
EDICION 176
AGOSTO DE 2004
EL QUIJOTE REPUBLICANO
Por: Juan Carlos Gaitán V.
Tomado de:
Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
Edición 176
Agosto de 2004
Alfonso Villegas Restrepo | A Alfonso Villegas Restrepo le gustaba el republicanismo porque le permitía mantenerse en duelo intelectual contra todos; pero también le encantaban los duelos de verdad, con pistola o con espadas, en defensa del honor. Alfonso Villegas Restrepo nació el 21 de enero de 1884 en la ciudad de Manizales, donde hizo sus estudios de literatura, y a los 16 años participó en la Guerra de los Mil Días. Luchó en el Tolima, en la Costa Atlántica y en Panamá. Fue hecho prisionero en el combate de Aguadulce y al final de la contienda llegó a General. Ya en Bogotá se graduó de abogado en la Universidad del Rosario. |
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| En 1913 emprendió un largo viaje a Nueva York en busca de oportunidades. En 1919 regresó a Bogotá y fundó La República, con el fin de desenterrar las ideas del republicanismo, pero su hora ya había pasado. La República fue un diario moderno, impreso en prensa Dúplex, con linotipos y talleres de la más avanzada tecnología en su época. Este periódico duró poco más de 5 años. Luego Villegas Restrepo se dedicaría de lleno a ejercer su profesión de abogado y a representar importantes compañías extranjeras. Murió el 2 de marzo de 1945 a la edad de 61 años. |
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Su arrolladora personalidad y sus innovadoras ideas marcaron el destino de 5 presidentes de la República: Carlos E. Restrepo, Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo, Eduardo Santos y Alberto Lleras, de cuyas Memorias extractamos las siguientes anotaciones sobre Alfonso Villegas Restrepo: “... Cuando volvimos a Bogotá habían ocurrido grandes sucesos en la vida pública... En ese momento se habían registrado algunos cambios, bajo la presión de los hechos políticos. El Tiempo y El Espectador se afianzaban en la opinión como los nuevos diarios liberales, el segundo porque ese era su origen, el primero porque Eduardo Santos había hecho la conversión del republicanismo de Villegas Restrepo, el fundador de su periódico, al liberalismo. Villegas no se resignaba a ver crecer la hoja que él había dirigido, dentro de la nueva política, y determinó fundar La República para luchar, como le gustaba, solitaria y estérilmente, contra los viejos partidos a los cuales consideraba responsables de los desastres históricos de la nación. La República fue por un tiempo de proporciones materiales modestas, pero Villegas no podía hacer nada modestamente, y de pronto tomó en alquiler una de las esquinas de la Calle Real, la noroccidental de la calle catorce frente por frente de El Espectador, a poco metros de la vieja casa de El Tiempo, compró máquinas nuevas y anunció que iba a publicar el “único diario de doce páginas”, la renovada República” “...Acompañándolo (a Germán Arciniegas) y con reverencia por lo que iba a ver y a escuchar, subí las escaleras hacia el piso alto de La República, en donde vivía Villegas Restrepo (...) (...) Allá oímos la voz de Villegas, en tono bajo, casi confidencial, pero con un ligero falsete, ordenándole a Morales que nos hiciera pasar. Morales abrió la puerta con la dignidad de un butler británico, y nos precipitamos a la penumbra, en la cual nos orientamos por la voz suave y metálica de Villegas que nos presentaba excusas por la oscuridad, mientras prendía una lámpara cerca de la chaise-longue en que estaba reclinado, envuelto en una bata de color amarillo pálido, y cubierto con una manta escocesa. Hizo un esfuerzo enorme, desproporcionado para el movimiento, y con un vago gesto de dolor en el pálido rostro, entrecerrados los ojos claros, tomó un cigarrillo de la pitillera de plata, abierta sobre una mesa auxiliar y nos ofreció a Germán y a mi, que no fumábamos. Pareció resignarse ante tan duro contratiempo, y volvió a dejar la pitillera. Sabía de que se trataba y quienes éramos nosotros, especialmente Germán a quien veía con frecuencia. ¿Morales no podría hacer venir un poco de té o café para nosotros? Morales podía, claro está, y a los pocos minutos una sirvienta con cofia blanca, se deslizó sobre la alfombra, empuñando una bandeja con tetera, cafetera y tres tacitas. Apenas pasó ese trance, Villegas comenzó a conversar, al principio con pereza, después animadamente. Estaba leyendo periódicos de París, de Londres y de Nueva York, y sabía muchas cosas que nosotros ignorábamos, muchos nombres que al menos yo no había oído jamás, y era claro que le gustaba ávidamente el campo de la profecía. Germán interrumpía para averiguar un poco más. Al cabo de media hora, y cuando temíamos haberlo agotado, a pesar de que nos parecía que revivía hablando, nos retiramos. Nos dio un cordial apretón de manos, desde su silla y nos pidió que volviéramos a nuestro gusto. Bajamos las escaleras y yo no le oculté a Germán que había quedado sorprendido de ver tan exangüe al aguerrido campeón contra los partidos, los generales, los periódicos liberales, contra todo el mundo, y que no entendía bien cómo tan frágil persona hubiera en esos días estado al borde de un duelo “a pistola mordida” con el General Herrera”. |
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Once años más tarde, el 9 de junio de 1938, El Siglo publicó la siguiente carta en defensa de los duelos, escrita por Alfonso Villegas Restrepo, la cual nos permite de alguna forma entender su personalidad combativa: “Veo con preocupación y con alarma el empeño de algunos escritores responsables, de diversas categorías espirituales, en estimular el prejuicio público de que el duelo es una farsa, un estripucio, un endriago grotesco, facilitado por antecedentes lamentables debidos a la absoluta ignorancia que señorea entre nosotros esta grave materia, y prejuicio que ha permitido la vergüenza de que un militar paraguayo se atreviera hace unos pocos meses a mofarse del ejército colombiano sin que ningún oficial de la República volviera por el honor de sus armas. |
| Aquilino Villegas, en artículo que han publicado dos diarios, después de referirse gentilmente a mi encuentro con el doctor Vélez Calvo, se expresa en estos términos, tras afirmar del modo más bizarro que “el duelo es una patochada ridícula”. Jamás había oído o leído una tesis más monstruosa. La sustitución de un procedimiento esencialmente leal, propio de caballeros y hombres dignos, por el atentado personal, hasta con alevosía y a salva-mano “para saciar un deseo de venganza” y no para reparar hidalgamente una ofensa a la dignidad o al honor. Y todo ello cohonestado con la jerarquía eclesiástica en la absolución del pecado. Camacho Montoya afirma que el Código del Honor no existe, no lo ha leído nadie. Existe y es más interesante y respetable de lo que se cree. Fue presentado con el nombre de “Conseils pour les duels” a la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Intituto de Francia, en su sesión del 7 de abril de 1900, por el Duque Féry d’ Esclands y el Príncipe George Bibesco y acogido y refrendado el 1 de julio de ese mismo año, por las firmas de cuanto representaba en ese momento la alta cultura francesa en la sociedad, en la política, en el ejército, en las ciencias y en las artes. Luego sí existe el Código del Honor y su conocimiento no es cosa del otro mundo. Pero es evidente que reina una insondable ignorancia acerca de él y especialmente sobre los dos principios que lo dominan: la calidad de las cuestiones sometidas a ese procedimiento, deplorablemente necesario y la seriedad de las condiciones que debe revestir todo encuentro por las ramas, por salvar del ridículo a los actores y a los testigos. El duelo no es un artificio de matasietes, ni una diversión de borrachos, ni una farándula de exhibicionistas: es un recurso, sabiamente reglamentado para defender la dignidad o el honor en forma caballeresca y gallarda, en el momento en que la ley los abandona al pillaje de la insolencia o de la impostura. ‘Nuestro honor – dicen los autores de los Conseils- es un bien que debemos defender antes que los otros inclusive, la vida aun al precio de un mal: el duelo’. ¿Y qué es el honor? La estimación de sí mismo. Los matices de esa noción tienen siempre un carácter personal y cada uno es libre de apreciar como lo entienda su patrimonio moral. Pero hay elementos esenciales de ese patrimonio que no pueden afectarse sin caer en deshonor: el buen nombre, el propio decoro, el sentido patriótico. En una palabra, los atributos del caballero o aún mejor, del “gentleman”. Eso es lo que se necesita defender airosamente y airadamente, fuera de las Inspecciones de Policía y del garrote limpio. ¿Cómo? Exigiendo y obteniendo una reparación que devuelva el honor nuevo o lavado. Nuevo, es decir, con explicaciones satisfactorias o excusas suficientes si es posible lograrlas; y si no es posible, lavado con la sangre.” |
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