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Duelo a
pistola.
Grabado de Chalons, 1890.
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"Exceso de
puntería"
Caricatura de Rivera.
El Tiempo, noviembre 21 de 1931.
Primera plana de "El
Tiempo"
con la noticia de la renuncia del alcalde
Vargas Nariño para batirse en duelo con
Francisco Rocha Vargas, noviembre 19 de 1931.
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El duelo como
enfrentamiento individual entre caballeros se difundió por varias regiones del mundo
desde el siglo XV hasta el siglo XIX. En Colombia, el duelo a muerte fue social y
legalmente permitido, sobre todo luego del período colonial y hasta las primeras décadas
del siglo XX. Fue una forma de justicia privada, por cuanto el desafio implicaba el
enfrentamiento personal en busca del castigo para el autor de un ultraje y, en
consecuencia, el desconocimiento de la justicia y sus procedimientos.
SUS ORIGENES
Históricamente habría que
diferenciar el duelo judicial del duelo que se presenta en los torneos medievales. El
primero fue un antiguo medio de prueba originado en las tribus germanas, que consistía en
que el denunciado arrojaba un guante a los pies de los jueces manifestando con ello que
quería defenderse de una acusación "mediante batalla". Si el acusado era una
mujer, un eclesiástico o un incapacitado, se admitía que fueran representados por un
tercero denominado "campeón". Hacia el siglo VI, el duelo se extendió por el
mundo cristiano al elevarse a la categoría de Juicio de Dios, pues se consideró que su
resultado era revelación divina. Esta forma probatoria sólo cedió terreno con el
fortalecimiento del poder real y con la progresiva prioridad dentro del proceso judicial
del testimonio, sobre el combate entre las partes. Se entendió que en esa lucha no ganaba
el protegido de Dios, sino el más diestro en el manejo de las armas.
La segunda forma es la del
duelo que se presenta en los torneos medievales. El torneo, que apareció como un juego
militar originado en las guerras privadas de los grandes señores feudales, se realizaba
en forma colectiva siguiendo un rígido ceremonial y en presencia del rey y de las damas
de la corte. En ellos existió la figura del juez, que podría considerarse como el
antecedente del padrino del duelo individual. El juez del torneo fue el encargado de medir
las armas cuidando que tuvieran la misma dimensión. En el siglo XIV el duelo de torneo
comienza a extinguirse con la muerte en uno de esos desafios del rey Francisco II de
Francia y al introducirse la lanza de madera sin punta y la espada sin filo.
Las anteriores y antiguas
formas de duelo fueron a su vez distintas del duelo individual que se desarrolla a partir
del siglo XV, en Italia, España, Francia y posteriormente por varios lugares del mundo.
Las guerras y la fama de algunos espadachines generaron el deseo de emulación y la
costumbre de los desafios. Su propagación y la proclividad al enfrentamiento por motivos
intrascendentes llevó a que se dictaran diversas medidas para restringirlo y obligar a
que se recurriera a los tribunales ordinarios. De muy poco sirvió para abolir la
práctica, por ejemplo, que en Francia se dictara el decreto de 1566 de Carlos IX que
castigaba a los duelistas con la pena capital, o que en España se promulgara la ley de
Toledo (1480) de los Reyes Católicos, que también impuso el último suplicio y otras
medias accesorias.
EL DUELO EN LA LEGISLACION
PENAL COLOMBIANA
En diversas épocas nuestra
legislación se ocupó de los duelos y desafíos. En el período colonial varios textos
legales fueron claros en prohibir dichas contiendas. Con ese sentido se promulgaron en las
colonias españolas la mencionada ley de Fernando e Isabel conocida como la ley 87 de
Toledo del año de 1480, la ley de San Idelfonso de octubre de 1721, la de Felipe V de
Madrid del año de 1747 y la de Fernando VI de Aranjuez de 1757. En la última, en
particular, se recordó que el desafio había sido objeto de "maldiciones de la
Iglesia", que era contrario al "derecho natural" y que España no
necesitaba adquirir créditos de valor por un "camino tan feo, criminal y abominable,
después de tantas conquistas, sangre vertida y vidas sacrificadas a la propagación de la
fe". En consecuencia, esa ley ratificó la pena de muerte y ordenó la confiscación
de bienes y la pérdida a perpetuidad de "oficios, rentas y honores".
En el período republicano
y hasta el código promulgado a mediados de la llamada República Liberal (1930-1945), la
ley penal tendió a ser permisiva frente al duelo o desafío. En los códigos colombianos
hubo unaminidad en diferenciar el asesinato y varias modalidades de homicidio, de aquel
homicidio "reglamentado", producto de un duelo. Nos referimos a códigos
originados en contextos muy diferentes, es decir, al primer código penal colombiano, el
de 1837; al de 1890, o al promulgado en 1983, el primero en el siglo XX, impregnado por
nuevas corrientes modernizadoras. Sobre el último de los mencionados, basta con señalar
que la pena en caso de la muerte de uno de los duelistas oscilaba entre uno y cinco años,
siempre y cuando se hubiera observado el reglamento del desafio. En cambio, si la muerte
había sobrevenido por la violación de las condiciones del duelo, el hecho podía
asimilarse a los homicidios castigados con pena de ocho a catorce años o a un asesinato
con pena de quince a veinticuatro años (ver recuadro).
RITUAL DEL DUELO
Los "códigos de
honor" señalaban que para que hubiera duelo se necesitaban algunas condiciones
básicas: una injuria u ofensa al honor o a la dignidad. La ofensa podía ser de palabra o
de obra; y aunque en teoría debía ser grave, su valoración fue subjetiva, pues en la
práctica tendió a ser definida por el ofendido. Otra condición fue la calidad de
caballero del autor de la ofensa, es decir, que la contienda fue un mecanismo ligado a las
élites. Necesitaba también el duelo de padrinos, uno o dos por cada parte, quienes
tenían la tarea de "pedir explicaciones", definir la magnitud de la ofensa e
incluso evitar el duelo, elegir en ocasiones las armas, pactar las condiciones y, cuando
no existieran testigos, examinar el terreno del duelo y velar por el cumplimiento de lo
acordado.
Los duelos podían ser a
sable, espada, pistola o revólver. Los duelos a pistola, los más usuales en el siglo
XIX, tenían que hacerse a una distancia mínima de quince pasos y máxima de cincuenta.
Los tiros no salidos se consideraban válidos, si así se pactaba en las condiciones.
Había la obligación de auxiliar al herido, como la de levantar dos actas: la primera con
el pacto de condiciones, y la segunda con el desarrollo y los resultados del duelo.
GRANDES DUELOS
En nuestra historia
colonial y republicana pueden identificarse resonantes duelos a muerte, frustrados
desafios y duelos con un final feliz para los contendientes.
Un duelo fatal, por un
motivo intrascendente, fue el enfrentamiento, en octubre de 1827, entre el cónsul general
de Holanda, señor Stuers, y el joven coronel Francisco Miranda, hijo del procer y general
venezolano del mismo nombre. Cuenta Cordovez Moure en sus Reminiscencias de Santafé y
Bogotá que el duelo se originó en un baile ofrecido en el Palacio de San Carlos por el
Libertador Simón Bolivar. Ocurrió que el cónsul sacó a bailar a una señorita y ésta
dejó en el asiento, como era la costumbre, su esencia de perfume y el abanico; por
descuido el joven se sentó encima de tales prendas y rompió el frasco. Un amigo que
observó el contratiempo se burló discretamente del coronel Miranda diciéndole:
"Prevéngase para dar cuenta de este agravio al cónsul holandés". El joven le
respondió que no le tenía miedo a ese vejete, pero la respuesta fue oida por el cónsul
que no se midió en lanzarle insultos. Al otro día, Miranda envió al coronel Johnson a
pedir explicaciones al cónsul, y éste respondió que las daría por medio de las armas.
Esto hizo que se desarrollara el ritual para el enfrentamiento y que el coronel Miranda se
dedicara a ejercitarse en el tiro de pistola, dado que el cónsul tenía fama de buen
tirador, al punto que se decía que había salido victorioso de ocho duelos. El
enfrentamiento se llevó a cabo en el sitio del Aserrío, a orillas del río Fucha. Se
colocaron a veinte pasos de distancia, en presencia de testigos y de un médico. Disparó
primero Stuers, quitándole la cachucha de paño que tenía Miranda. Al tocarle el turno,
Miranda le dijo al cónsul que aún era tiempo de "explicarse amigablemente" y
el holandés le replicó que si no hacía fuego "lo mataría como a un perro".
Los testigos dieron la voz de tres y Miranda disparó un tiro que se incrustó en la masa
cerebral del adversario. El cónsul fue enterrado en al Capilla del Sagrario y Miranda se
marchó para el extranjero.
Un duelo que dejó herido a
uno de sus protagonistas se produjo el 8 de enero de 1850, entre Germán Gutiérrez de
Piñeres y José María Torres Caicedo. El duelo lo generó un artículo escrito al
parecer por el segundo, publicado en el periódico El Día, que sugería que Gutiérrez de
Piñeres había tomado parte en el robo a la tienda de Vicente Azcuénaga. Torres no
admitió el duelo aduciendo que Gutiérrez de Piñeres era "indigno", pero a la
vez indicó que "podía atacarlo" si así lo quería, frase al parecer
acostumbrada según los "códigos del honor" para los casos en que una parte se
negaba al combate con ese tipo de argumento. Ante la negativa de Torres Caicedo, el
padrino de Gutiérrez de Piñeres, Joaquín Pablo Posada, es decir su amigo y codirector
de El Alacrán, se mostró ofendido y lo retó. Torres Caicedo aceptó y no puso reparo
alguno en que Gutiérrez de Piñeres le sirviera de padrino. En el momento de realizarse
el duelo en una parte despoblada del barrio de Las Cruces, Posada se negó a batirse
argumentando simplemente que "le tenía miedo"; y Gutiérrez se interpuso para
decirle que si lo había admitido como padrino estaba habilitado como digno y en
condición de batirse con él. Torres suscitó una acalorada discusión por su nueva
negativa a batirse y por la amenaza de Valentín Ferro, padrino de Torres Caicedo, de
retirarse del duelo. Al final de cuentas hubo desafio entre Torres Caicedo y Gutiérrez de
Piñeres; el primero terminó gravemente herido con una bala en el homoplato y tuvo que
viajar a Estados Unidos y Europa, en busca de auxilio médico. El duelo tuvo
prolongaciones en la prensa, dado que cada uno de los duelistas dio su propia versión
sobre el suceso.
Un duelo sin víctimas fue
el que enfrentó, a finales de 1830, al general Joaquín París y al coronel Joaquín
Posada, y en el que sirvieron como padrinos el coronel Ramón Espina y el capitán
Alejandro Gaitán. Como no hubo consecuencias fatales, las autoridades no hicieron mucho
esfuerzo por investigarlos, dado que para ese entonces todavía se hallaba vigente la
legislación española, es decir, la pragmática de 1757 que imponía severas penas para
los contendientes, los cómplices y los observadores. La investigación tuvo que
archivarse porque no encontraron la plena prueba del desafío. Otro duelo sin consecuencas
fatales tuvo lugar en enero de 1850, entre José Eusebio Caro y Wesceslao Uribe Angel, por
un escrito del primero publicado en el periódico La Civilización. Caro tuvo por padrino
al coronel Anselmo Pineda, y Uribe a José María Sáenz.
Duelos frustrados fueron
los de José María Vergara y Scipión García Herreros, en enero de 1849; y el de Enrique
Olaya Herrera y Benito Zalamea, en enero de 1911. El primero no tuvo lugar porque los
padrinos demostraron a García Herreros que no había razón para batirse con Vergara,
pues éste no era el autor de un artículo injurioso contra su hermano; además, Vergara
había señalado públicamente que el autor del artículo había sido Pedro Dordelli. En
el segundo caso, los testigos acordaron una transacción, debido a que hallaron que Olaya
Herrera, en ese momentos ministro de Relaciones Exteriores, no tenía nada que ver con un
encarcelamiento que había sufrido Zalamea.
Como tal vez se ha
percibido, el duelo podía no llevarse a cabo, si una de las partes consideraba que la
otra era indigna de batirse con ella. Al respecto es ilustrativo el desafio que hizo
Joaquín Pablo Posada, director del periódico conservador El Alacrán a su codirector
José Eusebio Caro. El primero, un periodista influenciado por el comunismo y el
socialismo, se ofendió con el segundo por un artículo en que censuraba al presidente
José Hilario López por haberlo amnistiado del delito de calumnia y por designarlo en la
dirección de la Gaceta Oficial. Caro rechazó el duelo porque consideró al condenado y
amnistiado como indigno; sin embargo, también aclaró que el ofendido podía atacarlo si
quería.
En el siglo XIX, en el que
fueron frecuentes las guerras civiles, el duelo surgió como método ocasional para
definir la suerte del combate. En esa circunstancias el desafio se dio en forma
espontánea y sin contar con todo el ritual previsto para ese tipo de enfrentamientos. El
duelo se realizó entre jefes o entre miembros de la tropa, teniendo a los ejércitos por
testigos y en posición de combate. En el actual departamento de Santander, existe la
leyenda de dos comandantes de tropas enemigas que prefieren enfrentarse en un duelo a
muerte para evitar el derramamiento de sangre en sus filas. En un combate de la guerra de
1876, no fueron únicamente los jefes de las milicias enemigas sino sus propios miembros
los que dieron un paso al frente para dirimir el combate en forma individual. Cuenta
Enrique de Narváez que el hecho tuvo como principal protagonista al grupo conservador de
los "Mochuelos", que por el método de guerra irregular peleaba con las tropas
liberales que defendían al gobierno. Luego de que las dos fuerzas se enfrentaron a tiros
todo el día, sin resultados decisivos, el capitán Suárez de las filas de los Mochuelos
saltó a un llano para desafiar a pelea de sable al jefe de la compañía enemiga. Los
rifles se silenciaron y de la fila enemiga salió el contendiente; se trabó el combate,
pero no hubo el resultado fatal. Luego, hubo otro y otro desafío, cuerpo a cuerpo con
sable, sin que surgiera un vencedor. Los contendientes reconocieron la imposibilidad de
vencer al contrario, suspendieron la lucha, se dieron la mano, se brindaron un trago de
aguardiente y regresaron a concentrarse en sus respectivos campos.
LOS DUELOS SIN RITUAL
En nuestro medio el duelo
no fue tan corriente ni por supuesto el único medio que usaron las élites para definir
su conflictos. Ellos también pelearon a puño limpio o apelaron a las armas sin tener en
cuenta los códigos de honor. Así, en famosos incidentes callejeros y por asuntos de
honor, se vio involucrado Manuel María Madiedo (1815-1888), un intelectual muy conocido
por su militancia católica y sus publicaciones. En uno de ellas, la titulada Tratado de
Derecho de Gentes, Internacional y Consular (1874), aquel pacífico profesor de derecho,
como muchos juristas de sus época, se mostró ferviente partidario de la práctica de la
retaliación en las guerras o conflictos civiles, cuando el enemigo ejecutara actos de
ferocidad y barbarie. Argumentaba que en tales casos la represalia podía ser el único
medio para "imponer respeto" y para "refrenar sus malos instintos".
El incidente en que
interviene Madiedo sobrevino el 10 de febrero de 1865, unas horas después de la boda de
su hijo Manuel Justino con Mariana Domínguez. El matrimonio no era del agrado de la
familia de Mariana, y especialmente de su tío Leonardo Manrique, quien profirió serios
insultos a Manuel Justino y a su madre, luego de interpretar una mirada de aquél como de
burla o de jactancia. Madiedo, que no se hallaba en el lugar, fue llamado con urgencia, y
no obstante los esfuerzos de los suyos para calmarlo, preparó sus armas y se dispuso a
atacar a Leonardo Manrique. Cuando de nuevo Manrique intentó pasar por frente de su casa,
Madiedo le salió al paso y le propinó tres balazos causándole heridas leves en la parte
lateral del cráneo, el antebrazo y la pierna izquierda. Manrique apenas pudo disparar un
tiro.
Madiedo y su hijo fueron
procesados, pero resultaron absueltos de todo cargo por un jurado de conciencia. Madiedo
dispuesto a cancelar de manera definitiva el problema, pidió público perdón unos días
antes de conocerse el veredicto, e incluso se ofreció, si "no merecía tal
gracia", a cruzarse de brazos en el sitio que la víctima eligiera y a recibir los
mismos tres balazos que le había propinando a Manrique. Este aceptó las disculpas e hizo
pública la idea de matarlo. Desde entonces las familias Madiedo y Manrique se hundieron
en una permanente zozobra frente a la posibilidad que se repitiera un nuevo lance.
Relata Cordovez Moure que
después de casi dos años de ausencia, Manrique regresó al país y lo primero que hizo
al regresar fue insultar y perseguir por la calle a Madiedo; éste no tuvo otra
alternativa que pedir protección a la administración de justicia del Estado de
Cundinamarca. Y a un funcionario adscrito a esa dependencia no se le ocurrió cosa
distinta que citarlos simultáneamente para el día siguiente, 7 de abril, a las 12 del
día, para que "prestaran fianza para guardar la paz". Al otro día, en los
pasillos del Palacio de San Francisco fue creciendo la expectativa a medida en que se
aproximaba la hora de la diligencia judicial. Manrique hizo el primer disparo y erró, y
se parapetó detrás de una columna. Madiedo inesperadamente marchó decidido hacia la
columna y Manrique le hizo un segundo disparo que dio en el brazo de Madiedo; éste
respondió con un disparo, siguió avanzando y casi a quemarropa le hizo dos disparos
fatales. Manrique cayó al suelo y Madiedo disparó en dos ocasiones más. Manrique fue
llevado a la pieza del Archivo del Estado y allí alcanzó a recibir la ayuda religiosa de
un franciscano. Madiedo fue de nuevo exonerado por la justicia, pues triunfó la tesis de
que había actuado en defensa propia.
Un duelo socialmente
desigual fue el que protagonizaron el bandido Juan Rodriguez Rojas y el hacendado Miguel
Camacho. Rodriguez asolaba con sus robos y atropellos los pueblos de Cota, Tenjo, Tabio y
Funza. En cierta ocasión, intentó raptar a la hija de un viviente y le dejó razón a
Camacho, que donde se encontraran lo iba a apuñalear. Camacho salió en su busca hasta
que se cruzaron en un camino, el primero atacó armado de puñal y lanza y el segundo se
defendió a revólver y puñal. Camacho le soltó un tiro que le atravesó el corazón.
Un duelo anunciado pero que
no llegó a realizarse fue el de dos románticos bandidos de la antigua provincia de
Vélez, en Santander, en las primeras décadas del siglo XX. Narra José Antonio Lizarazo
en su libro Fuera de la ley, que entre José del Carmen Tejeiro y Jesús Antonio Ariza
existía la rivalidad de dos bandidos que actuaban en la misma zona, y por la afrenta de
Tejeiro a Ariza, al dejarlo abandonado en un viaje que realizaron los dos a Venezuela. No
hubo duelo, porque Ariza, que tenía fama de sanguinario, no quiso dispararle a su rival
por la espalda.
DUELO DEL ALCALDE DE BOGOTA
Un duelo famoso al comenzar
el siglo pasado fue el que protagonizaron el alcalde de la capital de la república
Enrique Vargas Nariño y el señor Francisco Rocha Vargas. El duelo desencadenó una
crisis en el gobierno municipal, pues Vargas Nariño renunció de manera irrevocable a su
cargo, unas horas antes del desafio. Igual actitud asumieron sus tres secretarios del
despacho, Francisco Umaña Bernal, Rafael Holguín Arboleda y Guillermo Herrera Carrizosa.
El gobernador de Cundimanarca, Liborio Cuéllar Durán, aceptó con premura la renuncia y
ofreció el cargo a Luis Patiño Galvis, momentos antes que se produjera el
enfrentamiento.
Los dos contendientes,
parientes entre si, tuvieron una diferencia personal motivada por desacuerdos surgidas a
raiz de una elección de dignatarios del Jockey Club, por la que dejaron de tratarse. El
16 de noviembre de 1931, Pablo Rocha y Antonio Izquierdo Toledo intentaron una
conciliación y lograron que Francisco Rocha visitara el despacho de Vargas Nariño en el
Palacio de la Alcaldía. La charla fue cordial al comienzo, pero luego se exaltaron al
punto que Francisco agredió físicamente al alcalde y éste le respondió de la misma
forma.
Una hora después, el
alcalde envió a sus padrinos Ricardo Macías y Antonio Izquierdo para que concertaran un
duelo a muerte con los padrinos de Rocha, José María Obregón y Elías Franco. Ellos
realizaron varias conferencias, escucharon a los contendientes y acordaron que el duelo
fuera a muerte, a dos tiros de pistola cada uno, y que el primer disparo se haría a
quince metros y el segundo a diez. El duelo se verificó el 17 de noviembre, a las ocho y
media de la noche, en un alto cercano al Polo Club. Como se había acordado, se dispararon
al tiempo y en las dos distancias aludidas, pero ningún tiro dio en el blanco.Los dos
duelistas propusieron a sus padrinos continuar, pero éstos no accedieron. No se pactó
una reconciliación y los dos se dieron ceremoniosamente la mano, despidiéndose por sus
apellidos.
RECUADRO
El duelo en Código Penal
de 1936
Decreto 2300 de 1936,
Capítulo V
Artículo 390: A los que se
batieren en duelo con intervención de padrinos que arreglen las condiciones del desafío,
se les impondrá:
1) Arresto de uno a seis meses si no resultare lesión alguna.
2) Arresto de dos meses a dos años cuando se infieran lesiones personales; y
3) Prisión de uno a cinco años en caso de muerte.
Artículo 391: A los que se batieran sin intervención de padrinos se les aumentarán
hasta el doble las sanciones de que trata el artículo anterior en los casos respectivos.
Artículo 392: Al combatiente que faltare, en daño de su adversario, a las condiciones
ajustadas por los padrinos, se le impondrán las sanciones ordinarias, previstas en los
capítulos I y II (homicidio y asesinato).
Artículo 393: Los padrinos de un duelo que emplearen en contra de los combatientes
cualquier medio desleal, como alevosía, la insidia y otros, serán sometidos a prisión
por uno a cinco años.
Artículo 394: Cuando los padrinos concertaren un duelo a muerte o en condiciones tales
que de ellas deba resultar la muerte serán reprimidos con prisión de seis meses a tres
años.
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