MITOS EN TORNO A UN CRIMEN ATROZ

Por:

50 años del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán
MITOS EN TORNO A UN CRIMEN ATROZ

 

  Alfredo Iriarte
Escritor e Historiador.
Autor de varias obras sobre historia y tradiciones Bogotanas.
Autor de «Bestiario Tropical» y de «Historias en contravía».

 


Jorge Eliécer Gaitán Ayala

Tan antiguo como el oficio de escribir la historia es el de falsearla y tergiversarla, siempre en defensa y en beneficio de unos intereses muy precisos y de quienes los representan.

Estos tales son unos gatos pulcros y acuciosos que, conscientes de que la historia universal es un vasto territorio sembrado de caca, acuden continuamente, de acuerdo con la vieja tradición felina, a cubrirla con asépticos montoncitos de arena, cuyo conjunto dé la impresión inequívoca de que allí no se han perpetrado jamás iniquidades, crímenes, expolios, desmanes ni atrocidades de ninguna índole. Y no podemos olvidar que para la feliz consumación de la patraña, para conseguir a fuerza de endemoniadas maniobras cosméticas que los infundios adquieran la noble apariencia de verdades incuestionables, los grandes falsificadores cuentan con un aliado y cómplice fundamental: la multitudinaria audiencia de estúpidos que tragan enteras las grageas de los embustes que les administran los diestros culebreros de la historia y que, como en el magistral entremés cervantino, sienten en carne propia los fenómenos que los ilusionistas crean y echan a andar en su presencia. Ya lo había sentenciado el Eclesiastés, milenios antes de que los medios masivos de comunicación aportaran su potente contribución a la tarea de idiotizar y aborregar a las muchedumbres: Stultorum infinitus est numerus. Y desde luego, mayor es hoy, dentro de la escala de lo infinito, el número de los estultos reunidos ante los televisores, que cuando los hombres se congregaban sobre la dura tierra de Judea para escuchar la palabra de fuego de los profetas o en los hemiciclos griegos para presenciar con el alma en vilo la desigual batalla de los hombres contra el alud arrasador de la fatalidad.

El cadáver de Jorge Eliécer Gaitán, observado por el médico Pedro Eliseo Cruz, ex ministro de Salud, y enfermeras de la Clínica Central, de Bogotá.
Colombia no ha sido la excepción dentro del panorama universal de la dolosa tergiversación histórica. Precisamente se cumplen ahora cincuenta años del crimen horrendo que abrió para este país la caja de todos los males que hoy, al cabo de medio siglo, siguen manando y multiplicándose y --lo que es más aterrador aún-- agigantándose hasta dimensiones inimaginables. Y tibio estaba aún el cadáver del caudillo irrepetible, cuando ya la Radio Nacional llevaba hasta los últimos rincones de la Nación la voz del Primer Mandatario para sembrar, antes de que se hiciera tarde, la semilla insidiosa de la gran mentira: Jorge Eliécer Gaitán había caído víctima de una conjura "de origen e inspiración comunista". En otras palabras, allá en su amurallado recinto del Kremlin, José Stalin había decidido asestar un golpe de muerte a la IX Conferencia Panamericana, reunida en Bogotá, no liquidando al general George C. Marshall, presidente de la delegación norteamericana, como lo aconsejaba la más elemental lógica terrorista, sino al jefe único del Partido Liberal Colombiano. Salta a la vista que es preciso estar firmemente afianzado en el número infinito de los sandios para aceptar sin objeciones tan tosca y chapucera impostura. Pero eso no es nada. Con el tiempo, los mantenedores y custodios de esta torpe falsedad se fueron olvidando del poderoso Stalin como autor intelectual del magnicidio, y gradualmente fueron trasladando dicha autoría a un joven estudiante cubano que había venido por esos días a Bogotá, acompañado de un grupo de condiscípulos , no tanto a observar la Conferencia Panamericana, como a tener el privilegio de conversar con el más grande y prestigioso de todos los dirigentes populares hispanoamericanos de la época. En efecto, en la agenda de Gaitán correspondiente a la tarde del 9 de abril de 1948 se leía: "Fidel Castro y estudiantes cubanos". Por supuesto, pensar que la gran bestia multicéfala del comunismo internacional hubiera escogido a un jovenzuelo de veintidos años para poner en marcha y dirigir una maniobra de tal envargadura, ya es llvar la idiotez a los abismos de la irracionalidad total.

Ahora bien: descartada la hipótesis del crímen aislado cometido por un demente que aborrecía a Gaitán porque se había negado a conseguirle una "chanfaina", pasamos el tuétano del asunto. Y es que en este punto no nos detenemos, porque hacerlo sería una imperdonable falta de seriedad. Ahora, forzosamente hemos de remontarnos a los años anteriores a la fatídica división de 1946, que trajo como consecuencia la pérdida del poder para el partido liberal. Ante todo importa aclarar que dicha división y dicha derrota no habrían tenido mayor trascendencia dentro del marco de un enfrentamiento entre dos partidos de naturaleza genuinamente democrática. Sencillamente, el liberalismo mayoritario, de haberse presentado unido a las elecciones presidenciales de 1950, habría recuperado el gobierno de la Nación. Así de simple. Pero lo que el liberalismo, y sobre todo sus grandes dirigentes se negaron a ver con miopía suicida, fue que no se trataba de una confrontación normal entre dos partidos distanciados por ideas pero identificados en la fe democrática. Por el contrario, lo que desde años atrás saltaba a la vista de manera dramática era que las reglas de juego de cada partido eran diferentes y antagónicas. Mientras el liberalismo jugaba dentro de las estrictamente democráticas, el partido conservador lanzaba los dados cargados y las cartas marcadas del fascismo, cuyos principios, aunque vencidos y abolidos en Europa, seguían vigentes en la España de Franco y en el Portugal de Salazar y, desde luego, en todos los sectores de la extrema derecha iberoamericana. Bien sabemos cómo el fascismo utiliza los instrumentos democráticos cuando le son útiles para el asalto al poder, desde el cual, una vez conquistado, tritura sin piedad la democracia por cuyos caminos llegó hasta las alturas del gobierno.

No olvidemos que Adolf Hitler y su siniestra camarilla de rufianes y asesinos llegaron al poder a través de un intachable proceso electoral.

Dos imágenes de una tragedia: 9 de abril de 1948

El año de 1936 fue uno de los momentos decisivos en la evolución de los partidos políticos en Colombia. En julio de ese año, estalló en España la fatídica insurrección fascista que desde entonces, y más después de su victoria, se convertiría en la estrella polar de todos los sectores más cavernarios de la derecha en nuestro continente. Y fue ese también el gran año de la "Revolución en Marcha" de López Pumarejo y de la culminación de las grandes reformas progresistas con que el liberalismo modernizó el país después de medio siglo de teocracia conservadora. Y en 1936, Laureano Gómez, máximo ideólogo de la derecha fascista-falangista en nuestro país, fundó El Siglo con el claro propósito de difundir a través de sus páginas el nuevo credo basado en la acción intrépida contra la razón y en el poder de la fuerza bruta contra la fuerza inerme del voto popular. Y mucha atención: esto no tiene un ápice de especulación o fantasía. Ahí están las hemerotecas abiertas al público para que quien así lo desee repase con detenimiento la colección de El Siglo entre 1936 y 1945, y encuentre allí, sin reservas ni tapujos, la expresión cotidiana de un pensamiento de corte netamente nazi-fascista que se hizo más evidente aún en los años de la segunda Guerra Mundial, cuando la solidaridad del conservatismo, desde sus altos jerarcas hasta los militantes rasos, estuvo fervorosamente con el Eje hasta el comienzo del fin, cuando los fascistas criollos comenzaron a mostrarse más cautelosos y a usar con más frecuencia el haz de flechas de la Falange en la camisa y la swástika en la pijama, sin que por ello variaran en lo más mínimo sus reales simpatías. Por los años treinta, Silvio Villegas, uno de los más brillantes ideólogos de la extrema derecha colombiana, publicó un libro que se convirtió en breviario y guía del pensamiento conservador en Colombia. Se tituló No hay enemigos a la derecha, y es un tratado coherente, desembozado y macizo de antidemocracia, inconseguible en librerías, simplemente porque hoy los convenios es aplicarle a sus páginas las medidas de asepsia gatuna a que ya nos referimos antes.
La residencia de Jorge Eliécer Gaitán, en el barrio
Santa Teresita, de Bogotá, después del asesinato
Y fue así, con ese acervo ideológico mimetizado mas no extinguido, como llegó al poder el conservatismo en 1946, por la brecha de la estúpida división liberal. Y poco tardaron en aparecer los primeros síntomas amenazantes para el nuevo partido de gobierno. El liberalismo mayoritario se unió como pocas veces lo había estado antes en torno a la personalidad magnética de Jorge Eliécer Gaitán y, lo que resultó aún más amenazante para los nuevos dueños del poder, siguió mostrando y probando en elecciones intermedias sus enormes mayorías. El fenómeno de la pujanza liberal bajo el mando único de Gaitán alcanzó tales dimensiones, que iniciándose el año de 1948 el caudillo ya era visto en forma unánime, aunque con sentimientos opuestos. como el presidente electo para 1950. Fue entonces cuando se hizo patente con rasgos tétricos una realidad incontrovertible: sólo las balas asesinas podían atajar a Gaitán en su marcha incontenible hacia la conquista del poder dentro de la más rigurosa ortodoxia democrática. En otras palabras, a esas alturas el liberalismo unido era un coloso que era urgente decapitar. Así que, para aplicar la lógica a la que es necesario apelar frente a todos los magnicidios de la historia, resulta irrefutable que la muerte de Gaitán beneficiaba mucho más a un gobierno fascista en apuros que a la causa de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Página de la revista «Life» con información sobre los disturbios
del 9 de abril y la interrupción durante cinco días, de las
sesiones de la IX conferencia Panamericana.
Los imbéciles son muchos, pero felizmente no son todos. Prueba de ellos es que desde que comenzó a aproximarse este ciencuentenario, en diversos medios empezó a decirse, para bien de la verdad, que al presidir en febrero de 1948 la impresionante manifestación del silencio en la Plaza de Bolívar para protestar contra la creciente marea de la violencia oficial, Jorge Eliécer Gaitán firmó su sentencia de muerte. Y así ocurrió. Pero aquí llegamos a un punto bien delicado. Muchas veces, hablando acerca de este tema con diversas personas, ha surgido el argumento de que resulta difícil y hasta imposible admitir que la orden de sacrificar al jefe liberal hubiera sido impartida por el presidente Mariano Ospina Pérez o por el doctor Laureano Gómez. El argumento es válido. Pero es que no podemos olvidar que estos actos inicuos suelen ser crímenes de mandos medios; perpetrados por esa casta execrable que medra y succiona al lado de los grandes y una de cuyas funciones primordiales es ejecutar el trabajo sucio con el que los poderosos jamás contaminarían sus manos. Su misión de chacales amaestrados es adivinar los pensamientos y especialmente los deseos de sus amos, y hacerlos realidad cuanto antes. El asesinato de Gaitán fue un ejemplo histórico de este fenómeno atroz. Los poderosos sin mandos medios serían como cazadores sin aves de cetrería y sin traíllas de perros carniceros.
Gimnasio Moderno, de Bogotá, donde se celebraron las últimas sesiones de la IX Conferencia Panamericana.
Reanudación de la Conferencia Panamericana
en el Gimasio Mederno, el 14 de abril. Fotografía de
Jean Speiser, «Life», mayo 10 de 1948.
Decapitado el coloso, pese a ello siguió demostrando la aplastante realidad de sus mayorías, hasta que el régimen fascista mandó al diablo la piel de oveja y la careta democrática para iniciar el imperio del terror más espantable que ha conocido la historia de este continente, y que se prolongó hasta el 13 de junio de 1953. Vinieron luego las torpezas y desatinos del general Rojas Pinilla, su derrocamiento, y el remedio casi tan devastador como la enfermedad: el Frente Nacional que lobotomizó y emasculó los partidos políticos fundiéndolos en una espesa emulsión dentro de la cual las únicas señales de vida son la gula burocrática y la corrupción más desaforada; es decir, el panorama colombiano de hoy. Por ello, es apremiante insistir hasta la fatiga ante las juventudes colombianas de estos tiempos que siempre que quieran penetrar hasta las últimas raíces de los gravísimos males que nos afligen y deforman, vuelvan los ojos hacia ese nueve de abril de 1948 a la una en sombras de la tarde cuando, obedeciendo designios mucho más altos que los de su propio albedrío, un oscuro asesino puso fin a una de las vidas más extraordinarias que ha dado nuestra pobre América.

 


 

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