| | En el siglo XVI se inicia la amonedación de metales preciosos en América. El sistema que imperó hasta mediados del siglo XVIII fue la enajenación de la regalía de hacer moneda, vendiendo a ciertos ricos particulares la facultad de fabricar monedas, como una de las medidas adoptadas por la corona española para procurarse ingresos, ya que la monarquía estaba prácticamente arruinada por la prolongada guerra de Sucesión. Estos fueron los tesoreros particulares. La Casa de Moneda de Santafé fue fundada en 1621 por el capitán Alonso Turrillo de Yebra, quien obtuvo la primera concesión para acuñar monedas en el Nuevo Reino de Granada por un tiempo de quince años. Esta fue también la primera Casa de Moneda que obtuvo autorización real para acuñar oro en América. La Casa debía acuñar las grandes cantidades de este metal que se enviaban a España, y proveer al Nuevo Reino de Granada de circulante para facilitar las transacciones. Hasta ese momento sus habitantes se habían visto obligados a comerciar con metales preciosos en distintas formas, lo que los obliga a pasarlos continuamente. La real orden de fundación que recibió Turrillo de Yebra estipulada que debía construir una casa según los planos enviados desde España. Al concluir el tiempo de la concesión, ésta debía pasar a manos de la corona, incluidos todos los instrumentos y obras que se hubiesen realizado. Al llegar Turrillo a Santafé alquiló una casa de una planta, donde instaló su pequeño talle de amonedación. Esta es la misma que aún existe, con ampliaciones y mejoras, en la calle 11, barrio de La Candelaría, que sirvió de sede a la amonedación hasta hace pocos años. Las monedas producidas durante los primeros ciento treinta años en Santafé fueron las de forma irregular, que se conocen como macuquinas. Su proceso de producción era en extremo sencillo: se fundían los metales para obtener la correcta aleación y se vertían en moldes llamados rieleras. Los delgados lingotes que resultaban se adelgazaba a golpes de martillo, y luego se cortaban trozos con grandes tijeras. Estos se colocaban entre dos troqueles (anverso y reverso) y se acuñaban asestándole al troquel superior fuertes golpes de martillo. Finalmente, se pesaban y se recortaban nuevamente las monedas hasta obtener el peso exacto. Esta forma de amonedación funcionó bajo la dirección de los tesoreros particulares hasta 1753. Lamentablemente, estas monedas se prestaban a fraudes, pues su forma irregular permitía que, al salir a circulación la gente les cortará pedazos para quedarse con los recortes de oro o plata. El problema entonces continuaba, pues no había seguridad acerca del valor real de cada moneda. Al generalizarse el fraude con las monedas, la gente debía volver a las pesas para asegurarse que las monedas tuvieran el valor que decían tener. En 1718, José Prieto de Salazar, español establecido hacía algún tiempo en la ciudad de Santafé, consigue que Felipe V le otorgue el privilegio de establecer por su cuenta una o más casas de moneda en el Nuevo Reino de Granada, dando a la real hacienda ochenta y cinco mil pesos efectivos como parte del pago de su concesión. En este caso el título de tesorero le fue concedido no sólo a Prieto de Salazar, sino a sus sucesores por juro de heredad perpetua, según documentos del Archivo Histórico de la Casa de Moneda. Durante los primeros años del siglo XVIII sube al trono español la familia Borbón. A partir de este momento se inician cambios radicales en la administración, que afectarán principalmente el control y la vida misma de las lejanas colonias americanas. Fue por ello, precisamente, por la lejanía y dificultad de monitorear lo que en ellas sucedía, que los cambios se hicieron más necesarios. En esta época cuando se decide tomar medidas drásticas y cambiar totalmente el diseño de las monedas españolas, para asegurar su confiabilidad. Esto también implicó grandes costos y profundos cambios en las estructuras monetarias. Prieto inicia su concesión y dirige la Casa de Moneda de Santafé hasta que Fernando VI determina reincorporar a la corona las enajenaciones hechas por su padre Felipe V: la importante regalía que implicaba la acuñación de moneda en las provincias de ultramar se debía recuperar. En consecuencia, en 1750 y 1751 se expidieron varias cédulas reales y ordenanzas en virtud de las cuales el rey dispuso que a los antiguos dueños se les indemnizarían los justos derechos que tuvieran legítimamente adquiridos. Sin embargo, dicha indemnización no se hizo efectiva sino en junio de 1755, después de instaurada una demanda por parte de la viuda de Prieto de Salazar, doña Mariana de Salazar. En uno de los párrafos de la demanda, fechada el 22 de junio de 1754, doña Mariana alegaba que "hallándose mis hijos como herederos de el referido mi marido, con justo título, posesión y propiedad de oficio de Tesorero de la Real Casa de Moneda de esta corte, gozando de sus frutos y aprovechamientos en fuerza del título de merced despachado al expresado don Joseph Prieto por juro de heredad para sí, sus herederos y subcesores (…) se pasó en el año pasado de setecientos cincuenta y tres a despojarles del referido oficio, de sus frutos, aprovechamientos y utensilios de servicio de la referida Casa, sin que en aquel entonces ni después, por repetidas instancias judiciales, hubiese concedido se me hiciese saber el real Orden que lo prevenía (…por esta razón) me reduje a la inopia en que me hallo (…) como que era el único fundo en que estaban afianzados los alimentos". Doña Mariana solicita se le paguen los costos de las herramientas que adquirió su marido para la labor de moneda, y se le paguen las obras de las "piezas que se construyeron en la referida Real Casa de Moneda para el alojamiento y asistencia de las familias de mis hijos y oficinas necesarias para el servicio de ellas (…) pues estas obras no eran necesarias para fundición hornizas, cuños, tesorero, ensaye". Ella afirma que estas obras se edificaron "en cosa propia adquirida con justo título, posesión y buena fe, como que fue la merced por juro de heredad para siempre jamás" que les otorgada en 1718. Sin embargo, la corona no acepta este argumento, puesto que los "reparos que hizo don Tomás Prieto los debió hacer así como porque la Casa era del rey, y el hacer las oficinas de ella era de su obligación…" Durante el juicio se prueba que la posesión del inmueble no hace parte de la concesión; por ende, las construcciones y mejoras hechas a la Casa son parte de las obligaciones de los tesoreros y la corona no está obligada a pagarlas. Al volver la administración de la Casa a manos de la monarquía, no se le deben pagar costas a los tesoreros por ello. Queda claro que lo único que era propiedad de Prieto y de sus herederos por juro de heredad era el título de Tesorero. El documento trae como anexos un inventario de herramientas y objetos encontrados en la Casa de Moneda, una memoria de lo que construyó y reparó Prieto durante su administración, y el avalúo "de los efectos que quedaron existentes y se entregaron a don Manuel de Porras, cuando cesó don Tomás Prieto en el oficio de Tesorero en 1750 (…) como de las piezas que edificó en la dicha Real Casa para la habitación de sus familias" y "memoria de las oficinas que fabriqué en dicha Real Casa, herramientas y efectos que compré y dejé existentes cuando se me separó de el empleo". Finalmente, en julio de 1755 culmina el pleito, y el virrey Joseph Solís Folch de Cardona firma un derecho donde se lee: "Respecto de haber tomado su majestad en sí la Real Cas de Moneda de esta corte, se declara que de los frutos de ella se debe satisfacer a los herederos de don Joseph Prieto de Salazar el valor de el vinagre, fierro, azogue, aguafuerte, tiestos, carbón, leña, sal, fragua del oficio de herrero y balanzas de plata conforme el inventario y entrega hecha por el administrador don Manuel de Porras al superintendente de dicha Real Casa... ""El total pagado a doña Mariana de Ricaurte y sus herederos fue de 379 pesos, 7 reales y un cuarto. Las ordenanzas empiezan a sucederse una tras otra, reglamentando y modificando todos los aspectos administrativos de las casas de moneda americanas. Dentro de los cambios que atañen directamente a la Casa de Moneda de Santafé está la ampliación de ella para albergar las modernas máquinas que necesitaban para el proceso de acuñación de las nuevas monedas de cordoncillo, que llegaban como una respuesta a las continuas quejas de los habitantes del Nuevo Mundo por el cercenamiento de la moneda macuquina y su consecuente pérdida de valor. Su diseño, totalmente nuevo, además de una forma circular y espesor uniforme, incluía un cordón resaltado en el canto que permitía detectar cualquier intento posterior de recortarla. Para su producción se construyeron hornos de fundición más amplios, se instaló un gran molino de laminación -que requería de una estructura de dos plantas y espacio considerable donde cuatro o más caballos tuviesen suficiente amplitud para mover sus molinetes-y se instalaron prensas acuñadas de volante venidas de Sevilla. Además se construyeron talleres para la talla de punzones y troqueles, y oficinas para almacenar y custodiar mejor los metales preciosos. En fin, toda la infraestructura requerida para los cambios a que se enfrentaría el nuevo tipo de moneda. Las obras se iniciaron bajo el gobierno del virrey Joseph Alfonso Pizarro en 1753. Para las reformas necesarias en el edificio se elaboró un plano en Madrid, que fue entregado al primer superintendente de la nueva administración de la Casa. Miguel de Santisteban. Aunque el original del plano reposa en los documentos de la Audiencia de Santafé en el Archivo General de Indias, en Sevilla , obtuvimos una copia, que por sus convenciones ilustra claramente cuáles fueron las adiciones que se hicieron a la Casa a partir de 1753. Gracias a este y a otros documentos del Archivo Histórico de la Casa de Moneda pudimos determinar con bastante certeza cómo era la arquitectura de la Casa en su primera época, cuáles fueron las obras que se hicieron y cuál fue su costo. De esta manera, bajo el reinado de los Borbones, la Casa de Moneda pasó de ser un simple taller a convertirse en una fábrica con mucho más personal y una tecnología muy avanzada para su época. |