El virreinato de la Nueva Granada

Por: Hernández de Alba, Gonzalo

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 20
Agosto de 1991 

Para la América española el XVIII fue un siglo de reformas. Con la llegada al trono de los Borbones (1717) y la implantación del despotismo ilustrado como política general de renovación colonial, lo que se pretendía desde Madrid no era otra cosa que la realización de lo que se ha llamado "segunda conquista". Todo indicaba que había llegado el momento de iniciar, sobre la base tradicional de las políticas y tendencias de los Austrias, una nueva afirmación hispánica en las Indias. Así lo señalaban la decadencia de su economía, la dispersión de sus habitantes en vastos territorios, las carencias de su educación, el retraso de su cultura, la poca operancia de su administración y las debilidades de sus defensas. Para colmo, en el interior de sus territorios se presentaba un constante menoscabo de los intereses estatales en favor de ciertos sectores privados, tanto hispánicos como americanos, tanto chapetones como criollos. La ingerencia extranjera, cada día más notoria en las colonias, especialmente por el contrabando y la piratería, ameritaba enfrentar la necesidad de la conquista administrativa y burocrática, económica y social del ya por entonces viejo imperio de ultramar.

La decadencia de la producción de metales preciosos que se experimentó en el virreinato del Perú a fines del XVII provocó la búsqueda de nuevas fuentes de oro y plata, que se creyó encontrar en zonas apartadas pero conocidas de la Real Audiencia de la Nueva Granada. Se llegó a pensar que las minas del Chocó, Barbacoas, Antioquia, Patía y de algunas otras regiones neogranadinas bien podían reemplazar la producción de las agotadas vetas peruanas de Potosí. A lo que se debía sumar su potencialidad agrícola y la gran importancia que tenían sus puertos para el tráfico entre España y América y para el comercio entre las colonias. Todo ello redundó en que la casi abandonada Nueva Granada se convirtiera en objeto de interés y de notoria preocupación para las renovadas autoridades metropolitanas.

Todo ello se tradujo en la creación del cuarto virreinato americano. El primero fue el efímero virreinato de los Colón, capitulado en 1492 y ejercido por Diego Colón entre 1509 y 1514. En la creación del de Nueva España, 1535, primaron factores de dominio sobre el imperio azteca, de inmensa riqueza. El del Perú, creado en 1543, respondió a la necesidad de un mejor gobierno sobre una sociedad lejana, levantisca y tal vez demasiado rica, como lo probaron sus primeras guerras civiles entre conquistadores. El de la Nueva Granada, establecido en el tardío año de 1717, se creó por la necesidad de la administración y control directo de las provincias marítimas del norte del subcontinente, constantemente asediadas por los extranjeros, y por la esperanza de incrementar las riquezas de la Corona.

La real cédula de 29 de abril de 1717, que creaba el nuevo virreinato, delimitaba su territorio en una extensión de más de dos millones seiscientos mil kilómetros cuadrados que comprendían "toda la provincia de Santafé, Nuevo Reino de Granada, las de Cartagena, Santa Marta, Maracaibo, Caracas, Guayana, Antioquia, Popayán y San Francisco de Quito, con todos los demás términos que en ellas estuviesen incorporados". Se designaba como capital a Santafé de Bogotá. Se nombró como presidente de la Real Audiencia y encargado de preparar la transformación administrativa a Antonio de la Pedrosa y Guerrero, miembro del Consejo de Indias.

Cerca de un año después llegó a la capital otra cédula real por la que se comunicaba al presidente Pedrosa el nombramiento de Jorge de Villalonga como virrey. Junto con el nombramiento se le envió al noble conde de La Cueva un extenso pliego de instrucciones de gobierno que compendiaba las políticas de concordia, protección y desarrollo que para las Indias se había trazado Felipe IV. La administración del primer virrey no logró modificar ninguna de las condiciones negativas existentes ni satisfacer las demandas económicas de la corte y del Consejo de Indias. Se principió a dudar sobre la bondad del virreinato. Se alzaron voces que, como la del ex presidente Pedrosa, clamaban por su supresión. Era este un lujo que la pobreza neogranadina no podía costear y que sus habitantes, en su mayoría mansos indígenas, no necesitaban.
 


Plan geográfico del Virreinato y de Santafé de Bogotá, formado por Francisco Moreno y
Escandón y delineado por José Aparicio Morata, 1772. Archivo Nacional de Colombia, Bogotá.


Con el establecimiento de la sede virreinal en Santafé se suscitó una cierta discusión que fomentó el que la Corona revisara su determinación. El cabildo de Cartagena de Indias solicitó que el virrey radicara en la ciudad para facilitar la protección del puerto y la costa, objetivo fundamental de la nueva política. El 18 de febrero de 1720, Felipe V ordenó a sus funcionarios en Santafé, Cartagena y Popayán que informaran sobre la conveniencia de adoptar lo solicitado. La mayor parte de los consultados optaron por favorecer la determinación original. Algunos argumentaron el clima del puerto. Otros adujeron inconvenientes locativos. Algunos afirmaron que si se establecía la capital en el puerto, las provincias quedarían "muy distantes para oír y deliberar pleitos(...) Que las minas y mineros por la grande distancia, estarían menos asistidos, y perderían de su valor y estimación". Prevaleció el criterio que había orientado siempre a la administración colonial española: desplegar las empresas colonizadoras en el interior del continente: ahora también se fomentarían empresas mineras en zonas de dificil acceso. La petición del cabildo de Cartagena señaló, pese a su negativa, algunos inconvenientes y contradicciones presentes en la instauración en 1717.

El 5 de noviembre de 1723 se firmó una nueva cédula real que dispuso la supresión del virreinato de la Nueva Granada, puesto que nada nuevo ni bueno se había obtenido y "permanece sin aumento de caudales, ni haberse podido evitar los fraudes y algunos desórdenes que se han ocasionado”. Se designó a Antonio Manso Maldonado como el nuevo presidente de la Real Audiencia. Es significativo que en 1723 se reincorporaran al cargo de presidente los de gobernador y capitán general. Es decir, se le proporcionaba al primer funcionario neogranadino las mismas atribuciones de un virrey. Se quiso ir un poco más lejos y, a pesar de que su jurisdicción pasó a pertenecer al virreinato del Perú, el Consejo de Indias dictaminó "que el Presidente de la Audiencia, Capitán General de las provincias de Santafé, tenga uso, y ejerza por sí solo la gobernación de todo el distrito de aquella Audiencia, así como lo tienen los Virreyes de la Nueva España". Con lo que se le proporcionaba completa autonomía al gobernante neogranadino y, según sus funciones, responsabilidades y atribuciones, bien podía equipararse a un virrey. Sólo que un presidente y una Audiencia costaban menos que un virrey y su corte.

En 1739 el rey designó a Sebastián de Eslava como nuevo virrey de Nueva Granada. Para motivar esta recreación se esgrimieron argumentos que tenían que ver con "la conversión y amparo de los indios", las relaciones con la Iglesia y la atención y defensa de los puertos. Los mismos que se tuvieron en cuenta para la primera creación. Se agregaron otros, lo que no dejaba de ser significativo, que tenían que ver con el desarrollo económico de la colonia. La real cédula de agosto 20 era suficientemente clara: "Y habiéndose experimentado después mayor decadencia en aquellos preciosos dominios, que va cada día en aumento, como me lo han representado varias comunidades de su distrito, suplicándome vuelva a erigir el Virreinato(...) logre aquel gobierno el mejor orden con que los desmayados ánimos de aquellos vasallos se esfuercen y apliquen al cultivo de sus preciosos minerales y abundantes frutos, y se eviten que lo que actualmente fructifica pase a manos de extranjeros, como está sucediendo en grave perjuicio de la Corona lo he tenido por bien, y he eregido el referido virreinato". Se estableció así su jurisdicción: "Panamá, con el territorio de su capitanía general y audiencia a saber: las de Portobelo, Veragua y el Darién; las del Chocó, reino de Quito, Popayán y Guayaquil. Provincias de Cartagena, Río del Hacha, Maracaibo, Caracas, Cumaná, Antioquia, Guayana y río Orinoco, islas de Trinidad y Margarita".

Durante el resto del período colonial tan sólo se modificó el territorio al crearse la Capitanía General de Venezuela. No deja de ser significativo que la Colombia de 1819 a 1830 tuviera los mismos límites y jurisdicción que tuvo el renaciente virreinato neogranadino.

Con el definitivo establecimiento del virreinato se afirmaba la necesidad de una clara centralización administrativa como alternativa coherente para la nueva administración hispánica. Así, el principal objetivo de la "segunda conquista", la de los Borbones y sus reformas, no era exclusivamente detener a los extranjeros sino, más bien, controlar a los criollos y orientar las estructuras económicas coloniales hacia la dependencia y complementariedad con la metrópoli.

Comentarios (0) | Comente | Comparta