El ideario de las órdenes religiosas en la Independencia de Colombia

Por:

 
 

 

 

Revista Credencial Historia

 

 

EDICIÓN 248
AGOSTO DE 2010

     

EL IDEARIO DE LAS ÓRDENES RELIGIOSAS EN LA INDEPENDENCIA DE COLOMBIA

Por Luis Carlos Mantilla R.
Doctor en historia de la iglesia, Universidad Gregoriana de Roma. Miembro de número de la Academia Colombiana de Historia.

 

Tomado de:

Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia).
EDICIÓN 248

AGOSTO DE 2010

La independencia americana nació en el interior de los conventos y la gestación de este fenómeno comenzó, desde fechas muy tempranas, protagonizada por los frailes criollos. Esta afirmación así de contundente, que por lo mismo pareciera oportunista o altisonante por traerse a cuento precisamente en el año del Bicentenario de nuestra independencia nacional, contrasta con la explicación tradicional -pero bastante simplista- que considera que la ideología revolucionaria que condujo a la independencia, fue causada por la influencia de las ideas liberales europeas de la segunda mitad del siglo XVIII.

Sin embargo, se trata de una tesis antigua sobre la cual llamó la atención el historiador Juan Friede en 1953 en un trabajo que intituló El arraigo histórico del espíritu de independencia en el Nuevo Reino de Granada. En él revela que la independencia fue un movimiento relámpago, profundamente democrático, que gozaba de simpatías generales y que demostró la existencia de un ambiente general hostil a España en sus colonias americanas, lo cual explica que la relativa corta duración de las guerras de independencia hubieran conseguido liberar un continente en dos lustros de una dominación de tres siglos, y que en un año se hubiesen declarado contra España estados y ciudades separados por miles de kilómetros de distancia y casi sin contradicción alguna, propagándose el grito de independencia como por contagio, sin visible resistencia, cual movimiento eminentemente popular.

Aunque Friede admite que en este movimiento pudieron haber influido otras causas económicas y políticas, lo más llamativo y lo que nos interesa aquí, es que demuestra que el principio ideológico que desempeñó el papel preponderante en las luchas por la independencia fue el convencimiento que tuvieron los criollos sobre la legalidad y justa causa del movimiento revolucionario, por sentirse poseedores de un mejor derecho que el que tenía la corona a las tierras descubiertas y conquistadas por sus antepasados1. Esta conciencia sería trasladada a los conventos por los criollos que se hicieron religiosos, como vamos a verlo.

Para 1810 tres órdenes religiosas masculinas, esto es, dominicos, franciscanos y agustinos, se hallaban sólidamente establecidas en Colombia y su influencia social era tan grande como su expansión geográfica, lo cual se explica por su vieja raigambre en los destinos del país, como que se adentraban en los albores mismos de la colonización: en 1550 los hijos de Santo Domingo y San Francisco habían fundado sus respectivas provincias y desde 1575 los agustinos habían hecho lo propio; los jesuitas, organizados formalmente en 1602, a pesar de su gran vitalidad y de compartir su influjo social con las otras tres órdenes evangelizadoras, ya no se hallaban en el país, pues habían sido suprimidos desde 1767. Lo más significativo de esa presencia es que las tres corporaciones religiosas habían ido nutriendo sus filas con personal criollo desde la primera hora, a tal punto que para la época de la independencia, los superiores provinciales y los priores y guardianes de los conventos o doctrinas habían nacido en el propio suelo -que es lo que significa la palabra criollo- y venían detentando el poder local desde hacía mucho tiempo, siendo ya ínfimo el número de los frailes españoles que hacían parte de las provincias, no porque éstas los hubiesen solicitado a la península, sino porque ellos habían profesado aquí. La influencia de los conventos era poderosa y se hacía sentir principalmente en las ciudades en donde se organizaron las primeras juntas supremas de gobierno: en Cartagena el 22 de mayo de 1810 el guardián de San Francisco era el reconocido patriota fray José María Barragán y el 11 de noviembre de 1811 este convento fue el punto de partida de la memorable jornada que culminó con el acta de independencia y el establecimiento del Estado soberano, libre e independiente de Cartagena. La Junta patriota de Cali, que firmó el acta de la independencia el 3 de julio de 1810, lleva la firma de dos franciscanos, y sesionó en el convento de San Francisco de esa ciudad. Los franciscanos del pequeño convento de Pamplona, con ser pocos, tuvieron su participación en la constitución de la Junta patriota el 4 del mismo mes y año2 y, por supuesto, entre los miembros de la Junta de Santafé figuran el agustino fray Diego Padilla y con él firman el acta un dominico y un franciscano.

En cuanto al incremento numérico de los religiosos criollos en las órdenes religiosas, que fue el que contribuyó a crear la coyuntura tan favorable a la independencia, tenemos noticia que ya desde 1606 el presidente don Juan de Borja había advertido, en una carta al rey, que era muy difícil encontrar frailes que se hicieran cargo de las parroquias de indios, pues con los que se podía contar, “eran casi todos mozos criollos y faltos de las partes que para semejante ministerio se requiere…”3. En una carta del 12 de noviembre de 1636, suscrita por varios curas del clero secular de Mérida, a la vez que ponderan el sorprendente aumento de los religiosos criollos entre los dominicos, se quejan de la discriminación que hacían de ellos los frailes españoles: “Hállase la religión de predicadores en este Nuevo Reino de Granada en los padres criollos tan crecida en gran número de religiosos doctos, como desconsolada en ellos, porque teniendo orden de su general para que en el venidero Capítulo que se ha de celebrar el año de [16]38 se elija en provincial uno de los padres criollos que nacieron en Indias, pero como los que hoy gobiernan son de España ya que tienen el mando lo que se fundó y descubrió este nuevo orbe, con poderosa mano procuran deshacer lo determinado haciendo a vuestra majestad informe de que no hay persona capaz en los criollos para ningún oficio”. Y agregan que por esta discriminación y falta de estímulo los criollos “se desaniman, que a tenerle crecieran sus comunidades y conventos como lo están las dos Órdenes de San Francisco y San Agustín que la han gobernado muchos años a hijos naturales de este reino y como cosa propia está crecida en lo espiritual y temporal; todos sus catedráticos y predicadores son padres criollos…” 4.

La ventaja numérica de los frailes criollos entre los franciscanos era tan notoria que el primer provincial criollo fue elegido en 1636 en la persona de fray Alonso Poveda, natural de Muzo; su sucesor en el provincialato fue otro criollo, fray Lorenzo Figueroa, natural de Cáceres, Antioquia, nombrado en 1639 quien gobernó durante un trienio, al cabo del cual los frailes españoles estaban dispuestos a no dejar que su sucesor fuese otro criollo, lo que dio motivo al enfrentamiento de los dos bandos, según lo que informó el presidente de la Real Audiencia al Rey:

“El capítulo de San Francisco de esta Provincia se celebró con no pocos disturbios e inquietudes. Vino por visitador un criollo de esta ciudad, conventual en la de Quito, llamado Fray Martín Ochoa. Pusieron los religiosos los ojos en el padre Fray Luis de Jodar, visitador que acababa de ser de la Provincia de Caracas y definidor pasado: hasta la mañana estuvo este hecho; toda la noche tuvieron tal inquietud y desasosiego como se acostumbra entre frailes en estas acciones. Al amanecer se juntaron algunos padres criollos y por los claustros, con tropa y voces, anduvieron apellidando un criollo llamado Fray Antonio de Mora, diciendo: criollo, criollo, no de España, Mora criollo. Esta fue la voz de los criollos; entraron en Capítulo, votaron, y los mismos alborotaron el Capítulo de tal manera que los pocos frailes de España se encogieron y amedrentaron, y como el Comisario mostró gusto por el criollo, salió electo con la mayor confusión y vocería que jamás se vio Fray Antonio de Mora, religioso de ejemplar vida, pero quitado del mundo y que a voces renunció allí el puesto, aunque el Comisario no se lo aceptó. Infórmanme muchos padres graves [léase “españoles”] que fue el día de mayor confusión que se ha visto y que a tener armas estaban todos tan ciegos de cólera que hubieran sucedido muchas muertes. Después hicieron su Tabla y todos los que tuvieron oficios, doctrinas y guardianías fueron criollos, sin hacer ni aun un definidor fraile de España…”5.

La importancia de los anteriores acontecimientos -comunes a todos los países hispanoamericanos en donde las tres órdenes mencionadas tuvieron una historia semejante-, radica en que los capítulos provinciales de las órdenes religiosas fueron el antecedente de la independencia americana, ya que fue precisamente en esos escenarios en donde se manifestó, de manera inequívoca, el recelo mutuo con que se miraban criollos y españoles y en donde más se exteriorizó el sentimiento de superioridad de éstos sobre aquéllos, que los consideraban sin las aptitudes de los criollos para ejercer cargos directivos en las provincias por el solo hecho de haber nacido en distinto suelo; pero a su vez fue la ocasión de que los criollos expresaran su inconformismo por la discriminación de que eran víctimas, y expusieran el derecho que les asistía como “hijos patrimoniales”, a ser preferidos en la provisión de los cargos y a que se les concediera de manera prácticamente exclusiva los honores, beneficios y favores. Este principio ideológico tuvo un temprano desarrollo teórico en un documento del más alto valor histórico escrito en 1634 por el presbítero criollo don Luis de Betancur y Figueroa, natural de Cáceres, Antioquia, que intituló Tratado sobre la preferencia que deben tener los que nacen en Indias como patrimoniales para ser proveídos en sus iglesias y oficios , cuyo propósito era, según sus propias palabras, probar “que está legítimamente fundado en el derecho divino, natural, canónico, civil y en el Real de Castilla y de las Indias, ser debida a los naturales de ella la prelación en los oficios, beneficios, dignidades, obispados y arzobispados de sus provincias”6.

“Mucho es sin duda lo que hemos padecido bajo la tiranía. Mucho es también lo que hemos hecho para adquirir nuestra libertad. Pero ¿acaso ya lo hemos hecho todo? Oh dulce, Oh santa libertad Tres siglos de suspiros te han deseado, millares de infortunios han preparado tus caminos, y al fin, después de infinitos males y desgracias has descubierto a nuestros ojos tu rostro. Pero aún no está de asiento en nuestro suelo, aún desconfiamos de tu asistencia permanente, y nos posee el temor de que nos abandones como a ingratos.
Fray Diego Francisco Padilla, Aviso al público, septiembre de 1810

Fray Diego Francisco Padilla. Papel periódico Ilustrado, 18811887.

Las anteriores razones nos permiten deducir que “el espíritu de independencia” de los primeros colonos españoles, que se caracteriza por el celo, el exclusivismo y el sentido de posesión frente a los que vinieron después de ellos y amenazaban con aprovecharse de lo que habían conseguido con tanto esfuerzo -que Friede llama “protocriollismo”-, fue heredado por sus hijos que lo trasladaron, en el caso de los que se hicieron religiosos, a los conventos, y fue esa corriente doctrinal la que contribuyó poderosamente a preparar y formar el ambiente espiritual propicio a la revolución de la independencia. Con toda razón la historiografía de la independencia de Colombia ha reconocido sin vacilación un papel preponderante al clero y a las órdenes religiosas en el proceso emancipador, de muy diversas maneras, desde el púlpito y la cátedra a través de los sermones y de los escritos, en el campo de batalla como capellanes de los ejércitos patriotas, desde los conventos o en las casas curales amparando a los perseguidos y, sobre todo, animando la rebelión con la interpretación teológica y espiritual de textos de la Sagrada Escritura, pero también contribuyendo a subvencionar los gastos de la guerra con ayudas pecuniarias derivadas incluso de la venta de objetos destinados al culto.

Cada una de las órdenes religiosas que hemos mencionado aportó su cuota de protagonismo en los citados campos y al momento de hacer el balance de los nombres de los frailes patriotas éstos constituyen una verdadera legión de honor. Para recordar apenas algunos, baste mencionar entre los dominicos el muy esclarecido de fray Ignacio Mariño, quien ostentó el grado de coronel, con el cual aparece entre la oficialidad del Ejército Libertador como capellán general, además de otros tres capellanes, fray Miguel Ignacio Díaz, agustino, que pereció en la batalla de Boyacá y era capellán del Batallón Cazadores, fray Joaquín Guarín, franciscano, del Batallón Primero de Línea, y el presbítero Cayetano Reyes, capellán de caballería. La misión de Mariño desbordó el campo de sus deberes espirituales, pues ayudó en otras tareas relacionadas con la campaña libertadora 7.

Entre los agustinos brilla el nombre del bogotano fray Diego Francisco Padilla, auténtico ideólogo de la independencia, uno de los miembros de la Junta del 20 de julio de 1810 y signatario del acta, autor de 49 opúsculos políticos y fundador de un semanario con el nombre de Aviso al Público, que por aparecer los sábados era conocido también con el nombre de “Sabatino”, cuyo primer número, salió el 29 de septiembre de 1810 8.

"En todas las regiones del país ha sido muy comentado el donativo hecho por la Virgen al ejército patriota. Los buenos frailes de Santo Domingo, sus asesores confidenciales, son los únicos que están en el secreto de cómo fue entregada dicha suma, pero su ejemplar modestia los obliga a guardar absoluto silencio al respecto. Por cierto que semejante dádiva no sólo ha contribuido a la mayor reputación de los monjes, sino

 

El Humilladero, la Veracruz y San Francisco en Bogotá. Grabado de Moros. Papel Periódico Ilustrado, 1881-1887.

que se reconozca su ardiente celo revolucionario, acerca de lo cual reinaba antes mucha incredulidad. Sin embargo, quienes se mostraban escépticos ante aquella política de la orden, olvidaban tomar en cuenta otras circunstancias, en efecto, los dominicanos habían sido desterrados una vez de Bogotá, bajo el virreinato, y expulsados de Panamá. En aquella época disponían de entonces riquezas, y si se hubieran mantenido fieles partidarios de la causa realista, la Virgen de Chiquinquirá no los habría acompañado a otro país. "

VIAJE A LA GRAN COLOMBIA EN LOS AÑOS 1822-1823 (De Caracas y la Guaira a Cartagena, por la cordillera hasta Bogotá, y de aquí en adelante por el río Magdalena) POR EL CORONEL WILLIAM DUANE.

Entre los franciscanos que sobresalieron por su patriotismo está fray Francisco Florido, natural de Popayán. Tenía apenas 29 años cuando sonó el grito de independencia en Santafé y se mostró tan entusiasta por esta causa, que en agosto de 1813 fue nombrado capellán del ejército en la campaña de Antonio Nariño hacia el sur. Ya entonces tuvo un gesto que le ganó la admiración y el reconocimiento de parte del gobierno, según lo consignó la Gaceta Ministerial de Cundinamarca en el número 126 del 5 de agosto de 1813: “El reverendo padre Fray Francisco Antonio Florido, a quien el 21 del pasado se libró título de capellán del ejército con la asignación de 200 pesos anuales, ha donado al Estado dicha renta, y se ha obligado a servir absolutamente de balde no sólo la capellanía del ejército, sino cualquiera otro ministerio a que se le destine, en obsequio de la Patria. El gobierno ha mirado con el mayor aprecio este donativo, hijo del patriotismo y generosidad que hacen tan recomendable a su autor”. Pero Florido era, ante todo, un ideólogo de la revolución y además de algunos sermones suyos en los que rebosa ese espíritu, se recuerda en particular una velada muy famosa en honor del Libertador, en el templo de San Francisco de Bogotá, después de la batalla de Boyacá, decisiva para desmontar la mentalidad realista que aún pudiera subsistir en la conciencia de algunos, en la que desarrolló 14 tesis o proposiciones, entre las que vale la pena mencionar las siguientes: 1. Aun desatendiendo las causas inmediatas de la revolución de América, ésta debía esperar que en algún tiempo llegase el de su emancipación; 2. La revolución de América fue oportuna y aun necesaria en los momentos en que sucedió; 3. La independencia de América en nada se opone a la religión de Jesucristo y antes en ella se apoya; 4. España no tiene justicia para reclamar su dominación en la América, ni Europa derecho para intentar someterla al gobierno español; 5. La mala fe con que España nos mira bajo todos los aspectos y la imprudencia con que han infringido los pactos y capitulaciones más solemnes durante la guerra, pone al americano en la necesidad de desatender sus promesas por ventajosas que parezcan; 6. América se halla hoy en la forzosa alternativa de o sostener su independencia o someterse a un gobierno de sangre, de fuego y de exterminio; 7. Pensar que en la bula del papa Alejandro VI se dé a España un derecho de propiedad sobre los países de América, arguye o una loca temeridad o una vergonzosa ignorancia.

Entre los franciscanos del convento de misiones de Cali se destaca el nombre del caleño fray José Joaquín Escobar, llamado “el verbo de la revolución del Cauca”, cuya mejor actuación la tuvo en la Junta Provisional de Gobierno de las seis ciudades federadas del Valle del Cauca, la cual presidió en su calidad de vicepresidente; de la misma junta hacía parte el padre fray José Joaquín Meléndez, diputado por Cartago, de cuyo convento era su guardián. Aun sin mencionar otros nombres de sobresalientes frailes patriotas y sucesos que ilustrarían los sufrimientos que tuvieron que sobrellevar por esta causa, tenemos la certidumbre de que la frase que pronunció don Jorge Tadeo Lozano, en su discurso de apertura del Colegio electoral de Cundinamarca, en 1813, continúa haciéndole justicia a la participación de las órdenes religiosas en la independencia de Colombia: “Hasta nuestra más remota posteridad recordará con gratitud que la revolución que nos emancipó fue una revolución clerical”9.

REFERENCIAS

(1) Revista de Historia de América, México, N°. 33, 95-104.

(2) Luis Carlos Mantilla R. Los franciscanos en Colombia, tomo III (1700-1830), vol. 1, Bogotá, Publicaciones de la Universidad de San Buenaventura, 2000.

(3) Archivo General de Indias: Santa Fe 18, fol. 47v.

(4) Archivo General de Indias: Lima 338.

(5) Archivo General de Indias: Lima 330. Carta del licenciado don Martín de Saavedra y Guzmán, 4 de marzo de 1648.

(6) Luis Carlos Mantilla R, “Los presupuestos teóricos del criollismo americano en la obra del colombiano Luis de Betancur y Figueroa (1634)”. Revista Complutense de Historia de América , Madrid, 22 (1996), 121-138.

(7) Roberto M. Tisnés. Fray Ignacio Mariño, O.P., capellán general del Ejército Libertador, Biblioteca de Historia Nacional, vol. CI, Bogotá, Editorial ABC, 1963, p. 36.

(8) Oreste Popescu: Un tratado de economía política en Santafé de Bogotá en 1810. El enigma de Fray Diego Padilla , Bogotá, 1968 [s.e.].

(9) Luis Carlos Mantilla R. “El clero y la emancipación en el Nuevo Reino de Granada. El caso de los franciscanos”. En: La América Hispana en los albores de la emancipación. Actas del IX Congreso de Academias de la Historia, Madrid, Real Academia de la Historia, 2005, 179-221.

 

Batalla de los Ejidos de Pasto
Plaza Mayor de Bogotá. Obra de Francois Désiré Roulin, ca. 1824. Colección Banco de la República. Reg. 4087.

Mapa geográfico histórico y estadístico de Colombia
Plaza Mayor de Bogotá. Obra de Edward Walhouse Mark, 1846. Colección Banco de la República. Reg. 57.

Reconocimiento formal de la independencia de Sur América por Estados Unidos
Acta de Independencia de la Provincia de Cartagena. Colección Casa Museo Quinta de Bolívar. reg. 06-434.

Iglesia del Rosario de Cúcuta. Papel Periódico Ilustrado, 1881-1887.

Retrato de Fray Ignacio Mariño Torres, ca. 1821. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 353.

Aviso al público n° 1. Sábado 29 de septiembre de 1810.

     
 
 

 

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