4 de diciembre, 1900-2000 Centenario de la muerte de Aquileo Parra Un relato inédito de sus honras fúnebres.

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Ficha bibliográfica
Titulo:
4 de diciembre, 1900-2000. Centenario de la muerte de Aquileo Parra. Un relato inédito de sus honras fúnebres
Autor: Aída Martínez Carreño
Edición original: 2005-06-22
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Aída Martínez Carreño
Notas: Texto de Aída Martínez Carreño sobre el expresidente e intelectual colombiano.

 

Revista Credencial Historia


DICIEMBRE 2000.



4 de diciembre, 1900-2000
Centenario de la muerte de Aquileo Parra
Un relato inédito de sus honras fúnebres.

Por: Aída Martínez Carreño.

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Diciembre 2000. No. 132

Aquileo Parra Gómez.
Oleo de Francisco Antonio Cano, 1925.

Tumba de Aquileo Parra
en el Cementerio Central de Bogotá. Fotografía de Ernesto Monsalve.

Casa donde murió Aquileo Parra, en Pacho (Cundinamarca) y placa conmemorativa.
Fotografías de Germán Castro Caycedo.

Jefes y corneta del Batallón Figueredo, ca. 1900.
Colección Particular, Bogotá.

Documento original del testimonio
sobre la muerte de Aquileo Parra y el cañón del "Figueredo",
de Guillermo Quevedo Sornoza.
Archivo General de la Nación, Bogotá.

Batallón Figueredo: Pedro Lucio Barragán, Guillermo Quevedo Sornoza (2), Antonio Valbuena, Aurelio Bernal, Jorge Vargas Umaña, Isaías Espinosa, Alberto Hoyos, Juan de la Cruz Osorio, Carlos Wiesner, Juan Manuel Escallón, Manuel de Jesús Bernal, Antonio Arango y Jorge Esguerra López.
Archivo General de la Nación, Bogotá.


Una noche, a finales de noviembre de 1900, Guillermo Quevedo Zornoza, estudiante de literatura en el Colegio San Luis Gonzaga que regentaba José Joaquín Casas en Zipaquirá, se escabulló de la casa paterna y, en compañía de otros muchachos, se unió a las fuerzas liberales comandadas por los generales Manuel Colmenares y Benito Ulloa, cuyo cuartel estaba ubicado en la población de Pacho. Quevedo, quien apenas tenía 16 años, fue incorporado al Batallón Figueredo y participó en la campaña revolucionaria del Occidente de Cundinamarca y Boyacá, en la cual perdió amigos, compañeros, salud y fortuna.

Aun cuando sus estudios de literatura quedaron interrumpidos para siempre, como heredero de una notable vocación que había dado fama a su apellido encontró su camino en la música. Durante varios años, junto al maestro Alberto Castilla, fue director del Conservatorio de Ibagué; también fundó el Centro Musical de Zipaquirá. Reconocido compositor de aires populares y de música religiosa, escribió así mismo música sinfónica y varias zarzuelas. Murió en 1964.

De unas páginas suyas que tituló "Recuerdos y apuntes militares sobre la campaña de Occidente de Cundinamarca en la guerra de los tres años, escritos por un zipaquireño" (Archivo General de la Nación. Fondo Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 530, exp. 21), datadas en 1937, se ha tomado el presente relato, que contiene también una anécdota de la guerra de los Mil Días:

MUERTE DE DON AQUILEO PARRA

El ilustre hombre público y ex presidente de la República, una de las glorias auténticas del liberalismo, ya muy delicado de salud y de edad avanzada, temperaba con su familia en el caserío de La Ferrería de Pacho. Era a fines de noviembre del dicho año [1900]. Allí, con el ilustre enfermo estaban su yerno D. Julio Sánchez (hijo del prestigioso D. Jacobo, a quien como gobernador del Estado le correspondió cumplir la orden de Mosquera sobre desocupación de conventos) y su nieto, el gallardo militar D. Julio Sánchez Parra. Para nosotros los revolucionarios, y muy especialmente para mí, El Patriarca me encarnaba toda una época de la Edad de Oro del liberalismo.

En la casita de La Ferrería lo veía yo muy a menudo en su silla de brazos y cubierta su ancha y pensadora frente con el tradicional gorro de borla. Siempre meditabundo y observando el ajetreo de nuestras tropas, como preocupado de nuestra suerte. El Dr. Parra fue enemigo de la guerra y él encauzó aquel movimiento pacifista que le atrajo la cólera de los caudillos y la indiferencia de las masas. Pero era que la juventud del 900 ya no podía aguantar más. El Dr. Parra, sin embargo, vio a mayor distancia que los políticos de entonces y predijo el desastre. Hoy, ya saldadas las cuentas viejas, y hechos dolorosamente los inventarios de la Hecatombe, hallamos justas sus profecías, pero después de treinta y cinco años de experiencia. El sol del Liberalismo alumbra ahora el cielo de la República, y los que fuimos al campamento, desinteresadamente, con la fe y decisión de la juventud, sabemos descubrirnos ante el recuerdo de ese anciano venerable, de ese patriarca civilista, honra no solamente de la Causa y de la Patria, sino del continente americano. Los muertos mandan, indudablemente.

Murió el Dr. Parra y le hicimos los honores que a nuestro alcance estuvieron. La bandera del Figueredo cubrió su ataúd; y con nuestras viejas armas a la funerala le acompañamos al camposanto de Pacho.

Santiago Calvo lo despidió en frases cariñosas y altivas: frases de revolucionario. Empezó su discurso con el epígrafe latino: Los que van a morir te saludan. Recuerdo aún estas palabras de Calvo:

"Fuiste la Paz, gracia que el enemigo no nos dio. Fuiste la Tolerancia, idioma que jamás ha comprendido el conservatismo. Duerme, ¡oh grande anciano!, en el seno de esta tierra que mañana iremos a empapar con nuestra sangre, para que los hombres que nos sucedan gocen de esa paz que era vuestro anhelo y la cual vamos a conquistar con nuestros fusiles".

EL CAÑON DEL BATALLON FIGUEREDO

Carlos Currea (hijo del general Aníbal, héroe de Cuaspud) descubrió entre el fárrago de cosas de la antigua ferrería y confundido en compañía de fondos de trapiche, rieles y cosas por el estilo, un tubo negro, corto y de respetable diámetro. Una vez limpio, se comprobó que aquello era un cañón de verdad, al menos por su forma y apariencia. El hallazgo no podía ser más oportuno. Una pieza de artillería. Muy discretamente nos participó el descubrimiento y nos llevó a cuatro o cinco a ver la terrible arma. Evidentemente era un cañón, pero sin cureña ni otro accesorio indispensable para moverlo y emplazarlo. Currea nos lo ofreció para el Figueredo. Iríamos a hacer leña con tal pieza.

Lo montamos previamente amarrado con alambres y lazos al tronco de un mango de la hacienda; fue cargado con dos talegos de pólvora blanca Barragán, alpargatas viejas y ocho libras de tuercas, clavos y tachelones enmohecidos. Luego sorteamos para elegir el artillero correspondiente. Yo me opuse a esa determinación ulterior. Optamos por una larguísima mecha de taladro que nos diera tiempo de correr, para esperar de lejos el resultado. Y así fue. El estruendo fue inaudito. No quedó árbol, ni cañón, ni nada. Un cuarto de hora después caían todavía hojas, ramas, partículas de hierro en medio de un torbellino de humo acre y amarillento. En el sitio que ocupaba el mango quedó un embudo de cuatro metros de diámetro. Una vez disipada la atmósfera, nos dijo Carlos Currea con su natural guturalidad francesa: ¡Qué tal si hubiegan estado los godos fregnte al cañón!

 

 

 

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