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| EDICION 140 AGOSTO 2001 | | | | | | TERREMOTOS, PESTES Y CALAMIDADES Del castigo y la misericordia de Dios en la Nueva Granada, siglos XVIII y XIX Por: Juan Carlos Jurado Jurado | Tomado de: Revista Credencial Historia . (Bogotá - Colombia). Edición 140, Agosto 2001 | | |  |  | Exvoto a Nuestra Señora del Castillo, Allauch, por accidente producido por un rayo, 1820.
| San Emigdio, obispo y mártir. Estampa popular italiana. .
| | | | | ¿Cómo eran enfrentadas las catástrofes naturales en los siglos XVIII y XIX, cuando era inexistente el moderno concepto de la prevención de desastres, con sus sofisticados sistemas de ayudas tecnológicas, médicas e institucionales? Los sucesos naturales catastróficos que transforman el paisaje geográfico se tornan en desastres cuando está de por medio el hombre. Estos son un factor de temido desarreglo y de desorganización social, que hacen visibles las articulaciones internas de una comunidad y la imagen que una sociedad tiene de sí misma. Entre los más recordados terremotos del siglo XVIII, el de 1805, lo es por la destrucción de la Villa de Honda, con la alarmante cifra de doscientas personas muertas. Las erupciones del volcán del Ruiz no son nuevas y se presentaron con el temblor de 1845, con devastadores flujos de lodo que cicatrizaron los valles del Magdalena. Otras eventualidades no "geográficas", también tenían efectos desastrosos, como las plagas de langosta, que arrasaban los cultivos, trayendo hambre y miseria, y las catástrofes epidémicas, sarampión, viruela, fiebre amarilla y el cólera, llamadas "pestes". Sobresale la peste grande de viruelas de Santafé de 1782, cuyo número más alarmante de víctimas pasa de los tres mil, sorprendente para una ciudad de apenas unos veinte mil habitantes. Según Renán Silva, en la epidemia de 1802, los muertos se redujeron dramáticamente a trescientos treinta, por la mejor disposición de recursos médicos y la práctica de la vacuna. El cólera asiático o morbo apareció por 1849, al ingresar por el norte del país, dejando entre la Costa y Honda más de veinte mil víctimas en tres meses, sin que las poblaciones tuvieran recursos médicos para restarle fuerza. La sociedad colonial era rural y campesina, de modo que la forma de vida de la población estaba regida por los ciclos naturales. El mundo natural no era considerado como en las sociedades occidentales contemporáneas, frágil, dependiente y a merced del hombre, sino por el contrario, amenazante, terroríficamente poderoso e incontrolable: triunfaba fácilmente sobre los hombres. La familiaridad con una naturaleza amenazante e incontrolable, y la falta de ayudas médicas efectivas frente al contagio y la enfermedad, como hoy se conocen, pudo suscitar sentimientos de fatalismo resignado, más visible en angustiosos momentos, cuando la vida estaba a merced de la muerte y no había nada que hacer ante la calamidad. Frente a ésta, las autoridades determinaban un estricto control sobre el comercio de los escasos víveres y medidas prácticas para enfrentarla. Lo religioso ofrecía respuestas sobre el origen --sobrenatural-- de los males que afectaban a la comunidad. Resultaba terrorífico en esta sociedad católica morir repentinamente sin los auxilios sacramentales en medio de una catástrofe, arriesgándose a perder el alma para la eternidad. Entonces los sentimientos de impotencia se experimentaban con más fuerza, y se acudía con afán a los poderes de la Divina Majestad por medio de rogativas, romerías o novenarios, dada la inoperancia de los remedios humanos. | | | |  |  | Exvoto a la Virgen de Guadalupe, por el ahogado Bernabé Martín, 1841.
| Exvoto a la Gran Señora, por un temporal en la costa de La Habana, 1711.
| | | | | Escenas colectivas de pánico y fervor religioso en medio del desorden general componen descripciones como la de José María Caballero, sobre el temblor de tierra del 18 de noviembre de 1814, en Santafé: "En esta misma noche tembló como a las diez y media, pero como a las once y cuarto fue más grande, por cuya causa se asustó y alborotó toda la gente, en términos que no quedó uno acostado; todos salieron a las calles y amanecieron en las puertas de las casas y tiendas y en las plazas, rezando a gritos por todas partes. La comunidad de San Francisco dio vueltas por la plazuela, cantando letanías, de suerte que en medio del susto daba gusto ver a todas las gentes por todas partes, porque unos rezaban el rosario, otros el trisagio, otros las letanías de la Virgen, otros las de las santos, unos cantaban el Santo Dios, otros la Divina Pastora, unos gritaban el Ave María, otros el Dulce Nombre de Jesús, unos lloraban, otros cantanban, otros gritaban, otros pedían misericordia y confesión a gritos. En particular, las de mayor alboroto eran las mujeres. Yo me reía a ratos de ver tanto movimiento, sin sino, como locos, pues ninguno sabía lo que hacía; y aun en aquellas personas doctas y de mayor civilización. ¡Válgame Dios, lo que es un susto repentino, y más si viene por la mano del Altísimo!". Las rogativas públicas, nacidas de las angustias y frustraciones de las sociedades agrarias por su incapacidad para dominar el medio, eran decretadas y organizadas por los cabildos en concierto con las autoridades eclesiásticas. Incluían novenario de misas cantadas con procesión general el último día. El 2 de junio de 1817, en la Villa de la Candelaria de Medellín, el cabildo mandó hacer rogativa por la sequía y las pestes que se presentaban, "siendo graves los perjuicios que resultan a los frutos por la seca que se advierte e igualmente la peste que amenaza una gran devastación y ruina del vecindario, por tanto pide se haga una rogativa a nuestra Patrona la Virgen de la Candelaria". Pedido que fue aprobado y "al efecto pedir la limosna que se acostumbra". Desde la fundación de la villa en 1675 hasta el año de 1717, se encuentran trece solicitudes de rogativas, el 54 % de ellas por motivos climáticos. Las rogativas se realizaban en una de las parroquias de la población y el último día, que solía ser domingo, se salía en procesión con las cofradías y órdenes religiosas liderando el fervor público. Los cabildos exigían del vecindario "contrición y arrepentimiento", con la advertencia de ser castigados los ausentes. Estos actos de fe religiosa manifiestan la certidumbre en los poderes divinos para restablecer el curso regular de la naturaleza. | | | |  |  |  | Exvoto a Nuestra Señora de Cuasulosco, por Manuel Salas, 1861. ........... ................ ........ ............. .............. ............ ............. .................... .................. ............... ........... .....
| El gran cometa de 1882 en Bogotá. Xilografía de Antonio Rodríguez sobre dibujo de Alberto Urdaneta. "Papel Periódico Ilustrado", octubre 28 de 1882. Biblioteca Luis Angeal Arango, Bogotá.
| Ilustración para "Casimiro el montañés", poesía de Julio Arboleda. Grabado de Jorge Crane sobre dibujo de Alberto Urdaneta, a partir de un grabado de Edouard Riou. "Papel Periódico Ilustrado", noviembre 20 de 1883.
| | | | | En la Sabana de Bogotá, los labradores tenían en la iglesia de Monserrate su "santo abogado", al que acudían para calmar la sequía y la falta de pastos. En Popayán, las religiosas de la orden de la Encarnación dirigían sus rogativas a una estatuilla del Divino Salvador, que se sacaba en procesión para implorar al cielo el cambio de tiempo en épocas de lluvia o de sequías. Según el comentario jocoso del obispo, "sucede que cuando en la procesión se pide lluvia, empieza a calentar el sol, y si se ruega porque venga el verano se desata tormenta de rayos". En Medellín, repetidos temblores de tierra forzaron en 1730 al cabildo a encomendar la localidad a san Francisco de Borja como patrono protector contra "temblores, borrascas y tempestades". Se buscaba un intercesor que abogara ante Dios a favor del vecindario, pues era el único remedio que encontraban para finalizar aquellos males y "aplacar la ira divina" que los castigaban por sus pecados. Reiteradamente se hace referencia a un Dios vengativo, causante del flagelo como expiación de la culpa colectiva por su situación pecaminosa. Pero también se alude a un Dios piadoso que provee el remedio y la misericordia. Como lo ha señalado Renán Silva, el castigo divino era la forma de representación cultural y explicativa de las catástrofes; interpretación que tomaba fuerza con la precariedad de los medios --técnicos y médicos-- para enfrentarlas. Según el arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora, "el hambre, la guerra y la peste eran los tres grandes despertadores de que el Señor se valía para castigar el pecado y la ingratitud humana". Así, se sugiere el uso político de las catástrofes, al relacionar el mismo funcionario el ataque de la peste de 1782 con la "impía sublevación" de los Comuneros del año anterior. En el imaginario colectivo, Satanás y sus huestes de hechiceros también podían ser los autores del mal. La antigua relación entre demonio, maleficio y brujería, como causante de desórdenes naturales, provenía de Europa. Según los esclavos africanos de la zona minera de Zaragoza, el demonio tenía el poder de ordenar a la langosta destruir el maíz y a los brujos, que "se pusiesen delante del sol y le estorbasen la claridad". Así eran interpretados fenómenos "maravillosos" e inexplicables como los eclipses. Acudir a los santos como seguro espiritual suponía una religión al alcance de las personas para incidir en los asuntos más cotidianos y también sobre los más aterradores. Se acude al santo como ayuda mágico religiosa, por el gran sentimiento de impotencia y frustraciones que experimentan los hombres frente a una realidad amenazante y aplastante, como los desastres. A los santos se les adjudican sofisticados atributos, derivados de su historia particular, manifiesta en una "personalidad plástica individual". La protección de san Cristóbal fue invocada contra las inundaciones. San Sebastián tuvo gran fama desde Europa como protector contra las pestes, pues como fue acribillado a flechazos, se pensaba que alejaba la peste, cuyo ataque se representaba con flechas mortíferas. De similar celebridad gozaba san Roque, a quien se le construyó un templo en el barrio de Getsemaní, ante la presencia de la fiebre amarilla en Cartagena, a finales del siglo XVII. Fue común encomendarse de manera simultánea a varios santos, como se aprecia con los sismos de Santafé ya mencionados por José María Caballero, en medio de una religiosidad barroca atiborrada de rogativas, novenarios, y la adoración de reliquias sagradas: "A 21 se comenzó una rogativa a San Francisco de Borja, por los señores canónigos de la Catedral. A 20 se sacó por la noche el Cristo crucificado de las Nieves, que estaba en la Veracruz, y lo pasaron en una muy lucida procesión a la Tercera, y se comenzó una misión. El 22 de se comenzó una rogativa a Su Majestad, San Emigdio, San Nicolás y San Francisco de Borja, en la Candelaria. A 23 se comenzó otra rogativa en Santo Domingo, a San Emigdio y a Nuestra Señora de Guadalupe. A 24 se colocó el altar nuevo de Santa Bárbara en Santo Domingo, y se sacaron en procesión los huesos de San Feliciano, con mucha suntuosidad y grandeza, y los colocaron en el mismo altar de Santa Bárbara, y al otro día se comenzó la novena de dicha santa". | | | |  |  | La plaga de langostas del Patía. Gradado de "América Ecuatorial", Edouard André, 1879. Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.
| Exvoto a la Dolorosa y a San Sebastián, por una curación de viruelas, 1761. .............. ............. ..........
| | | | | Por encima de las devociones locales, Santa Bárbara gozaba de gran popularidad entre muchos neogranadinos por su supuesto poder para apaciguar desastres. San Isidro Labrador, patrono de los agricultores, cuenta todavía hoy con gran aprecio entre los campesinos como protector de los cultivos. La Virgen María es la intercesora de mayor rango ante Dios, según la doctrina católica. Sus advocaciones son numerosas. Desde tiempos coloniales la Virgen de Chiquinquirá, de alcance nacional, y la del Carmen, despiertan gran devoción popular. Esta última y la del Buen Viaje inspiran el fervor de los conductores y marineros contra inundaciones, tormentas y encalladuras. De similar estatuto son la Virgen de los Dolores y Nuestra Señora de la Salud. En Ancuyó, Nariño, Nuestra Señora de la Visitación tiene gran fama como protectora de los cultivos. De su manto prende una langosta de oro, resultado del favor que hiciera a uno de sus devotos el exterminarlas. Se cuenta que al invocársela aparecían bandadas de aves y pájaros para comer y exterminar a los insectos. Estas manifestaciones de la cultura local, que esperan ser investigadas en detalle, con múltiples y ricas versiones locales y estéticas, muestran que los santos permitieron a las poblaciones campesinas un recurso mágico-religioso para enfrentar y conferirle sentido a las duras condiciones de la vida en el campo, poniendo a su disposición los recursos de lo divino, para neutralizar la enfermedad y una naturaleza que se tornaba incontrolable y amenazante sobre lo humano. TEMBLOR EN EL HUILA, 1816 Una noche en que todos los habitantes del pueblo dormiamos tranquilos, nos sorprendió un ruido extraordinario y un sacudimiento de tierra tan fuerte, que todos salimos sobresaltados a las calles. La gente postrada en suelo, pedía misericordia a voz en cuello. Yo me sentí aterrado porque el movimiento era muy fuerte y se prolongaba mucho, repitiéndose por intervalos cortos; el cielo estaba nublado, la noche oscura y se oían truenos a lo lejos, todo lo cual ayudaba a aumentar el miedo. Aunque yo había sentido en Santafé un temblor bastante fuerte, hacía nueve o diez años, ni había sido como éste, ni yo conservaba idea bastante clara de él porque entonces era un niño. Viendo yo que había cesado todo peligro, me fui a acostar, pensando cuál habría sido mi espanto si este temblor hubiese tenido lugar ¡cuando estábamos en las faldas del Puracé! El resto de la población permaneció en vela hasta el amanecer. Por fortuna el temblor, aunque fuerte, no ocasionó graves daños, y sólo se supo que fuera del pueblo se habían abierto en la tierra anchas grietas, una de las cuales ocasionó la ruina de una pequeña casa pajiza y la muerte de algunos animales. Dicen que no hay mal que por bien no venga, o que Dios saca el bien del mal cuando le place: así me sucedió en aquella ocasión, pues el terremoto vino a proporcionarme recursos, aunque pasajeros y escasos. En medio del terror y sobresalto, la gente invocaba a San Emigdio, y el padre Serrano, a quien hallé también en la plaza, me dijo: "Como usted según me ha dicho, es dibujante, haría bien en pintar algunos San Emigdios y ponerles la oración al pie y vendería muchos... JOSE MARIA ESPINOSA, Memorias de un abanderado, Bogotá: Imprenta de "El Tradicionista", 1876. | | |