Luis Carlos Galán

Por: Lozano Ramírez, Juan

Luis Carlos Galán
+ Agosto 18 de 1989
Por: Juan Lozano Ramírez

Tomado de: Revista Credencial Historia
(Bogotá - Colombia). Edición 37
Enero de 1993

   


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A diferencia de lo sucedido en torno a los magnicidios de Sucre, Arboleda, Uribe Uribe y Gaitán, las imágenes del asesinato de Galán las ha visto el mundo entero. Están ya grabadas en la conciencia colectiva. Tenemos suficientes descripciones y reminiscencias. Este texto busca explicar porqué Luis Carlos Galán fue precisamente a Soacha, procurando exaltar unos elementos fundamentales que permiten comprender, en buena medida, las circunstancias que rodearon su muerte, así como los episodios que se han venido sucediendo después del 18 de agosto de 1989 en nuestro país. En el momento de entrar a imprenta esta publicación, se informa de recientes decisiones del Fiscal en relación con el proceso penal. Aun hay mucho por aclarar. Han transcurrido escasos tres años después de su asesinato. En consecuencia, sería aventurado pretender, a la fecha, presentar un cuadro terminado sobre los efectos de este hecho. De ahí que se tenga como referente procesos en curso, cuyo punto de llegada nadie puede predecir con absoluta exactitud.

 

¿Por qué una manifestación en la plaza de Soacha?

La reunificación liberal marchaba viento en popa. Luis Carlos Galán sabía, como todo el país, que si ganaba la candidatura de unión del partido, sería el próximo presidente de Colombia: "Nos reintegramos al partido liberal, como dijo el doctor Turbay, en virtud de un acuerdo de igual a igual, un acuerdo en torno de compromisos y criterios a través de los cuales, con los demás liberales de Colombia, le vamos a dar una salida feliz a nuestra Patria después de estos años de crisis y tragedia. Compañeros: El viaje continúa, con la misma brújula, el mismo destino y en una nave más grande", había dicho Galán en la clausura del último Congreso Nacional del Nuevo Liberalismo en noviembre de 1988, que disolvía el movimiento honrando los compromisos adquiridos en la Convención Liberal de Cartagena celebrada pocos meses antes.

A partir de ese momento se fue consolidando rápidamente la unidad liberal bajo la dirección del ex presidente Turbay, que el propio Galán reconocía y agradecía por su firmeza y lealtad en la defensa de la consulta popular como mecanismo de selección del candidato de la colectividad a la Presidencia.

En ese itinerario Galán inscribió su candidatura el 4 de julio, cuando había resaltado la necesidad de la reconciliación nacional, al paso que advertía que no podíamos seguir viviendo como si fuéramos una nación a punto de perecer todos los días. Y con ese ánimo se había celebrado el evento más significativo en este proceso, que fue la Convención Nacional Liberal de Bogotá el 22 de julio, donde los convencionistas ratificaron la consulta popular y aclamaron a Galán tras una intervención memorable que remató diciendo: "No reconozco enemigos dentro del partido liberal [...] los únicos enemigos son los que utilizan el terror y la violencia para acallar el pueblo colombiano o intimidarlo, o para asesinarle a sus más importantes protagonistas".

Este proceso tenía, en las dimensiones regionales, una rica dinámica y el departamento de Cundinamarca no era la excepción. Poco tiempo antes del 18 de agosto de 1989, Luis Carlos Galán había definido la que sería su agenda de visitas a ese departamento, en la primera fase de la campaña como precandidato. A lo largo de la existencia del Nuevo Liberalismo, Cundinamarca había sido uno de sus bastiones electorales y, desde 1982, la circunscripción entonces conjunta con Bogotá lo había elegido senador. La estrategia que Galán había planteado para el departamento comprendía foros en recinto cerrado en las principales cabeceras de provincia, que le permitirían dialogar con dirigentes y militantes sobre los últimos acontecimientos de la política nacional y las relaciones con el gobierno, sobre la disolución del movimiento y la unidad liberal, y sobre la consulta popular y la candidatura presidencial. Esta agenda de visitas se había venido cumpliendo exitosamente y tal como se había convenido, en recinto cerrado, se efectuaron reuniones en Fusagasugá, Girardot y La Mesa.

 

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El atentado contra Luis Carlos Galán en Soacha.
Fotografías de José Herchel Ruiz,
Premio Círculo de Periodistas de Bogotá, 1990.


 

Sin embargo, la programación del evento en Soacha fue diferente, por solicitud de Diego Uribe Vargas, haciendo eco a sus seguidores, quienes abogaron por una manifestación publica en plaza abierta, a cambio de un foro en recinto cerrado. Sin duda. Diego Uribe aspiraba a la cabeza de lista del Senado. Tras reprogramar varias veces el evento de Soacha, finalmente se aceptó la nueva modalidad. En efecto, poco tiempo antes de agosto se había concretado la adhesión de Uribe Vargas a la candidatura galanista, lo que constituía un hecho político de trascendencia, pues Uribe Vargas, reconocido constitucionalista, había sido siempre, usando el léxico de los galanistas de entonces, un "oficialista" a ultranza, muy cercano a los afectos del ex presidente Turbav, de quien fue canciller.

 

El 18 de agosto

Este día se comentaban las últimas encuestas sobre simpatías electorales publicadas en la prensa nacional, que arrojaban un amplio favoritismo de Galán sobre los otros precandidatos. Tal como se comprobó después, este tipo de sondeos, en relación con la consulta, tenían un altísimo grado de confiabilidad, pues se referían a una decisión en la que el elector obraba con mucha independencia.
Si el propio día de su asesinato se hubieran verificado las elecciones presidenciales, Luis Carlos Galán habría sido elegido presidente de Colombia.

Por la mañana asistió a un foro sobre Educación en la Cámara de Comercio de Bogotá, y durante ese mismo día produjo un comunicado de repudio por el asesinato del coronel Waldemar Franklin Quintero en Antioquia. Antes de ir a Soacha acompañó a Alfonso López Caballero, entonces representante a la Cámara y aspirante al Senado, a la inauguración de una sede de su campaña, visita que tenía mucho significado, pues López aún no había adherido a ninguna candidatura.

Aun a pesar de la intranquilidad que dentro de su equipo de colaboradores generaba la manifestación de Soacha, no hay registro de ningún informe a la oficina privada de Galán ni a la sede de la campaña sobre anomalías o peligros. Por el contrario, los organizadores en Soacha reportaban absoluta normalidad, y los organismos de seguridad no contradecían este parte.

 

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Mausoleo de Luis Carlos Galán.
Cementerio Central Bogotá.
Fotografía de Ernesto Monsalve.


 

Como elemento adicional tranquilizador se esgrimía el cambio muy reciente de su escolta del DAS, acompañada ese día precisamente por un automóvil americano blindado para reducir los riesgos que entrañaba lo precario del blindaje de su frágil Renault 18. Así, y mientras se convocaba un consejo extraordinario de ministros en Palacio para estudiar nuevas medidas de estado de sitio, Galán emprendió camino a Soacha.

Soacha había celebrado una tarde de fiesta esperando a Galán. La manifestación era verdaderamente multitudinaria. Insólita. ¡Cuántos galanistas juntos! Contraviniendo todas y cada una de las más elementales reglas de seguridad, Galán había descendido de su vehículo blindado. Había subido a un camión descubierto. Había presidido un desfile teniendo como único escudo su ademán victorioso. Había recorrido con la mano en alto las principales calles de Soacha hasta llegar a la plaza, como si quisiera desafiar a todos sus enemigos. Luego subió a la tarima.

 

Que no caigan las banderas

La película sigue corriendo. Mientras Galán era velado en el Congreso, se concretó una visita al presidente Virgilio Barco por un grupo de parlamentarios que habían adherido a la candidatura de Galán, y unas pocas personas muy cercanas a él. César Gaviria comenzó a asumir el liderazgo. El desconcierto entre los asistentes fue absoluto. El presidente no articulaba palabra. No podía hablar. Leyó, muy mal leído, algún texto corto. La intervención del ministro de Gobierno fue aún más descorazonadora. Estaba perplejo, asustado y confundido.

El sepelio fue el más desgarrador testimonio de orfandad colectiva. Cientos de miles de personas acompañaron el féretro, llorando sinceramente al dirigente caído. Era una mezcla de indignación, dolor, rabia, amargura y frustración. En el cementerio, llevaron la palabra el ministro galanista Gabriel Rosas, César Gaviria y Juan Manuel Galán. Juan Manuel, sorprendiendo a todos, pero sin duda interpretando el sentir colectivo, encomendó las banderas de su padre a César Gaviria. Algunos de los viejos compañeros de Galán en el Nuevo Liberalismo habrían aspirado a sucederlo. Pero esta controversia ya había sido resuelta por anticipado por el propio Galán.

En efecto, tanto en el acto en el cual Gaviria asumió la dirección de la campaña, el 2 de junio, como en el discurso del 4 de julio previo a la inscripción de su candidatura. Galán había dejado bien clara la vocación de sucesión en cabeza de Gaviria, asociándola además con una empresa de largo aliento, que superaría muchas jornadas electorales y que tendría una proyección en Colombia por varias décadas. Gaviria habría de ser, usando una expresión muy de Galán, su más inmediato compañero de viaje.

Así después de una reunión que tuvo como anfitrión a David Turbay, se llegó a la Junta de Parlamentarios que calificó la decisión de proclamar la candidatura de Gavina, lo que se efectuó el 29 de septiembre, en Barranquilla, el día en que Galán habría cumplido 46 años. A su entrada al Coliseo, para pronunciar un discurso esperanzador y valiente, era imposible ver a César Gavina entre la nube de ametralladoras de sus escoltas. Fue un gran exorcismo. Ahí, desafiando todos los peligros y definiendo la posición que permitió salvaguardar la democracia colombiana con sus "discursos antibalas", como los llamó Miguel Silva, alto y claro, Gaviria notificó que en Colombia no había lugar para más intimidación. "Por eso -dijo- nuestro pueblo no quiere el miedo que nos ofrecen los terroristas y por eso estamos en este lugar, todos nosotros: porque estamos apostando por el futuro de este país que será grande, próspero y pacífico".

 

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Luis Carlos Galán. Cámara ardiente en el Capitolio Nacional.
Fotografía de Henry Torres, El Tiempo.


 

A partir de ese momento, la apuesta de Gaviria ha sido con todas sus fichas. No a nombres, sino a ideales, no a cuotas, sino a procesos. En efecto, dentro del emotivo proceso estudiantil de la séptima papeleta, Gaviria, como precandidato, luego como candidato y posteriormente ya como presidente, hizo posible la convocatoria y la deliberación de la Asamblea Nacional Constituyente, cuyo trabajo plasmado en la carta de 1991 incorporó de manera definitiva a la nacionalidad colombiana aquellos instrumentos de democratización política, transparencia electoral y participación ciudadana que constituyeron el eje fundamental de los planteamientos de Galán.

En este frente, la Constitución del 91 es el mejor homenaje a la memoria de Galán. El país hoy está apenas aprendiendo a asimilarla y aún nos sorprendemos con frecuencia con las vicisitudes propias de su entrada en vigor. Lo que es cierto es que ahora Colombia tiene que dar cabal aplicación a esos instrumentos que tanta sangre nos costaron. Ese es un imperativo Nacional.

 

 

LA MUERTE DE GALAN

Pocas veces recuerdo una manifestación con tamo entusiasmo. Ese día Luis Carlos estaba eufórico. La encuesta de El Tiempo en la cual liquidaban a todos sus adversarios, había aparecido el día anterior. El siempre había sido optimista, pero por primera vez estaba seguro de que iba a ganar. La carretera para entrar a Soacha estaba repleta y la camioneta que lo transportaba apenas podía avanzar. El ánimo era especialmente festivo. Tanto, que cuando llegó lo bajaron en hombros casi que hasta la tarima. El, Germán Vargas y yo llegamos de primeros, pero cuatro guardaespaldas subieron antes para chequear que no hubiera nada sospechoso. Entonces le señalaron que podía seguir. Lo hizo y apenas alcanzó a caminar algunos pasos, cuando levantó el brazo derecho haciendo el ademán típico con el que iniciaba todas sus presentaciones en la plaza pública. En ese momento sonaron tres ráfagas de ametralladora. Yo estaba tres metros detrás de él y lo vi caer, al tiempo con el animador de la manifestación, quien era el único que estaba sobre la tarima cuado llegamos. Mi primera reacción fue empujar a Germán Vargas, que estaba detrás de mí y después me lancé al piso. Ahí arrancó la verdadera balacera. Fue algo surrealista y es increíble lo que duró. Disparaban los guardaespaldas de Luis Carlos, la policía y dicen que hasta francotiradores apostados en los techos. Miles de personas estaban botadas en el piso, mientras el traqueteo de las ametralladoras continuaba. Cuando volteé a mirar, reconocí a Luis Carlos, caído en la tarima, por el color de su vestido. Uno de los guardaespaldas lo estaba protegiendo con su cuerpo. Entonces me acerqué y le dije al escolta que consiguiera un vehículo para llevarlo al hospital. Con tres guardaespaldas lo levantamos. El tenía los ojos abiertos y estaba consciente, aunque no hablaba. Yo le dije "tranquilo Luis Carlos", mientras lo bajábamos de la tarima, seguro de que se salvaría. Pasamos por encima de los cuerpos de la gente que había caído y alcancé a ver a algunos heridos inmóviles. Con dificultad recorrimos los quince metros que nos separaban de un automóvil blindado, del cual casi no podía abrir la puerta. Dos de los escoltas dieron la vuelta y uno de ellos se sentó en la parte trasera con la ametralladora terciada, mirando alrededor. Yo, que estaba luchando para ubicarlo en el asiento, le grité que me ayudara. Finalmente lo haló y Luis Carlos quedó en el piso. El otro guardaespaldas que estaba detrás de mí se subió arrodillado en el asiento trasero y me retiró. Poco antes de que el vehículo arrancara lo vi por última vez. Esa mirada no se me va a olvidar nunca.


PATRICIO SAMPER

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