|
|
|
|
Laureano
Gómez
Castro.
Oleo de Guillermo Camacho
M., 1974.
100x68 cm.
Comisíon III del Senado, Bogotá.
|
|
|
|
Las
historiografías liberal y de izquierda construyeron la imagen del Laureano Gómez que
tiene hoy la mayoría de los colombianos. La memoria colectiva ha guardado tan sólo el
recuerdo de un Laureano culpable de la violencia de mitad de siglo. Otra mirada, sin la
pasión del militante, sin la animadversión liberal y sin prejuicios, nos coloca frente a
un Laureano vigente, actual, histórico y estadista.
Gracias al comportamiento
político de Laureano Gómez, los ideólogos liberales diseñaron la contrapropaganda de
su partido. Gómez sirvió en la vida lo mismo que después de muerto para convocar y unir
las masas liberales en momentos de dispersión. Los avances de Laureano o del futuro
laureanismo fortalecían, como por encanto, al adversario histórico. Sin advertir las
consecuencias, constituyó una pieza fundamental en la caída de la hegemonía
conservadora. Los historiadores contemporáneos afirman que fueron las indecisiones de la
Iglesia colombiana, al no definirse por uno de los dos candidatos conservadores, lo que en
1930 condujo al partido conservador a perder el poder. Al listado de causas, suelen
agregar la represión conservadora de la huelga bananera y se remata con la crisis
económico-mundial de 1929. Lo que no advierte la historiografía es el papel de Gómez en
el desmoronamiento de la hegemonía. Fue él, precisamente, quien en 1928, desde el
interior de su partido, cuestionó a voz en cuello el régimen y anunció su caída. Las
distintas interpretaciones de las celebres conferencias de Gómez en el Teatro Municipal
en junio y agosto de 1928, se detienen en sus aspectos negativos. Los apartes puestos a
circular en la gran prensa liberal y en la historiografía forjaron el personaje que sus
adversarios necesitaban. Sin embargo es allí donde están los esbozos del Laureano Gómez
estadista. Si de diplomático en la Argentina primero, de dinámico ministro de Obras
Públicas del presidente Pedro Nel Ospina y como fogoso parlamentario se había mostrado
ya como hombre de Estado, son sus intervenciones del Municipal las que mejor lo revelan
como tal.
En ellas defendió la
política no como el arte de procurar la prosperidad de un grupo a costa del bienestar
colectivo sino como el de labrar la grandeza de una República. Desmostrando que el país
estaba podrido desenmascaró las supuestas bondades del sistema político imperante: el
parlamento, los partidos tradicionales, las instituciones. Gómez dejaba señalado que la
actividad colectiva del país sufría una parálisis y que los estímulos intelectuales
habían desaparecido por las intrigas, la eficacia del caciquismo y la preponderancia de
las roscas. En la medida que el nuevo establecimiento viraba hacia una nueva hegemonía,
ésta de tinte liberal, Laureano fue convirtiéndose en fiscal de la política colombiana
y defensor de la sobrevivencia del conservatismo. En el proceso violento de
liberalización del país expresado en fraudes electorales, en enfrentamientos con los
conservadores en la provincia por negarse éstos a entregar los poderes municipales, sus
copartidarios encontraron en él no sólo el baluarte de la doctrina sino además el
protector de sus vidas.
En esta época, la
actividad política de Laureano recuerda la que años más tarde habrá de desarrollar
Jorge Eliécer Gaitán. Un trascendental discurso de Gómez preparado para una Convención
regional en Málaga, Santander, prohibida por el gobierno liberal, tiene similitudes
extraordinarias con la famosa oración del silencio de Gaitán. En el discurso que Gómez
leería en enero de 1933, el líder de la oposición ofreció acatamiento de las leyes y a
las autoridades legítimamente constituidas a cambio de libertad, equidad, justicia,
respeto a los derechos individuales y a la vida de los conservadores.
En los comienzos de su
gobierno (1950-1953) amainó la violencia. Un buen ambiente para gobernar caracterizó los
primeros días. La impresión general en la sociedad era la de una administración seria,
serena, reflexiva frente a los problemas nacionales. Vino luego un repunte de la violencia
que no impidió, sin embargo, que el presidente adelantara una serie de iniciativas que
los distinguen como hombre de Estado: la introducción al país de la planeación a
través del Comité de Desarrollo Económico, integrado por miembros de los dos partidos
tradicionales y que tuvo el asesoramiento de Lauchlin Currie. Con su gobierno se
identifican los planes: vial nacional, de construcción de oleoductos, de comunicaciones
(ferrocarriles) y puertos marítimos; creación de Ecopetrol, del Banco Popular y del
Ministerio de Fomento. El país avanzó en el desarrollo del campo. Los índices
económicos señalaron avance y bonanzas en la economía.
Más adelante, el papel de
Laureano como protagonista en los pactos que condujeron al Frente Nacional fue decisivo.
Su oposición a la dictadura de Rojas, desde su exilio en España, lo fortaleció a tal
punto que su corriente política salió vencedora en las elecciones legislativas de 1958.
Lo que, a su vez, le dio derecho a escoger el candidato a primer presidente de la
coalición bipartidista. Declinó a favor del jefe liberal Alberto Lleras Camargo cuando
se esperaba que seleccionara a una figura de su propio partido, agravando con ello y sin
retorno la división de partido. Fue por poco tiempo socio mayor del Frente Nacional. De
allí fue expulsado en 1960, a raíz de una votación que favoreció a sus enemigos del
mismo partido, los ospino-alzatistas. Murió el 13 de julio de 1965, llevándose el
laureanismo que forjó en vida. El que dejó, como herencia e imaginario político, tuvo
la magia de restarle votos al conservatismo y aumentárselos al liberalismo!
|