Ficha bibliográfica
Titulo: Cien años de los Mil Días. Billetes en tiempo de guerra
Edición original: 2005-06-22
Edición en la biblioteca virtual: 2005-06-22
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Ignacio Alberto Henao J.
 

 

 

 


AGOSTO 2000.

   
 

Cien años de los Mil Días
Billetes en tiempo de guerra.

Por: Ignacio Alberto Henao J.

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Agosto 2000. No. 128

 
 

 

 
 

 

Colombia entró al siglo XX con la guerra de los Mil Días. Ésta había estallado en octubre de 1899 y de todas las guerras civiles que se sucedieron con agobiante regularidad durante el siglo XIX, no cabe duda de que fue la más devastadora y la que dejó más extenuada la economía nacional. Al concluir la contienda a fines de 1902, la mayor parte del territorio nacional estaba plagado de billetes, en múltiples denominaciones y de variadas proveniencias, con un poder adquisitivo no muy superior al valor del papel en que estaban impresos. Una víctima inmediata de esta invasión fue la moneda metálica que, a excepción de la de níquel, desapareció casi totalmente de la circulación.

Desde el comienzo de la guerra autorizó el gobierno a una Junta de Emisión para que, por intermedio del Banco Nacional, produjera todo el papel moneda que se juzgara necesario para atender al restablecimiento del orden público. El hecho es que la misma existencia legal del Banco Nacional era ya por entonces bastante precaria. El Congreso en 1894 había impartido la orden de liquidarlo, a raíz del gran escándalo motivado por una serie de emisiones irregulares incitadas por el gobierno, que superaron en forma amplia y clandestina las autorizaciones del legislativo. Infortunadamente, la guerra civil que se desató en 1895 le dio pie al gobierno para incumplir la orden del Congreso, valiéndose de esta coyuntura para continuar emitiendo billetes, para financiar los gastos tanto de esa guerra como de la que siguió poco después. Sin embargo, las cantidades emitidas en esos años fueron relativamente moderadas. Fue sólo a partir de octubre de 1899, al estallar la guerra de los Mil Días, cuando realmente se desbocaron las emisiones de billetes del Banco Nacional.

Mientras esto ocurría en la capital, y posiblemente en vista de que los billetes del Banco Nacional no alcanzaban para cubrir las necesidades del país, la junta efectuó contratos con bancos regionales para que emitieran billetes a su nombre y autorizó a los gobiernos de los departamentos para que pusieran en circulación sus propias libranzas, lo cual hicieron éstos en forma por demás pródiga. Aun así, la demanda de circulante superó la capacidad de las imprentas del país y las urgencias de la guerra no dieron espera para encargar billetes al exterior. ¿Qué hacer entonces? La idea salvadora, que probablemente provino de alguno de los miembros de la Junta de Emisión, conformada por Salomón F. Koppel, Julio E. Mallarino y Juan de la Cruz Santamaría, fue la siguiente: muchos de los numerosos bancos privados que por esa época funcionaban en el país habían estado emitiendo sus propios billetes, algunos por casi dos décadas, hasta que el gobierno lo prohibió en 1887. La mayoría conservaba en sus arcas cantidades apreciables de estos billetes, hermosos y apreciados por el público, pero aún sin firmas ni fecha. La junta hizo los contactos pertinentes y logró concertar la entrega de estos esqueletos de billetes --incluyendo algunas denominaciones nunca emitidas por los bancos originales-- que presumiblemente fueron cedidos sin mayor dificultad dadas las pocas esperanzas de poderlos emitir que tenían sus propietarios. La junta procedió entonces a resellar los billetes para que circularan a su nombre y al del Banco Nacional. Igual cosa hicieron los gobiernos de los departamentos, resellando también los billetes de los bancos locales para asimilarlos a sus libranzas. Brillante jugada, que no sólo contribuyó a incrementar las emisiones oficiales sino que también las revistió, al menos en apariencia, de la respetabilidad y el prestigio de que disfrutaban muchas de estas entidades privadas. En el departamento del Cauca fue el Banco del Estado en Popayán el que se hizo cargo de estas emisiones, resellando también como suyos los billetes del Banco de Buga y del Banco del Cauca en Cali. Finalmente, y para complicar aún más el panorama monetario, a todas las emisiones anteriores, que podríamos llamar de la legitimidad, como antes se le decía al gobierno establecido, se les sumaron también los billetes que emitió el ejército revolucionario liberal bajo la figura de un gobierno provisional.

Pocos años antes de estos acontecimientos, durante el gobierno de Rafael Núñez, se había fijado en doce millones de pesos el tope para la cantidad de circulante requerida por un país como Colombia. No obstante, entre 1899 y 1902, sumando las emisiones del Banco Nacional, de los bancos privados a nombre de la Junta de Emisión, de los gobiernos seccionales y del ejército revolucionario --sin incluir la enorme cantidad de billetes falsos que entró a la circulación--, se emitieron más de mil millones de pesos en billetes. El cambio con el exterior al final de ese período llegó casi al 20.000 %, es decir que, para importar algo que valía un peso oro era necesario desembolsar doscientos pesos en papel moneda.


BILLETES DE LA LEGITIMIDAD

Aunque la primera emisión de billetes del Banco Nacional en 1881 se había hecho con billetes impresos en Bogotá por la Litografía Paredes, la mayor parte de las que siguieron fueron hechas con billetes fabricados en Nueva York por la American Bank Note Company que continuó siendo su principal proveedor. Ocasionalmente también recurrió a otros impresores del exterior, entre ellos la imprenta Chaix, The Homer Lee Bank Note Co., Hamilton Bank Note Engraving & Printing Co. e incluso a las litografías de Paredes y de Villaveces en Bogotá. La emisión de 1895, la última realizada por el banco antes de la guerra de los Mil Días, alcanzó a hacerse todavía con los billetes finamente impresos por la American Bank Note Co., aunque dos nuevas denominaciones, una de veinticinco pesos y otra de mil pesos --increíble para la época-- fueron llamativamente impresas por la Franklin-Lee Bank Note Co. de Nueva York. Sin embargo, al estallar la guerra no hubo ya tiempo para esperar billetes importados y estos comenzaron a fabricarse en la recién fundada Litografía Nacional bajo la dirección de Otto Schroeder.

Las emisiones que hizo el Banco Nacional durante la guerra llevan las fechas de 1899 y 1900. En las primeras se ven sólo los motivos alegóricos y las escenas bucólicas típicas de la época, a excepción de un billete de cien pesos donde aparece Simón Bolivar al lado de una escena de conquistadores españoles en un acto de desembarco en una playa. En los billetes de 1900, además de las consabidas alegorías, comienzan a aparecer ya personajes inportantes de la política conservadora del momento como el general Próspero Pinzón y los presidentes Manuel Antonio Sanclemente y José Manuel Marroquin, este último acompañado por una escena tan improbable como el entierro de Atahualpa. Por otra parte, aunque la litográfia permite obtener excelentes reproducciones, como lo demuestran muchos de los billetes impresos en años anteriores por la Litografía Paredes, para esto se habría requerido disponer del tiempo necesario para importar materiales y meditar y ejecutar los diseños, cosa que las urgencias de la guerra no permitieron. Un examén, aún superficial, muestra papeles y tintas de mala calidad, combinaciones de tonos desagradables y el dibujo se nota con frecuencia apresurado y poco atractivo. Esto naturalmente influyó en la facilidad para falsificar los billetes, lo que aparentemente ocurrió en cantidades considerables, contribuyendo así a agravar el estado de cosas.

El número y especialmente la diversidad de los billetes regionales fue verdaderamente formidable y su historia está aún por escribirse. Aunque se trata usualmente de emisiones litografiadas, que podrían catalogarse entre las de emergencia, muchos de los billetes resultaron muy atrayentes, particularmente si se considera que en las emisiones participaron muchos impresores locales y que cada uno utilizó los recursos a su alcance, echando mano de cuanta viñeta y tipo de letra consideró apropiados. Entre los más numerosos y atractivos descuellan los de Antioquia, donde se alcanzaron a hacer numerosas emisiones entre 1899 y 1903, en las que, además de la imprenta oficial del departamento, intervinieron al menos cinco litografías privadas de Medellín. Estas fueron la Tipografía del Comercio de propiedad de don Félix de Bedout, que más adelante sería la Editorial Bedout; la Tipografía J. L. Arango, fundada por Jorge Luis Arango, que luego se convertiría en Danaranjo; la Tipografía Central, la Tipografía del Foto Club y la Imprenta de "La Verdad". Los departamentos de Bolívar y Magdalena en la Costa Atlántica hicieron imprimir muchos de sus billetes en la Tipografía de Antonio Araújo en Cartagena, y en la Tipografía Armenta y Prieto en Barranquilla. Lamentablemente, muchas libranzas regionales no llevan pie de imprenta, como es el caso de las del Tolima.

Que al comienzo el gobierno esperaba una rápida derrota de las fuerzas liberales revolucionarias se colige del texto que hizo estampar el departamento de Santander sobre sus "billetes de tesorería", impresos en Bucaramanga por La Imparcial y la Tipografía Mercantil. Este texto sobreimpreso afirmaba en noviembre de 1899 que el billete se cambiaría por billetes del Banco Nacional "en el transcurso de seis meses contados desde la fecha". No obstante, en abril de 1900, luego de transcurrido el plazo optimista, fue evidente que el panorama de la guerra se veía bastante incierto y ya en los billetes se decía que serían cambiados sólo "después de restablecido el orden público en el país". La Junta de Emisión contrató directamente con el gobierno de Santander y reselló los billetes del Banco Popular de Soto, el Banco Prendario de Soto y Reyes González & Hermanos. Estos llevan al respaldo el sobresello: "Este billete fue adoptado por la Junta de Emisión para completar los quinientos mil pesos ($500.000) que dispuso emitir el Sr. Jefe Civil y Militar del Departamento en su Decreto de esta fecha, y circulará provisionalmente como billete de Tesorería hasta que sea cambiado por billetes nacionales. Bucaramanga, Noviembre 14 de 1900".

Muchas entidades financieras colombianas privadas emitieron billetes entre 1870 y 1887. Las más influyentes mantuvieron estrechos nexos con bancos ingleses o norteamericanos y es comprensible que para sus billetes buscaran los mismos impresores de sus corresponsales extranjeros. Muchos de estos billetes muestran la mano de grabadores de renombre y reproducen retratos de militares y políticos, e incluso de empresarios y banqueros colombianos. La mayoría fueron fabricados en Inglaterra por impresores tan prestigiosos como Bradbury, Wilkinson & Co., Perkins, Bacon & Co. o Waterlow and Sons de Londres; o en los Estados Unidos por la American Bank Note Co. o Hamilton Bank Note Engraving & Printing Co. de Nueva York. Otros bancos regionales, de menos alcances o con menores recursos, acudieron a las litografías del país. La junta reselló grandes cantidades de estos billetes de varios de los bancos de la capital, entre ellos el de Bogotá, Hipotecario, Internacional, Popular, de la Unión y la Caja de Propietarios, así como del Banco de Márquez en Barranquilla. A todos les puso el sello circular del Banco Nacional en el anverso, usualmente en tinta roja, y en el reverso el texto sobreimpreso: "Este billete circula provisionalmente como billete del Banco Nacional, de acuerdo con el Decreto Nº 517 del 30 de Octubre de 1899".

BILLETES DEL EJERCITO REVOLUCIONARIO

Obviamente, los recursos con que contaba el ejército liberal para imprimir sus billetes eran mínimos, comparados con los del gobierno central o aun con los de los gobiernos seccionales. No obstante, el gran triunfo del general Rafael Uribe Uribe al derrotar al ejército conservador en las cercanías del puente de La Laja sobre el río Peralonso, justificó que se las ingeniaran para sacar al menos una emisión, en denominaciones de uno, cinco y diez pesos, fechada en Ocaña el 15 de junio de 1900 (Ver ilustración en Credencial Historia Nº 121, enero 2000, p. 15). Es posible que con ello se buscaran fines más propagandísticos que financieros, como lo atestiguaría el hecho de que en los respaldos de los billetes aparece siempre alguna alusión al triunfo liberal en Peralonso. En el de un peso se ve el puente de La Laja y los de cinco y diez pesos llevan la figura simbólica de un barco de vapor acorazado, remontando olas tormentosas, con el nombre Peralonso en el costado.

Según cuentan, las planchas de madera para los billetes fueron gravadas por un hábil dibujante del ejército liberal, quizá el mismo Peregrino Rivera que dejó un hermoso cuaderno de apuntes de campaña (ver Credencial Historia Nº 121, pp. 9, 12 y 14). Los útiles de impresión se cargaban en una mula para hacer los billetes sobre la marcha, siempre que fuera menester. Para la impresión se usó sólo tinta negra, y a falta de un papel más apropiado la mayoría se imprimió sobre papel rayado de cuadernos.

EPILOGO

A pesar de que cesaron las emisiones del Banco Nacional y de que el Congreso ordenó destruir las planchas de impresión de billetes, el país quedó inundado de especies monetarias sin valor. ¿Qué fin tuvo este alud de billetes desvalorizados? Se creó entonces una Junta Nacional de Amortización, supuestamente encargada de retirarlos de la circulación por medio de subastas de oro, lo que sólo se logró en ínfima cantidad. Aún más, a pesar de la prohibición del Congreso, la penuria económica era tal que todavía en 1904 la junta se vio obligada a hacer una nueva emisión de cien millones de pesos con billetes impresos en Londres por Waterlow & Sons. En ese mismo año, al subir al poder Rafael Reyes, se estableció que en adelante se cambiaría un peso en billetes de la guerra por un centavo oro y se creó un Banco Central que reemplazaría en sus funciones a la poco efectiva junta.

Infortunadamente, como era de esperarse con la sombra ominosa del antiguo Banco Nacional todavía fresca en la memoria, la gente desconfió inmediatamente del nuevo banco semioficial que a fin de cuentas, al caer el gobierno de Reyes en 1909, no había amortizado un solo billete. Se creó entonces una nueva Junta de Conversión que debía cambiar el papel moneda por moneda de plata, lo cual logró en buena parte con ayuda de la casa de moneda de Medellín. Sin embargo, fue sólo en 1923, con la creación del Banco de la República, cuando finalmente se logró la estabilización de la moneda

 

 

 

 

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