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LA CARICATURA
COMO INSTRUMENTO DE LA LUCHA POLITICA
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Un duelo de imaginarios
partidistas en los años 40
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Darío Acevedo Carmona
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Historiador de la
Universidad Nacional de Colombia, Medellín.
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Magister en Historia,
Universidad Nacional, Bogotá.
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Profesor Asociado,
Departamento de Historia, Universidad Nacional, Medellín
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En los años que
antecedieron a la "Violencia", liberales y conservadores se habían trenzado en
un intenso, apasionado y sectario duelo doctrinario. Ningún escenario escapó a la
acción depredadora de la palabra y el verbo guerrero: plazas públicas, púlpitos, bares
y cantinas, el Congreso de la República, pueblos y veredas, y claro, también los
periódicos, que con sus editoriales y titulares de prensa estimulaban los odios
partidistas y azuzaban las diferencias. No había prensa neutral ni objetiva, cada órgano
actuaba en primer lugar en defensa del partido de sus preferencias; Alberto Lleras Camargo
y Eduardo Santos "Calibán" reconocerían que desde los linotipos se le echaba
leña al fuego de las discordias.
Pues
bien, uno de los instrumentos más utilizados por los diarios para agitar y propagar las
imagenes críticas sobre el adversario, y las de autoestima, fue la caricatura política.
Ello, por supuesto, tenía que ver con una larga tradición en la historia de Colombia,
que ya ha sido reseñada por José León Helguera y que ha inspirado trabajos como el de
Germán Colmenares sobre el papel del caricaturista Ricardo Rendón en los años veinte.
Sin embargo, en los años cuarenta, la producción intensa y el espíritu militante de los
caricaturistas y de sus cartones permite apreciar rasgos interesantes y muy valiosos del
imaginario político liberal-conservador, que habría de servir de acicate espiritual en
la confrontación sangrienta que se desató en el país desde 1946. Lo que viene a
continuación es una pequeña muestra de una investigación de mayor envergadura que
adelanto actualmente sobre la relación caricatura e imaginarios políticos.
El período en cuestión va desde el
año 1936 al de 1950, reconocido como uno de los de mayor sectarismo y violencia en la
confrontación entre liberales y conservadores. Cabe anotar que durante aquellos años,
los motivos esgrimidos tradicionalmente en el discurso cobran nueva vida, son enriquecidos
o se inspiran en situaciones de la coyuntura nacional e internacional. El campo de las
discordias es rico en imágenes y elaboraciones discursivas, en el uso de recursos
simbólicos y en la exposición de ideas y valores programáticos, los cuales configuran
el cuadro de una batalla en la que se forja la "violencia simbólica", es decir,
el conjunto de creencias, certezas, pasiones y sentimientos que habrían de servir de
soporte espiritual a la ulterior confrontación armada conocida con el nombre de la
"Violencia". El conjunto de la investigación está apoyado en el análisis de
caricaturas halladas en los diarios El Tiempo, El Siglo y El Liberal.
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El gato bandido (
Laureano Gómez ).
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Caricatura de Cabanzo.
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«El Tiempo», noviembre
6 de 1949.
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Inspiración.
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Caricatura de Jorge
Franklin Cárdenas.
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«El Tiempo», septiembre
7 de 1949.
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Destrucción simbólica
del otro
Los caricaturistas liberales y
conservadores utilizaron a los líderes más representativos de ambas agrupaciones en sus
trabajos. En El Siglo, aparecen según el poder detentado o su proyección, de ahí
que en cada coyuntura o período de gobierno se noten cambios de personajes. Así, Alfonso
López Pumarejo está en los trazos mientras fue presidente del país o era candidato a la
Presidencia; sus inmediatos colaboradores, como Alberto Lleras Camargo, Darío Echandía,
Carlos Lleras Restrepo y Gabriel Turbay, lo acompañan casi permanentemente: cada uno de
ellos era utilizado con mayor o menor intensidad de acuerdo con el protagonismo o los
cargos que estuviesen desempeñando. También sobresalen Eduardo Santos, Jorge Eliécer
Gaitán, Enrique Santos "Calibán", Darío Samper, Jorge Uribe Márquez y
Francisco José Chaux, entre otros miembros de la élite liberal. En una muestra de 430
caricaturas analizadas, encontramos los siguientes datos:
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Personajes
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Referencias
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Gaitán
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67
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LLeras Restrepo
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65
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López Pumarejo
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53
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Darío Echandía
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44
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Eduardo Santos
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42
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Gabriel Turbay
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27
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LLeras Camargo
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25
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«Calibán»
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21
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Luis Cano
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12
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Olaya Herrera
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6
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Otros
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64
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En la prensa liberal, por el contrario,
el personaje que concentra la mirada de los caricaturistas es, de lejos, Laureano
Gómez,quien está en 74 ocasiones en una muestra de 190 cuadros: le siguen Guillermo
León Valencia en 7 y otros ( Mariano Ospina, Gilberto Alzate, Silvio Villegas, etc.) en
13.
En las caricaturas se observa un proceso
sistemático de destrucción simbólica del contrincante, pues a más de los asuntos
corrientes de los cuales los más recurrentes eran los relativos a la violencia, a las
elecciones, a la corrupción, a las ideologías totalitarias, los dirigentes aparecen
asociados a imagenes y acciones que los muestran belicosos, dañinos, corruptos,
agresivos, en suma bajo una faceta negativa para la sociedad y, por lo tanto, desastrosa
si llegasen a detentar o continuasen en el poder, que es lo que está latente en todos los
escenarios de la confrontación. De esa percepción generalizada sólo escapan por breves
momentos Alberto Lleras y Mariano Ospina, el primero cuando entró a remplazar a López
Pumarejo en la Presidencia, en agosto del 45, y ofreció efectivas garantías electorales
en los comicios del 46 al conservatismo, lo que le grangeó comentarios editoriales desde El
Siglo que lo colocaron en el sitial de los hombres "epónimos" de la patria.
El segundo, porque encarnó y propuso una política de conciliación y de entendimiento
entre los dos partidos a través de la Unión Nacional, la cual tuvo una relativa eficacia
en distintos momentos de su mandato.
Los símbolos y los artefactos
simbólicos empleados por los dibujantes eran de una variada gama, desde aquellos cuyo
sentido era estigmatizar al otro o reafirmar la defensa de algo sagrado, como la hoz y el
martillo, la cruz gamada, las camisas y botas negras, la mariana, hasta los que se usaban
para redondear el mensaje: armas, nubes negras, animales, la muerte con su guadaña,
cruces, cementerios, sangre, ataúdes, personas enfermas, abismos, etc., cuyo significado
sólo es precisable en una lectura del conjunto de elementos de cada lámina.
Otra de las cosas que se aprecia es el
esfuerzo por aprovechar las divisiones internas de la colectividad rival; la mirada
liberal concentrada en la figura de Laureano Gómez no sólo resume el temor ante lo que
considera un peligroso espíritu de cruzada de la extrema derecha del país, sino también
el deseo de alentar a las otras facciones conservadoras para que no se dejen aplastar por
la "disciplina para perros" por él propugnada. A su vez, desde el ángulo
conservador laureanista, se atizan y se exageran las disputas entre los caudillos y jefes
del liberalismo, para desconcertar a sus seguidores; por eso el tono de los ataques varía
según la ocasión. Veamos muy brevemente un par de ejemplos de caricaturas sobre líderes
políticos.
Laureano Gómez, "el monstruo"
Según el testimonio de los
protagonistas liberales, éste hombre constituía una auténtica amenaza para la patria y
por ende para el liberalismo. Era el portaestandarte de las ideologías de extrema derecha
triunfantes en buena parte de Europa en la década del 30, su verbo incendiario, sus
consignas en pro de la desobediencia civil, los llamados a la abstención electoral, la
promesa de hacer invivible la república ante un eventual segundo mandato de López
Pumarejo, sus declaraciones sobre la legitimidad de apelar al atentado personal, sus
campañas diarias desde El Siglo contra los gobiernos liberales, el respaldo a la
conspiración como método de lucha, etc., eran los argumentos tras los que se
atrincheraban los caricaturistas liberales para crear y divulgar la imagen de hombre
siniestro, propiciador de la violencia y de la persecución contra el liberalismo: en una
palabra, se condensaba esa mirada al ser designado como el "monstruo".
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Tácticas conservadoras.
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Caricatura de Adolfo
Samper Bernal.
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«El Liberal», agosto 14
de 1947
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«...No es resabio»
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Caricatura de Adolfo
Samper Bernal.
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«El liberal», julio 28
de 1947.
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Gómez es representado como un ser
intemperante, sectario, que sueña con el poder para convertirse en dictador; por eso en
las caricaturas es vestido con el uniforme de la falange española, con camisas negras,
como un Napoleón fracasado en la batalla de Waterloo, o como un general romano. El
mensaje es claro: Gómez es un totalitario. En los escenarios en que está él, hay
cuadros en las paredes con la imagen de dictadores como Francisco Franco, Mussolini,
Hitler y hasta Stalin; en veces se le pinta como paje de Hitler y como mandadero de
Franco. Son varias las caricaturas (dibujadas por Adolfo Samper) en El Liberal, en
las que tiene una maleta en sus manos con el letrero "instrucciones de Franco".
Es dibujado como un gorila, jefe de la "popol", con un látigo o rejo en sus
manos, que alude a la disciplina para perros que se decía le había impuesto a su
partido. Es la pierna de un hombre --el conservatismo-- que sufre de gota, es un líder
agresivo y manipulador, pero también es mostrado como un ser enfermo, desgastado, sin
alientos, torpe, enredado hasta en sus propias piernas (en todas aparece con los pies
torcidos).
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El regreso ( Gómez y
Ospina ).
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Caricatura de Adolfo
Samper B.
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«El Liberal», junio 22
de 1949
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Las grandes tragedias
(¡Waterloo!)
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Caricatura de Adolfo
Samper B.
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«El Liberal»,
septiembre 22 de 1945
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En otras caricaturas, es un Napoleón
derrotado sobre un asno que es Luis Ignacio Andrade, su arma --un cañón(El Siglo)--
está destrozada en el suelo; Andrade siempre aparece en posición de vasallo de Gómez.
También parece como un general del imperio romano, patitorcido, armas al cinto, frente a
Andrade, quien aparece escobillón en mano, en trance de maquillarlo. En otro dibujo se le
ve escribiendo editoriales para El Siglo inspirado por el dictador Franco, quien
tiene en su mano una vara de mando con símbolo nazi; las analogías con las dictaduras de
extrema derecha no dejan lugar a dudas. El gato bandido de la fábula de Pombo es otra de
las encarnaciones caricaturescas; aquí se quiere significar su responsabilidad en los
hechos de violencia política que vivía el país.
Gaitán, intruso
indeseable
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La marcha de las
antorchas.
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Caricatura de Donald.
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«El Siglo», julio 19 de
1947.
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Sobre una bomba de tiempo
(Gaitán).
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Caricatura de Donald.
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«El Siglo», julio 10 de
1947
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Un proyecto macabro.
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Caricatura de Donald.
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«El Siglo», noveimbre
22 de 1947
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En la medida
que fue ganado importancia como dirigente liberal, Gaitán se fue convirtiendo en fuente
de inspiración de los dibujantes de El Siglo. Aparece recurrentemente desde 1945,
cuando se coloca al frente de un movimiento popular en contravía de las directivas
oficiales de su partido y se lanza a la contienda por la Presidencia de la República.
Posteriormente, cuando consolidó su condición de jefe único y oficial de su partido, el
tono de las caricaturas dio un giro radical. Las referencias son muy reiteradas y de un
marcado ánimo destructivo durante el año 47 y el 48, hasta el momento de su asesinato.
Las características del proceso de deconstrucción de la imagen de Gaitán muestran una
mayor agresividad simbólica que la del caso Gómez. Su perfil físico es deformado y
exagerado, sus dientes son pronunciados, su rostro es torbo y malicioso, es representado
como un ser simiesco y goriloide; títere, agente o aliado del comunismo, es un fascista
que promueve desordenes y lidera marchas con teas incendiarias, que tira piedras al
gobierno y ataca a la Justicia. Es dibujado como un bandido armado de rulas, puñales,
escopetas, revolver al cinto, fusiles, y tiene las manos untadas de sangre de las
víctimas conservadoras de la violencia liberal. Aparece también asociado al comunismo
internacional en varios cuadros, en los que figura acompañado de un oso (el oso ruso) o
en tratativas con Stalin, con su cerebro destapado en el que hay osos, y alentando huelgas
obreras de carácter subversivo.
Su
condición social es objeto de burla, lo mismo que su forma de hablar: ahí se insinuaba
el peligro del populismo. La imagen de Napoleón, que simboliza las pretensiones
imperiales, le es acomodada y como para desmentir las simpatías con el fascismo que le
enrostraban a los conservadores, a Gaitán se le muestra como un camisa negra, haciendo el
saludo fascista, inspirándose en Mussolini. Se le dibuja como mico, gorila, caballo
viejo, toro, ave de mal agüero, todos y cada uno expresión de un mensaje claramente
negativo. Los símbolos con los cuales es asociado son muy evidentes: en primer lugar
está la hoz y el martillo y el oso comunistas para escarmentar a los católicos; para
significar su espíritu violento están la sangre, campos de cruces con tumbas de muertos
conservadores, la azada, la muerte con su guadaña.
La destrucción de la imagen y la
deconstrucción simbólica de Gómez y de Gaitán tienen varios rasgos comunes, pero más
en el orden técnico, pues aunque los resultados apuntan hacia lo mismo, los contenidos
significativos son diametralmente opuestos; además, existía una diferencia nada
despreciable: mientras Gaitán era un caudillo carismático, Gómez, en cambio, si bien de
recia personalidad, era el líder de una fracción muy beligerante y activa del
conservatismo, de poca raigambre popular. La muerte física del uno y la muerte política
del otro después del golpe de Rojas Pinilla son testimonio de los hilos que unen los
procesos de la vida imaginada con los del mundo tangible y la política cotidiana.
La destrucción de las instalaciones del
diario El Siglo y de otros sitios epicentro, de la propaganda antigaitanista, el 9
de abril del 48, lo mismo que el levantamiento espontáneo de la población, no pueden
entenderse plenamente sin tener en cuenta el clímax de la confrontación y el proceso de
elaboración simbólica que había calado en profundidad entre los seguidores de los dos
bandos. La descarga emocional de esos días tuvo una lógica, como lo ilustra Herbert
Braun en Mataron a Gaitán: las masas en las calles tomaron venganza a su manera y
cobraron la muerte de su líder en cabeza de quienes consideraban sus responsables,
aquellos que habían tratado de destruirlo con el discurso y la caricatura, parapetados en
los diarios conservadores y en los púlpitos de las iglesias.
Gaitán aparece, así, sentado sobre una
bomba de tiempo (juego de palabras con El Tiempo), que es el sindicalismo
comunista; es un ventrilocuo cuya segunda voz es la de Eduardo Santos; el cubo de agua es
la Unión Nacional, por eso no la usa. O bien se le dibuja con la tea incendiaria
marchando al frente del liberalismo; lleva uniforme de fascista: a Gaitán se le enrostra
su estadía en la Italia de Mussolini. El gaitanismo es un monstruo violento de varias
cabezas, que incluye la del oso comunista, y que arremete contra la policía. El recurso
de la figura de Napoleón también es utilizada por los caricaturistas conservadores para
señalar las pretensiones imperiales y totalitarias de Gaitán y a la vez señalar la
derrota como el resultado de su empeño.
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BIBLIOGRAFÍA
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de las élites sobre la violencia en Colombia 1936-1949. Bogotá: El Ancora, IEPRI,
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BRAUN, HERBERT. Mataron a Gaitán.
Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1987.
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COLMENARES, GERMAN. Ricardo Rendón:
Una fuente para la historia de la opinión pública. Bogotá: Fondo Cultural Cafetero,
1992.
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GARCIA PELAYO, MANUEL. Los mitos
políticos. Madrid: Alianza, 1981.
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GEERTZ, CLIFFORD. La interpretación
de las culturas. Barcelona: Gedisa, 1990.
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GONZALEZ, BEATRIZ, Ed. Historia de la
caricatura en Colombia. 8 catálogos. Bogotá: Biblioteca Luis Angel Arango,
1987-1992.
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HELGUERA, JOSE LEON. "Notas sobre un
siglo de la caricatura política en Colombia: 1830-1930". Anuario Colombiano de
Historia Social y de la Cultura, Nº 16-17 (1988-1989).
ÍNDICE
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