Rafael Uribe Uribe

Por: Forero Benavides, Abelardo

 



RAFAEL URIBE URIBE

+ Octubre 14 de 1914
Por: Abelardo Forero Benavides

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 37
Enero de 1993

   



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Rafael Uribe Uribe.
Miniatura de Víctor Moscoso.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


 


En la galería de las grandes sombras del liberalismo figura en un lugar eminente el general Rafael Uribe Uribe. Está históricamente acompañado por Francisco de Paula Santander, José Hilario López, José María Obando, Tomás Cipriano de Mosquera, Manuel Murillo Toro, José María Rojas Garrido, Santiago Pérez, Benjamín Herrera, Alfonso López, Enrique Olaya Herrera, Jorge Eliécer Gaitán, Eduardo Santos, Alberto Lleras Camargo.

Uribe Uribe se destaca por sus eminentes condiciones complementarias: la amplitud de su cultura política, el conocimiento a fondo de los problemas nacionales, la erizada facultad polémica para defender sus puntos de vista, el valor heroico en los combates, la palabra vehemente e ilustrada en el parlamento, su audacia en la guerra, su prudencia en la paz, la energía con que combatió a los gobernantes autocráticos de la Regeneración, y la comprensión de los objetivos pacíficos cuando se abrió el amanecer y se pudo pensar en hacer patria, "como decíamos cuando estábamos acabando con la poca que teníamos".

 

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Funerales de Uribe Uribe.
64 carruajes fueron necesarios para transportar las coronas.


 

En el parlamento fue una voz autorizada y enérgica ante la dramática ausencia de garantías. Le correspondió vivir y combatir una etapa muy difícil de la vida nacional. El gobierno de Núñez no se realizó de acuerdo con los programas de la Regeneración. Las garantías le eran negadas al liberalismo y el movimiento nacional que Núñez proclamó se fue alterando en su primitivo esquema y adoptó un pensamiento reaccionario y exclusivista. El liberalismo pasó a la oposición integral y en las cámaras se oyó una voz castigadora y solitaria. Entraron a negarse los derechos de la oposición. Rafael Uribe Uribe formuló sus reclamos y admoniciones que anunciaban el recurso de la guerra. En vista de que los gobiernos de la Regeneración no estaban dispuestos a convivir, se declaró la lucha y Uribe fue con Benjamín Herrera el adalid más intrépido. Había pasado el turno de la palabra. Se le ve en Peralonso y Palonegro, convertidas sus audacias heroicas en mitos. De ellos vivió el liberalismo durante medio siglo.


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Mausoleo de Uribe Uribe en el Cementerio Central de Bogotá.


 

Pero al firmarse la paz, entró Uribe Uribe a actuar como un equilibrado y sensato estadista, en busca de la conciliación nacional. Preconizó la convivencia. Entró a colaborar en la restauración de la malferida democracia. Llegó a ser el protagonista del entendimiento, movido por patrióticas reflexiones. Y comenzó, frente a esta postulación de los ideales pacíficos, a convertirse en la víctima de los demoledores de honras ajenas, suspicaces y amargados. Y este veneno se apoderó de la mente primitiva de los sujetos anónimos que descargaron las hachas homicidas sobre las sienes del insigne conductor, que no pensaba entonces sino en la paz y en la patria. Eduardo Zalamea Borda, de apenas siete años, vio el cadáver de Uribe Uribe y nos dejó este patético recuerdo del sacrificio:

 

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Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal,
asesinos de Uribe Uribe.


 

"Desde un lugar sobre el cual podían inclinarse nuestros siete años, que vestían delantal y candidez, iba el cadáver del héroe entre el tañido de los cobres y el llanto femenino de las flautas. Adelante lanzaban su alarido las belicosas cornetas y los broncos tambores que mancillaban la atmósfera con sus voces militares. Era el mismo que habíamos mirado vivo sobre el papel y que otros vieron glorioso y victorioso, y glorioso y vencido, entre la pólvora de Peralonso y Palonegro o en Bucaramanga, en Terán y en Los Chancos. Vertió su sangre adolescente sobre su cuerpo herido por el filo de las hachas, amanecían los tres colores vibrantes de la bandera. La frente cubierta por la generosidad de las vendas, dejaba ver apenas el vuelo negro de las cejas y la línea pálida de la nariz y el pliegue de la boca sin palabras. Escoltaba el último viaje del caudillo una marcha fúnebre que tocaban treinta mil corazones".

 

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Placa conmemorativa en la acera del Capitolio donde cayó Uribe Uribe.


 

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Rafael Uribe Uribe. Busto esculpido por Francisco A. Cano.
Museo Nacional, Bogotá.



El más alto homenaje a Uribe Uribe lo realizó Guillermo Valencia en su magistral oración fúnebre: "Allí cayó silenciosamente el héroe como un soberbio felino hermoso y pujante, herida la cabeza de un hachazo, bajo la atónita luz meridiana. Allí, como en hora brava el gran Julio, buscó el mártir decoro para su caer y en un gesto altivo de imperial gentileza, probó parar la vida que le huía a torrentes por las enormes grietas que le abrieron en la sien, las abominables manos aleves. ¡Así premias oh Democracia, a los mejores de tus hijos, los vistes de escarnio y los paseas ceñidos por los cascabeles de los locos. A quien tuvo para tí la palabra de miel, tú le contestas con la voz del agravio; a quien se desveló sirviéndote, tú lo galardonas con el frió medroso de los sepulcros; a quien cantó para tí con labio encendido el himno de tus glorias, tú le contestas con la voz del agravio; a quien se desveló sirviéndote, tú lo galardonas con el yambo de la venganza. Sucre, Arboleda, Uribe, oh Democracia, bendita seas aunque así nos mates! Tú repetiste la fórmula sublime: Estamos atados a esta tierra por todo lo que nos precede y por todo lo que sigue. Por lo que nos creó y por lo que hemos de crear. Por la inmovilidad de los sepulcros y por el vaivén de las cunas".

 

 

LA MUERTE DE URIBE URIBE

Cuando el general se presentó en el umbral de la puerta de su casa sería de la una y cuarto a la una y media pasado medio día. Bajó por la acera opuesta a aquélla en que estaban Galarza y Carvajal. Solían algunos amigos acompañarle, pero él, que nunca estaba armado, les suplicaba que lo abandonasen, tan luego como caía en la cuenta de que lo que deseaban eran guardarlo en caso de agresión. Aquel día iba completamente solo. Exagerado cumplidor de su deber, con media hora de anticipación se dirigía al Capitolio Nacional a asistir a la sesión de ese día en el Senado de la República, del cual era miembro como senador principal por la circunscripción de Antioquia, su tierra natal [...] Tras él seguían sus asesinos, a cuatro o cinco metros de distancia. Galarza iba adelante y Carvajal detrás. Al llegar a la carrera sexta, es decir, al terminar la cuadra de su casa, el general echó por la mitad de la calle. Esto lo acostumbraba para poder andar mas aprisa, más directamente y con menos interrupciones [...] Galarza iba pues, adelante del general por la calle novena, tal vez, estorbándole el paso para dar ocasión a que Carvajal lo atacase primero por detrás. ¿Por qué no se efectuó allí el desenlace? Probablemente no se atrevieron, no estaban completamente decididos aún. Esa decisión se definió y cristalizó durante breves instantes más. El hecho es que terminó la calle novena en su parte desierta, y nada sucedió. Al llegar a la esquina de la calle novena con la carrera séptima, el general cruzó a la derecha, atravesó la calle diagonalmente y tomó la acera izquierda, la del Capitolio Nacional por el lado de oriente. Carvajal siguió a unos diez pasos detrás de él, y Galarza, por la mitad de la calle, a la derecha. Un señor que pasó hacia el sur saludó al general y éste le contestó el saludo. La cuadra estaba casi desierta; a esa hora poca es la gente que, después de almorzar, se encamina ya a sus ocupaciones de la tarde, las cuales por lo general no comienzan hasta las dos. He aquí lo que se deduce de los relatos de Galarza y Carvajal acerca de lo que aconteció luego: De pronto y al llegar como a la mitad de la cuadra, Galarza se adelantó al general, subió al embaldosado por donde éste iba, se devolvió luego y, levantando el hacha, que llevaba lista bajo la ruana, le dijo: "Usted es el que nos tiene fregados" y le lanzó un golpe que le dirigió sobre la cabeza y dizque le cayó arriba de la frente, del lado izquierdo. Al recibir este golpe, el general tambaleó, se inclinó inmediatamente hacia adelante y cayó boca abajo, sin quejarse siquiera. Se detuvo Galarza un momento para zafarse de la mano el hacha y guardarla en el bolsillo izquierdo del saco y para decir a Carvajal: "Jesús" (como quien dice: ahora te toca a tí). En seguida se bajó de la acera, miró a la víctima de soslayo y al convencerse de que la había asegurado, regresó por el pie del enlosado hacia la esquina de la calle novena [...] Carvajal se acercó entonces al general, quien arrojaba mucha sangre por la herida que le había hecho Galarza; sacó de entre la pretina del pantalón la hachuela y, a pesar del susto que sintió [...] le descargó dos hachazos por la cabeza, por encima, con increíble ferocidad, tanteando al segundo golpe la parte en que le debía asestar, como para dividirle la cabeza, y le dirigió después una sonrisa sardónica [...]

ERNESTO MURILLO

 

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