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JORGE ELIECER GAITAN
+ Abril 9 de 1948
Por: Arturo
Alape
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Tomado de:
Revista
Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 37
Enero de 1993
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El cadáver de
Jorge Eliécer Gaitán en la Clínica Central.
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"Gaitán es un líder en trance de agonía." Así escribía en su editorial el
periódico conservador El Diario del Pacífico, de Cali, el día 8 de abril de 1948.
Naturalmente, nadie creyó en tales premoniciones. Incluso, si Gaitán por casualidad
hubiera leído la noticia, no lo hubiera perturbado en lo más mínimo. Gaitán tenía en
mente otro tipo de preocupaciones. La fundamental: la presidencia de la República. Julio
Ortiz Márquez, un hombre de confianza de Gaitán, recordaba con un nudo en la garganta
que, "en la noche, después de la formidable Manifestación del Silencio en Bogotá,
le dijo al caudillo liberal: Jorge Eliécer, a usted lo van a matar, usted tiene que
cuidarse mucho. Porque a él le gustaba andar solo y de golpe se salía de noche, era algo
muy peligroso. Pero nos decía: A mí no me matan, mi seguro es el pueblo, porque mi
posible asesino sabe que a él lo matan en el momento en que me mate, y ese es mi seguro
de vida." Involuntariamente Gaitán, en la plena seguridad de su vida, estaba
imaginando lo que después le sucedería a Juan Roa Sierra en la tarde fatídica del 9 de
abril. A Gaitán le enfurecía la idea de tener un grupo de guardaespaldas que cuidaran de
él. Rechazó muchas veces la oferta que en este sentido le hicieron sus fíeles amigos de
la "Jega". Gaitán sólo creía en su muerte natural.
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Jorge Eliécer
Gaitán. Oleo de E. Rueda S.
Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán, Bogotá.
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A finales del año 47, en Colombia había un choque silencioso de poderes. El poder
solitario que habitaba en palacio y lo ejercía el presidente Mariano Ospina Pérez. El
otro, el de la calle, el de las multitudes vociferantes, que ejercía Gaitán desde su
modesta oficina de abogado, situada en pleno centro de la capital (Edificio Agustín
Nieto, carrera séptima con Jiménez). Gaitán era de por sí, por el poder inmenso que
tenía sobre el pueblo colombiano, el futuro presidente de Colombia. Nadie podía
detenerlo en su ambición y futuro. Pensar lo contrario era parea cualquier persona, en
ese momento, una actitud desquiciada.
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El cadáver del
asesino Juan Roa Sierra arrastrado por la multitud.
Fotografía W. Torres - El Tiempo.
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Pero de la realidad política podía esperarse cualquier sorpresa. El país ya vivía la
desesperanza de estar al borde del abismo de la violencia política. Sus huellas de sangre
se pisaban en el norte y en el sur de los Santanderes. En el occidente de Boyacá ya
había aparecido el fantasma real de la policía chulavita. En Caldas y en el sur del
país comenzaban a contarse los muertos en una suma interminable. Gaitán pensó en el
profundo silencio de una masa herida, como protesta y antídoto para detener la muerte
colectiva que se ensañaba contra la patria. Bogotá se paralizó como si se hubiera
sumido bajo la tierra para no escuchar la voz humana. El 7 de febrero de 1948, con la
Manifestación del Silencio, se hizo él prodigio del silencio atrapado por miles de
personas. Entonces Gaitán le dijo al señor presidente: "Os pedimos que cese la
persecución de las autoridades; así os lo pide esta inmensa muchedumbre. Os pedimos una
pequeña y grande cosa: que las luchas políticas se desarrollen por los cauces de la
constitucionalidad..." Con la próxima y eminente derrota electoral frente a sus
ojos, el partido conservador ya no creía en las vías electorales. Laureano Gómez
acusaba al partido liberal de operar sobre una base de un millón ochocientas mil cédulas
falsas. El liberalismo había abandonado el gobierno de unión nacional del presidente
Ospina Pérez y comenzaba una sistemática oposición.
Una pesada atmósfera
de perplejidad había invadido al país. "Pero no sólo fue la violencia política.
También había una situación que podríamos calificar como el ensanche de la miseria de
las grandes mayorías populares. Claro que las causas de esa miseria venían desde tiempos
muy lejanos. Pero en esa época se agudizó, porque se estaba afirmando en el país un
régimen capitalista fuerte, que naturalmente conducía a lo que sabemos, a la
concentración de la riqueza en pocas manos. Lo que determinaba del lado del pueblo, una
gran frustración social, una gran miseria", opinaba Gerardo Molina.
La situación política
levantó vuelo aún más en su confrontación, con la celebración en Bogotá de la Novena
Conferencia Panamericana. Gaitán fue excluido de la delegación colombiana por el
presidente Ospina. Lamentable error, que caldeó más la situación política. En Bogotá
se encontraba un personaje mundialmente conocido: el general norteamericano George C.
Marshall, que presidía la delegación de su país. En sus manos traía la propuesta de
mayor represión contra los movimientos subversivos de origen foráneo en América Latina.
A la una y diez de la
madrugada del 9 de abril, Jorge Eliécer Gaitán terminaba su emocionada defensa del
teniente Jesús Cortés y pedía para él la absolución, alegando que había obrado en
legítima defensa del honor del Ejército, al ultimar de dos disparos de pistola al
periodista Eudoro Galarza Ossa. A las dos de la madrugada las barras sacaron a Gaitán en
hombros y de pronto él se encontró con la soledad de la ciudad. El delirio de sus
seguidores quedaba a sus espaldas.
A medio día, Gaitán
departía amigablemente en su oficina, con un grupo de amigos cercanos, entre ellos Pedro
Elíseo Cruz, su médico. Alejandro Vallejo, Jorge Padilla y Plinio Mendoza Neira.
Comentaban sobre el éxito de la defensa que había realizado del teniente Cortés y de su
absolución. Salieron a almorzar. Al ganar la puerta principal, sobre la Carrera Séptima,
Plinio Mendoza tomó del brazo a Gaitán y, adelantándose a los demás amigos, le dijo al
oído: "Lo que tengo que decirte es muy corto".
El propio Mendoza Neira
describe el dramático momento que sigue: "Sentí de pronto que Gaitán retrocedía,
tratando de cubrirse la cara con las manos y procurando ganar de nuevo el edificio.
Simultáneamente escuché tres disparos consecutivos y un cuarto retardado, pero sólo
unos fragmentos de segundo más tarde. Gaitán cayó al suelo. Me incliné para ayudarlo,
sin poder salir de la inmensa sorpresa que aquel hecho absurdo me causaba. ¿Qué te pasa.
Jorge?, le pregunté. No me contestó. Estaba demudado, los ojos semiabiertos, un rictus
amargo en los labios y los cabellos en desorden, mientras un hilillo de sangre corría
bajo su cabeza..." En los pocos segundos en que sonaron las detonaciones, la suerte
del país había cambiado totalmente.
Treinta minutos
después, Juan Roa Sierra era arrastrado por una masa adolorida, por la Séptima hacía el
sur, hasta llegar al Palacio de La Carrera. De camino fue muerto a golpes, y la multitud
intentó crucificarlo, utilizando como cruz las rejas de la puerta principal del Palacio.
El centro de la ciudad sería incendiado. Esa tarde, los muertos crecerían en una suma
frenética. En la madrugada del 10 de abril, los jefes liberales pactarían un acuerdo con
el presidente Ospina. Treinta años duraría la investigación sobre el asesinato y sólo
se constataría que el asesino material había sido Roa Sierra. Nunca se descubrieron
nexos con los asesinos intelectuales. Dos preguntas siguen flotando en la espiral violenta
de nuestra historia contemporánea: ¿A quién le interesaba la muerte de Gaitán?
¿Quiénes resultaron beneficiados con su asesinato?.
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