Ofensas al honor y duelos a muerte.

Por: Aguilera Peña, Mario

 

 

Revista Credencial Historia


DICIEMBRE 2000.

 
 

Ofensas al honor y duelos a muerte.
Por: Mario Aguilera Peña.

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Diciembre 2000. No. 132

 
 

Duelo a pistola.
Grabado de Chalons, 1890.


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"Exceso de puntería"
Caricatura de Rivera.
El Tiempo, noviembre 21 de 1931.

Primera plana de "El Tiempo"
con la noticia de la renuncia del alcalde
Vargas Nariño para batirse en duelo con
Francisco Rocha Vargas, noviembre 19 de 1931.

 

 

El duelo como enfrentamiento individual entre caballeros se difundió por varias regiones del mundo desde el siglo XV hasta el siglo XIX. En Colombia, el duelo a muerte fue social y legalmente permitido, sobre todo luego del período colonial y hasta las primeras décadas del siglo XX. Fue una forma de justicia privada, por cuanto el desafio implicaba el enfrentamiento personal en busca del castigo para el autor de un ultraje y, en consecuencia, el desconocimiento de la justicia y sus procedimientos.

SUS ORIGENES

Históricamente habría que diferenciar el duelo judicial del duelo que se presenta en los torneos medievales. El primero fue un antiguo medio de prueba originado en las tribus germanas, que consistía en que el denunciado arrojaba un guante a los pies de los jueces manifestando con ello que quería defenderse de una acusación "mediante batalla". Si el acusado era una mujer, un eclesiástico o un incapacitado, se admitía que fueran representados por un tercero denominado "campeón". Hacia el siglo VI, el duelo se extendió por el mundo cristiano al elevarse a la categoría de Juicio de Dios, pues se consideró que su resultado era revelación divina. Esta forma probatoria sólo cedió terreno con el fortalecimiento del poder real y con la progresiva prioridad dentro del proceso judicial del testimonio, sobre el combate entre las partes. Se entendió que en esa lucha no ganaba el protegido de Dios, sino el más diestro en el manejo de las armas.

La segunda forma es la del duelo que se presenta en los torneos medievales. El torneo, que apareció como un juego militar originado en las guerras privadas de los grandes señores feudales, se realizaba en forma colectiva siguiendo un rígido ceremonial y en presencia del rey y de las damas de la corte. En ellos existió la figura del juez, que podría considerarse como el antecedente del padrino del duelo individual. El juez del torneo fue el encargado de medir las armas cuidando que tuvieran la misma dimensión. En el siglo XIV el duelo de torneo comienza a extinguirse con la muerte en uno de esos desafios del rey Francisco II de Francia y al introducirse la lanza de madera sin punta y la espada sin filo.

Las anteriores y antiguas formas de duelo fueron a su vez distintas del duelo individual que se desarrolla a partir del siglo XV, en Italia, España, Francia y posteriormente por varios lugares del mundo. Las guerras y la fama de algunos espadachines generaron el deseo de emulación y la costumbre de los desafios. Su propagación y la proclividad al enfrentamiento por motivos intrascendentes llevó a que se dictaran diversas medidas para restringirlo y obligar a que se recurriera a los tribunales ordinarios. De muy poco sirvió para abolir la práctica, por ejemplo, que en Francia se dictara el decreto de 1566 de Carlos IX que castigaba a los duelistas con la pena capital, o que en España se promulgara la ley de Toledo (1480) de los Reyes Católicos, que también impuso el último suplicio y otras medias accesorias.

EL DUELO EN LA LEGISLACION PENAL COLOMBIANA

En diversas épocas nuestra legislación se ocupó de los duelos y desafíos. En el período colonial varios textos legales fueron claros en prohibir dichas contiendas. Con ese sentido se promulgaron en las colonias españolas la mencionada ley de Fernando e Isabel conocida como la ley 87 de Toledo del año de 1480, la ley de San Idelfonso de octubre de 1721, la de Felipe V de Madrid del año de 1747 y la de Fernando VI de Aranjuez de 1757. En la última, en particular, se recordó que el desafio había sido objeto de "maldiciones de la Iglesia", que era contrario al "derecho natural" y que España no necesitaba adquirir créditos de valor por un "camino tan feo, criminal y abominable, después de tantas conquistas, sangre vertida y vidas sacrificadas a la propagación de la fe". En consecuencia, esa ley ratificó la pena de muerte y ordenó la confiscación de bienes y la pérdida a perpetuidad de "oficios, rentas y honores".

En el período republicano y hasta el código promulgado a mediados de la llamada República Liberal (1930-1945), la ley penal tendió a ser permisiva frente al duelo o desafío. En los códigos colombianos hubo unaminidad en diferenciar el asesinato y varias modalidades de homicidio, de aquel homicidio "reglamentado", producto de un duelo. Nos referimos a códigos originados en contextos muy diferentes, es decir, al primer código penal colombiano, el de 1837; al de 1890, o al promulgado en 1983, el primero en el siglo XX, impregnado por nuevas corrientes modernizadoras. Sobre el último de los mencionados, basta con señalar que la pena en caso de la muerte de uno de los duelistas oscilaba entre uno y cinco años, siempre y cuando se hubiera observado el reglamento del desafio. En cambio, si la muerte había sobrevenido por la violación de las condiciones del duelo, el hecho podía asimilarse a los homicidios castigados con pena de ocho a catorce años o a un asesinato con pena de quince a veinticuatro años (ver recuadro).

RITUAL DEL DUELO

Los "códigos de honor" señalaban que para que hubiera duelo se necesitaban algunas condiciones básicas: una injuria u ofensa al honor o a la dignidad. La ofensa podía ser de palabra o de obra; y aunque en teoría debía ser grave, su valoración fue subjetiva, pues en la práctica tendió a ser definida por el ofendido. Otra condición fue la calidad de caballero del autor de la ofensa, es decir, que la contienda fue un mecanismo ligado a las élites. Necesitaba también el duelo de padrinos, uno o dos por cada parte, quienes tenían la tarea de "pedir explicaciones", definir la magnitud de la ofensa e incluso evitar el duelo, elegir en ocasiones las armas, pactar las condiciones y, cuando no existieran testigos, examinar el terreno del duelo y velar por el cumplimiento de lo acordado.

Los duelos podían ser a sable, espada, pistola o revólver. Los duelos a pistola, los más usuales en el siglo XIX, tenían que hacerse a una distancia mínima de quince pasos y máxima de cincuenta. Los tiros no salidos se consideraban válidos, si así se pactaba en las condiciones. Había la obligación de auxiliar al herido, como la de levantar dos actas: la primera con el pacto de condiciones, y la segunda con el desarrollo y los resultados del duelo.

GRANDES DUELOS

En nuestra historia colonial y republicana pueden identificarse resonantes duelos a muerte, frustrados desafios y duelos con un final feliz para los contendientes.

Un duelo fatal, por un motivo intrascendente, fue el enfrentamiento, en octubre de 1827, entre el cónsul general de Holanda, señor Stuers, y el joven coronel Francisco Miranda, hijo del procer y general venezolano del mismo nombre. Cuenta Cordovez Moure en sus Reminiscencias de Santafé y Bogotá que el duelo se originó en un baile ofrecido en el Palacio de San Carlos por el Libertador Simón Bolivar. Ocurrió que el cónsul sacó a bailar a una señorita y ésta dejó en el asiento, como era la costumbre, su esencia de perfume y el abanico; por descuido el joven se sentó encima de tales prendas y rompió el frasco. Un amigo que observó el contratiempo se burló discretamente del coronel Miranda diciéndole: "Prevéngase para dar cuenta de este agravio al cónsul holandés". El joven le respondió que no le tenía miedo a ese vejete, pero la respuesta fue oida por el cónsul que no se midió en lanzarle insultos. Al otro día, Miranda envió al coronel Johnson a pedir explicaciones al cónsul, y éste respondió que las daría por medio de las armas. Esto hizo que se desarrollara el ritual para el enfrentamiento y que el coronel Miranda se dedicara a ejercitarse en el tiro de pistola, dado que el cónsul tenía fama de buen tirador, al punto que se decía que había salido victorioso de ocho duelos. El enfrentamiento se llevó a cabo en el sitio del Aserrío, a orillas del río Fucha. Se colocaron a veinte pasos de distancia, en presencia de testigos y de un médico. Disparó primero Stuers, quitándole la cachucha de paño que tenía Miranda. Al tocarle el turno, Miranda le dijo al cónsul que aún era tiempo de "explicarse amigablemente" y el holandés le replicó que si no hacía fuego "lo mataría como a un perro". Los testigos dieron la voz de tres y Miranda disparó un tiro que se incrustó en la masa cerebral del adversario. El cónsul fue enterrado en al Capilla del Sagrario y Miranda se marchó para el extranjero.

Un duelo que dejó herido a uno de sus protagonistas se produjo el 8 de enero de 1850, entre Germán Gutiérrez de Piñeres y José María Torres Caicedo. El duelo lo generó un artículo escrito al parecer por el segundo, publicado en el periódico El Día, que sugería que Gutiérrez de Piñeres había tomado parte en el robo a la tienda de Vicente Azcuénaga. Torres no admitió el duelo aduciendo que Gutiérrez de Piñeres era "indigno", pero a la vez indicó que "podía atacarlo" si así lo quería, frase al parecer acostumbrada según los "códigos del honor" para los casos en que una parte se negaba al combate con ese tipo de argumento. Ante la negativa de Torres Caicedo, el padrino de Gutiérrez de Piñeres, Joaquín Pablo Posada, es decir su amigo y codirector de El Alacrán, se mostró ofendido y lo retó. Torres Caicedo aceptó y no puso reparo alguno en que Gutiérrez de Piñeres le sirviera de padrino. En el momento de realizarse el duelo en una parte despoblada del barrio de Las Cruces, Posada se negó a batirse argumentando simplemente que "le tenía miedo"; y Gutiérrez se interpuso para decirle que si lo había admitido como padrino estaba habilitado como digno y en condición de batirse con él. Torres suscitó una acalorada discusión por su nueva negativa a batirse y por la amenaza de Valentín Ferro, padrino de Torres Caicedo, de retirarse del duelo. Al final de cuentas hubo desafio entre Torres Caicedo y Gutiérrez de Piñeres; el primero terminó gravemente herido con una bala en el homoplato y tuvo que viajar a Estados Unidos y Europa, en busca de auxilio médico. El duelo tuvo prolongaciones en la prensa, dado que cada uno de los duelistas dio su propia versión sobre el suceso.

Un duelo sin víctimas fue el que enfrentó, a finales de 1830, al general Joaquín París y al coronel Joaquín Posada, y en el que sirvieron como padrinos el coronel Ramón Espina y el capitán Alejandro Gaitán. Como no hubo consecuencias fatales, las autoridades no hicieron mucho esfuerzo por investigarlos, dado que para ese entonces todavía se hallaba vigente la legislación española, es decir, la pragmática de 1757 que imponía severas penas para los contendientes, los cómplices y los observadores. La investigación tuvo que archivarse porque no encontraron la plena prueba del desafío. Otro duelo sin consecuencas fatales tuvo lugar en enero de 1850, entre José Eusebio Caro y Wesceslao Uribe Angel, por un escrito del primero publicado en el periódico La Civilización. Caro tuvo por padrino al coronel Anselmo Pineda, y Uribe a José María Sáenz.

Duelos frustrados fueron los de José María Vergara y Scipión García Herreros, en enero de 1849; y el de Enrique Olaya Herrera y Benito Zalamea, en enero de 1911. El primero no tuvo lugar porque los padrinos demostraron a García Herreros que no había razón para batirse con Vergara, pues éste no era el autor de un artículo injurioso contra su hermano; además, Vergara había señalado públicamente que el autor del artículo había sido Pedro Dordelli. En el segundo caso, los testigos acordaron una transacción, debido a que hallaron que Olaya Herrera, en ese momentos ministro de Relaciones Exteriores, no tenía nada que ver con un encarcelamiento que había sufrido Zalamea.

Como tal vez se ha percibido, el duelo podía no llevarse a cabo, si una de las partes consideraba que la otra era indigna de batirse con ella. Al respecto es ilustrativo el desafio que hizo Joaquín Pablo Posada, director del periódico conservador El Alacrán a su codirector José Eusebio Caro. El primero, un periodista influenciado por el comunismo y el socialismo, se ofendió con el segundo por un artículo en que censuraba al presidente José Hilario López por haberlo amnistiado del delito de calumnia y por designarlo en la dirección de la Gaceta Oficial. Caro rechazó el duelo porque consideró al condenado y amnistiado como indigno; sin embargo, también aclaró que el ofendido podía atacarlo si quería.

En el siglo XIX, en el que fueron frecuentes las guerras civiles, el duelo surgió como método ocasional para definir la suerte del combate. En esa circunstancias el desafio se dio en forma espontánea y sin contar con todo el ritual previsto para ese tipo de enfrentamientos. El duelo se realizó entre jefes o entre miembros de la tropa, teniendo a los ejércitos por testigos y en posición de combate. En el actual departamento de Santander, existe la leyenda de dos comandantes de tropas enemigas que prefieren enfrentarse en un duelo a muerte para evitar el derramamiento de sangre en sus filas. En un combate de la guerra de 1876, no fueron únicamente los jefes de las milicias enemigas sino sus propios miembros los que dieron un paso al frente para dirimir el combate en forma individual. Cuenta Enrique de Narváez que el hecho tuvo como principal protagonista al grupo conservador de los "Mochuelos", que por el método de guerra irregular peleaba con las tropas liberales que defendían al gobierno. Luego de que las dos fuerzas se enfrentaron a tiros todo el día, sin resultados decisivos, el capitán Suárez de las filas de los Mochuelos saltó a un llano para desafiar a pelea de sable al jefe de la compañía enemiga. Los rifles se silenciaron y de la fila enemiga salió el contendiente; se trabó el combate, pero no hubo el resultado fatal. Luego, hubo otro y otro desafío, cuerpo a cuerpo con sable, sin que surgiera un vencedor. Los contendientes reconocieron la imposibilidad de vencer al contrario, suspendieron la lucha, se dieron la mano, se brindaron un trago de aguardiente y regresaron a concentrarse en sus respectivos campos.

LOS DUELOS SIN RITUAL

En nuestro medio el duelo no fue tan corriente ni por supuesto el único medio que usaron las élites para definir su conflictos. Ellos también pelearon a puño limpio o apelaron a las armas sin tener en cuenta los códigos de honor. Así, en famosos incidentes callejeros y por asuntos de honor, se vio involucrado Manuel María Madiedo (1815-1888), un intelectual muy conocido por su militancia católica y sus publicaciones. En uno de ellas, la titulada Tratado de Derecho de Gentes, Internacional y Consular (1874), aquel pacífico profesor de derecho, como muchos juristas de sus época, se mostró ferviente partidario de la práctica de la retaliación en las guerras o conflictos civiles, cuando el enemigo ejecutara actos de ferocidad y barbarie. Argumentaba que en tales casos la represalia podía ser el único medio para "imponer respeto" y para "refrenar sus malos instintos".

El incidente en que interviene Madiedo sobrevino el 10 de febrero de 1865, unas horas después de la boda de su hijo Manuel Justino con Mariana Domínguez. El matrimonio no era del agrado de la familia de Mariana, y especialmente de su tío Leonardo Manrique, quien profirió serios insultos a Manuel Justino y a su madre, luego de interpretar una mirada de aquél como de burla o de jactancia. Madiedo, que no se hallaba en el lugar, fue llamado con urgencia, y no obstante los esfuerzos de los suyos para calmarlo, preparó sus armas y se dispuso a atacar a Leonardo Manrique. Cuando de nuevo Manrique intentó pasar por frente de su casa, Madiedo le salió al paso y le propinó tres balazos causándole heridas leves en la parte lateral del cráneo, el antebrazo y la pierna izquierda. Manrique apenas pudo disparar un tiro.

Madiedo y su hijo fueron procesados, pero resultaron absueltos de todo cargo por un jurado de conciencia. Madiedo dispuesto a cancelar de manera definitiva el problema, pidió público perdón unos días antes de conocerse el veredicto, e incluso se ofreció, si "no merecía tal gracia", a cruzarse de brazos en el sitio que la víctima eligiera y a recibir los mismos tres balazos que le había propinando a Manrique. Este aceptó las disculpas e hizo pública la idea de matarlo. Desde entonces las familias Madiedo y Manrique se hundieron en una permanente zozobra frente a la posibilidad que se repitiera un nuevo lance.

Relata Cordovez Moure que después de casi dos años de ausencia, Manrique regresó al país y lo primero que hizo al regresar fue insultar y perseguir por la calle a Madiedo; éste no tuvo otra alternativa que pedir protección a la administración de justicia del Estado de Cundinamarca. Y a un funcionario adscrito a esa dependencia no se le ocurrió cosa distinta que citarlos simultáneamente para el día siguiente, 7 de abril, a las 12 del día, para que "prestaran fianza para guardar la paz". Al otro día, en los pasillos del Palacio de San Francisco fue creciendo la expectativa a medida en que se aproximaba la hora de la diligencia judicial. Manrique hizo el primer disparo y erró, y se parapetó detrás de una columna. Madiedo inesperadamente marchó decidido hacia la columna y Manrique le hizo un segundo disparo que dio en el brazo de Madiedo; éste respondió con un disparo, siguió avanzando y casi a quemarropa le hizo dos disparos fatales. Manrique cayó al suelo y Madiedo disparó en dos ocasiones más. Manrique fue llevado a la pieza del Archivo del Estado y allí alcanzó a recibir la ayuda religiosa de un franciscano. Madiedo fue de nuevo exonerado por la justicia, pues triunfó la tesis de que había actuado en defensa propia.

Un duelo socialmente desigual fue el que protagonizaron el bandido Juan Rodriguez Rojas y el hacendado Miguel Camacho. Rodriguez asolaba con sus robos y atropellos los pueblos de Cota, Tenjo, Tabio y Funza. En cierta ocasión, intentó raptar a la hija de un viviente y le dejó razón a Camacho, que donde se encontraran lo iba a apuñalear. Camacho salió en su busca hasta que se cruzaron en un camino, el primero atacó armado de puñal y lanza y el segundo se defendió a revólver y puñal. Camacho le soltó un tiro que le atravesó el corazón.

Un duelo anunciado pero que no llegó a realizarse fue el de dos románticos bandidos de la antigua provincia de Vélez, en Santander, en las primeras décadas del siglo XX. Narra José Antonio Lizarazo en su libro Fuera de la ley, que entre José del Carmen Tejeiro y Jesús Antonio Ariza existía la rivalidad de dos bandidos que actuaban en la misma zona, y por la afrenta de Tejeiro a Ariza, al dejarlo abandonado en un viaje que realizaron los dos a Venezuela. No hubo duelo, porque Ariza, que tenía fama de sanguinario, no quiso dispararle a su rival por la espalda.

DUELO DEL ALCALDE DE BOGOTA

Un duelo famoso al comenzar el siglo pasado fue el que protagonizaron el alcalde de la capital de la república Enrique Vargas Nariño y el señor Francisco Rocha Vargas. El duelo desencadenó una crisis en el gobierno municipal, pues Vargas Nariño renunció de manera irrevocable a su cargo, unas horas antes del desafio. Igual actitud asumieron sus tres secretarios del despacho, Francisco Umaña Bernal, Rafael Holguín Arboleda y Guillermo Herrera Carrizosa. El gobernador de Cundimanarca, Liborio Cuéllar Durán, aceptó con premura la renuncia y ofreció el cargo a Luis Patiño Galvis, momentos antes que se produjera el enfrentamiento.

Los dos contendientes, parientes entre si, tuvieron una diferencia personal motivada por desacuerdos surgidas a raiz de una elección de dignatarios del Jockey Club, por la que dejaron de tratarse. El 16 de noviembre de 1931, Pablo Rocha y Antonio Izquierdo Toledo intentaron una conciliación y lograron que Francisco Rocha visitara el despacho de Vargas Nariño en el Palacio de la Alcaldía. La charla fue cordial al comienzo, pero luego se exaltaron al punto que Francisco agredió físicamente al alcalde y éste le respondió de la misma forma.

Una hora después, el alcalde envió a sus padrinos Ricardo Macías y Antonio Izquierdo para que concertaran un duelo a muerte con los padrinos de Rocha, José María Obregón y Elías Franco. Ellos realizaron varias conferencias, escucharon a los contendientes y acordaron que el duelo fuera a muerte, a dos tiros de pistola cada uno, y que el primer disparo se haría a quince metros y el segundo a diez. El duelo se verificó el 17 de noviembre, a las ocho y media de la noche, en un alto cercano al Polo Club. Como se había acordado, se dispararon al tiempo y en las dos distancias aludidas, pero ningún tiro dio en el blanco.Los dos duelistas propusieron a sus padrinos continuar, pero éstos no accedieron. No se pactó una reconciliación y los dos se dieron ceremoniosamente la mano, despidiéndose por sus apellidos.


RECUADRO

El duelo en Código Penal de 1936

Decreto 2300 de 1936, Capítulo V

Artículo 390: A los que se batieren en duelo con intervención de padrinos que arreglen las condiciones del desafío, se les impondrá:
1) Arresto de uno a seis meses si no resultare lesión alguna.
2) Arresto de dos meses a dos años cuando se infieran lesiones personales; y
3) Prisión de uno a cinco años en caso de muerte.
Artículo 391: A los que se batieran sin intervención de padrinos se les aumentarán hasta el doble las sanciones de que trata el artículo anterior en los casos respectivos.
Artículo 392: Al combatiente que faltare, en daño de su adversario, a las condiciones ajustadas por los padrinos, se le impondrán las sanciones ordinarias, previstas en los capítulos I y II (homicidio y asesinato).
Artículo 393: Los padrinos de un duelo que emplearen en contra de los combatientes cualquier medio desleal, como alevosía, la insidia y otros, serán sometidos a prisión por uno a cinco años.
Artículo 394: Cuando los padrinos concertaren un duelo a muerte o en condiciones tales que de ellas deba resultar la muerte serán reprimidos con prisión de seis meses a tres años.

Título: Ofensas al honor y duelos a muerte.


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