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Aquileo
Parra Gómez.
Oleo de Francisco Antonio Cano, 1925.
Tumba de Aquileo Parra
en el Cementerio Central de Bogotá. Fotografía de Ernesto Monsalve.
Casa donde murió Aquileo
Parra, en Pacho (Cundinamarca) y placa conmemorativa.
Fotografías de Germán Castro Caycedo.
Jefes y corneta del
Batallón Figueredo, ca. 1900.
Colección Particular, Bogotá.
Documento original del
testimonio
sobre la muerte de Aquileo Parra y el cañón del "Figueredo",
de Guillermo Quevedo Sornoza.
Archivo General de la Nación, Bogotá.
Batallón Figueredo:
Pedro Lucio Barragán, Guillermo Quevedo Sornoza (2), Antonio Valbuena, Aurelio
Bernal, Jorge Vargas Umaña, Isaías Espinosa, Alberto Hoyos, Juan de la Cruz Osorio,
Carlos Wiesner, Juan Manuel Escallón, Manuel de Jesús Bernal, Antonio Arango y Jorge
Esguerra López.
Archivo General de la Nación, Bogotá.
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Una noche, a
finales de noviembre de 1900, Guillermo Quevedo Zornoza, estudiante de literatura en el
Colegio San Luis Gonzaga que regentaba José Joaquín Casas en Zipaquirá, se escabulló
de la casa paterna y, en compañía de otros muchachos, se unió a las fuerzas liberales
comandadas por los generales Manuel Colmenares y Benito Ulloa, cuyo cuartel estaba ubicado
en la población de Pacho. Quevedo, quien apenas tenía 16 años, fue incorporado al
Batallón Figueredo y participó en la campaña revolucionaria del Occidente de
Cundinamarca y Boyacá, en la cual perdió amigos, compañeros, salud y fortuna.
Aun cuando sus estudios de
literatura quedaron interrumpidos para siempre, como heredero de una notable vocación que
había dado fama a su apellido encontró su camino en la música. Durante varios años,
junto al maestro Alberto Castilla, fue director del Conservatorio de Ibagué; también
fundó el Centro Musical de Zipaquirá. Reconocido compositor de aires populares y de
música religiosa, escribió así mismo música sinfónica y varias zarzuelas. Murió en
1964.
De unas páginas suyas que
tituló "Recuerdos y apuntes militares sobre la campaña de Occidente de Cundinamarca
en la guerra de los tres años, escritos por un zipaquireño" (Archivo General de la
Nación. Fondo Veteranos de la Guerra de los Mil Días, Caja 530, exp. 21), datadas en
1937, se ha tomado el presente relato, que contiene también una anécdota de la guerra de
los Mil Días:
MUERTE DE DON AQUILEO PARRA
El ilustre hombre público
y ex presidente de la República, una de las glorias auténticas del liberalismo, ya muy
delicado de salud y de edad avanzada, temperaba con su familia en el caserío de La
Ferrería de Pacho. Era a fines de noviembre del dicho año [1900]. Allí, con el ilustre
enfermo estaban su yerno D. Julio Sánchez (hijo del prestigioso D. Jacobo, a quien como
gobernador del Estado le correspondió cumplir la orden de Mosquera sobre desocupación de
conventos) y su nieto, el gallardo militar D. Julio Sánchez Parra. Para nosotros los
revolucionarios, y muy especialmente para mí, El Patriarca me encarnaba toda una época
de la Edad de Oro del liberalismo.
En la casita de La
Ferrería lo veía yo muy a menudo en su silla de brazos y cubierta su ancha y pensadora
frente con el tradicional gorro de borla. Siempre meditabundo y observando el ajetreo de
nuestras tropas, como preocupado de nuestra suerte. El Dr. Parra fue enemigo de la guerra
y él encauzó aquel movimiento pacifista que le atrajo la cólera de los caudillos y la
indiferencia de las masas. Pero era que la juventud del 900 ya no podía aguantar más. El
Dr. Parra, sin embargo, vio a mayor distancia que los políticos de entonces y predijo el
desastre. Hoy, ya saldadas las cuentas viejas, y hechos dolorosamente los inventarios de
la Hecatombe, hallamos justas sus profecías, pero después de treinta y cinco años de
experiencia. El sol del Liberalismo alumbra ahora el cielo de la República, y los que
fuimos al campamento, desinteresadamente, con la fe y decisión de la juventud, sabemos
descubrirnos ante el recuerdo de ese anciano venerable, de ese patriarca civilista, honra
no solamente de la Causa y de la Patria, sino del continente americano. Los muertos
mandan, indudablemente.
Murió el Dr. Parra y le
hicimos los honores que a nuestro alcance estuvieron. La bandera del Figueredo cubrió su
ataúd; y con nuestras viejas armas a la funerala le acompañamos al camposanto de Pacho.
Santiago Calvo lo despidió
en frases cariñosas y altivas: frases de revolucionario. Empezó su discurso con el
epígrafe latino: Los que van a morir te saludan. Recuerdo aún estas palabras de Calvo:
"Fuiste la Paz, gracia
que el enemigo no nos dio. Fuiste la Tolerancia, idioma que jamás ha comprendido el
conservatismo. Duerme, ¡oh grande anciano!, en el seno de esta tierra que mañana iremos
a empapar con nuestra sangre, para que los hombres que nos sucedan gocen de esa paz que
era vuestro anhelo y la cual vamos a conquistar con nuestros fusiles".
EL CAÑON DEL BATALLON
FIGUEREDO
Carlos Currea (hijo del
general Aníbal, héroe de Cuaspud) descubrió entre el fárrago de cosas de la antigua
ferrería y confundido en compañía de fondos de trapiche, rieles y cosas por el estilo,
un tubo negro, corto y de respetable diámetro. Una vez limpio, se comprobó que aquello
era un cañón de verdad, al menos por su forma y apariencia. El hallazgo no podía ser
más oportuno. Una pieza de artillería. Muy discretamente nos participó el
descubrimiento y nos llevó a cuatro o cinco a ver la terrible arma. Evidentemente era un
cañón, pero sin cureña ni otro accesorio indispensable para moverlo y emplazarlo.
Currea nos lo ofreció para el Figueredo. Iríamos a hacer leña con tal pieza.
Lo montamos previamente
amarrado con alambres y lazos al tronco de un mango de la hacienda; fue cargado con dos
talegos de pólvora blanca Barragán, alpargatas viejas y ocho libras de tuercas, clavos y
tachelones enmohecidos. Luego sorteamos para elegir el artillero correspondiente. Yo me
opuse a esa determinación ulterior. Optamos por una larguísima mecha de taladro que nos
diera tiempo de correr, para esperar de lejos el resultado. Y así fue. El estruendo fue
inaudito. No quedó árbol, ni cañón, ni nada. Un cuarto de hora después caían
todavía hojas, ramas, partículas de hierro en medio de un torbellino de humo acre y
amarillento. En el sitio que ocupaba el mango quedó un embudo de cuatro metros de
diámetro. Una vez disipada la atmósfera, nos dijo Carlos Currea con su natural
guturalidad francesa: ¡Qué tal si hubiegan estado los godos fregnte al cañón!
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