| La ciudad de Cartago vio nacer en el siglo pasado a un personaje cuyo solo nombre crispaba los nervios de los Caucanos, sobre todo si eran liberales. Se trata de Darío Mazuera, uno de los militares que acompañaron a Julio Arboleda cuando el caudillo conservador enfrentaba la revolución de 1860, que encabezaba su pariente Tomás Cipriano de Mosquera. No sabemos su fecha de nacimiento, pero sí que en 1859 fue nombrado secretario de la Prefectura de Mariquita, en el Estado de Cundinamarca, y que en 1861 y 1862 acompañó a Arboleda en la campaña del Cauca. Sergio Arboleda hace el siguiente retrato del personaje: "En el norte del Estado, un joven entusiasta, de actividad y de talento, Darío Mazuera, llegó a deslumbrar al Comandante en Jefe que creyó hacer un hallazgo en persona de tan buenas cualidades, cuando se sentía tanto la falta de hombres, y lo hizo, primero, Gobernador de Buga, después de Palmira, luego Teniente Coronel Comandante de una Columna, y al fin Comandante General del Departamento Militar del Norte. Este joven sacaba muchos recursos pecuniarios y tenía el don de engañar y de parecer popular en los pueblos mismos en que estaba cometiendo violencias, para sacar dinero que en la mayor parte aplicaba a sus propios gastos que no eran nada moderados". En Palmira, Mazuera se convirtió en un personaje notorio, no por el desempeño de su cargo, sino por haber fusilado bastantes revolucionarios liberales, aunque en esto, como en la mayoría de los hechos históricos, hay algunas discrepancias. Por ejemplo, Tulio Raffo dice que Mazuera fue un "hombre enérgico y valiente, que realizó una ardua tarea de limpieza contra los maleantes, quienes infestaban la región cometiendo toda clase de asaltos y de crímenes"; mientras que otros historiadores, como Gustavo Arboleda, mencionan que a Mazuera "le tocó ejercer sangrientas represalias", un eufemismo que habla de los espantosos crímenes que a nombre de la legitimidad conservadora se cometieron. Quien se refiere a Mazuera con mayor detenimiento es don José María Quijano Wallis en sus Memorias autobiográficas publicadas en 1919. Dice que "... desplegó en Palmira sus instintos sanguinarios, su audacia incomparable y su energía felina. Alguna vez en esa población, en un momento impulsivo y de mal humor, hizo sacar de la cárcel un grupo numeroso de prisioneros políticos y, sin fórmula alguna, los hizo fusilar en la plaza pública, mandando él mismo la escolta para la ejecución. Y como esta ejecutó varias otras fechorías, según lo refieren las crónicas". Las atrocidades cometidas por Mazuera fueron tantas que los liberales radicales las incluyeron en los "Documentos para la historia del terrorismo", publicados en el periódico La Revolución, para mostrar que "el partido godo había perdido todo sentimiento de honradez i de humanidad". En ellos se dice que "Darío Mazuera, un mozo de malos precedentes, sin posición social y nacido únicamente para el crimen, revestido de facultades omnímodas, satisfacía en las provincias de Buga y Palmira sus sangrientos instintos, sus pasiones brutales", acciones que se unieron a las "horcas de Piendamó" y los fusilamientos de la famosa "Viga de San Camilo" ordenados por Arboleda en 1861. Las brutalidades cometidas por Mazuera fueron tantas, que fue conocido como "el mata hombres de Julio Arboleda"; es decir, el equivalente de lo que hoy se conoce como sicario. Independientemente de la posición que se tenga frente a su desempeño político, lo cierto es que fueron tantos los crímenes de Mazuera que el 7 de febrero de 1862 fue dado de baja en el ejército por el mismo Julio Arboleda, quien le otorgó pasaporte después que aquél le hablara en "términos atrevidos y amenazantes". A partir de este momento, Mazuera se convirtió en enemigo de Arboleda y trató de enemistarlo con Braulio Henao, el otro comandante de los ejércitos conservadores. Fuera por esto o porque en realidad hubiera abusado de su posición, lo cierto es que Arboleda ordenó su captura, por lo que Mazuera huyó a Antioquia "con lo que había robado", sin que pudiera ser castigado. |
| ¿PRIMER DELINCUENTE INTERNACIONAL COLOMBIANO? Al final de la Revolución, cuando las tropas de Mosquera triunfaron, Mazuera debió expatriarse, hecho que lo llevó a iniciar una serie de delitos en diferentes países, que lo convertirían en uno de los primeros delincuentes internacionales que tuvo nuestro país. Cuando huyó del Cauca se refugió en Lima, donde entre 1863 y 1865 se convirtió en la persona de confianza del general Juan Antonio Pezet, presidente del Perú, para quien realizó ciertas actividades ilícitas cuyas órdenes fueron comunicadas en esquelas y documentos confidenciales que nuestro personaje tuvo la precaución de guardar. Esto le permitió hacer ciertas exigencias chantajistas a las que Pezet se negó a acceder, ante lo que Mazuera amenazó con hacer públicas ciertas actividades antipatrióticas dando a la luz documentos comprometedores. A Pezet no le quedó más remedio que comprar el silencio del chantajista, pero con la condición de que abandonara inmediatamente el Perú. Con el resultado de esta extorsión, Mazuera se instaló en Chile donde, según Quijano, vivió por algún tiempo "de la intriga, del chantage y de las artes de los caballeros de industria", hasta que fue expulsado por las autoridades. De Chile pasó unos pocos días en Bogotá, de donde salió rápidamente para instalarse en México; allí se puso al servicio del general Antonio López de Santa Anna, ex presidente de aquel país, hasta convertirse en su secretario privado y en su hombre de confianza. Esto le permitió desarrollar una vida social activa caracterizada por la buena fortuna, que le duró hasta que su afán aventurero lo llevó a solicitar a su jefe los medios para conocer los Estados Unidos. Para el efecto recibió el dinero necesario con la comisión de llegar a ciertos arreglos con algunos banqueros de Nueva York. La comisión fue realizada al estilo de Mazuera, pues no sólo se gastó los dineros dados, sino también los de López de Santa Anna, falsificando su firma para obtener una fuerte suma de las cuentas que el político mexicano tenía en algunos bancos norteamericanos. En Nueva York, Mazuera estableció relaciones de amistad con el escritor colombiano Rafael Pombo, a quien dio algunos detalles de su vida e hizo la promesa de darle sus "Memorias" para que fueran publicadas, promesa que, desde luego, no cumplió a pesar de haber asegurado que se las daría "vivo o muerto", porque debió huir apresuradamente con destino a París, a donde llegó el 17 de mayo de 1867. Allí lo conoció Florentino Vesga, un amigo de Pombo y redactor del importante periódico Diario de Cundinamarca, quien trabajaba en la Legación de Colombia que estaba a cargo del general Santos Gutiérrez. En París la vida de Mazuera, bastante disipada, fue la de un "rico libertino". No sólo disfrutó de los placeres que ofrecía la Ciudad Luz, sino que conoció a importantes escritores como Alejandro Dumas y Julio Simon, quienes plasmaron sus autógrafos en un álbum en el que Mazuera coleccionaba las firmas de los principales literatos y personajes de la época. El encuentro con el filósofo Simon causó una gran impresión en Mazuera, pues su autógrafo vino acompañado por la frase: "Croire, aimer, travailler, pardonner, voilà tout se que je vous conseille" ("Creer, amar, trabajar, perdonar, he aquí lo que yo os aconsejo"); a este respecto dijo a Vesga: "No comprendo cómo este hombre ha podido conocerme con solo haberme visto una vez, pues lo que él me aconseja es precisamente lo que me hace falta, pues no creo en nada y nunca he amado, ni trabajado, ni perdonado". En compañía de Vesga visitaba diferentes lugares, pero en uno de sus paseos dieron con una anciana que leía las cartas. Movido por la curiosidad --él decía: "Yo no creo en Dios, pero si creo en las hechiceras y hasta en brujas"--, Mazuera solicitó que le leyera la suerte. Las cartas le mostraron un destino fatal: su fin estaba cercano y sería sangriento. Impresionado por tal predicción, más tarde confesó a su acompañante que era perseguido por la policía que desde Estados Unidos le solicitaba en extradicción y que temía por su vida. Los fondos económicos de Mazuera disminuían al ritmo de su acelerada vida parisina; esto lo llevó a vender por una fuerte suma su libro de autógrafos, con lo que pudo abandonar Francia antes de ser apresado. CUMPLIMIENTO DE LA PROFECIA Huyendo de las autoridades, Mazuera viajó a La Habana, a donde llegó con pasaje de tercera y completamente pobre. En el malecón encontró a Fernando Escobar, un médico amigo suyo, ciudadano del Estado del Cauca, quien había alcanzado notoriedad hasta el punto de ser el médico del Capitán General de la isla. Mazuera le exigió diez mil pesos bajo la amenaza de divulgar su delito de bigamia, pues dicho médico era casado en Santiago de Cuba, a pesar de que su primera esposa vivía en Cali. La respuesta de Escobar consistió en decirle que le diera tiempo mientras cumplía con las exigencias que le hacía; sin embargo, no las cumplió; por el contrario, denunció a Mazuera como un terrible revolucionario y criminal colombiano ante las autoridades coloniales de la isla, quienes lo desterraron y pusieron en un vapor que partía para México, del cual fue arrojado a las playas de Yucatán. Aquí se estableció en la ciudad de Mérida, donde contó con el apoyo y protección de Francisco Altamirano, un literato de la localidad y opositor al gobierno (aunque podría tratarse del novelista y poeta Ignacio Manuel Altamirano [1834-1893], uno de los más destacados opositores a Maximiliano que luchó al lado de Juárez). Al parecer Mazuera no intervino esta vez en asuntos políticos y, según su protector, quería dedicarse a "reparar las faltas de su vida", como le había confesado en un arrebato de sinceridad y melancolía. Allí se distinguió como poeta y periodista, siendo uno de los editores de la revista Biblioteca de Señoritas. Ante el triunfo de los republicanos, quienes derrotaron al emperador Maximiliano en junio de 1867, los liberales empezaron una serie de represalias sobre todos aquellos que apoyaron la monarquía europea; esto llevó a que Mazuera fuera encargado de la dirección del periódico El Combate, desde el cual se había llamado a la guerra civil contra la monarquía. El 14 de agosto de 1868 Mérida cayó en manos de las tropas enemigas comandadas por el coronel José Ceballos, quien hizo apresar a Mazuera y a Altamirano como conspiradores. Los últimos momentos de Mazuera son tan novelescos como su vida: Altamirano consideraba que el colombiano no corría ningún peligro dada su condición de extranjero y de neutral. Pero Mazuera pensaba más en el cumplimiento de la profecía que le hiciera la vieja adivinadora de París, que en ponerse a salvo. Consideraba que había llegado el momento de "entregar vencido el pensamiento, como se ha entregado vencido el cuerpo" y, quizás llevado por el remordimiento de sus crímenes, ofreció la salvación a su amigo y protector, pues lo autorizó para que en el momento en que fueran llamados para ser fusilados él diera su nombre como suyo y de ésta forma pudiera conservar la vida, mientras daba aviso al consulado colombiano. Con algunos temores de conciencia, Altamirano obedeció a su amigo no sin antes recibir su testamento escrito: "Si mi vida ha sido estéril, no lo será mi muerte, que ella contribuya a la felicidad y al amor. Tenga como premio, a lo que es más bien hastío que sacrificio, un bondadoso recuerdo. Quiero que mis cenizas descansen en la Patria, cerca a las de mi jefe en la guerra de 1860. El cofre que guarda mis Memorias, a Rafael Pombo; la noticia de mi muerte, a Florentino Vesga" (Juan de Dios Uribe. El Indio Uribe. Sus obras, Medellín, 1972). Poco después, sin que alcanzara a llegar la ayuda de los funcionarios de la Legación Colombiana, Mazuera sufría la muerte sangrienta que le predijera la anciana en París. Era el 6 de febrero de 1869, y sus últimas palabras fueron: "Señores, ¡Aquí morimos varios inocentes! ¡Que nuestra sangre caiga sobre los malvados!". Las memorias de Mazuera fueron entregadas a Pombo; sus cenizas fueron enterradas junto a las de Julio Arboleda. |