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Alberto
LLeras Camargo.
Oleo de Ricardo Gómez Campuzano.
ca.1960.
70x58 cm.
Museo Nacional de Colombia, Bogotá.
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Ningún colombiano
influyó tanto sobre la vida colombiana del siglo XX como Alberto Lleras Camargo. Sus
antepasados y familiares se habían destacado ante todo como periodistas, educadores o
intelectuales, y de esta tradición heredó la valoración del poder que surge de la
palabra y la inteligencia, por encima del que nace de la riqueza o las armas.
Aunque en sus años
juveniles se acercó tímidamente al socialismo, fue ante todo un liberal en el más
clásico sentido de la palabra, amante del orden y de las jerarquías, seducido por las
fuerzas más profundas de la democracia norteamericana, desconfiado de las movilizaciones
populares y del lenguaje demagógico. Los primeros éxitos como periodista y político los
logró con el apoyo, que nunca le faltaría, de Eduardo Santos y de Alfonso López
Pumarejo. A fines de 1929, cuando Lleras apenas tenía 23 años, el primero lo nombró
director del diario La Tarde, mientras López le encargó la secretaría de la dirección
nacional del liberalismo. Como secretario privado y ministro de Gobierno, fue el principal
estratega político y vocero en el primer gobierno de López. Acompañado de Darío
Echandía, que fue el ideólogo jurídico y social, defendió y promovió las reformas que
recibieron el nombre de "Revolución en Marcha", que debían sepultar la arcaica
herencia de la república conservadora.
Entre 1938 y 1942 dirigió
El Liberal y promovió la reelección de López, que tuvo lugar en 1942. En este gobierno
orientó la reforma constitucional de 1945, encabezó la delegación de Colombia a las
conferencias de Chapultepec y San Francisco en las que se crearon las bases para el
sistema de las Naciones Unidas y, como ministro de Gobierno, asumió en 1944 la defensa
del gobierno legítimo cuando el presidente fue apresado en Pasto por un grupo de
conspiradores militares. Entre 1945 y 1946, por renuencia de López, ejerció por primera
vez la Presidencia de la República. Lleras mantuvo una rigurosa neutralidad oficial en la
elección presidencial que enfrentó a un partido liberal, dividido entre Gabriel Turbay y
Jorge Eliécer Gaitán, y el conservatismo encabezado por Mariano Ospina Pérez. Esta
actitud, y la entrega tranquila del poder al partido contrario, le crearon la imagen de
jugador político limpio que ayudaría, años después, a unir liberales y conservadores.
Tras un breve período como
director de Semana, fundada por él en 1946, y de años de actividad como director de la
Unión Panamericana y secretario de la Organización de Estados Americanos, regresó a
Colombia en 1954, a enfrentar la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla. En esta
lucha, que se hizo ante todo con artículos y discursos, Lleras unió a todo el país
--empresarios, obreros, estudiantes, intelectuales, liberales y conservadores, pueblo y
oligarquía-- en una cruzada que culminó con la caída del general Rojas en 1957; fue
allí donde mostró con mayor claridad sus virtudes de organizador político y la fuerza
que podían generar su figura enjuta y su palabra. Aspecto esencial de su estrategia fue
el pacto político que hizo firmar la paz a dos partidos que en los años anteriores
crearon el clima de odio y sectarismo que había llevado a una violencia sin precedentes.
Lograr que el liberalismo aceptara la paz con quien había tenido la mayor responsabilidad
en la generación de ese clima de violencia, el dirigente conservador Laureano Gómez, es
la señal más clara de la capacidad de dirección política de López.
La creación del Frente
Nacional, sistema por el cual liberales y conservadores se distribuyeron paritaria y
alternativamente el ejecutivo, los órganos legislativos, la justicia y la burocracia, fue
su obra política más importante. Entre 1958 y 1978 Lleras defendió este sistema. Como
su primer presidente, entre 1958 y 1962, creó los precedentes y defendió las
características del frentenacionalismo: su casi milagrosa capacidad para lograr superar
los odios entre conservadores y liberales junto con el exclusivismo y la incapacidad para
afrontar con profundidad los problemas sociales del país que abonaría el terreno para
crisis posteriores. Como gobernante, Lleras estableció el programa para la inserción de
los guerrilleros que habían firmado la paz, apoyó un proyecto de reforma agraria que,
pese a su timidez, resultó a la postre irrealizable, impulsó el mejoramiento de la
educación --convencido de que era el único camino de largo plazo hacia el desarrollo del
país-- y alineó a Colombia con la política internacional de los Estados Unidos y de la
Alianza para el Progreso.
Terminado su gobierno,
continuó en la política colombiana como asesor de presidentes y periódicos: era el gran
elector del país, la voz que señalaba candidatos y presidentes. Cuando murió en 1990,
había ayudado a conformar a Colombia a la luz de sus convicciones liberales y
republicanas. Aún más que la comprensión profunda de los problemas sociales y
económicos de su tiempo y el entusiasmo para enfrentarlos, trató de educar a los
colombianos en las virtudes de la democracia y el liberalismo, y fue su habilidad para
captar las corrientes de opinión, medir la capacidad de las fuerzas políticas, y
guiarlos y dirigirlos, lo que lo convirtió en el más importante estadista colombiano de
este siglo.
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