Garra y perfil del grupo de Los Leopardos. Al final de la Hegemonía, ellos renovaron la política conservadora.

Por: Pérez Silva, Vicente, 1929-


 

Los Leopardos: Silvio Villegas, Joaquín Fidalgo, Eliseo Arango, José Camacho Carreño, Augusto Ramírez Moreno.
Fotografía de Juan N. Gómez.
"Vínculo Shell", 1962 .

"La agresión del leopardo"
(Oposición a Miguel Abadía Méndez).
Caricatura de Ricardo Rendón, 1929.

 
 


"¿Está mi «querido Enrique»?"
Enrique Olaya, Carlos E. Restrepo y Aquileo Villegas.
Caricatura de Rincón.
"Fantoches", septiembre 30 de 1930.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

"El tribunal de las fieras".
Augusto Ramírez Moreno, Silvio Villegas y Enrique Olaya Herrera.
Caricatura de Díaz.
"Fantoches", octubre 18 de 1930.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

"Otro michico peligroso"
(Luis Ignacio Andrade como imitador de los Leopardos).
Caricatura de Alejandro Gómez Leal.
"Fantoches", enero 31 de 1931.

"A solas" (Los Leopardos).
Caricatura de Alejandro Gómez Leal.
"Fantoches", febrero 7 de 1931.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.

 


Eliseo Arango.
Fotografía de Juan Nepomuceno Gómez, 1923.


 

José Camacho Carreño.
Fotografía Juan N. Gómez, ca. 1925.

 

Augusto Ramírez Moreno.
Caricatura de Roldán.
"Lecturas Dominicales", mayo 27 de 1984.

José Camacho con gesto de Leopardo.
Fotografía de Luis Gaitán.
"El Tiempo", junio 4 de 1950.

 


Augusto Ramírez Moreno.
Fotografía de Juan N. Gómez, 1921.

 

Silvio Villegas.
Fotografía de Juan N. Gómez, 1922.

 

Silvio Villegas, Leopardo.
Dibujo de Hernán Marino.
"Vínculo Shell", 1965.

 

Por: Vicente Pérez Silva

No son pocas las páginas que se requieren para dar una idea o hacer una reminiscencia en torno al grupo denominado Los Leopardo, del cual hicieron parte cinco privilegiados del talento, la pluma y la elocuencia: Eliseo Arango, José Camacho Carreño, Joaquín Fidalgo Hermida, Augusto Ramírez Moreno y Silvio Villegas.

En las postrimerías del gobierno del general Pedro Nel Ospina irrumpen Los Leopardos. De los bancos universitarios saltan vehementes a la palestra política. A raudales, levantan sus voces de inconformidad y sus gestos de rebeldía contra el orden político existente y contra los magnates del partido conservador. El grupo fue bautizado por Augusto Ramírez Moreno, "en memoria de tres ágiles y combativos leopardos, auténtico orgullo de un circo de fieras que visitaba entonces a Bogotá".

Se refiere que un día, luego de una acalorada asamblea estudiantil en la que Eliseo Arango, Fidalgo Hermida y Silvio Villegas se habían enfrentado con lucimiento a Gabriel Turbay y a Hernando de la Calle, Ramírez Moreno les dijo: "Mis hijitos, ustedes se tienen que bautizar. Deben adoptar un nombre de guerra, algo que dé la sensación de agilidad, de fiereza, algo carnicero como `los leopardos'. Más adelante, en sus reminiscencias autobiográficas que también llevan por nombre Los Leopardos, Ramírez Moreno afirma: "Jamás resonó en Colombia un grupo como el que yo bauticé. No habrá otro que pueda comparársele jamás porque la época moderna ha olvidado el milagro". Y así aconteció. Sus palabras bautismales fueron proféticas. Hasta el sol de hoy, con muy contadas y esporádicas excepciones, la elocuencia ha venido a menos en el parlamento, en la plaza pública y en las academias.

"Los Leopardos --escribe Silvio Villegas-- tratamos de renovar el viejo programa conservador, la oratoria política y la literatura nacional... Por primera vez, en muchos años de historia patria, un grupo juvenil reclamaba su jerarquía intelectual política, quebrantando la costumbre de que únicamente los primates, el coro de los ancianos, podría dirigirse con autoridad a su partido y a la nación".

En el atardecer de su vida, Eliseo Arango hizo esta recordación: "Lo que nos animó en grupo fue el prejuicio, muy difundido en la universidad, de que las ideas conservadores eran atrasadas, mandadas a recoger. Queríamos, entonces, darle una fisonomía intelectual al Partido Conservador presentándolo como amigo del progreso, de la cultura, de la civilización... Como grupo, fuimos muy solidarios, indudablemente. Eso no significa que tuviéramos todos el mismo concepto sobre los hombres, los hechos, las ideas. Teníamos nuestras diferencias, pero sabíamos zanjarlas".

A su vez, Camacho hace esta definición: "Cinco mozos locuaces, de ambición, que leíamos pensamiento tradicionalista, católico y reaccionario. Los padres de la Iglesia y los mantenedores de la monarquía eran los predilectos. Fuimos así labrando un concepto autocrítico y fuerte de la política".

Efectivamente, los Leopardos se habían nutrido con la lectura desaforada de las obras del Carlos Maurras, León Daudet, Mauricio Barrés, Bourget, Hipólito Taine, La Play, el cardenal Mercier y Georges Goyau, reaccionarios en ciencia política y revolucionarios en ciencia social. Y habían afiliado sus garras ideológicas y oratorias en las fuentes de la "Encuesta sobre la Monarquía", que fue la Biblia de la "Acción Francesa". De aquí surge el temprano Manifiesto Nacionalista que, en mayo de 1924, suscriben Villegas, Camacho Carreño y Arango. Desde entonces los congregó la doctrina. En esta forma, como lo expresó Camilo Barrera Vargas, en páginas acerbas, "Los Leopardos han querido importar a las luchas políticas de Colombia la agresividad explosiva y fanática de los monarquistas franceses".

Del cercado ajeno, aunque son múltiples, traemos estas contadas apreciaciones:

Juan Lozano y Lozano dice: "Vivieron Los Leopardos una época agitada de grandes alternativas y de frustradas expectativas nacionales, pero más parecen haber sido víctimas de las circunstancias que dueños de la situación. Desempeñaron su papel de rebeldes con cierto olímpico masoquismo, con altivez y con elegancia un tanto inútil, pero en todo caso con ejemplar desprendimiento y con encendido patriotismo".

Jesús Zárate Moreno, a raíz de la muerte de Camacho Carreño, expresó: "La verdad sobre los Leopardos es dura, casi cruel. A la luz, o a la sombra --como gustéis-- de la justicia, Los Leopardos aparecen tan inútiles como brillantes. Ese grupo de tan inmarcesible valor, si hubiera enderezado sus pasos hacia algo menos etéreo y menos falaz que los períodos florilunados, hubiera terminado dirigiendo los destinos de esta República fácil. Otra vez la retórica ha guillotinado las mejores ilusiones de la Patria... A los Leopardos hay que honrarlos como curiosidades del jardín biológico de la inteligencia..."

En tiempo más reciente, Fernando Uribe Restrepo los considera de este modo: "Inteligentes, ingeniosos, preparados académicamente
como pocos de sus contemporáneos y dedicados con éxito a la vida pública, ocuparon puestos de privilegio en la prensa, en el Congreso, en las tribunas y en los directorios políticos..."

A Fernando González se le atribuye esta ingeniosa clasificación gramatical: Eliseo Arango es el sustantivo; Silvio Villegas, el adjetivo; Camacho Carreño, el verbo; Ramírez Moreno, la interjección.

Personas casi de fábula, lo realmente cierto es que Los Leopardos brillaron con luz propia en el ámbito de la inteligencia; arremetieron con lenguas de fuego contra el régimen conservador en su decadencia y contra el gobierno de Olaya Herrera y la República Liberal del presidente López Pumarejo; derrocaron ministros; libraron recias batallas en el Congreso de la República y en las asambleas departamentales; lanzaron rayos y centellas contra Laureano Gómez y su "disciplina para perros", sobresalieron en sonadas justas académicas, en la diplomacia, en el foro y en la tribuna pública; llamaron la atención de la opinión y fueron ovacionados hasta el delirio por las muchedumbres. En fin, Los Leopardos constituyen un apasionante capítulo de nuestra historia política.

Con estos antecedentes, tracemos ahora sí el perfil de Los Leopardos: únicos y originales, vivaces e imaginativos, luchadores y elocuentes. Aunque paradójico, es preciso decir que, en realidad. los cinco Leopardos fueron cuatro, por cuanto Fidalgo Hermida se apartó del grupo al poco tiempo de haber comenzado la batalla. Ausente de los comentarios periodísticos y de las crónicas políticas, poco o nada se recuerda de su vida. Por lo tanto nos limitamos a transcribir lo que de él dice Silvio Villegas: "Joaquín Fildago Hermida fue nuestro accidental compañero. De inteligencia penetrante y ordenada, de certera visión política, le faltaron ambición y voluntad. Amaba el ocio apetecido, la calma de los dioses. Nunca hizo un esfuerzo persistente, ni se lanzó a la aventura. Lo devoró la burocracia, más temible aún que el alcohol de la pobreza. Tenía el don de consejo y se consagró a estimular y servir a sus impacientes compañeros".

ELISEO ARANGO

Nació en Bagadó (Chocó) en abril de 1900 y murió en Bogotá, el 17 de diciembre de 1977. Cursó el bachillerato en el Instituto Universitario de Caldas, en Manizales. Fue compañero de Silvio Villegas y juntos continuaron los estudios de derecho en la Universidad Nacional. Viajó a Francia y en la Sorbona se especializó en ciencias económicas y sociales. Lector omnívoro --observa Villegas-- conoce diversas literaturas y se pasea por varios continentes de la cultura. Sus compañeros de grupo lo llamaron El Profeta, "porque sabe y dice con anticipación la hora exacta de la caída de todo gobierno indigno".

Fue catedrático, parlamentario, ministro de estado, diplomático y, en plena juventud, secretario del maestro Guillermo Valencia, durante la segunda campaña presidencial, en 1930. El presidente López Michelsen lo condecoró con la Cruz de Boyacá.

"Eliseo Arango --escribe Antonio Alvarez Restrepo-- fue la inteligencia temperada de su grupo político. Sutil y agudo, su actividad predilecta ha sido la de explorar las tesis y las doctrinas que ha encontrado en sus lecturas innumerables... Escucharle en una de sus exposiciones sobre temas que le han apasionado es asistir a un espectáculo fascinante. Arango sabe descomponer las imágenes y describir el contorno de las ideas en forma tal que el interlocutor pueda apreciarlas como si las viera a través de un caleidoscopio encantado. Letrado hasta los tuétanos su capacidad para juzgar un autor, un libro, un discurso, es asombrosa... Fue un orador impecable. Sobrio, sereno, razonador, elegante". No obstante todas estas cualidades, Eliseo Arango no dejó escrita la obra propia de sus talentos y conocimientos.

JOSE CAMACHO CARREÑO

De Bucaramanga, nacido el 18 de marzo de 1903, y muerto en Puerto Colombia, 2 de junio de 1940, dio comienzo a sus estudios en el Gimnasio Moderno de Bogotá. Luego los continuó en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en donde recibió el diploma de bachiller. En la Universidad Nacional optó al título de doctor en derecho y ciencias políticas, y fue su presidente de tesis (un ensayo sobre las pasiones y la premeditación) Miguel Abadía Méndez, presidente de la República, quien pidió al jurado calificador la aclamación para el graduando.

Desde muy temprana edad, Camacho Carreño enriqueció su precoz inteligencia con la lectura de los clásicos castellanos. El lenguaje cervantino le fue familiar al rayar las primeras lumbres de su adolescencia y desde entonces hizo gala de un prodigioso don de vocalización. Para asombro de maestros y escolares, las dotes del consumado orador y del castizo escritor se anunciaban con rasgos inconfundibles. En sonado concurso celebrado en el Gimnasio Moderno, con motivo del tercer centenario de la muerte de Cervantes en 1916, ganó el primer premio entre lo alumnos de su clase, con una página que fue calificada de extraordinaria: "De la más estupenda aventura que puso pavor en el corazón de Sancho y aun en el de su amo". El autor apenas había entrado en los trece años de su edad.

Desde 1924 colaboró en El Nuevo Tiempo, al lado de las plumas de Marco Fidel Suárez, Guillermo Valencia, José Restrepo y tantas otras que fueron honra y prez del periodismo colombiano. Más tarde fue asiduo colaborador de El Tiempo. Sus mejores ensayos, escritos polémicos y discursos, ocuparon sus columnas. Don Marco Fidel, con toda su autoridad, no tuvo a menos cruzar sus aceros con Los Leopardos, a quienes amonestó y corrigió pero concedió altísima beligerancia. Entre ellos, el predilecto entre los del grupo fue Camacho Carreño. Quién lo creyera, este inquieto estudiante de jurisprudencia en los claustros de Santa Clara, fue el inspirador de los Sueños de Luciano Pulgar: "El fue quien me animó a que escribiera, a lo cual asentí, movido por las reflexiones que supo hacerme. Aunque no ha terminado sus estudios, noté desde luego en el joven Camacho Carreño precocidad de buen juicio y discreción, pues me habló desde nuestra primera entrevista como hombre hecho y formado..." Así lo reconoce el llamado "presidente paria".

Elegido diputado y representante al Congreso para el bienio de 1929 a 1931, asiste primero a la Asamblea de Santander y luego ingresa a la Cámara de Representantes, de la que fue dos veces presidente. En su seno desplegó una actividad preponderante y terció en duelos oratorios de inolvidable memoria. Famosos entre todos ellos fueron los librados con Antonio José Restrepo y los que tuvieron lugar con motivo de la acusación al ministro de Guerra, general Ignacio Rengifo.

En 1932 fue designado por el presidente Olaya Herrera como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de nuestra patria ante los gobiernos de la Argentina y el Uruguay. Al año siguiente acude a Montevideo como delegado nuestro a la VII Conferencia Internacional Americana, inaugurada por el presidente Roosevelt, de lo Estados Unidos. En aquel histórico acontecimiento, la elocuencia del Leopardo se dejó escuchar, apreciar y admirar. En las postreras deliberaciones, habiéndose erigido a Lima como sede de la próxima conferencia y por razones de los hechos allí ocurridos en ofensa y gravio de Colombia, su figura se irguió ensoberbecida para sentar su protesta. Se refiere que un día Camacho Carreño fue invitado a dictar una conferencia en el paraninfo de la Universidad de Montevideo y que, al terminar su discurso, los estudiantes, fuera de sí, se avalanzaron sobre la tribuna, se apoderaron del orador y lo sacaron en hombros por la populosa avenida 18 de Julio, arteria principal de esa metrópoli.

En fin, todos cuantos conocieron y escucharon a este verdadero coloso de la elocuencia afirman al unísono que fue el primer orador de su tiempo y de muchos otros tiempos. Se ha dicho, así mismo, que Camacho Carreño resumió entre nosotros las más perfectas virtudes del auténtico tribuno; el gesto, la arrogancia, el ímpetu, la idea, la palabra, la voz, la acción, la estampa humana. En fin, todos cuantos han escrito --que no son pocos--, con autoridad y donosura, sobre este iluminado del verbo están acordes en destacarlo como una de las más grandes figuras de la oratoria. Mejor dicho, el príncipe de la elocuencia colombiana.

A raíz de su muerte, ocurrida como una tragedia antigua en el seno del mar, Ramírez Moreno le dirigió una carta a la madre del infortunado Leopardo, en la que le expresa: "José era una genio, señora. Su cabeza fue un mundo sideral y las hebras de su pelo eran estrellas. Intuía y analizaba con igual empuje y con idéntica eficacia. Como tribuno jamás oí nada semejante: su palabra era líquida llama unas veces y en ocasiones un bastión. La inteligencia en Colombia se estremece porque la muerte de José la sacude como un terremoto".

Del escritor quedan sus libros El último Leopardo y Bocetos y paisajes. En Buenos Aires, rescató y publicó con un magnífico prólogo las Memorias de Florentino González. Y en Bruselas, donde desempeñó la secretaría de nuestra Legación, para obtener la licenciatura en ciencias económicas, publicó la que fue su tesis de grado: Reflexiones económicas (1929).

AUGUSTO RAMIREZ MORENO

Nació en Santo Domingo, Antioquia, el 23 de noviembre de 1900 y murió en Bogotá 19 de febrero de 1974. Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional de San Bartolomé y profesionales en la Universidad Nacional de Bogotá, donde obtuvo el título de doctor en Derecho y Ciencias Políticas y Sociales. Desde sus días de estudiante irrumpió en las actividad políticas y dio muestras de una singular elocuencia.

Orador de muy peculiares cualidades, Ramírez Moreno sobresalió por la fogosidad de su verbo y por la fuerza de sus convicciones. Fue político y parlamentario de larga trayectoria. Fue, así mismo, miembro del Directorio Nacional Conservador, ministro de Gobierno y diplomático.

Gonzalo Canal Ramírez resalta el supremo atributo de que hizo gala Ramírez Moreno y nos coloca frente a frente de quien un día tuvo el coraje de hablar en la Cámara de Representantes en defensa de Laureano Gómez, "ante las pistolas tendidas de sus enfurecidos adversarios": "Augusto, ante todo, era un "leopardo". Ninguno de los de su grupo le ganó en felinidad. Ni Silvio Villegas con la lírica y el oro puro de su prosa, ni Eliseo Arango con la cristalinidad de su raciocinio, ni siquiera ese emperador de la elocuencia que fue José Camacho Carreño. Augusto era felino y rampante por derecho propio hasta en sus gestos, sus pestañas, su nariz, el ademán de sus manos, el brillo de su mirada, su personalísimo estilo de tigre de Bengala en acecho y el altanero cascabeleo de su altanería y altivez que jamás podrá confundirse con lo que quienes no lo conocieron imputaban a vanidad".

Dos líneas de uno de sus admiradores, condensan todo el periplo de orador "fulgurante", su apropiada calificación: "Al acabar de oírlo, sentí que sobre mí habían pasado los cuatro jinetes del Apocalipsis".

El orador que despertó estas admiraciones y creó una verdadera mística en las multitudes, un día reclamó con razón en el seno de una convención conservadora "su derecho a dirigir la colectividad con el estandarte de la locura". ¿Para qué más? Era ciertamente el político y el tribuno que tuvo a Disraeli como su modelo predilecto.

En este punto, imposible no recordar la página titulada El ocaso de una generación brillante, de la pluma de Carlos Lleras Restrepo, nada menos, en la que considera a Ramírez Moreno, el más "leopardo" de Los Leopardos: "Era el más Leopardo, hasta en lo físico: con sus movimientos felinos y sus gestos nerviosos, con las frases que soltaba como un zarpazo. Fue también el más combativo hasta el final y el que escribió la historia del grupo. Utilizó la altanería y el desdén como arma en las controversias parlamentarias, en la prensa y las conversaciones privadas... Amó a Colombia con delirio y, como Villegas, encarnó toda una larga etapa de nuestra vida política... Ahora hacen falta en el panorama nacional personajes de esta clase; el vacío se nota. Con el leopardo más leopardo se enterró una leyenda, pero también una historia verdadera de valor civil y de arrogancia ciudadana".

Ramírez Moreno nos legó varios libros, "escritos con una gracia y una originalidad inimitable": Episodios, El político, Los Leopardos, Una política triunfante, El libro de las arengas y Biografía de un contrapunto, entre otros.

SILVIO VILLEGAS

Nació el 19 de marzo de 1902 en Manizales y falleció el 12 de septiembre de 1972 en Bogotá. Desde muy joven enfiló sus pasos al campo de la política, actividad que mantuvo con entusiasmo y combatividad durante la mayor parte de su vida. Fue miembro del Concejo de Manizales, diputado a la Asamblea de Caldas, representante a la Cámara y senador de la República en diversos períodos. En alguna ocasión formó parte de la suprema directiva del partido conservador, colectividad en la que militó y desempeñó papel preponderante, principalmente como tribuno popular y orador parlamentario.

Lector infatigable desde la adolescencia, casi desde su niñez. Homero, Esquilo, Sófocles, Platón, Cicerón, Virgilio, Horacio, Ovadio y los clásicos españoles fueron, entre otras, sus lecturas predilectas. Y sus autores favoritos de la literatura francesa: Hipólito Taine, Renán, Bourget, Gourment, Barrés, Daudet, Maurras y los poetas simbolistas y decadentes. Sin embargo, Goethe constituyó su mayor admiración humana y su máxima predilección. Su devoción se revela en las páginas de La imitación de Goethe, libro llamado con acierto"el brevario de sus elaciones estéticas". En la formación política del Leopardo, Nietzsche tuvo una decisiva influencia. Cada uno de los signos mágicos de Zaratustra -dice- era una invitación a volar sobre las más altas cimas, un exigente deseo de perfeccionamiento, un estímulo permanente a la voluntad de dominio.

"Silvio Villegas -escribe con acierto Uriel Herrera- es una de las personalidades intelectuales mejor integradas, más completamente dotadas. De milagrosa memoria tiene el don de no olvidar nada y recordarlo todo. Su imaginación es una viajera cósmica de vuelos extraterrestres... Su paradoja política consiste en que nunca ha ejercido el poder, pero es de los que más han gobernado".

Ciertamente, poseedor de una brillante inteligencia y de una vasta cultura, Villegas sobresalió como escritor fecundo, erudito y afortunado. Fue, además, dueño de una prosa artística y muy rica en imágenes, tonos y matices. La canción del caminante es una de aquellas obras que persuaden la inteligencia, cautivan el espíritu y seducen el corazón. En nuestro sentir, esta "fina obra de orfebrería del alma" es perdurable.

Este Leopardo se distinguió, así mismo, como periodista de pluma ágil, combativa e infatigable. En este ámbito dirigió con vocación y consagración La Patria de Manizales, en los albores de su juventud; El País de Cali y El Debate y La República de Bogotá.

De su experiencia política recordemos los libros: Imperialismo económico, De Ginebra a Rio de Janeiro y No hay enemigos a la derecha. El Hada Melusina, cartas de amor y pasión fue su obra póstuma. Unas cartas que, según Otto Morales Benítez, su prologuista, nos acercan y nos despiertan sublimes pensamientos, haciendo estremecer el corazón.

 

Tomado de: Revista Credencial Historia
(Bogotá - Colombia). Diciembre 2000. No. 132


 

 

 

Título: Garra y perfil del grupo de Los Leopardos. Al final de la Hegemonía, ellos renovaron la política conservadora.


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