Los grandes señores del tiempo de la conquista

Por: Herrera Angel, Martha

LOS GRANDES SEÑORES DEL TIEMPO DE LA CONQUISTA

Marta Herrera Angel
Revista Credencial Historia (Bogotá - Colombia), febrero - agosto, 1993. Nos. 38-44


Los señores del tiempo

de la Conquista

Los señores Muiscas

Los señores del Zenú

Sostenimientos y crueldades

Una de las características distintivas del actual territorio colombiano a la llegada de los españoles fue la alta concentración de cacicazgos, posiblemente una de las mayores de América: sólo en el Valle del Cauca se contaron más de ochenta cacicazgos, y cuando Jorge Robledo entró en la región ocupada por los quimbayas, un cacique afirmó que había sesenta caciques y los contó por sus nombres y pueblos. En algunos casos estos cacicazgos estuvieron integrados dentro de unidades más grandes, los señoríos, frente a los cuales tuvieron diferentes grados de subordinación. Entre los quimbayas había cinco o seis señores principales, que eran independientes entre sí y ninguno rendía obediencia a los otros, aunque todos eran parientes y amigos, y había matrimonios que unían unos señoríos con otros estos seis señores, a su vez, sujetaban cada uno alrededor de diez o doce caciques. En el altiplano cundiboyacense, el área controlada políticamente por el zipa de Bogotá, éste subordinaba caciques tales como Chocontá, Subasaque, Cajicá, Ubaté y Ubaque, entre otros. Ubaque, a su vez, sujetaba a otros pueblos, entre ellos, Pausagá y Chiguachí.

La unidad política de un señorío no dependía necesariamente de factores de índole cultural. Los muiscas que habitaban el altiplano cundiboyacense y parte del actual departamento de Santander no estaban integrados políticamente, a pesar de sus afinidades culturales. Por el contrario, grupos como los llamados teguas, al oriente de Guatavita, que culturalmente no se identificaban como muiscas, al parecer tributaban a algunos caciques muiscas. Aunque tal sujeción podía significar, a mediano y largo plazo, un mayor nivel de identificación cultural, ésta no era todavía un hecho en el momento en el que se produjo la sujeción política.

Varios mecanismos se utilizaban para lograr la integración: la guerra, las alianzas y el establecimiento de vínculos de parentesco. Sin embargo, el establecimiento de mayores o menores niveles de integración política no dependía únicamente del desarrollo de este tipo de estrategias. La aceptación de poderes superiores, que se colocaban por encima de la sociedad (llegando incluso a representarse a sí mismos como dioses), dependía en gran parte de los requerimientos de estructuras organizativas para el desarrollo de las actividades productivas y para la supervivencia. Así, condiciones desfavorables exigían una mayor organización de la producción, lo que favoreció el establecimiento de jerarquías y poderes superiores. Por el contrario, unidades familiares que sin mayores esfuerzos podían asegurar su supervivencia, mostraron una menor predisposición hacia el sometimiento y el establecimiento de un control por parte de poderes superiores, que frecuentemente obtuvieron ventajas derivadas de ese poder y actuaron en contra de los intereses de los subordinados.

El término cacique no era el utilizado usualmente por los indígenas del territorio colombiano en realidad, se trataba de una palabra arawak, que los españoles adoptaron en las Antillas y que emplearon indistintamente en los territorios conquistados para designar a quienes tenían el mando político de las comunidades. Cada lengua tenía sus propios términos pare denominar a sus dirigentes políticos. Así, por ejemplo, un grupo vecino a los chimilas, llamado Caribe por los españoles, les daba el nombre de "camdara", que quería decir señor, mientras que los llamados malebúes daban cl nombre de "malebú" al señor principal que controlaba a los demás caciques o dirigentes de los pueblos pertenecientes a este señorío.

Las jerarquías de los distintos poderes podían variar. Grupos con altos niveles de centralización política y de estratificación jerárquica, como por ejemplo los muiscas sujetos al zaque de Tunja, tenían en orden de mayor a menor, al zaque, al uzaque, al psihipqua, al sibyn y al uta. Existía también entre algunos grupos indígenas otro cargo de gran importancia, el segundo después del señor principal, aunque poco conocido: el pregonero. Este funcionario, considerado como el vocero por el cual se expresaba la voluntad del máximo dirigente, tuvo gran importancia entre los muiscas y también entre los indígenas que habitaban la provincia de Betoma, en la Sierra Nevada de Santa Marta.

En general, entre grupos que contaban con ciertos niveles de centralización política, los cargos de autoridad se obtenían en forma hereditaria. En algunos la herencia se establecía de padre a hijo, mientras que en otros heredaba el hijo de la hermana mayor del dirigente. Como en general, entre los diferentes grupos indígenas los hombres tenían tantas esposas como podían sostener, cuando la herencia se establecía de padre a hijo, heredaba el hijo de la mujer principal, tal como sucedía entre los habitantes del valle de Lilí (Cali). Con relación a la práctica de la poligamia, cabe anotar que para los jefes el contar con varias esposas resultaba de gran importancia. De una parte, estas múltiples uniones les permitían fortalecer su posición de poder, al establecer vínculos de parentesco con otros dirigentes importantes de la comunidad. Así, por ejemplo, los señores de las provincias de Umbra y Anserma tomaban por esposas a las hijas de otros dirigentes de la comarca. De otra parte, tener varias esposas les permitía cumplir adecuadamente con su obligación de agasajar a los súbditos como una forma de reforzar su posición de prestigio. Sobre el particular, Pedro Siramuchegua, quien era cacique de Chocontá en 1593, explicaba la presencia de varias mujeres en su casa por la necesidad de preparar chicha, bollos y guisos para dar de comer a su gente. Aunque en este caso el señor aclaraba que no eran sus esposas y que no tenía relaciones carnales con ellas, tal observación obedecía a que la práctica de la poligamia fue prohibida por las autoridades españolas.

Sin embargo, muchas obras de importancia para la familia, tales como cultivar las sementeras o construir sus casas, requerían en determinado momento una cantidad de mano de obra mayor que aquella con que contaba la unidad familiar. Era necesario recurrir entonces a la ayuda de otras familias y obtener su colaboración mediante la reciprocidad. Las familias recibían de otras una cantidad de ayuda equivalente a la que ellas podían, a su vez, suministrar. De esta forma, las familias que contaban con mayor número de miembros aptos pare trabajar podían proporcionar más ayuda laboral y, a un tiempo, recibir mayor ayuda en su momento. Esto permitía a los núcleos numerosos vivir mejor y con mayor desahogo. Como con el matrimonio se establecían vínculos de hermandad con los hermanos de la esposa, mientras más esposas se tuviera, mayor era el número de hermanos y de trabajo con que se contaba. No se trataba únicamente de que el hombre que contaba con mayores recursos tuviera más esposas, sino también que mientras más esposas tuviera, mayores recursos tendría.

Una característica frecuente entre los grupos centralizados y jerarquizados consistía en que los indígenas prestaran ciertos servicios o proporcionaran algunos bienes a sus señores. Este pago, que los españoles asimilaron al tributo que ellos cobraron a los indígenas, tenía un carácter bien distinto entre las comunidades. Así, los malebúes que habitaban en el área próxima a Tamalameque, cerca del río Magdalena, se reunían para hacerle las rozas al malebú, su gran señor. En esa oportunidad, el cacique ofrecía fiestas, llamadas por ellos "entai", durante las cuales les suministraba alimentos y bebidas en abundancia. Tales fiestas podían prolongarse hasta por quince días, y todos asistían con mejores galas. Durante las celebraciones los indígenas llevaban a su jefe ovillos de hilo, hamacas y diversos objetos tejidos. Como se puede observar, más que un pago de tributo en servicios o en especie, lo que tenía lugar era una especie de intercambio en el que el cacique, si bien se apropiaba de un excedente social, reforzaba su prestigio al agasajar con generosidad a sus vasallos.

Los grupos indígenas que no acostumbraban a efectuar estos pagos a un señor o cacique hereditario fueron denominados "bahetrías" por los españoles. Este era el caso de los indígenas Muzo, entre quienes no existía la tradición de pagar tributos y sólo surgían jefes cuando había guerras, caso en el cual elegían a los indios más valientes y briosos para que los acaudillasen. E1 que no existieran jefes permanentes no implicaba, sin embargo, una deficiente organización. Por el contrario, las normas compartidas por la comunidad establecían una serie de pautas que regulaban las relaciones entre los miembros y entre las familias o parentelas y que resultaban coherentes, si se consideran las continuas guerras que mantenían con los muiscas, a quienes ganaban las tierras en que cultivaban sus sementeras.

En todo caso, independientemente de qué tan jerarquizada estaba una determinada comunidad, su subsistencia exigía que se mantuvieran importantes niveles de solidaridad y de cohesión. Para el logro de este objetivo, era importante reforzar permanentemente las tradiciones culturales de la comunidad y solidificar la unión que podía surgir mediante la rememoración de la historia de la colectividad, que se constituía en una posesión compartida. Una de las actividades más difundidas entre los indígenas, como ya se vio, fueron las fiestas. En ellas los participantes bailaban y cantaban al son de sus instrumentos musicales, al tiempo que consumían alimentos y bebidas embriagantes en abundancia. Por lo general, los cánticos que se entonaban rememoraban la historia de la comunidad, relataban los hechos de los héroes míticos y culturales, y condenaban las acciones encarnadas en personajes considerados censurables. Los muiscas, por ejemplo, cantaban sucesos presentes y pasados, en que vituperaban o engrandecían el honor de sus protagonistas, al tiempo que danzaban siguiendo un estricto compás. Por su parte, los quimbayas bailaban, bebían y cantaban a un mismo tiempo, y en sus canciones recitaban los trabajos presentes y recontaban los sucesos pasados. De esta forma, los cánticos mantenían viva la historia de la comunidad e inculcaban a sus miembros los valores que se consideraban deseables, al tiempo que criticaban los actos definidos como censurables.

También se evidencia cn algunas de las descripciones que se hicieron de estas fiestas su carácter sacralizado. En las fiestas llamadas "entai" siempre estaba presente el o la mayhan (mohán) o sacerdote, quien encendía el sahumerio que debía arder durante todo el tiempo que duraba la celebración. El mayhan hacía "parlamentos", además de "otras muchas idolatrías y ceremonias". Entre los muiscas, beber "fapqua" (chicha) daba a la celebración un carácter sagrado, pues se ofrendaba al dios Nemcatacoa, quien bebía junto con ellos. Fue precisamente la asociación entre estas fiestas y el uso de bebidas fermentadas, unido al rechazo de los españoles por las creencias nativas, lo que hizo que generalmente se refirieran a ellas con el calificativo de "borracheras" y las prohibieran.

El hecho de que algunas de las fiestas fuesen organizadas por el señor, quien reforzaba así su poder y su prestigio, no implicaba que la celebración perdiera su carácter sacro. Frecuentemente, a la actividad del cacique se unía la de sacerdote o persona encargada de establecer el contacto con la divinidad. Este fue el caso del cacique Calarcá, entre los pijaos, quien a la vez fue un famoso guerrero, además de "gran mohán, hechicero y adivino". Elegido para dirigir el ataque que protagonizarían las provincias de Otaima, Cacataima, Mola, Anaitoma y parte de Amoyá contra los españoles, debió quemar un palo de balsa para adivinar, según el color de la ceniza, cuál sería el resultado de la acción contra el invasor, lo que ratificaría o no la decisión de llevar a cabo la guerra. Una situación similar se presentaba entre los bondas, de la Sierra Nevada de Santa Marta: allí el "adivino y hechicero" Xebo fue el encargado de capitanear a los cientos de guerreros que enfrentarían a los españoles.

La escasez de información sobre caciques, al igual que sobre los pueblos que ellos aglutinaban, obedece a varios factores, entre los cuales se encuentra el de la multiplicidad de culturas. Dado que no había un poder centralizado cuyo sometimiento asegurara el dominio de vastas extensiones, los invasores tuvieron que guerrear contra las diferentes unidades políticas que iban encontrando al paso. Por tal motivo se adelantaron innumerables guerras, que no sólo dificultaron el conocimiento de las partes entre sí, sino que frecuentemente extinguieron o debilitaron en forma extrema a los grupos étnicos nativos. Así, las supervivencias culturales luego de las guerras proporcionaron pocos elementos a quienes años después buscaron recopilar y transmitir la historia del contacto. Las reseñas que se presentan en esta edición de Credencial Historia recogen algunos testimonios dejados por los cronistas sobre gobernantes aborígenes del siglo XVI, y otros que aún se mantenían vivos en la memoria de sus pueblos.

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Título: Los grandes señores del tiempo de la conquista


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