Gabriel Giraldo Jaramillo ha sido, quizás, el único crítico de arte contemporáneo que, tempranamente, llamó la atención sobre Carlos Valenzuela, un pintor y dibujante dedicado al paisaje y al retrato, quien ha permanecido oculto hasta el presente a pesar de haber producido casi dos centenares de obras. En efecto, Giraldo Jaramillo mencionó a este artista desconocido y prolífico en La miniatura en Colombia, libro publicado en 1946. Allí se refirió a su condición de dibujante: "Carlos Valenzuela dejó asimismo preciosos dibujos a pluma que acusan las capacidades excepcionales que admiramos en los iluminadores medievales; sus figuras casi microscópicas son de una impresionante perfección y el conjunto de sus composiciones es en extremo pintoresco y agradable".
Durante su período de formación en Europa, Valenzuela, al igual que Joaquín Sorolla, se familiarizó con el pequeño formato, que predominó a lo largo de su carrera artística. Hay dudas sobre el tiempo que estuvo en Italia, porque no existen documentos, sino una afirmación constante a través de testimonios verbales, según los cuales vivió veinte años en dicho país. Sin embargo, es posible afirmar que se trató de dos permanencias. La primera, entre 1890 y 1899, porque, sin duda, al final de siglo se encontraba en Colombia; y la segunda, entre 1903 y 1910. En el libro Reminiscencias de Santa Fe y Bogotá, José María Cordovez Moure menciona a Valenzuela junto a los pintores Jesús María Zamora, Ricardo Borrero Alvarez, Pablo Rocha y Eugenio Peña. En el Salón de la Escuela de Bellas Artes, Valenzuela presentó un Prometeo, obra por la cual el crítico Jacinto Albarracín (Albar) lo incluyó dentro del grupo de jóvenes que practicaban, según sus palabras, el "género de Meissonier": "Aún en el género de Meissonier en el cuadro Los retratistas de la señorita Casas María C., y hasta el rígido de color y líneas del señor C. Valenzuela en su Prometeo, que revela un ángel caído de Bellver, le es tan parecido en la postura y en las alas del buitre, que se me viene el recuerdo de aquella estatua, si no fuera por el estudio de las carnes satisfactorio, que se toca de escultura por la sequedad del dibujo aun el de las rocas". (Exposición Nacional de Bellas Artes de 1899. Los artistas y los críticos. Bogotá: Medardo Rivas, 1899).
Ese mismo año, dentro de la famosa polémica sobre si Epifanio Garay copió de una fotografía el desnudo para La mujer del levita de los montes de Efraím, salió a relucir como testigo, entre otros, el pintor Carlos Valenzuela: "En El Tío Juan, periódico que se edita en la misma imprenta que El Autonomista, debió leer el doctor Grillo las pruebas que desvanecen la especie de la fotografía. Testigos presenciales de la ejecución de mi obra, tales como los señores Valenzuelas (Julio y Carlos), Lehner, Zerda, Martín, Cortés, Torres Medina, Güell, Cuéllar y otros muchos, declaran en sentido contrario al de la fábula inventada por mis malquerientes", según la réplica del propio Garay publicada en el El Autonomista (octubre 7 de 1899). Su relación con Garay se documenta con un precioso retrato que le hizo el pintor académico —única imagen del artista que se conoce hasta el momento—, en la que aparece Valenzuela en una edad cercana a los 25 años, con bigotes retorcidos, tocando el violoncello. Al fondo se aprecia un retrato de mujer conocido como La italiana, hoy en una colección particular en Nueva York. No hay duda de su presencia en Colombia en 1899. Se ignora la fecha de su regreso a Italia. Lo cierto es que se encontraba en Roma en 1910, junto con sus padres, de quienes hizo unos retratos en gran formato con los que participó en la Exposición del Centenario, organizada por Andrés de Santa María. En esa exposición presentó cuarenta obras, entre las que se destacan, además de los retratos de sus padres, una serie de veintisiete paisajes. También presentó una escultura del general Julio Barriga.
Esta participación tuvo elogiosos comentarios; en uno de ellos, el periodista L.E. Antolínez en El Diario de Colombia, al hacer un recorrido por el Pabellón de Bellas Artes, resalta las obras de los artistas Andrés de Santa María, Ricardo Acevedo Bernal, Eugenio Zerda, Domingo Moreno Otero, Miguel Díaz Vargas, Ricardo Borrero Álvarez, Jesús María Zamora, Pablo Rocha, Eugenio Peña y Darío Rozo; y hace un alto en Carlos Valenzuela, de quien destaca su precisión en el manejo de los detalles: "Valenzuela expone varios retratos de un arte demasiado acabado, de una precisión marcadísima aun en los más mínimos detalles, de acentuados y fuertes contrates, que sugieren recuerdos de David y de Ingres. Se adivina que el autor huye de las tendencias modernistas, apenas sugeridoras del detalle, de los brochazos intencionados y del poético ensueño de lo vago e impreciso". En otro comentario sobre su participación en el mismo Salón del Centenario, el crítico Joaquín Tiberio Galvis reseñó en El artista las obras expuestas en el Pabellón de Bellas Artes: los retratos de Acevedo Bernal, el cuadro de Zamora que representaba un episodio de la campaña de Bolívar en los Llanos, las piezas de Andrés de Santa María, José María Restrepo, Ricardo Borrero y Silvano Cuéllar. En cuanto a Carlos Valenzuela, se refirió expresamente a sus retratos: "Cuatro retratos del Sr. C. de Valenzuela acaban de llamarme la atención por la firmeza que se advierte en el dibujo, el vigor en el colorido y la técnica nada común que emplea en el desarrollo de sus obras, y a no ser por cierta dureza en los contrastes de luz y de sombra y algo minucioso en los detalles, sus obras indudablemente figurarían, a mi modo de ver, como las primeras de la exposición".
Sus paisajes, de fuerte iluminación, demuestran corrientes diferentes a las que inició Andrés de Santa María en su cátedra en 1893. La presencia de Carlos Valenzuela como pintor de paisajes representa una nueva vía para analizar las corrientes que dieron origen, desde la última década del siglo XIX, a la predilección por este género de pintura.
La variedad de materiales en el soporte indica la libertad con que trabajó: lienzo, madera, cartón, papel y materiales industriales, tales como una especie de pizarra o asbesto. Este último material, muy frágil, lo utilizó para los paisajes más pequeños, que Giraldo Jaramillo confundió con miniaturas. En esos pequeños trozos colocó los pigmentos con gran destreza, con pinceladas cortas, a veces casi puntillistas. Éstos no son bocetos o estudios para realizar obras mayores: Valenzuela se deleitaba una y otra vez en pintar, en Italia, montañas o quintas situadas en campo abierto, y en la Sabana de Bogotá, su hacienda Bosatama, con la casa, el estanque de patos y el río con sauces llorones. Hizo escenas costumbristas, en menor cantidad, a las que dio, más que carácter documental, un sentido pictórico. Su actitud de artista fue la de pintar para sí mismo, recluido en su estudio de la calle 14 o en su hacienda, con un goce secreto, íntimo, que lo relacionaba con el paisaje del altiplano. Siempre vestido con ropa italiana, dedicado al dibujo, a aprender idiomas como el alemán, y a la lectura, Valenzuela entendió, desde cierta altura espiritual, la relación entre el pequeño formato y el acto de pintar para sí mismo. Cuando murió, a la edad de cincuenta y cinco años, su viuda conservó algunas de sus obras, y otras fueron repartidas, como legado, entre sus familiares y una comunidad religiosa.
El Museo Nacional de Colombia, dentro de su programa «Nuevos nombres del pasado», pretende recopilar y exponer el centenar de obras que se encuentran en Bogotá para que el nombre del pintor Carlos Valenzuela se incorpore a la historia del arte colombiano. | ||||||||||||||||||



