Señores del tiempo de la conquista

Por: Herrera Angel, Martha

SEÑORES DEL TIEMPO DE LA CONQUISTA
Marta Herrera Angel. Revista Credencial Historia (Bogotá - Colombia), febrero - agosto, 1993. Nos. 38-44

EL MAR DEL SUR

    • PANQUIACO

    Al occidente de Santa María de Antigua del Darién, el cacique Comagre recibió en paz a Vasco Núñez de Balboa, luego de que éste venció y saqueó al cacique Ponca, vecino suyo. Panquiaco, el hijo mayor de Comagre, entregó a Balboa cuatro mil onzas de oro en joyas y piezas labradas. El oro fue fundido y se sacó el quinto del rey, luego de lo cual se repartió entre los soldados formándose una riña. Panquiaco intervino y expresó su enojo ante la ceguera y locura de los españoles, que deshacían joyas bien labradas pare hacer palitos, y reñían entre amigos por cosa tan vil y poca. Les indicó que si tanto deseo tenían de oro, como para que se matasen por él, les enseñaría las sierras de Tumanamá, en el otro mar, donde encontrarían ese metal en abundancia. Balboa se interesó por el ofrecimiento y en septiembre de I513 partió con Panquiaco, quien se había hecho bautizar con el nombre de Carlos, 190 españoles y muchos indígenas. Luego de guerrear contra varios de los señoríos que había en el camino hacia el otro mar, entre ellos el del cacique Ponca, subieron la cumbre de una sierra, desde donde pisaron el oceáno que tomaría el nombre de Pacífico.

    MARIZAGUA

El cacique Marizagua gobernaba a los indígenas guayupes, asentados en los Llanos Orientales, a la altura del camino que conducía desde Bogotá a los Llanos. Cuando en 1555 Juan de Avellaneda obtuvo el permiso para buscar minas de oro en ese territorio, logró establecer contacto con el cacique Marizagua por intermedio del cacique de una región más cercana a Bogotá, perteneciente a la encomienda de Juan Gutiérrez de Aguillón. El cacique Marizagua no sólo aceptó sujetarse al control español, sino que intercedió ante Yayay, Quere y Camaxagua, señores principales de la región, para que también se sometieran. La facilidad con que se obtuvo el control sobre estos indígenas sorprendió al cronista fray Pedro de Aguado, quien analizó las causas de la actitud de los indios. Según el cronista, fueron muchas las expediciones que pasaron por ese territorio: Jorge Spira, Nicolás de Federmán, Hernán Pérez de Quesada y Felipe de Utre. El paso de las huestes significó para estos grupos la ruina y la destrucción, por cuanto no sólo guerrearon con ellos o tuvieron que alimentarlos, sino también porque "...en aquel tiempo se hacían esclavos a los indios, y además de esto [los europeosl no tenían casi por escrúpulo matar ni maltratar ni cargar ni sacar de los naturales los indios [por lo cual] fueron estos pobres guayupes muy arruinados y destruidos". Este caso muestra cómo fueron debilitados aquellos grupos que tuvieron que tolerar el paso de las huestes españolas, incluso si éstas no decidían asentarse en la región, fundar una ciudad y distribuir los indígenas en encomiendas.

EL CACIQUE DE AMANIEL DE AFUERA

En 1561 don Alonso, un indígena procedente de Ibagué, lideró una rebelión de los indígenas de Amani. Estos indígenas trabajaban para los españoles sacando oro de las minas ubicadas en los alrededores de Victoria, poblado situado sobre el río Magdalena, once leguas abajo de Mariquita. Bajo la dirección de este caudillo, los indígenas dieron muerte a los encomenderos instalados en las minas de oro y luego convocaron a otros pobladores indígenas de la región para unirse en contra de los invasores. En desarrollo de estas actividades se dirigieron a la población conocida como Amaniel de Afuera, que había sido encomendada a Hernando Quesada. Allí hicieron una gran reunión, calificada por Aguado de borrachera, en la que buscaron definir su posición frente a los españoles, ya que el cacique del poblado, al igual que otros indígenas sujetos a él, no deseaban unirse a la rebelión.

Con la asistencia de toda la comunidad, la reunión se efectuó en la casa del cacique y en ella se bailó, cantó y tomó chicha. En los cánticos los indios narraron los trabajos y la opresión a que los tenían sometidos los españoles y recordaron las muertes de sus padres, hermanos, amigos y parientes durante la conquista. También hicieron memoria de los hijos e hijas que les habían sido tomados por los españoles y de su trabajo en las minas y en otros servicios. Transmitieron la ira de sus dioses por haber obedecido a los españoles, quienes los habían despojado de sus santuarios, al tiempo que indicaron que para recuperar su protección era necesario expulsar a los invasores y retornar a la libertad que tenían antes.

La celebración, que constituye una muestra de los mecanismos desarrollados por los indígenas para tomar decisiones que afectaran a la comunidad, fue interrumpida por la llegada de Hernando Quesada y otros quince españoles. Muchos indígenas huyeron, mientras que otros resultaron muertos y heridos. El cacique de Amaniel se interpuso entre indios y españoles, gritando palabras de paz en su idioma: on guerre, on guerre, toa, toa. Conjurado el enfrentamiento, dialogaron el cacique y Quesada, luego de lo cual el cacique buscó a don Alonso pare convencerlo de deponer las armas y evitar un mayor derramamiento de sangre. Continuó entonces la reunión indígena, sin que se llegara a un acuerdo. Quesada pidió al cacique de Amaniel que expulsara a don Alonso, pero éste le indicó que no le era posible, puesto que la reunión debía prolongarse por tres días, luego de lo cual el dirigente rebelde se iría junto con los indígenas que le seguían. Los hechos posteriores se desarrollaron conforme a lo previsto por el cacique. Sus indígenas continuaron prestando servicios a Quesada, mientras don Alonso seguía convocando a los caciques para luchar por el retorno del orden regido por sus dioses. Esta diferencia de posiciones en cuanto a la actitud que los indígenas debían adoptar frente a los españoles, fue una situación muy común en los primeros años del dominio colonial.

MACALAMAMA

Era el malebú o señor principal de los malebúes, pobladores de los alrededores del río Magdalena, cerca a Tamalameque. Macalamama ejercía su control sobre diferentes pueblos, los cuales a su vez podían contar, cada uno, con dos o tres caciques. Todos los pueblos sujetos al malebú le tributaban, haciéndole rozas o cultivos de maíz y yuca. Con parte de estos productos se preparaban grandes cantidades de macu de maíz o de yuca, llamada por los españoles chicha, que era consumida en las entai o fiestas realizadas durante los doce o quince días que duraban los trabajos. También como tributo le daban hilo de algodón y hamacas, y organizaban correrías en las que participaban todos los indios. Durante éstas se pescaba y se recogían frutos de la sierra. Cuando regresaban para entregarlos al malebú, tenía lugar una gran fiesta, presidida por éste y los demás jefes. En ella se escuchaba la música de tambores, flautas y sonajeros. Todos asistían con sus mejores galas, adornados sus cuerpos con bija, una tintura roja con la cual se hacían variados dibujos que representaban su jerarquía o su valor en la guerra algunos con plumas de aves en la cabeza, a manera de sombreros, y los principales y señores cubiertos de joyas de oro. A la llegada de los españoles, Macalamama estableció relaciones de paz y amistad con ellos y los proveyó de alimentos. Los indios llamaron malebú al jefe de las tropas españolas, y guataca a los demás, nombre que significaba diablo, porque decían que el diablo también era español y que, como le temían, le ayunaban y le hacían fiestas para que no les hiciese daño.

CAREX

En Cartagena, en la isla de Codego, ubicada entre Boca Grande y Bocachica, gobernaba el señor de Carex, quien controlaba la parte sur de la isla. A él estaban sometidos Quiripa, que ejercía su dominio sobre la parte norte de la isla, Guacalies, sobre la parte este, y Cospique, sobre el poniente. En la batalla sostenida contra las tropas de Pedro de Heredia, el cacique Carex fue tomado preso, junto con Caron, mohán o hechicero muy famoso. A través de este último, Pedro de Heredia logró obtener el sometimiento de otros caciques como el señor Duhoa, en Bahayre, quien le entregó más de sesenta mil pesos en oro. Posteriormente Heredia dejó en libertad al cacique Carex, con quien estableció una estrecha amistad, hasta el punto de entregarle, pare que se lo guardara, el oro obtenido en sus incursiones conquistadoras.

CACICA GAITANA

Con la orden de fundar un asentamiento de españoles en la provincia de Timaná, Pedro de Añasco logró establecer relaciones amistosas con los pueblos de paeces y yalcones circunvecinos, hacia 1538. Sin embargo, este conquistador modificó radicalmente su actitud, cuando retornó a la región acompañado de más españoles para establecer definitivamente la población proyectada. La nueva actitud de Añasco causó rechazo entre los indígenas, quienes empezaron a hacer demostraciones de rebeldía frente a sus exigencias. Una de ellas salió a relucir cuando ordenó presentarse al hijo de una señora viuda, obedecida por gran número de vasallos y emparentada con los más principales de ellos, que fue conocida con el nombre de Gaitana. El joven no se presentó con la celeridad que Añasco deseaba, por lo cual lo hizo prender y quemar vivo en presencia de su madre, cuyos ruegos no fueron escuchados. La cacica, impotente ante la muerte de su hijo, buscó el apoyo de los dirigentes paeces, piramas, guanacas y yalcones para tomar venganza del español. Más de seis mil yalcones y otros tantos guerreros de los demás cacicazgos atacaron a los españoles y tomaron preso a Añasco. Entonces, la Gaitana ejecutó en él los tormentos ideados por una madre que nunca pudo perdonar a quien hiciera morir a su hijo abrasado por las llamas. Le sacó los ojos y le perforó debajo de la lengua para pasarle una soga, de donde lo llevaba tirado de pueblo en pueblo y de mercado en mercado, mostrándolo a todos y haciendo grandes fiestas para celebrar la victoria. Cuando Añasco ya estaba con el rostro hinchado y desencajado a fuerza de tirones y era previsible su próxima muerte, le empezaron a cortar, de tiempo en tiempo, sus extremidades. Al morir, su cabeza fue cortada para hacer vasos para beber y su cuerpo desollado y rellenado de cenizas para exhibirlo como trofeo. Su carne fue utilizada para celebrar una gran fiesta a la que asistieron los dirigentes aliados de la Gaitana. Allí hombres y mujeres entonaron cantos en los que relataban los hechos. Podemos imaginar que en ellos se narraron las infamias de los españoles y la forma como los indígenas, unidos contra el invasor, habían vencido a Añasco y a sus hombres.

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