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Hace aproximadamente tres años, revisando los tomos de criminales en el Fondo
República del Archivo General de la Nación, tropecé con el nombre de Micaela Mutis
Consuegra (Bucaramanga, 1783-Bogotá, 1841), sobrina de don José Celestino Mutis, el
naturalista español que vino a América como médico personal del virrey Pedro Messia de
la Cerda y aquí se ordenó sacerdote, fue divulgador de la nueva ciencia, y organizador y
director de la Real Expedición Botánica. ¿Qué error inscribía su nombre en un
deplorable listado de infanticidas, ebrias, buscapleitos o rateras?
Hija de un
comerciante español y de una rica señora de Girón, escasamente llegó a conocer a su
padre, muerto cuando ella contaba sólo tres años. Manuel Mutis Bossio dejó un
importante capital representado en haciendas, ganados, trigos y harinas, esclavos y
mercaderías de Castilla, lo cual permitió ofrecer a sus siete hijos -José, Sinforoso,
Facundo, Bonifacia, Justa, Micaela y Dominga- la mejor educación posible (extraordinaria
en el caso de las mujeres), en los exclusivos colegios Mayor del Rosario y de la
Enseñanza, que funcionaban en Santafé para educar a jóvenes de la «nobleza». Aunque
no se distinguieron en sus estudios, los tres varones fueron precursores y luchadores de
la Independencia y ocuparon situación visible dentro de la llamada «generación
trágica». Dos veces enviado a presidios españoles. Sinforoso Mutis adelantó en España
estudios de botánica y heredó la tarea científica de don José Celestino; José y
Facundo sirvieron cargos de importancia en la República y fueron fundadores de pueblos y
de haciendas en su provincia natal. Las hermanas mayores, Bonifacia y Justa, se hicieron
monjas en Santa Clara y la Enseñanza, respectivamente, mientras las dos menores, después
de tres años de internado en el severo claustro y de haber demostrado «total aversión
al encierro», regresaron a Bucaramanga en el año de 1795.
Secretamente,
don José Celestino Mutis y su cuñada planeaban casar a Micaela, de sólo doce años, con
un cuarentón perteneciente al orgulloso círculo de los blancos de Girón. Aunque esos
planes fallaron, en el año de 1801 se celebró con solemnidad y pompa el matrimonio de
Micaela con Miguel Valenzuela, abogado de la Real Audiencia y funcionario de Correos. Ella
tenía 18 años y él 33. Se unían así dos familias pertenecientes a una misma clase,
con similares bienes de fortuna y una educación sobresaliente, provenientes de Girón y
Bucaramanga. Pero sólo hasta allí llegan las similitudes, pues una insuperable
divergencia política las separará: los Valenzuela eran realistas, mientras los Mutis
eran partidarios decididos de la Independencia. Estas posiciones se habían ido definiendo
y extremando desde la rebelión Comunera de 1781, en la cual habían intervenido los
padres de los contrayentes en calidad de adversarios: en ese entonces Manuel Mutis
capitaneó las fuerzas rebeldes del pueblo de indios de Bucaramanga, del cual era alcalde,
y atacó la plaza realista de Girón, que fue defendida, entre otros, por Pablo Antonio
Valenzuela y por su hijo el sacerdote Eloy.
El matrimonio de
Miguel y Micaela muy pronto se vio minado por los enfrentamientos políticos de las dos
familias, y le plantearán a ella un conflicto de lealtades que se profundiza a partir de
1810, cuando la mayor parte de las provincias declararon su independencia de España y
constituyeron Juntas de Gobierno: Sinforoso Mutis fue firmante del Acta de Independencia
de Santafé y formó parte del gobierno centralista de Antonio Nariño; Facundo, residente
en Pie de la Cuesta, fue miembro de la Junta de Pamplona, mientras la vecina Villa de
Girón reafirmaba su lealtad al rey y a España nombrando como jefe de su gobierno al
sacerdote Eloy Valenzuela. La hostilidad de las poblaciones vecinas llegó hasta
enfrentarlas en combate en 1812, resultando vencedores los patriotas piedecuestanos.
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Durante la
reconquista española de 1816, la situación de las familias Valenzuela y Mutis se tomó
crítica: Miguel Valenzuela, funcionario del cabildo de Girón, abogado de la Real
Audiencia y administrador de la renta de Correos, servia y cortejaba a los ejércitos del
pacificador Pablo Morillo, quien a su vez fue el perseguidor de los hermanos Mutis, que
hubieron de sufrir embargos y fueron juzgados, condenados y desterrados como insurgentes.
Tres años más tarde, en 1819, cuando los patriotas celebraban el triunfo de Boyacá,
Micaela Mutis despedía a su esposo, quien huía hacia Maracaibo acompañando a las
derrotadas tropas españolas.
Ya para entonces
habían nacido seis de sus hijos, y ella quedaba embarazada del séptimo, la única mujer,
nacida cinco meses después. Quedaba en Girón -ocupada la ciudad por las tropas
libertadoras-, a cargo de la administración de los cuantiosos bienes familiares. Se
conformaba así el cuadro de su abandono y la humillante posición de esposa de un
emigrado, cuando la nueva República glorificaba a sus guerreros, concedía premios y
pagaba servicios.
Como primer
alcalde patriota de la villa para el año de 1820 fue electo Juan Bautista González
Serrano, miembro de una distinguida familia local, que había colaborado como
aprovisionador de los ejércitos de Bolívar y como miembro de unas guerrillas que
actuaron en contra de los españoles. A él y a ella los acusará Miguel Valenzuela en
noviembre de 1822 por el delito de «público y escandaloso amancebamiento adulterino e
incestuoso» (Archivo General de la Nación. República, Criminales, Tomo III), pues ambos
eran casados y sus parentescos de afinidad, múltiples. Pese a los numerosos indicios,
ninguno de los dos admitirá jamás que Domingo Cruz del Carmen Mutis, bautizado en Girón
el 22 de julio de 1822, sea el hijo de ambos. La partida de bautizo dice: «Hijo de la
señora Micaela Mutis, ausente su marido» (Parroquia de Girón, Libro 12 de Bautizos,
folio 15).
El marido
presentó su acusación un día antes de viajar a Bogotá para acudir como representante
de la provincia de Pamplona al primer Congreso Constituyente que comenzaría a sesionar en
enero de 1823, y al cual asistía en su condición de letrado y pese a sus antecedentes de
emigrado realista. Aún más, presentó su querella después de haber expresado en tres
cartas dirigidas a «Mi amada Micaela» su perdón y propósito de reunirse con ella.
Deshonor,
presidio y ruina recaerán sobre esta criolla ilustrada, que con altivez declaraba:
«...Mi condición noble, mi oficio coser, leer, escribir...» y que se enfrentará a las
autoridades locales afirmando «...que solo en ella se reparaba para castigarla por algo
que no era delito y que, además, «a lo hecho, pecho». Parientes, esclavos, sirvientes y
gentes notables declararán en el escandaloso juicio que se extiende desde diciembre de
1822 hasta septiembre de 1824 y que, de un conflicto entre las tres personas que conforman
el clásico triángulo, llega a trasformarse en una guerra de pueblos, familias y castas,
atizada por los representantes de la justicia y del clero local.
En acción
sustraída a una novela de caballería, Juan Bautista González escaló el presidio para
robarse el expediente, huyendo con él hasta Bogotá, donde se presentó ante los
Tribunales Superiores alegando ser víctima de la parcialidad de los jueces de la
provincia y de las enemistades personales, apelación que la Corte desatendió,
obligándolo a retomar al presidio de donde había escapado.
Como detonador
del conflicto se percibe la decisión materna de conservar a su lado y alimentar «a sus
pechos al fruto de su infamia», en actitud que resultaba intolerable a una sociedad donde
se reconocía que «adulterios han existido siempre», pero que siempre también los
adúlteros han procurado ocultarse. Todo honor y toda dignidad salen maltrechos del
desafortunado juicio, en el cual algunos declaran haber oído a Juan Bautista González
afirmar que «...aunque la manceba era vieja, como era goda y mujer de un godo, hacía un
servicio a la patria fornicándola...»
Micaela Mutis no
fue la única que en ese período de transición trasgredió las leyes de la sujeción y
la obediencia, ni las de la fidelidad; por el contrario, el suyo es uno más dentro de los
frecuentes casos de adulterio que se ventilan en la época. Lo excepcional no es, por lo
tanto, la existencia del prolijo expediente que sólo aportaría información sobre el
momento de la crisis. Lo importante ha sido la posibilidad de rastrear los sucesos de la
época, en los cuales tienen frecuente protagonismo las familias Valenzuela y Mutis,
complementando la información en diversos archivos y variados fondos -como el Archivo
Regional en la Universidad Industrial de Santander, de Bucaramanga-, hasta llegar a
reconstruir con bastante aproximación la historia de un grupo familiar desgarrado por el
inexorable compromiso de escoger un partido entre dos frentes opuestos: la causa española
y la Independencia.
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Firma autógrafa de
Micaela Mutis en protesta por el embargo de sus bienes. San Juan de Girón, noviembre
16 de 1822. Archivo General de la Nación, Bogotá.
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Simultáneamente con las luchas
patrióticas de comienzos del siglo XIX, la mujer, hasta entonces circunscrita a perpetuar
la especie, constituida en vehículo de trasmisión de la propiedad y del patrimonio,
estática, protegida y resguardada, comenzará a forjarse una nueva identidad al asumirse
como sujeto individual. En ese doble proceso de conciencia influyen -entre muchas causas-
el incipiente reconocimiento de algunos «derechos» femeninos, principalmente la
educación; la liberalización de las costumbres españolas bajo la influencia borbónica;
la permisividad que en la Corte española había propiciado la reina María Luisa. La
intensa aunque breve aparición de las mujeres en la escena pública durante la
independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa también incidieron en un
cambio de actitud. Con menor fuerza, sin ninguna organización, pero con similar impulso,
algunas neogranadinas asumieron posiciones extremas en las que algunas llegaron al
heroísmo o al martirio, mientras otras, al interiorizar su rebelión, comprometieron sus
aspectos emocionales y eróticos. Matrimonios deshechos, hijos ilegítimos, tragedias
pasionales, serán el corolario de una emancipación que trasciende los espacios
políticos y afecta la vida privada y que desaparecerá casi sin dejar huella, una vez la
República dicte sus leyes y organice sus instituciones. En este caso, la lucha planteada
dentro del marco de la Ley, tendrá al final más con el dinero que con el honor o el amor
y, tal vez por ello, será una guerra a muerte. La causa, que se instaura una vez
Valenzuela obtiene de su esposa el dinero resultante de la partición de bienes, es
adelantada por la justicia de Girón. En el pequeño escenario de la orgullosa villa
emergen los odios políticos, de clase y casta: los testigos y los jueces, parientes entre
sí, cuando no familiares de los acusados, van desgranando en sus declaraciones las viejas
rencillas del lugar. Declaran los esclavos en contra de sus señores, intervienen los
sacerdotes, las mujeres -entre las cuales únicamente la acusada sabe firmar- recogen y
transmiten las habladurías locales; se deslizan injurias, se cobran rencores y se
pretende saldar viejas cuentas en un juicio que, rodeado de tropiezos, se alarga hasta
1824.
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Casa de la familia Valenzuela en
Girón, Santander. Fotografía de Saúl Meza Arenas.
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Quizá afianzada en su educación, clase y capacidad económica, Micaela Mutis
desafió a la sociedad circundante rompiendo el yugo del silencio y la rabia creado por
una vida matrimonial impuesta, según sus palabras, «por la casualidad y no por su libre
elección», trascurrida entre fuerzas hostiles, cuando hasta los territorios parecían
divididos entre los Valenzuela, apertrechados en Girón y en su lealtad al rey, y los
Mutis, apoyando desde Pamplona, Bucaramanga y Pie de la Cuesta las luchas patrióticas.
Condenada en
1823 a prisión perpetua y pérdida de dote y gananciales, el acusador estimaba benigna la
sentencia al no serle aplicada la pena capital. Su apoderado apeló, destacando los tintes
políticos del conflicto: «...Una infidelidad obstinada a la causa santa de la libertad
ha sido castigada en el Dr. Valenzuela con otra infidelidad de su mujer...», dice, y
luego lanza una profunda estocada al acusador reclamando la confiscación de los bienes,
que debió efectuarse con motivo de su emigración.
El escandaloso
juicio se cerró en 1824 mediante un acuerdo en el cual el marido ofendido «... animado
por el espíritu de paz y buena armonía que debe reinar entre los ciudadanos...»
desistió y se apartó de la acusación criminal, siempre y cuando el niño fuera separado
de la madre y entregado a González, quien debería hacerse cargo de todos los gastos que
ocasionara, así como de las costas del juicio.
Es perceptible
que el niño y la madre fueron las verdaderas víctimas de este proceso, mientras que los
demás actores fueron acomodándose a las nuevas circunstancias políticas del país: ya
para 1828, la mayor parte de los Mutis y los Valenzuelas (incluido el padre Eloy),
coincidían con Juan Bautista González en diversas manifestaciones de adhesión al
Libertador y apoyaban la posibilidad de que éste asumiera poderes dictatoriales.
Alejada de su
comarca natal, Micaela murió en Bogotá en 1841. Miguel Valenzuela murió en Bucaramanga
en 1844, dejando tras de sí una fortuna acumulada en el ejercicio de la profesión, en el
manejo de las rentas del convento de las Clarisas de Pamplona y en la continua actividad
de compraventa de bienes. Con respecto al niño, se abren muchos interrogantes :
¿Cambiaron su nombre? ¿Alcanzó la edad adulta? Aunque se haya perdido su huella, su
existencia queda certificada por una partida de bautizo cuya única nota marginal es la
palabra «Valenzuela», y por los mil y más folios que guardan la causa criminal
provocada por la decisión materna de conservarlo junto ella.
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