- Herbert Braun
- Politólogo de la Universidad de Pittsburgh, Pensylvania.
- Doctor en Filosofía ( Historia ) de la Universidad de Wisconsin.
- Profesor Distinguido «Goldsmith» en la Universidad de Virginia, Charlottesville.
| El domingo 30 de marzo de 1997 apareció en uno de los mejores periódicos del país, un titular a cuatro columnas en primera plana sobre el alto costo en que incurren los matrimonios en Colombia cuando llegan al divorcio. En 1948, este encabezado habría suscitado consternación y asombro. De todos los políticos de aquella generación que llegó a la vida cuando terminaba el siglo anterior y comenzaba el que ahora está por llegar a su fin, Jorge Eliécer Gaitán es posiblemente el que menos se hubiera sorprendido, aun al no haber sido testigo de los muchos cambios que han ocurrido en el país en la segunda mitad de siglo. |
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| El divorcio en sí no es un tema demasiado obvio para indagar acerca del lugar que ocupa Gaitán en la historia del país. Gaitán rara vez habló sobre el divorcio. En aquel entonces, el rompimiento estatalmente legalizado de lo que Dios había unido apenas se comenzaba a mencionar en público. Siendo liberal y algo alejado de la Iglesia, es probable que Gaitán hubiera abarcado el tema con más facilidad que muchos otros jefes de su propio partido, y que todos los conservadores de la época, y sin duda con mayor fluidez que Laureano Gómez, quien estaba convencido de que la modernidad traía consigo el derrumbe del país, la religión y la moral. Hoy en día, en medio de la modernidad misma, el simple silencio acera del divorcio en la primera mitad del siglo suena ridículo. Aunque se esté o no de acuerdo con el divorcio, nadie puede dudar que es un obligado tema público. Pero, por debajo del tema del divorcio, se puede desentrañar todo un proceso histórico que abarca el siglo. A Gaitán quizás no le habría sorprendido el titular, porque en él se estaba haciendo referencia en público a una condición personal. A saber, ¿cuánto dinero, qué tanto del patrimonio privado se están gastando los ciudadanos para poder solventar su penosa situación doméstica? Es entre lo público y lo personal donde surge Jorge Eliécer Gaitán en la primera mitad del siglo. El jefe liberal encarna la idea de que un país no logra ser realmente un país, o sea, el conjunto de país político y país nacional, sino hasta cuando en él se atiende públicamente a la vida personal de la ciudadanía. Gaitán se ubica, históricamente, en el umbral de la modernidad. Fue el primer político nacional que ejerció en la plaza pública una concepción sistemáticamente moderna de la vida social. |
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| Por ser un político moderno, sus colegas se burlaban de Gaitán, a la vez que le temían. Sentían que menospreciaba la vida pública, que la manchaba con pequeños detalles cotidianos. Ellos, en cambio, sentían que la política no se hacía con el pueblo, sino por encima del pueblo. No eran hombres de acción. Practicaban la vida contemplativa, la conversación y el diálogo. Fueron ilustres estadistas --liberales y conservadores-- de la convivencia nacional (1930-1949), que el país no ha llegado a atender y apreciar cabalmente. Estaban convencidos de que las ideas perduraban y los actos no. Pensaban, por ejemplo, que en mundo de la ideas "el medio y el fin están claramente separados en forma tal que, extinguida la actividad [...] su resultado, su fin, subsiste, permanece más allá de acto creador". Pero cuando "la acción espectacular se agota [...], la importancia del espectáculo se extingue al terminarse". Los llenaba una concepción hidalga, tradicional y jerárquica, con fuertes matices de una cultura precapitalista y católica. Silvio Villegas decía que él era un "filósofo para mí, y para algunos de mis amigos, y sacerdote para el vulgo". Según Abel Naranjo Villegas, los políticos estaban imbuidos de una tradición hidalguista de la vida "desde sí", y no del ideal burgués de la vida "para sí". Como liberales y conservadores, se entendían entre sí, porque eran hombres de razón que lograban controlar sus emociones. Siendo lo que eran, le otorgaron al país años de paz y tranquilidad. "Bendita escuela que le enseñó al bogotano a colocar los intereses de la patria y del arte por encima de la muerte y a llevar su generosidad y su hidalguía más allá", exclamó el liberal Daniel Samper Ortega. Se consideraban los líderes naturales del país. Muchos de ellos hasta sentían que en la vida pública no tenían una personalidad privada, y que gobernaban desinteresadamente. Pocos lo expresaron tan dramáticamente como Augusto Ramírez Moreno: "Notifico a ustedes que no tengo intimidad. En mi vida no hay campo para esa grosería circunstancial. Yo soy en todo un hombre público. Nunca nadie ha sorprendido en mí una actitud que no sea cuidadosamente preparada, arreglada y perfilada. Soy un caballero arrogante, aun en las circunstancias de abrocharme los pantalones". |
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| Los líderes de la convivencia nacional hablaban en términos abstractos sobre la nación, sus tradiciones y sus instituciones, y de la moral que debía unir a todos los colombianos. Aun el economista liberal Carlos LLeras Restrepo era integralmente un hombre público de aquella época: "Toca al gobierno poner de presente a los individuos las necesidades de orden más elevado, crearles en el espíritu esas necesidades [...] Civilizar a un pueblo no es, en suma, más que hacer nacer en él necesidades nuevas". Para ellos, el pueblo era una entidad poco definida que estaba más allá de sus propias vidas. No buscaban, como lo hacía Gaitán, hablarle directamente sobre sus necesidades inmediatas y sus ambiciones diarias. En el lazo emotivo que intentaba lograr Gaitán con cada individuo del pueblo que lo escuchaba, ellos veían la demagogia y la vulgaridad. Gaitán era un hombre peligroso, porque inmiscuía lo privado en lo público. El pueblo lo seguía como un hombre particular, y no tanto como a un estadista. Gaitán fue el político de su generación que viajaba por el país distibuyendo jabón y pasta de dientes, que le suministraba uniforme a los taxistas. Quiso eliminar el uso de la ruana, ya que la consideraba una prenda mugrosa que ocultaba una suciedad aún mayor. Como alcalde de la capital, salía a la calle al amanecer para asegurarse de que la basura se estaba recogiendo debidamente. El era el que se preocupaba de que la Calle Real (la Séptima) y sus aceras estuviesen en buenas condiciones para que los transeúntes de la urbe pudieran llegar a sus quehaceres diarios sin mayores dificultades en la vía pública. Hasta puso baños públicos para las necesidades más privadas, en el centro de la ciudad. |
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| Gaitán fundó su propio periódico, y lo denominó Jornada, término que entre sus varias acepciones significa las horas de un día de labores. Le dijo a Luis David Peña, el primer director del periódico: "Las cosas hay que llamarlas por su nombre. Nosotros no podemos hablar en eufemismos, ni desviar con palabrería inútil la dirección de nuestro pensamiento. Hay que hablar un lenguaje directo al pueblo". Al mismo tiempo, para Gaitán la vida privada era una vida de pasiones, de emociones, las cuales eran un medio para movilizar el pueblo, para compenetrarlo con la nación. Buscaba un equilibrio entre la razón y la pasión. Se opuso "al criterio verbalista de la política. No puedo aceptar el postulado que ha invadido las mentes, aun de las generaciones nuevas, de acuerdo con el cual las hondas pasiones, el amor fervoroso a los ideales convierten al hombre en un ser insustancial y romántico |
![]() | A Gaitán lo inspiraba una concepción social que hoy en día se sobreentiende. Comprendía que el ser humano es en gran medida el resultado del contexto social en el que se desenvuelve, y que por lo tanto al individuo se le podría mejorar por medio de la acción, especialmete de la acción colectiva. Esta idea no le llegó del marxismo, sino del positivismo legal de Enrico Ferri que aprendió en Italia. Con las manifestaciones públicas, Gaitán le daba voz al pueblo, y lo integraba a la nación: "Señor presidente Ospina Pérez: Bajo el peso de una honda emoción me dirijo a vuestra excelencia, interpretando el querer y la voluntad de esta inmensa multitud que esconde su ardiente corazón, lacerado por tanta injusticia, bajo un silencio clamoroso, para pedir que haya paz y piedad para la patria". |
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| Para los jefes de los partidos, Gaitán era un espanto, un hombre irresponsable y peligroso que encendía lo que ellos temían como las pasiones primitivas del pueblo. Pero Gaitán no fue ningún revolucionario, ni un socialista. Acaso sí fue un revoltoso. Hombre de ideas moderadas, tuvo un estilo intempestivo que le llegó por su personalidad, por un cierto resentimiento social y por la parsimonia de la vida pública de la época. Porque era precisamente el solapado estilo de sus colegas lo que tanto susto le causaba. Lo que más temía Gaitán era la revolución, y se había convencido de que si los líderes del país no se ponían al tanto de los cambios que acontecían a su alrededor, si no integraban el pueblo a la nación, si no buscaban un mejor equilibrio entre el país político y el país nacional, el pueblo excluido se les iba a venir encima. "En Colombia has dos países: el país político que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su poder, y el país nacional que piensa en su trabajo, en su salud, en su cultura, desatendidos por el país político. El país político tiene rutas diferentes a las del país nacional. ¡Tremendo drama en la historia de un pueblo!" Después de muerto Gaitán, los jefes de la convivencia nacional no lograron llegarle al pueblo que él había movilizado. Eran estadistas tradicionales y no políticos modernos. Durante la década que siguió al asesinato de Gaitán, ellos no pudieron más que claudicar sus puestos públicos. Se desbordó la Violencia. Se vino encima el país nacional con todas sus clases sociales, de pobres hasta ricos, aferrándose no a conciencias colectivas, revolucionarias o reaccionarias, sino al individualismo moderno y a las instituciones del libre mercado y la propiedad privada. En los últimos cuarenta años el país político no ha sido lo suficientemente fuerte para lograr encauzar el vertiginoso cambio. Ahora bien, desde este enfoque histórico, posiblemente deberían haber sido los estadistas de la convivencia los sorprendidos con el titular de prensa mencionado al comienzo, ya que fueron ellos los que practicaron una política por encima de los intereses particulares. Sin embargo, ellos vivieron los cambios de la segunda mitad del siglo y se les asemejaron. Se fueron deslizando con el tiempo. Con el pasar de los años se convirtieron, también, en modernos. El rastro de los hechos durante las últimas cinco décadas parece indicar que fue poco lo que les llegó a sorprender. Pero ahora, al final del siglo y sabiendo hasta dónde ha llegado el país, sus ciudadanos pueden echar un vistazo atrás y llegar a apreciar la gestión histórica de lo que fue la convivencia nacional, ya que su intento era mantener lo público, lo colectivo, por encima de lo privado, de lo individual. |
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| Gaitán no se habría sorprendido por el titular de prensa, ya que hubiera entendido que el alto costo del divorcio es una situación privada que el país entero debería discutir públicamente. ¿Pero no se habría extrañado el caudillo liberal por el hecho de que este fuera el titular más importante de aquel día, y que además la página no tuviera prácticamente ninguna información que él pudiera reconocer como pública? La página traía unas palabras sobre Farid Mondragón, "el niño bien de la selección nacional"; otras, bajo el lema de "Cultura" sobre Juliette Binoche, una preciosa actriz francesa; otras sobre un niño que estuvo a punto de venderle su alma al diablo; otras sobre unos vendedores de imágenes religiosas que engañaban a los incautos; y otras más sobre cinco sacerdotes que se metieron en política. Quizás ésta última referencia sea la única que Gaitán hubiera entendido con alguna facilidad. Y en la mitad de la página venía una enorme foto en colores de unos hombres que se zambullían en los lodos "medicinales" del volcán El Totumo, bajo el título "Lodo eres y en lodo te convertirás". Cuando Gaitán pensaba en hablarle directamente al pueblo, seguramente no era ésto lo que tenía en mente. En pocos países hoy en día, quizás en ninguno, prevalece tan soberana y soberbiamente lo privado sobre lo público como en Colombia. En el país que se consideraba el más moderno de todos, donde la consecución de la felicidad está inscrita como derecho ciudadano en la Constitución, es inconcebible una primera plana en la cual la mayor parte de la información fuera de carácter personal. En los Estados Unidos se ha logrado mantener, aunque tenuemente, un balance entre lo público y lo privado. Difícilmente se nos ocurre otro país en el cual se pueda entender aquel dicho colombiano de "un país que se derrumba mientras sus ciudadanos están de rumba". En Colombia, son pocos los que quieren saber de la vida pública. La felicidad está en la libertad que cada uno logre ejercer en su vida privada. |
¿Será que esta excesiva privacidad es el legado principal que ha dejado el 9 de abril, aquel nefasto día de mediados de siglo, aquella tarde lluviosa que privó al país de un hombre público que buscaba el equilibrio entre el país político y el país nacional? Porque Gaitán no fue un irresponsable. Nunca quiso que lo privado primara sobre lo público. Lo que añoraba era un mundo público que llamara a la conciencia ciudadana. Para él, ser ciudadano no era simplemente un derecho particular, sino también una obligación social. Parece que sin Jorge Eliécer Gaitán, esa obligación no ha llegado hasta nuestros días. El país ha vivido un divorcio entre la primera y la segunda mitad del siglo.




