Tanto el sol de Quito como su cuasigemelo, el sol de Guayaquil, tienen un rostro rectangular rodeado de rayos. En el sol de Quito los rayos rematan en una cabeza de serpiente con una cabeza trofeo en la boca (figura 2a). Aunque es posible que la cabeza rodeada de rayos tenga el mismo origen que el animal crestado -es decir, la cultura Recuay, sucesora de la cultura Chavín en la región de la Callejón de Huaylas -, es más probable que su procedencia sea un poco diferente. Las cabezas radiadas de Recuay son diferentes y, aunque son conocidas como redondas y rectangulares, por lo general tienen un reducido número de rayos y estos rayos son semejantes a las crestas de los animales crestados (figura 11). Por lo mismo, no parece que sean el origen de los rostros de los soles ecuatorianos.

Figura 11.  El motivo de una cara radiada de un vaso Recuay

 

Figura 12. Un Kero del estilo Huari encontrado en el sitio A de Moche por Max Uhle.  Museo Antropológico "Phoebe Apperson Hearst" Universidad de California, Berkeley, N° 4-2530

El rostro rectangular es más típico de las representaciones de los dioses en las culturas Huari y Tiahuanaco. Los rayos de los rostros peruanos y bolivianos, ya se trate de una cabeza sola o de la cabeza de una figura humana completa (hombre o mujer), son más elaborados, y los diferentes rayos tienen adornos terminales distintos, quizá relacionados con la función ideológica de la figura sobrenatural que adornan.

Aunque los rayos de ambas figuras masculinas, la de Tiahuanaco y la de Huari, no son idénticos', son rayos serpentiformes en la cabeza al igual que en los soles ecuatorianos. El rostro rectangular con sus rayos tiene con frecuencia pequeños colmillos, como los del sol de Quito, aunque el ojo dividido característico de Huari no se ve en ninguno de los soles del norte. En los soles ecuatorianos la disposición de los rayos en grupos es también diferente de la del propio Huari y Tiahuanaco, pero se ve en algunas vasijas del estilo Huari - Pachacamac (figura l2). Estas vasijas se han encontrado con alguna frecuencia en el norte del Perú; también vale la pena recordar que el importante oráculo de Pachacamac tenía una filial en el norte del Perú, probablemente en el valle de Jequetepeque (Pacatanamú). Sin embargo, partiendo del rostro, de los rayos y de otros detalles iconográficos de los soles ecuatorianos, es evidente que en cuanto al estilo éstos son más Huari - Tiahuanaco que los similares de Nazca y aún de Moche.

La sierra sur del Ecuador

Aunque ha habido alguna investigación de los sitios de los periodos Formativo e Incaico en la sierra sur, el estudio arqueológico del Periodo de Desarrollo Regional y de Integración prácticamente no existe. El interés de la comunidad no arqueológica por estos sitios ha sido, sin embargo, intensa. El robo de tumbas en el sur comenzó con los españoles (Salomon, 1987) y llegó a su grado más alto en la segunda mitad del siglo XIX, como lo ha documentado Salazar en su brillante revisión de los mitos y fábulas de la prehistoria ecuatoriana (1995 : 146-163). Prácticamente todos los artefactos recobrados de este saqueo frieron destruidos (los más de ellos fundidos y reducidos a lingotes) o perdidos, aunque un buen número de piezas llegaron a los Estados Unidos o a Europa.

Una región y una serie de sitios tienen que ver con el origen de los adornos del sol. En el mejor de los casos, se han podido reconstruir informaciones y anécdotas y se han descubierto una serie de tumbas de pozo y cámara en la región de Cuenca a partir de los años 50 del siglo pasado. La búsqueda de estas tumbas continuó hasta, al menos, la mitad del siglo XX (Huezy 1870; González Suárez, 1890- 1903; Verneau y Rivet, 1912, 1922; Saville, 1924). Las mayoría de estas tumbas se hallaban situadas en la zona relativamente reducida de Chordeleg y Sigsig, aunque también se ha hablado de unas pocas al norte hasta Cojitambo y Azogues y al este hasta Paute. Las tumbas variaban considerablemente en cuanto a la profundidad y la forma, como también en cuanto al número de esqueletos que contenían. Faltan buenas descripciones de la mayoría, pero de una cercana a Sigsig se ha reportado que tenia más de un metro de profundidad. Contenía un solo cuerpo, tendido en el piso de la tumba con la cabeza hacia la entrada de la cámara. El esqueleto estaba cubierto de placas de oro y plata, cosidas al parecer al vestido, que tenía una orla de pequeños tubos de oro (Saville, 1924: 10). Tales vestiduras eran, por supuesto, comunes en los entierros de la nobleza Moche y Chimú, pero también se han encontrado tejidos con la misma decoración en las profundas tumbas de tubo de La Florida, en el volcán de Pichincha (Doyon-Bernard, 1993- 1994) y en algunos entierros de urna de la costa (cf.. Meggers, 1966; Plate, 152). Muchas de estas tumbas contenían considerables riquezas en metal. Se dice que una de las tumbas de Sigsig dio 22 kilos de oro (cuando los objetos frieron fundidos); de otra, en la cercana parroquia de Urcur, se asegura que dio la sorprendente cantidad de 200 kilos del precioso metal. Las ofrendas funerarias corresponden allí a las de las tumbas de la nobleza del norte del Perú, tales como las reportadas por Pederson y Shimada en Lambayeque y por Alva Alva y Donnan en Sipán (Pederson, 1976; Matsuda y Shimada, 1994; Alva Alva y Donnan, 1993).

La más famosa de estas tumbas fue la de Patecte, en los confines de Chordeleg. Contenía un solo cuerpo que estaba de espaldas y tenía un peculiar tocado cónico de oro. Al lado del cuerpo había un cántaro grande y en la cámara se hallaban varios objetos de madera y de metal. Según el inventario publicado por Huezy en 1870, tan sólo entre los objetos que llegaron a Francia se incluían 2 lingotes de oro, 9 grandes platos esféricos de oro, más de 5 hachas trabajadas en oro, 2 pequeños platos ovalados con bordes de cuentas de lo mismo y un gran número de placas de oro repujadas, quizá pecheros o pectorales. También de esta tumba salió un modelo de madera muy parecido a la "mesa de juego" peruana y una placa grande de oro, con incrustaciones de piedras verdes y conchas blancas, montada en madera, que mostraba la figura de un ángel corriendo. Esta última, lastimosamente, fue también fundida. Las destrucción de la placa es penosa ya que un dibujo -lo único que sobrevive de ella- muestra una clara evidencia de los contactos con la cultura Huari. Las figuras de ángeles con cabezas humanas, de pájaros o de mamíferos, por lo común representados de perfil y corriendo, son distintivas de la iconografía de la cultura Huari. Estos ángeles Huari, revividos de las figuras guardianas de Chavín, parecen ser igualmente los guardianes o compañeros de la deidad principal: un hombre representado de frente, con rostro cuadrado o rectangular, rodeado de rayos que terminan en cabezas. Cómo sobrevivió esta deidad y cómo revivió en las culturas Tiahuanaco y Huari, no se sabe, debido a la falta de excavaciones en sitios pertinentes, pero fue un hecho que sobrevivieron el dios y sus ángeles-compañeros. Esta deidad es la que aparece en el Ecuador en forma de la máscara de oro del Museo del Banco Central y en la máscara de Estrada, actualmente en Guayaquil.

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