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El concepto de limosna implicaba que sólo el cura era el responsable de las mismas, las podía gastar o distribuir con relativa independencia; no necesitaba que condujesen excedentes para la comunidad. Es decir, la limosna no obligaba más allá de prestar un servicio que tenía una tarifa fija: misas cantadas: $3.oo, rezadas $1.00, etc.
El mismo sentido tenían las limosnas fijas de los alféreces quienes ayudaban a costear la fiesta religiosa anual de determinado santo. Sus incentivos eran recibir los beneficios espirituales más directamente que el resto de la comunidad, dentro de la lógica que supone cualquier rito religioso, y tener un puesto de importancia en la procesión, al lado de los indios principales y del cura; esto les daba un relativo prestigio pero mucho mayor dentro de la población de «vecinos» que de «indígenas» que como ya se explicó, tenían otra racionalidad económica para realizar estos actos. No en vano como se mencionó en un aparte anterior, los alféreces de quienes se les encontró alguna referencia dentro de los documentos de archivo, eran clasificados como «blancos» o «vecinos».
El cura doctrinero era el puente entre dos concepciones de religiosidad: para el blanco, el intermediario entre Dios y los hombres; para el indígena, era el «hacedor de ritos» y el mediador entre el blanco y el indio; entre otras cosas, porque al aceptar al indígena en el ritual cristiano se le legitimaba como hombre ante la sociedad colonial. Esta posición mediadora fue inteligentemente manejada por los doctrineros, quienes a partir de su investidura lograron amasar fortunas, no siempre modestas.
El sistema de organización económica utilizado por las cofradías, le aseguraba al cura doctrinero sus honorarios por misas, sermones, procesiones, etc., sin que estuviese supeditado a las erogaciones por parte de sus miembros y al difícil cobro de limosnas. La mayoría de los actos culturales de las asociaciones no legalizadas (hermandades y devociones) estaban supeditados a lo que se recogiera en la comercialización de la lana como voluntad expresa de sus fundadores y primeros donantes.
El trabajo de esquilar las ovejas se efectuaba cada seis meses, para la fiesta de San Juan (junio) y en Navidad, fechas cuando el fisco exigía los tributos a los indígenas. Así mismo era costumbre pagar estas demoras en mantas, lo cual implicaba que los indios debían tener sus propias manadas y/o que ellos eran los principales compradores de la lana que se producía en las cofradías para cumplir con su obligación tributaria, hecho que garantizaba la comercialización del producto. Al cura por lo general se le pagaba en dinero.
Así mismo, los doctrineros podían realizar esta labor de fiscalización semestral sin necesidad de ningún intermediario por cuanto respondía a sus propios derechos auspiciados por las mismas jerarquías civiles eclesiásticas.
Por lo general en el caso de las cofradías legítimamente
constituidas, las tres de obligación, sus miembros si tenían la
obligación de pagar limosnas según las cifras estipuladas y se les
exigía de manera reiterada, entre otras cosas porque sufrían el
control directo de los visitadores eclesiásticos. Entre estas
cofradías y las demás asociaciones de creación voluntaria, los
curas consiguieron aumentar de manera considerable sus
estipendios.

