Las mujeres de la época colonial no eran un grupo homogéneo. Según su posición social, raza, estado civil y edad, cumplían diversos roles y oficios. La maternidad y el cuidado de los hijos las comprometía a todas sin diferencias. No obstante, un grupo de ellas acogió una especie de religiosidad radicalizada que la diferenció de las demás. Las beatas y las monjas de convento encontraron el sentido de su vida en la castidad, la oración y la pobreza. Efectuaban una entrega en vida al Señor que las convertía en modelos de virtud. Las monjas vestían los hábitos de su congregación, mientras las beatas preferían sayas rústicas de color pardo. Ambas, por lo común, rehusaban todo arreglo llamativo. Las beatas, a diferencia de las monjas, no vivían enclaustradas, ni en comunidad. De jóvenes convivían con sus familias y, ya en la ancianidad, las que habían heredado se hacían acompañar de alguna mulatica. La mayoría de las beatas vivía en las más absoluta pobreza, manteniéndose con las limosnas que les daban gentes devotas y caritativas. Usualmente se dedicaban a cuidar enfermos, a colaborar en las casas de niños expósitos, a procurar alivio a los moribundos, a orar y a promover la devoción por algún santo. La beata, ilusa o visionaria, llegó a ser un personaje célebre del catolicismo del siglo XVII, en una época sedienta de milagro y sacrificio. | | | 
| 
| "Ilustre y penitente vida de la virgen doña Antonia Cabañas", escrita por el Jesuita Diego Solano en el siglo XVII. Manuscrito, Sección de Raros y Curiosos. Biblioteca Nacional, Bogotá.
| | | Hace ya algunos años la antropóloga Virginia Gutiérrez de Pineda, al realizar sus estudios sobre las culturas regionales colombianas, encontró un personaje singular: la «biata» paisa. Se trataba de alguien con una imagen despectiva y perversa, una mujer solterona, rezandera y pacata, que exhibía permanentemente una especie de rencor con los demás. Su alejamiento de la vida social y de las diversiones, particularmente las juveniles, la convertían en un ser amargado y prejuiciado. La beata colonial era un personaje distinto. Su acentuada religiosidad, su vida austera, su mortificación y sus alucinaciones místicas la convertían en un ser respetado y admirado. Tal es el caso de Antonia Cabanas, una mujer de quien conocemos su vida por la obrita de pequeño formato y de carácter rústico que escribió su confesor meses después de su muerte, acaecida en 1667. La autoría del libro, que quiso mantenerse en reserva, ha sido atribuida por distintos estudiosos al padre Jesuita Diego Solano, quien fue su confesor y guía espiritual y, además, tenía conocimientos de medicina. El título que dio a esta biografía fue el de Ilustre y penitente vida de la virgen doña Antonia de Cabañas, cuya única copia manuscrita reposa hoy en la sección Raros y Curiosos de la Biblioteca Nacional de Colombia. Conviene señalar que la beata colonial siempre tenía alguna relación con una orden religiosa, especialmente agustinos, franciscanos o jesuítas, que, como la monja, tenía su confesor y consejero espiritual. El confesor de las beatas intentaba guiarlas en sus anonadamientos espirituales e interpretar sus tribulaciones. Las alentaba a no desfallecer en su devoción y las apremiaba a no excederse en sus tormentos y delirios. Preocupados los clérigos de que sus arrobamientos rayaran en la superchería, buscaban atenuar sus emociones. Como esto fuera poco, y dado que las beatas tenían una ubicación imprecisa en el ordenamiento eclesiástico, sus comportamientos y actitudes se convirtieron en materia de vigilancia por parte de la Inquisición. Por ello la escritura no fue un ejercicio recomendado a las religiosas por sus confesores, sino excepcionalmente a algunas, como Francisca Josefa del Castillo y Jerónima Saavedra. De Antonia Cabañas sabemos que gustaba escribir cartas de contenido místico, las cuales hacia llegar a su hermano Esteban y a su confesor. La mayoría de los libros de vidas de santas y devotas fueron escritos por sus confesores, resultado de muchos años de comunicación Íntima en el confesionario, en los pasillos o en los jardines. Estas biografías, como la de la beata Antonia Cabañas, son una mezcla de hechos personales, de anécdotas milagrosas y de exaltaciones de virtud. Son modelos ejemplificantes, sobre los que poco importa discutir si fueron verdaderos. Conviene mejor, tomarlos como partes de un comportamiento ideal, posible de creer y de repetir. Antonia Cabañas vivió sus treinta y ocho años en Tunja. Fue hija de don Alonso Rodríguez Cabañas y de doña Catalina Montero y Padilla. Esta familia tenía cierta posición que, sin ser holgada, le permitió dedicar dos hijos varones y dos mujeres a la vida religiosa. Antonia tuvo una hermana gemela, de nombre Juana, a la cual la unieron una serie de hechos maravillosos. Otras dos hermanas, que se mantuvieron solteras, fueron su compañía junto con su madre. Antonia se formó en un ambiente religioso, enriquecido por la figuración eclesiástica de su hermano Esteban y por los libros que éste leía, circunstancia muy propicia para su experiencia mística. Dice el biógrafo confesor que Antonia en forma premonitoria nació en el mediodía del 13 de junio de 1629, cuando repicaban las campanas de víspera de San Antonio de Padua. Desde su nacimiento fue de un natural virtuoso, sonriente y siempre robándose los afectos de sus padres. Fue justamente en estos años cuando empezaron a revelarse sus devotas inclinaciones. Apresurada su madre en destetar a la niña, encontró que su llanto sólo se calmaba enseñándole algún libro. Los años de adolescencia los dedicó a aprender de sus tías todas las artes de aguja, a leer libros, a orar y a ayunar los viernes. Como vecina de la iglesia de San Agustín, asistía allí a la misa, a la confesión y a la comunión en compañía de su madre, tías y hermanas. Por San Agustín cultivó devoción toda la vida. Antonia vivió períodos de angustias, dudas y quebrantos. Era bella y se encontraba débil. Quiso ingresar a algún convento, pero sus padres, que habían dotado a cuatro hijos para la vida religiosa, se hallaban sin medios para satisfacerla. Aunque hicieron algunos esfuerzos, ella veía que su anhelo se postergaba. Esta incertidumbre le provocaba una especial ansiedad y desazón, pero dos hechos nefastos vinieron a darle un giro místico a su vida, la muerte de su hermana gemela Juana y la de su padre, ocurridas con pocas semanas de diferencia, afectaron sensiblemente a la madre y a todas las hermanas. Juana murió al dar a luz su primer hijo, acontecimiento interpretado por el confesor como un acto divino para «elevarla a más alta vida». Antonia acogió el luto y por muchos meses lloró desconsolada. En carta a su hermano escribió: «Qué poco hay que fiar de las lisonajas halagüeñas de los años. Qué más tuve yo para vivir cuando en mi hermana lo más fue menos». Fue entonces cuando convirtió su propia casa en convento, pues, como dijera, «para ser santas, sólo es necesario el que eficazmente se quiera, obrando bien y no sin obras, viviendo en religión». Entonces su carácter se hizo más dulce u se entusiasmó con los libros de santos, especialmente el del venerable Juan Eusebio Nurenberg. Hizo más rígido su recogimiento, y sólo veía las calles cuando iba a San Agustín. Por esos días, dice el confesor, vivió su primer gran combate con el demonio, que la perturbaba en su lectura. En Soracá, poblado indígena en el que tenía curato su hermano Esteban, pasó distintas temporadas orando. Fue allí donde hizo su primera confesión general. Bañada en lágrimas y arrodillada, sollozó: «¡Oh, qué engañada he vivido, pues por una flor del mundo llegué a perder aquella hermosura eterna! ¡Oh, Dios mío, cómo he sido tan ingrata, ofendiendo a esa bondad infinita! ¿Esto es dejaros, señor? No más. Dios mío: ya no he de querer otra cosa sino solo a vos». Al día siguiente recibió la comunión. Trató de alcanzar los tres caminos de la perfección: el purgativo, el iluminativo y el unitivo. En las noches se martirizaba con un áspero silicio que la hacía sangrar. Estos ejercicios, que llamó retiros, los acompañaba de severos ayunos. Prefería para sus retiros a Soracá, lugar donde podía permanecer en absoluta soledad. Luego de convencer a su confesor de la claridad de su conciencia, hizo votos de castidad, de pobreza y obediencia. Los dos primeros siempre los había cumplido, pero el último empezó a realizarlo con sus hermanas, sus tías e incluso con la servidumbre. Esta fue la época también en que su virtud y caridad adquirieron notoriedad en la ciudad. Cuidó y veló por enfermos que todos rehusaban tratar por repugnancia o temor. La vida de Antonia Cabañas fue la de una religiosa penitente. Sus tormentos físicos empezaron cuando en una romería a la Virgen de Chiquinquirá la atacó un reumatismo que le afectaba toda la cara. De regreso a Tunja, debió aceptar el cuidado de un barbero en Sáchica que aseguraba tratarse de una dolencia dental. Este le partió una muela y tratando de cauterizarle la herida le quemó la lengua. Estos quebrantos se extendieron por varios años en los que Antonia sufrió de parálisis de un costado, de abscesos dentales y furúnculos en los brazos. A los dolores de las enfermedades y al suplicio de los tratamientos, Antonia respondía con suma resignación, entendiéndolos como prueba del Señor. Fray Gregorio de Poveda, prior del convento de Tunja, llegó a decir que Antonia era «el santo Job de nuestros tiempos». Otros la compararon con la madre Catalina de Jesús y con Santa Teresa de Avila. La penitente Antonia sobrellevó sus dolencias como un combate contra el demonio que le quería impedir realizar su tarea de amor al Señor. Prueba de ello, explicó, fue el golpe que recibió en su rostro de una mano invisible mientras oraba en Soracá. En otra ocasión, a altas horas de la noche, fue estremecida y tumbada al suelo por una fuerza tan poderosa, que despertó a su madre y sus hermanas. Cuando la salud se lo permitía, trataba de retomar su rutina habitual. Despertaba muy temprano en la madrugada y oraba hasta las seis de la mañana. Luego iba al convento de San Agustín y asistía a misa. Volvía a su casa, que era como pasar de una iglesia pública a un oratorio secreto. Rezaba hasta las diez y disponía alguna necesidad de las iglesias. Comía una o dos onzas de pan, que eran «como engaños a la muerte». Después leía y oraba hasta las tres, que era cuando visitaba a su madre. Hacia las seis regresaba a su cuarto e iniciaba una serie de rosarios hasta media noche. Antes de dormir hacía examen de conciencia y recitaba unas jaculatorias que sus hermanas no entendían. |
Antonia Cabañas empezó a sentir que la vida se le iba la noche del 27 de marzo de 1667. Recibió los óleos y estuvo junto a su madre y hermanas. Pidió que la vistieran con el hábito de San Agustín y que su entierro fuera humilde, sin flores ni palmas. Al amanecer preguntó: «¿Madre, qué señora es esta que con tantos niños me dice que con todos ellos he de rezar el oficio?». Horas después falleció, dando inicio a una serie de hechos memorables. Pues, según dijo una tía suya: «No se le puso el rostro más amarillo ni macilento que cuando vivía; no se le inmutó con arrugas la frente, ni se le hundieron los ojos; ni se le afilaron las narices, ni encogieron los labios, ni traspillaron los dientes, no se le adelgazó el cuello, ni se le cayeron los hombros como sucede a los demás en aquella hora, sólo parecía que estaba durmiendo». El sepelio de Antonia Cabañas fue uno de los eventos más característicamente barrocos de la época colonial. El cortejo adquirió solemnidad y reunió en un gesto típicamente americano los diversos estamentos y grupos de la ciudad. Concurrió toda la justicia y clerecía mayor, adornados con sus estandartes, sobrepellices y estolas. Las distintas órdenes y cofradías asistieron con sus respectivas insignias. Las familias nobles asistieron todas con sus mejores galas. Los indígenas de Soracá, que siempre la acompañaron, la lloraban con sus cantores, músicos, velas y hachas de cera blanca encendidas. Las indias llevaban el cabello suelto con mantas negras, que era su manera de rendir luto a quien había sido su bienhechora. La gente del pueblo asistió con exclamaciones; los que no la conocían, ya la alababan por su fama. Dos días después empezaron a suceder hechos prodigiosos que pervivieron en los tiempos coloniales. Antonia se convirtió en una venerable, y su cuerpo y prendas, en reliquias. Una mujer provocada por el demonio al pecado camal y abrazada por calores que la atormentaban, sufrió acompañada de varios clérigos, hasta que nombró a la madre Antonia Cabañas, y se salvó. Una religiosa profesa que padecía de ahogo y perdía la respiración fue tratada por varios médicos sin éxito; le colocaron en el pecho unos cabellos y uno de los cilicios de la madre Antonia y pudo dormir tranquila. A sor María de la Cruz, profesa del convento de Santa Clara, se le había hinchado el cuerpo; pese a distintos tratamientos no tenía mejoría; le pusieron en el pecho y el estómago un pedazo del hábito con que enterraron a la madre Antonia y desde entonces pudo volver a comer y dormir. Las beatas de cada ciudad recorrieron senderos individuales, su religiosidad se desenvolvió en el medio doméstico, normalmente entre una gran pobreza. Tal vez por ello sus historias, como la de Antonia Cabañas, han pasado desapercibidas, si no olvidadas del todo. Historias que merecen rescatarse y reintegrarse al conjunto de las vivencias femeninas de la historia colombiana. Un siglo después de muerta Antonia Cabañas, en los barrios Santiago y Las Nieves de Tunja vivían 9 mujeres en condición de beatas. Los beateríos, instituciones para acoger a las beatas, tan difundidos por la Contrarreforma en España, Italia y Portugal, no llegaron a conocerse en el Nuevo Reino de Granada. Excepcionalmente, a fines del siglo XVIII, en un acto de caridad póstuma, el minero caleño Tomás Ruiz de Salinas donó su mina del Chocó para la fundación del que sería el primer beaterío neogranadino. Según pedía en su testamento, éste debía ser dedicado al culto del Señor Sacramentado, administrado por la venerable Josefa Navarrete y, de acuerdo con la pobreza de cada recogida, suministrarles vestido y alimentos. Al beaterío fue donado también un músico esclavo para que enseñara a tocar instrumentos que adornaran las misas. Lamentablemente, la existencia de este beaterío fue muy corta, pues unos años después se disolvió debido a los escasos rendimientos de la mina. |