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Eduardo
Santos Montejo.
Oleo de Cecilia Fajardo.
Cas de Nariño
, Bogotá.
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"Se
dice que el país es santista", observaba Abelardo Forero Benavides en 1944. La
calificación se originaba en la enorme influencia que ejercía Eduardo Santos (1888-1974)
sobre el espíritu nacional. Santos se posesionó como presidente de la República el 7 de
agosto de 1938 y gobernó durante los siguientes cuatro años, hasta 1942. Pero su
influencia en los destinos colombianos antecedió y sobrepasó de lejos sus cuatro años
de presidencia.
"Mi vida se confunde
con la de El Tiempo", escribió Santos en 1955, en medio de los rigores de la
dictadura rojista que cerró el diario. Había adquirido el periódico en 1913. Fundado en
1911 por Alfonso Villegas Restrepo, El Tiempo fue en sus orígenes defensor del movimiento
Republicano, al que Santos también adhirió hasta 1921. Se constituyó en la vanguardia
del liberalismo contra el régimen conservador y, alrededor del periódico, gracias a su
extraordinaria influencia en la opinión pública, Santos fue uno de los principales
arquitectos del triunfo electoral de Enrique Olaya Herrera y de la transmisión pacífica
del poder en 1930, un hito en la historia democrática del país. Su visión de estadista,
a través del periodismo y la política, continuó de todas formas inspirada en el ideario
Republicano y centenarista: "La paz interna, la colaboración patriótica, las
libertades políticas, el orden constitucional y legal". Bajo Olaya Herrera, Santos
sobresalió por su activa participación en la diplomacia, primero como canciller y
después como delegado ante la Liga de Naciones, en defensa de los intereses colombianos a
raíz del conflicto con el Perú.
Fue elegido presidente de
Colombia sin oposición, debido a la política abstencionista del partido conservador. Su
administración se destacó por su carácter conciliador, en momentos en que se
exacerbaban los conflictos sociales y políticos. Por su firme apego al civilismo y a la
democracia liberal, cuando el totalitarismo se expandía en Europa y las sombras de las
dictaduras militares se extendían en Latinoamérica. Y por la expansión del
intervencionismo estatal en la economía, sin apelar al populismo, dentro de los
parámetros de la libre empresa. Más aún, cualquier balance de su administración debe
tomar en cuenta las circunstancias adversas que le tocó enfrentar al estallar la segunda
Guerra Mundial. Su gobierno defendió la causa de los aliados contra las potencias del eje
nazi-fascista y estrechó relaciones con los Estados Unidos. La firma del pacto cafetero,
bajo su administración, le permitió a Colombia aumentar su participación en el mercado
mundial del grano. Más allá de sus éxitos diplomáticos, políticos y económicos,
Santos buscó modelar la manera de ser colombiana en unos ideales santanderistas, basados
en el gobierno representativo y responsable, la adhesión a la libertad, el rechazo de la
tiranía y la demagogia, y el respeto a la ley.
Como lo señaló Alfonso
López Michelsen, Eduardo Santos "fue, desde los años veinte hasta su muerte, el
hombre más poderoso de Colombia y la más persistente influencia sobre el modo de ser
[...] nacional". Ascendiente que logró a través de su labor editorial y directiva
en El Tiempo y del ejemplo de su vida al lado de su esposa Lorencita --una vida que,
según Juan Lozano y Lozano, tenía para "el país el sello de un desinterés
extraterreno"--. La figura de Eduardo Santos llegó a constituirse en "el punto
de referencia del temperamento nacional" que, en 1944, algunos definían por su
carácter "republicano, centenarista, transaccional, ecuánime, moderado". Estas
características nacionales parecían sucumbir bajo la violencia de las décadas
subsiguientes y la dictadura de Rojas Pinilla. Pero el espíritu santista volvería a
prevalecer en la reconstrucción del orden constitucional en 1957. Como estadista, Santos
dejó una profunda herencia de civilismo, tolerancia, libertades políticas y concordia
nacional, en la que el país podrá encontrar siempre inspiración en momentos de crisis.
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