágenes mucho mas ricas y densas de sociedades y grupos sociales (Colmenares, 1989: 213).

 

*
Ponencia presentada al Simposio «Los chibchas de los Andes Orientales», organizado por el Museo del Oro en el VI Congreso de Antropología en Colombia (Universidad de los Andes, Bogotá, junio de 1992).
Han transcurrido varios años desde que se presentaran estas inquietudes y propuestas para un estudio arqueológico de la colonia en el altiplano. No se pretendía plantear un tratado teóricometodológico para llevado a cabo, por el contrario, y aún me sostengo en esa posición, hay que plantear problemáticas de investigacíón que amplíen nuestro conocimiento histórico y tengan a la arqueología como uno de sus actores princípales para responderlas.
Comentarios (0) | Comente | Comparta c