La virreina en la cárcel: María Francisca Villanova

Por: Herran Baquero, Mario


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  Podemos preguntamos sobre el sentido de referimos hoy a un personaje polémico del siglo XVIII desde una perspectiva feminista, a la hora de discernir sobre la actualidad que aún revisten muchos de sus argumentos en favor de la igualdad de los sexos, idea que se exgrimió como resultado de los postulados de la Razón y que hoy se plantea hasta sus últimas consecuencias. En este contexto, tenemos que hacer referencia obligada a Poulain de la Barre, uno de los pensadores del siglo XVII, discípulo de Descartes y autor del tratado De legalité de deux sexes, que plantea el principio de la igualdad de los hombres extensiva a los dos sexos. En su obra De l’ education des dames, fundamenta en la educación de las mujeres su desarrollo integral como seres humanos. La libertad de la mujer de disponer libremente de su propia persona, la relación también con la limitación de los derechos del marido sobre la esposa, que para entonces eran prácticamente absolutos, se derivan de la igualdad recogida por los filósofos de los Derechos Humanos durante el siglo XVIII. Justamente durante el Siglo de las Luces, un grupo de mujeres de las élites cultivadas ejerce una considerable influencia en todas las manifestaciones culturales de la época.

  La instrucción femenina, cuestión crucial en la comprensión del quehacer de las élites dirigentes durante el llamado despotismo ilustrado, se manifiesta en la actuación del gobierno de las mujeres en la Francia de Luis XV, donde se efectúa la transición, sobre el supuesto de que no existen capacidades «naturales» según el sexo, sino un distinto desarrollo de las mismas que depende de la educación. Ello figura entre los fundamentos históricos del precipitado revolucionario, generalizándose como consecuencia, al menos en teoría, el principio de igual educación para mujeres y hombres. En esta querella sobre las mujeres que penetran en la sociedad, toman partido los hombres destacados del momento, unos a favor del elogio, otros del vituperio del ideal burgués de equiparación de la mujer con el hombre, en el que no cabe que la mujer instruida pueda superar al marido, destruyéndose así la felicidad conyugal.

  El impulso modernizador francés alcanzó también a España, manifestándose con fuerza en los progresos que alcanzará el absolutismo dentro del marco general de la monarquía, en la ola de las grandes reformas borbónicas, las cuales despertaron grandes resistencias que se manifiestan con gran fuerza de reacción en Hispanoamérica. Esta ofensiva del Estado moderno se dirigía a sociedades que ya gozaban de una relativa autonomía mucho mayor que la de la Península, notoria en el reparto de poderes entre los funcionarios reales y los diferentes grupos de la sociedad americana, que había conseguido integrar buena parte del funcionariado a sus propias estrategias de poder. En este contexto, la ofensiva modernizadora del absolutismo tenía que provocar fuertes traumatismos cuando una nueva concepción de América era chocante para los americanos.

  Don Antonio Amar y Borbón y su esposa doña Francisca Villanova llegaron al Nuevo Reino de Granada en 1803 como nuevos virreyes, con el propósito de lograr una sujeción mayor de la Iglesia a la corona, una mayor eficacia de la administración pública y un mejor rendimiento fiscal, para recuperar así las prerrogativas reales mucho antes formuladas, todo ello sujeto al nuevo radicalismo intentado por los virreyes para alcanzar esos objetivos, que en palabras del virrey de México, marqués de Croix, son válidos en nuestro contexto para acallar las protestas: «De una vez para lo venidero deben saber los súbditos del gran monarca que ocupa el trono de España que nacieron para acallar y obedecer, y no para discutir ni opinar en los altos asuntos del gobierno».

 

   
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Los virreyes Antonio José de Amar y Borbón y María Francisca de Villanova y Marco salen de palacio (copia del óleo «La prisión de los virreyes», original de Coriolano Leudo, desaparecido el
9 de abril de 1948 del Palacio de la Gobernación de Cundinamarca, 61 x 87 cm.
Casa Museo del 20 de Julio, Bogotá.


   



  El virrey Amar y Borbón estaba casado con doña María Francisca de Villanova y Marco, de origen aragonés. Fueron recibidos en Santafé el 16 de septiembre de 1803 con los mayores honores, sentimientos expresados por el poeta José María Salazar en el «Placer público», quien de acuerdo a la tradición, ensalza en la virreina su papel de mujer virtuosa, que en palabras de Fontanell otorga a las mujeres «el perfeccionamiento espiritual y moral y las satisfacciones de la vida interior». Salazar expresa: «Y tú, amable Francisca venerada, de Villa nueva [sic] timbre esclarecido, del venturoso amor prenda adorada y de virtud ejemplo el más subido, tú serás de nosotros respetada, tu ilustre nombre no verá el olvido, antes por el contrario, tu memoria será eterna en los fastos de la historia». Es hija de don Eugenio Villanova, padre de numerosa familia, quien aporta de su propio peculio para ayudar a sufragar los gastos del viaje a América de su yerno. El matrimonio no tenía hijos que hubieran podido reforzar las actitudes de aquella mujer que lucha por salir de su «natural» condición de inferioridad. Era «persona sin realce ni atractivos especiales, no se captó mayores simpatías entre los habitantes de la capital» aunque su círculo de amigos de palacio estuviera formado por algunos de los hombres que hicieron la revolución, entre ellos Francisco Morales, protagonista de la reyerta del 20 de Julio. José Manuel Restrepo nos informa que la virreina dominaba a su marido, que influía en ocasiones en la provisión de los empleos, acaso con intereses personales, y que manifestaba amor excesivo al dinero. El virrey obsequió a doña Francisca catorce mil pesos con el objeto de que los invirtiera en perlas, según se desprende de la exposición del oidor Pablo Chica en el asunto relativo a devolución de intereses a don Antonio Amar. La personalidad de su esposa influyó en el virrey, débil de carácter y hombre pusilánime a la hora de tomar decisiones: «Si Amar hubiera tenido el carácter firme de su esposa, difícilmente se habría hecho la revolución», comenta Restrepo.

  El argumento ilustrado de que en nombre de la Razón se derivan iguales derechos para los dos sexos, y el primero de ellos es el derecho a ejercitar la razón poder desarrollarse plenamente como ser humano, tuvo en la conducta de doña Francisca la posibilidad de manifestase por la fuerza de las circunstancias históricas. Las piezas en que se acuñan las conceptualizaciones de doña Francisca revisten una especial pertinencia con respecto al análisis del papel de los protagonistas insertos en la revolución de independencia de la Nueva Granada. Aquí, el feminismo podría valer como una especie de prueba de humanización, como expresó Fourier: «El cambio de una época histórica puede determinarse siempre por la actitud del progreso de la mujer ante la libertad, ya que es aquí, en la relación entre la mujer y el hombre, entre el débil y el fuerte, donde con mayor evidencia se acusa la victoria de la naturaleza humana sobre la brutalidad. El grado de emancipación femenina constituye la pauta natural de la emancipación general». En este caso es difícil entender el feminismo de la virreina al margen de los ideales y los valores ilustrados. En la interpretación de Próspero Pereira Gamba sobre el 20 de Julio se da una versión no confirmada, en donde los rasgos característicos de la virreina aparecen valorados a la luz de las pasiones revolucionarias, que nos permiten ver su grado de emancipación: «Cada uno de estos esposos fue la personificación de más de un vicio: don Antonio, de la gula y la pereza; doña María, de la soberbia y la avaricia. Jamás se llevó a mayor extremo el monopolio, pues la insaciable virreina especulaba con todo: suyas eran las mejores tiendas de comercio, suyas las pulperías, suyas los miserables fogones en que se cocinaba para los proletarios, y suyo en fin, el mercado de la ciudad, en que revendían los víveres y las frutas; ella había hallado el medio de asimilarse todas las empresas lucrativas, rematándolas por interpósitas personas, atravesando los artículos de primera necesidad, o haciendo convenios con algunos ricos para arruinar a los especuladores en pequeño, quitar a los pobres esas miserable industrias y acaudalar una fortuna sobre el hambre y la desnudez de todo un pueblo».

  Los gritos de la revolución Comunera de 1781 de «Viva el Rey y muera el mal gobierno», tenían antecedentes pactistas en América, sociedades que gozaban de una autonomía relativamente mayor que en la Península, especialmente por su alejamiento físico. Los diversos mecanismos de clientelismo y corrupción habían logrado integrar una buena parte de los funcionarios reales a las estrategias de los diferentes grupos de la sociedad americana. La nueva concepción moderna del papel que América jugaba dentro de la monarquía resultó particularmente traumatizante para las élites, afectadas por una nueva administración que les asigna un papel vital para las finanzas de la corona: suministrar los productos de que carecen en la metrópoli y ser un mercado para los productos
peninsulares. Los territorios americanos existen esencialmente para la utilidad de la metrópoli. Si bien la totalidad de la economía de la sociedad americana no obedece a ese discurso, la manera tradicional de considerar a América como reinos, se transforma gradualmente en colonias (factorías con finalidad económica acentuando la desigualdad política con la metrópoli. Para los criollos, su estatutos de reinos, con fueros y privilegios, se veía transformado en una relación de subordinación. Las reivindicaciones criollas se pronunciaron sobre el sentimiento de que el pacto que los ligaba a la corona estaba siendo modificado, violando sus derechos individuales y colectivos. En el orden de los hechos, los sentimientos reivindicativos se manifiestan en la formación de una mentalidad colectiva y de una conciencia de identidad difusa, especialmente en los estratos inferiores de la sociedad; «por eso era generalmente aborrecida (la virreina), especialmente de las mujeres de la plebe. Sagaz, viva y astuta, ella tenía un ascendiente irresistible sobre don Antonio, quien seguía la máxima de sus parientes de España y Francia, de dejarse dominar por sus esposos o queridos. Don Dionisio Gamba influía también bastante sobre su ánimo en los asuntos que le despachaba como su secretario; más si la virreina estaba de por medio, el leal e ilustrado consejero se quedaba burlado», afirma Sergio Elias Ortiz.

  Si la dominación masculina está universalmente impuesta por la costumbre, no cabe duda que la virreina se presentaba como ilustrada, para quien la Razón de Poulain está claramente del lado «de la debilidad». Para Poulain, «Dios une la mente al cuerpo de la mujer del mismo modo que al del hombre, y los une por las mismas leyes. Los sentimientos, las pasiones y las voluntades realizan y mantienen esta unión, y como la mente no opera de un modo distinto en un sexo que en el otro, es igualmente capaz de las mismas cosas» (De l'egalité des deux sexes).

  Papel importante jugó la virreina durante la conspiración de Rosillo, quien con audiencia previa le propuso proclamar a su esposos como rey en estos términos: «Vuestra excelencia y el señor virrey están amados y queridos extremadamente. El pueblo, o el reino, los adora y proclamaría por rey a su excelencia, pues contaba con cuarenta mil hombres, armas y artillería que suministraría un amigo». El real acuerdo concluye que «La señora virreina, asombrada, le despidió, diciéndole que no quería más reino que el de los cielos»; enfatizando la gravedad del asunto, expresa que el virrey no le dio importancia «tal vez no lo habría comprendido por su impedimento de oído». El hecho se comprende a la luz de los acontecimientos de España, por la invasión de Napoleón Bonaparte a la Península, llevando cautivos a los reyes Carlos III y Fernando VII, su hijo, a la ciudad de Bayona en marzo de 1808. Ante el vacío de poder, los criollos van a formar las primeras juntas autónomas de gobierno esgrimiendo el principio de que en ausencia del titular del poder, éste se retrotraía al pueblo, adoptando la teoría popular de gobierno que fundamenta el ideario revolucionario.

 

   

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Antonio José Amar y Borbón. Oleo de autor no identificado del siglo XIX.
Museo Nacional de Colombia, Bogotá.


 


  Rosillo, según nos cuenta Rodríguez Plata, al tiempo que pactaba con Nariño y demás conjurados, procuraba la amistad de las autoridades para el caso de ser descubierto, concibiendo el plan de comprometer a los virreyes en sus proyectos de independencia, quizás explorando el carácter ambicioso de la virreina, quien a pesar de su vanidad rechazó la propuesta: «Doña Francisca Villanova, esposa de Amar, fue una mujer frívola, liviana, amiga de que la adularan y por añadidura joven. Una María Antonieta para este pequeño Nuevo Reino de Granada, con un marido que como Luis XVI carecía no solamente de malicia y masculinidad, sino también de las condiciones que hacen de un hombre apto para el mando. El pueblo de Santafé no les quería, abominaba el carácter orgulloso de la virreina y más tarde pretendió lincharla». Efectivamente, no se le dio mayor importancia a la denuncia de la virreina, porque el virrey quiso desentenderse del asunto con el pretexto de que «como la conversación había sido con la señora, y no con él, no le parecía regular hacer uso de la especie».

  Sin embargo, la personalidad y el carácter de doña Francisca quedaron demostrados en los acontecimientos que siguieron al grito de Independencia el 20 de Julio de 1810. Cuando el 25 de julio el pueblo sublevado pidió la prisión de los virreyes, la virreina fue conducida al Convento de la Enseñanza «por en medio del numeroso pueblo -anota José María Caballero-, pero el mayor primor a mi sentir fue que a pocas insinuaciones que hicieron don Antonio Baraya y los comandantes de caballería, de que guardasen silencio, se cumplió tan fielmente que, cuando estos señores pasaron para sus destinos, parecía que en la plaza no había gente, según el silencio». Este último acto de tenso respeto por los mandatarios, por lo que ellos representaban, también nos ilustra sobre el perfil de nuestro personaje polémico, dando muestras de serenidad y firmeza de ánimo mientras recorría el obligado trayecto en medio de la muchedumbre. Se trata de una situación límite para templar el carácter y demostrar su profunda ambigüedad. El 13 de agosto, a causa de la exigencia de la misma muchedumbre apasionada, la ex virreina fue trasladada ignominiosamente a la cárcel del Divorcio, y en esta ocasión sufrió en su dignidad manifiestas humillaciones nunca experimentadas antes. Caballero las narra en estos términos: «Todos lo pedían a gritos, pero es de advertir que los que pedían esto era la gente baja, pues no se advertía que hubiese gente decente. Efectivamente consiguieron su pedimento... La infame plebe de mujeres se juntaron y pidieron la prisión de la ex virreina al Divorcio. Formaron éstas una calle desde el convento de la Enseñanza hasta la plaza, que pasarían de seiscientas mujeres. Como a las cinco y media la sacaron del convento y aunque la iban custodiando algunos clérigos y personas de autoridad, no le valió, pues por debajo se metían las mujeres y le rasgaron la saya y el manto, de suerte que se vio en bastante riesgo, porque como las mujeres, y más atumultadas, no guardan ningún respeto, fue milagro que llegase viva al Divorcio. Las insolencias que le decían eran para tapar oídos».

  La entereza demostrada en los padecimientos confirma el contenido ilustrado que difícilmente concibe un feminismo al margen de los valores fundamentados en la educación, desbordando el prejuicio más radical que comunmente se tenía sobre la desigualdad de ambos sexos. Para Poulain, la emancipación de las mujeres ha de tener efectos notables de calidad civilizadora. El feminismo emerge de forma recurrente, en momentos de crítica social y cultural de lo existente, y la Ilustración proporciona la base de sus reivindicaciones y virtudes como alternativa. Los desposeídos, en cuanto iguales, tienen pleno derecho a acceder a todo aquello que de hecho no tienen. No se le exige a la mujer que siga siendo reserva de valores de solidaridad. Al día siguiente de los hechos, una comisión de mujeres pertenecientes a las élites cultivadas sacaron de la cárcel a doña Francisca y la restituyeron a su palacio, con el objeto de reparar en lo posible los ultrajes inferidos. El 15 de agosto salía con destino a Cartagena y luego hacia España, al lado de su esposo, cuyo camino recorrió siempre con lealtad incuestionable en el próspero y adverso destino, como lo han realizado innumerables mujeres a lo largo de la historia.

 

BIBLIOGRAFIA

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RESTREPO, JOSE MANUEL: Historia de la Revolución de la República de Colombia. Medellín, Bedout,1969. 

 

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