Jorge Isaacs (1837-1895)

Por: Rodríguez Morales, Ricardo

 

      



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  En un escrito de 1937, Jorge Luis Borges objeta la opinión extendida de que «ya nadie puede tolerar la María de Jorge Isaacs; «ya nadie es tan romántico, tan ingenuo». En su vindicación arguye -Borges haber leído «sin dolor» las trescientas setenta páginas que la integran, aligeradas por grabados al zinc. «Ayer, dice, el día 24 de abril de 1937, de dos y cuarto de la tarde a nueve menos diez de la noche, la novela Mafia era muy legible». A los escépticos Borges los invita a probar que él no ha agotado esa virtud de la novela. En cuanto a su autor, Borges se propone demostrar que «Jorge Isaacs no era más romántico que nosotros», afirmando en su estilo peculiar: «No en vano lo sabemos criollo y judio, hijo de dos sangres incrédulas» y, como lo señalan las páginas de cierta enciclopedia, «fue un servidor laborioso de su país», es decir, agrega Borges, «un político; es decir, un desengañado... un hombre, en suma, que no se lleva mal con la realidad. Su obra -he aquí lo capital- confirma este fallo». (Jorge Luis Borges, «Vindicación de la María de Jorge Isaacs », revista El Hogar, Buenos Aires, 1937. Reproducido en ECO, Bogotá, mayo de 1980). Las siguientes líneas quieren ampliar este aserto.

  Jorge Ricardo Isaacs nació en Cali el 1° de abril de 1837, hijo del ciudadano inglés de ascendencia judía George Henry Isaacs Adolfus y de la colombiana Manuela Ferrer Scarpetta, hija de un militar catalán. El padre de Jorge Isaacs había llegado a Colombia en 1822 proveniente de Jamaica, con el propósito de explotar yacimientos de oro en el Chocó. En 1827 se establece como comerciante en Quibdó y el año siguiente se convierte al catolicismo para desposarse. Obtiene del Libertador la carta de naturaleza colombiana en 1829. Como un hombre bastante rico lo encontramos radicado en Cali hacia 1833, donde se vincula a la vida política de la región. De 1840 es la adquisición de dos enormes haciendas azucareras en las cercanías de Palmira, La Manuelita, llamada así en honor de su esposa, y La Santa Rita. En 1854 compra la hacienda El Paraíso, en las vecindades de Buga, ámbito en el que se desenvuelve la novela que le diera fama a Jorge Isaacs y donde pasa su adolescencia.

  Isaacs asistió al colegio primero en Cali y luego en Popayán en la escuela del maestro Manuel Luna. En 1848, de once años, es enviado a Bogotá para estudiar en el Colegio del Espíritu Santo, regentado por el notable pedagogo Lorenzo María Lleras. Según una carta autobiográfica, Isaacs también estudió en los colegios de San Bartolomé y de San Buenaventura, sin haberse graduado, al parecer, a su regreso a Cali en 1853. Su deseo era seguir estudios de medicina. Su familia había planeado enviarlo a Londres, como sucede con el Efraín de María, pero las circunstancias económicas no hicieron posible la realización de este proyecto.

  A los 17 años se enrola en el ejército del coronel Manuel Tejada, defensor del gobierno contra el golpe del general José María Meló. Es alférez y toma parte en algunas batallas. La rebelión duró siete meses, al cabo de los cuales Isaacs intentó sin éxito montar un negocio en Cali. Al igual que su padre, se casa a los 19 años con Felisa González Umaña, en 1856. En 1860 vuelve al campo de batalla, esta vez a combatir infructuosamente contra la revolución comandada por Tomás Cipriano de Mosquera. Este servicio militar lo presta en Antioquia, donde conoce al poeta Gregorio Gutiérrez González. Es la época en que comienza a escribir poesía. Muchos de sus poemas, incluido el aplaudido «Río Moro», fueron escritos durante sus campañas militares.

 

   
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«Casa de El Peñón donde Isaacs escribió La María». Fotografía ca. 1940.


   
 

   Regresó al Cauca en 1861 con motivo de la muerte de su padre, por cuya decisión testamentaria debe hacerse cargo de sus intereses, ya bastante comprometidos. El Joven inexperto incrementó las ya altas hipotecas sin lograr una mejoría de los negocios familiares. Se dice que su dedicación a la literatura fue en parte responsable de su fracaso, pues de estos años datan algunas de sus obras dramáticas y poéticas. A fines de 1863 deja en manos de su hermano Alcides el manejo del patrimonio familiar y se traslada a Bogotá. En abril de 1864, más de treinta acreedores entablan pleito ante las cortes. Para responder a los compromisos, son vendidas La Manuelita y la Santa Rita en remate público. El norteamericano James Eder las adquiere por las dos terceras partes de su valor. El Paraíso ya había sido vendida en vida del padre. El enérgico Eder puso a producir en poco tiempo los ingenios que Jorge Isaacs no logró sacar adelante.

  Durante la estadía de Isaacs en Bogotá no faltaron las acusaciones de sus acreedores. El 20 de abril ha de comparecer ante el Juzgado Segundo del Circuito. Para defender su causa, el poeta utilizó los servicios de Aníbal Galindo y de José María Vergara y Vergara, abogados conocidos como sobresalientes literatos del país y miembros del círculo literario El Mosaico, que publicaba una revista quincenal. Ellos lo invitaron a leer sus manuscritos en una de las veladas del mes de mayo del año 64, en casa de José María Samper. Los contertulios recibieron con aplausos los poemas del joven escritor y lo editaron en un pequeño volumen donde lo presentaban como «una novedad literaria». Este encuentro fue vital para la actividad literaria del poeta, pues su visión artística se enriqueció con la mirada descriptiva y atenta de la realidad en la que los «mosaicos» incursionaban, con sus cuadros de costumbres, apuntes de viaje y relatos ambientados en el espíritu científico y la pintura detallada de las regiones y sus pobladores legados por la Comisión Corográfica, en la que tomaron parte algunos de sus miembros más conspicuos.

 

 

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Jorge Isaacs en 1856 "Revista ilustrada", No 12, abril de 1899.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


 

 

  En noviembre de 1864. Isaacs se vincula como inspector a la construcción de la carretera que comunicaría a Cali con Buenventura, empresa que contó con el impulso de su padre en sus inicios. Durante un año vive en las insalubres selvas del litoral, donde contrae la malaria. En el campamento La Víbora, a orillas del río Dagua, convalesciente, Isaacs trabaja en los primeros capítulos de María, involucrando las penalidades de su trabajo en las vicisitudes de la novela. Hacia fines de 1865, de nuevo en Cali, concluye el primer borrador con el concurso de su hermano Alcides, quien era profesor de gramática. Más adelante sus amigos de Bogotá -Vergara y Vergara, Ricardo Silva, Marroquín y Ricardo Carrasquilla-leerán también el manuscrito de la obra, que aparecerá en junio de 1867, en una edición de la Imprenta de Gaitán de cerca de 800 ejemplares. Del mismo año es la reseña que Isaacs publica en El Iris sobre la novela Manuela, de Eugenio Díaz, fundador con Vergara de El Mosaico.

  En 1866, el partido conservador del Estado del Cauca elige a Isaacs como diputado al Congreso nacional. De nuevo en Bogotá, y paralelo a su actividad política, Isaacs abre un almacén de artículos importados. Entre julio y diciembre dirige además el periódico La República, fundado por la fracción moderada del conservatismo, y continúa con sus colaboraciones en varios periódicos literarios. Su permanencia en el Congreso se prolonga hasta 1869, para pasar a desempeñarse luego como secretario de la Cámara de Representantes, por un año más. Sus apasionados discursos en el foro público le depararon muchos enemigos políticos. De esa época es su paso al ala radical del liberalismo y su ingreso a la masonería, hechos que le depararían la enemistad de Miguel Antonio Caro quien, según se cuenta, en un gesto amistoso corrigió las pruebas de imprenta de las dos primeras ediciones de María.

 

 

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Jorge Isaacs en 1860. «Revista Ilustrada», 1899. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


 

 

  Terminado el año 1870, Isaacs fue designado cónsul de Colombia en Chile, donde permaneció hasta fines de 1872. Su estadía no fue placentera y menos aún productiva para su obra literaria. Publicó en varias revistas, pero apenas variaciones de escritos ya conocidos en Colombia. Estando en Chile, Isaacs soñaba con recobrar la fortuna que había conocido de niño. Con este propósito, se asocia con el chileno Recaredo Miguel Infante para emprender labores de explotación agrícola. Los dos amigos regresan a Colombia a comienzos de 1873 y en mayo compran una gran propiedad vecina de Palmira, llamada Guaabonegro. La mayor parte del capital fue conseguida en préstamo. Isaacs esperaba hacer buenas ganancias en la venta de madera, cacao, ganado y azúcar. Al poco tiempo su socio regresa a Chile e Isaacs sigue contrayendo deudas para sostener el negocio. Al cabo de año y medio, viendo un fracaso inminente, intenta vender la propiedad sin pérdida, pero al no conseguir condiciones favorables, declara la quiebra. De esta época es la publicación del panfleto «A mis amigos y a los comerciantes del Cauca», en el que defendía su conducta diciendo que creía que con la construcción del ferrocarril del Cauca la propiedad se valorizaría en corto tiempo y de su venta esperaba obtener jugosa ganancia. Desengañado, termina el escrito con las amargas palabras: «ni hogar ni tumba podré tener en el país donde nací», refiriéndose al Valle del Cauca. La propiedad se vendió finalmente en 1878 para pagar los préstamos, pero el asunto no quedó saldado sino en 1880.

  Mientras tanto, Isaacs se desempeña como supervisor escolar en Cali, de donde tiene que trasladarse a Popayán por los continuos ataques de sus adversarios y acreedores. En 1876, César Contó, primo de Isaacs, fue designado presidente del Estado soberano del Cauca. De inmediato nombra a Isaacs como superintendente de Instrucción Pública. Desde su cargo, Isaacs promueve un programa de escuelas agrícolas y de artes manuales e inaugura clases nocturnas para adultos, donde él mismo dicta clases en la Escuela Normal Superior. Aboga además por la secularización de la enseñanza, lo que acarrea la animosidad de la Iglesia católica y del partido conservador. Dirige el periódico El Escolar y asiste además a Contó en la dirección del periódico E/ Programa Liberal. Durante la rebelión conservadora de 1876, toma partido por la causa gubernamental, trasladándose a Bogotá para dar cuenta al presidente Aquileo Parra de los acontecimientos, combate en la sangrienta batalla de Los Chancos en agosto de ese año como capitán del batallón de zapadores y termina la guerra como jefe del estado mayor de la tercera división del ejército del sur en noviembre del 76. Restaurado el gobierno tras un año de guerra civil, Isaacs retorna a su trabajo como educador «sin quitarme la blusa de soldado, única riqueza que saqué de la campaña», como lo consigna en una carta; pero será por poco tiempo, ya que a mediados del 77 Contó deja la jefatura del Estado del Cauca e Isaacs pierde su cargo, pasando a ocupar la Secretaría de Gobierno. Utiliza entonces su nueva investidura para abogar por los derechos indígenas contra los abusos de que eran víctimas. Su desempeño en este cargo le ganó la antipatía de Mosquera, quien intrigó para alejarlo del mismo, alegando que Isaacs «no poseía el buen juicio ni la circunspección vital de un hombre de su posición». Ante las presiones, Isaacs se ve precisado a renunciar.

 

 

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Jorge Isaacs en 1894. «Revista Ilustrada», 1899. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


 

 

  El año siguiente viaja a Antioquia, donde su amigo Tomás Rengifo ocupa la presidencia del Estado. Durante un tiempo, dirige en Medellín el periódico La Nueva Era, que apoya la causa del gobierno contra la oposición conservadora. Rengifo abandona el cargo a fines de 1879, en medio de una situación confusa. El 25 de enero de 1880, el vicepresidente Pedro Restrepo Uribe se declara presidente en ausencia de Rengifo. Tres días más tarde, un golpe militar depone a Restrepo, y el 29 de enero el general Ricardo Gaitán Obeso asume la presidencia. Al día siguiente, en la vecina población de Rionegro, Jorge Isaacs anuncia que él es el verdadero presidente del Estado de Antioquia y avanza sobre Medellín con un ejército que lo respalda. Durante un mes, el poeta se mantuvo en el poder en una situación que ha sido juzgada de rebelde, ya que en propiedad Restrepo era el legitimo sucesor de Rengifo. Isaacs ordena la captura de este último, mientras busca legalizar la situación ante el gobierno central, pero Rafael Núñez no lo apoya en su aventura. El 9 de marzo, Isaacs hubo de claudicar y reconocer a Restrepo Uribe como presidente. Ese mismo año regresa a Bogotá a ocupar su curui en el Congreso, pero esta colectividad lo expulsa, junto con Mario Arana, por haber empuñado las armas contra el gobierno constitucional. Isaacs toma de nuevo la pluma para defender su causa en el libro La revolución radical en Antioquia, aparecido en Bogotá en 1880. El mismo año se traslada con su familia a Ibagué. Esta continua peregrinación es la que da fundamento al libelo aparecido en Popayán que lo identifica como «el judio errante», ya que además de su ascendencia étnica, de la que Isaacs se enorgullecía no obstante profesar el cristianismo, tiene el gesto arrogante de compararse con Cristo.

 

 

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Carroza fúnebre con los restos de Jorge Isaacs a su llegada a Medellín, 1905.


 

 

  En marzo de 1881 Isaacs publica en Bogotá el primer canto de Saulo, un extenso poema del que no aparecieron cantos adicionales. Lo dedicó al general Julio A. Roca, presidente de Argentina, quien hizo imprimir una edición de lujo en Buenos Aires. En septiembre el gobierno de Rafael Núñez designa a Jorge Isaacs como secretario de la misión científica que debe estudiar inexplorados territorios del litoral atlántico. Se trata de continuar la empresa de la Comisión Corográfica de Agustín Codazzi, en el punto en que quedó a su muerte. Isaacs se prepara con entusiasmo documentándose para el efecto, contando además con la asesoría de Manuel Ancízar, secretario de Codazzi y autor de Peregrinación de Alpha, memoria científica de las primeras exploraciones de la Corográfica. La comitiva, bajo la dirección del naturalista Carlos José Manó, se disolvió por tensiones internas. Sin embargo, Isaacs emprendió su labor con tan solo un ayudante, adentrándose en territorios de la Guajira y de la Sierra Nevada de Santa Marta. Fruto de un año de trabajo de campo es el libro Estudio sobre las tribus indígenas del Estado de Magdalena, antes provincia de Santa Marta, publicado en los Anales de Instrucción Pública, con fecha 1884, pero conocido sólo en 1887. En este estudio Isaacs recoge aspectos del vocabulario, la gramática, las tradiciones y la religión de los indígenas; recopila, además, los testimonios del arte rupestre que encuentra. Tras once meses de exploraciones, encuentra yacimientos de carbón cerca de Aracataca y de Fundación. Al no obtener una prórroga del contrato, Isaacs debe volver a Bogotá a redactar su informe y a reponerse de sus quebrantos de salud. Su situación financiera es desesperada. Su amigo Juan de Dios Uribe le facilita libre de renta una casa en Ibagué, donde vive su familia. De nuevo en el Tolima se ubica como director de educación pública del Estado, mientras sus hijos establecen un negocio que les permitirá cierta solvencia económica.

  Durante la guerra civil de 1885, Isaacs se pone de lado de la rebelión contra el gobierno de su benefactor Rafael Núñez. Pasada la contienda, el poeta debe huir a Fusagasugá, donde lo recibe su amigo Ramón Argáez, pues teme retaliaciones políticas, en tanto su familia permanece en Ibagué. Allí se da a la tarea de explorar las montañas del Sumapaz, en las que encuentra depósitos de hulla. Un rasgo de ingenuidad científica encontramos en Isaacs cuando durante sus excavaciones encuentra dos esqueletos que cree contemporáneos a los hallados en Pompeya, llegando inclusive a pensar que había descubierto el eslabón perdido que necesitaban la teorías de Darwin para validarse. Algo similar le sucedió con sus estudios etnológicos, en los que se dio a la crítica de los escritos etnolingüisticos del religioso Rafael Celedón, quien había dedicado años al estudio de las lenguas aborígenes de la península Guajira con fines evangelizadores. Su respuesta airada no se hizo esperar, lo mismo que la de Miguel Antonio Caro, por las críticas del poeta al trabajo de las misiones religiosas en la región y por la orientación darwinista de sus observaciones.

 

 

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Jorge Isaacs dibujado por Alberto Urdaneta en octubre de 1884.
Album Urdaneta, Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

 

  En 1886 Isaacs obtiene del gobierno el derecho de exclusividad para la explotación de los ricos yacimientos carboníferos que había encontrado en el litoral norte un lustro atrás. En tanto busca financiación para la empresa, realiza otras expediciones de las que resultan nuevos depósitos de hulla encontrados cerca a Riohacha y Santa Marta. Da cuenta de esto a Rafael Núñez en Cartagena y antes de regresar a Ibagué recorre la región de Urabá. Isaacs intenta conectarse con inversionistas extranjeros, pero la suerte le esquiva. Soñando siempre con el milagro, emprende la búsqueda de oro en las cercanías de Ibagué, dando con una vieja mina explotada en la colonia por los españoles, ya agotada, pero en la que Isaacs cree encontrar la recompensa del destino a una vida de aventuras. Obtiene una prórroga tras otra en sus derechos de explotación, pero se le acaba el tiempo y la salud.

 

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Portada de «El caballero de las lágrimas», biografía de Jorge Isaacs por Luis Carlos Velasco Madriñán. Cali, Editorial América, 1942. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 
 

 

  En su novela De sobremesa, José Asunción Silva, gran amigo de Isaacs, lamenta que un artista de grandes dotes sacrifique se talento literario por alimentar sus deseos de riqueza. Este hombre es Jorge Isaacs, a quien profesaba Silva una genuina admiración, colocando a María como una de las heroínas más famosas del mundo literario, al lado de Julieta, Ofelia, Virginia, Graziella y Evangelina. Por su lado, Isaacs, quien fallece un año antes que poeta bogotano, escribe una de sus más bellas elegías a la muerte de Elvira Silva en 1891, equivalente literario del famoso Nocturno de José Asunción. Desgastado por la vida andariega y diezmado por las fiebres palúdicas, Isaacs se lamenta de su vida pasada lejos de la familia. Sintiendo próximo su fin, dedica sus menguadas energías a la creación literaria, alentando el proyecto de escribir una trilogía de novelas históricas que narren la gesta libertadora y los duros tiempos del nacimiento de esta nación. En su correspondencia comenta sus planes, a los que da los títulos de Tama (de la que supone va a ganar más corazones que Mana), Camilo, también llamada en otro lugar Alma negra, y Soledad. De nuevo ponía en esta empresa sus esperanzas de una redención económica que no logró con su María, no obstante las numerosas ediciones que se hacían en toda América y en España. Uno de sus último poemas es La tierra de Córdoba, canto dedicado al procer antioqueño, en el que manifiesta su gran admiración y afinidad con el pueblo paisa. En carta a Juan Clímaco Arbeláez comunica inclusive su deseo de ser enterrado en tierra antioqueña. A principios de 1895 tiene una nueva recaída de malaria que lo deja envejecido para sus 58 años. Presintiendo el final, acepta que le sea administrada la extrema unción y, ante la pregunta de si cree en la divinidad de Cristo, responde: «Sí. Creo en él y en su divinidad. Soy de su raza y confió en su misericordia infinita». El 17 de abril de 1895 Jorge Isaacs muere en Ibagué rodeado por su familia y algunos amigos.

  Cuando fallece Isaacs, ocupa la presidencia Miguel Antonio Caro, encontrándose el país en medio de otra guerra civil. Caro se opuso a declarar el duelo nacional apenas justo, pero era tal la animosidad de los adversarios políticos de Isaacs, que por circunstancias similares éste no fue incluido como miembro de la Academia de la Lengua, ni su nombre apareció en la encuesta adelantada por el Papel Periódico Ilustrado en 1882 para determinar los diez colombianos más distinguidos del país. No obstante, desde el momento mismo de su deceso, un grupo de ciudadanos antioqueños organizó una campaña para trasladar sus restos mortales a Medellín, hecho que se registró una década más tarde, luego de recibir los honores a su paso por Bogotá. Sólo en 1905 vino a descansar Jorge Isaacs en la tierra que tanto amó. Su agitada existencia no deja entrever, como dice Borges, «un hombre que tal vez no rehuse, pero tampoco exige la definición de romántico». Estas palabras de 1937, escritas para vindicar al poeta y su obra en el centenario de su natalicio, cobran actualidad ahora cuando comprobamos una vez más que su obra sigue siendo legible y que su vida encarna el espíritu romántico que forjó la nación. 

 

 

Título: Jorge Isaacs (1837-1895)


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