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Estar en armas
y participar activamente en el conflicto no fue siempre un acto voluntario, ni siquiera
para las fuerzas irregulares que eran grupos que por su naturaleza deberían tener esta
característica. Muchos de los hombres que participaron en ella, por no decir la mayoría,
fueron llevados a la fuerza hasta los campos de batalla, las más de las veces contra su
abierto y franco deseo de no tomar las armas.
RECLUTAMIENTO
Iniciadas las hostilidades,
aunque el gobierno acrecentó sus filas con muchos voluntarios conservadores, su recurso
natural fue la conscripción obligatoria. En un principio ésta se realizó ciñéndose a
disposiciones oficiales que establecían límites de edad y permitían algunas excepciones
por impedimentos físicos o estado civil, pero pasados apenas unos pocos meses los
reclutamientos tomaron un carácter indiscriminado, inclusive políticamente. Aunque se
trataba de un guerra civil entre dos partidos, en las redadas que se hacían para engrosar
las filas del ejército no sólo se tomaban ancianos y niños, jefes de hogar, enfermos y
limitados físicos, sino militantes del partido contrario.
En el caso del liberalismo,
aunque primó el carácter voluntario en sus fuerzas, las conscripciones forzosas no
fueron excepcionales, particularmente cuando se trataba de constituir fuerzas regulares.
En el caso de las guerrillas que se conformaron voluntariamente, una vez avanzado el
conflicto muchos jefes apelaron a la fuerza para aumentar sus efectivos o remplazar sus
muertos, perdiéndose así los límites entre lo voluntario y lo forzoso.
Entre los principales
agentes con que contó el liberalismo para constituir sus fuerzas figuraron, en primer
término, los propietarios de haciendas, quienes arrastraron consigo a su servidumbre y su
peonada, y luego los mayordomos y capataces, dos importantes pilares de la hacienda
colombiana, de cuyas filas surgieron los más aventajados combatientes irregulares.
Dentro de las modalidades
más socorridas de reclutamiento podríamos hablar de una de carácter lógico, de la que
harían parte el llamado reclutamiento voluntario y la modalidad inicial de la
conscripción que, aunque prescinde del carácter voluntario, establece unas reglas de
juego permanentes con límites claros que permiten algunas salidas aceptables a la opción
de ir a la guerra. Las otras modalidades son todas de carácter forzoso, caracterizadas
por la utilización de la violencia y la amenaza, donde los individuos no gozan de
alternativas lógicas para evitar la conscripción.
La forma más elemental de
esta modalidad fue la practicada por el jefe guerrillero del Cauca, Paulino Vidal, quien
le preguntaba a los hombres recién recogidos en los campos si querían formar en sus
filas, emprendiéndola a planazos (golpes dados con la hoja del machete) contra quienes se
negaban a ello, castigo que sólo suspendía cuando sus víctimas optaban por acompañarlo
"voluntariamente" a la guerra.
Otra forma es la que
podríamos denominar "el servicio o la vida". Esta se dio casi siempre ligada a
modalidades de tipo económico en las que se ponía precio a la vida o a la libertad de
los viajantes a cambio de formar en las filas de sus captores. Por último, tenemos una
modalidad que hizo popular el gobierno y se conoció como encierros de plaza o
reclutamiento con lazo. Consistía esta práctica en acciones imprevistas por medio de las
cuales se cercaba la plaza de mercado de los pueblos en sus horas de mayor afluencia y se
tomaban como reclutas los hombres requeridos por la guerra, que normalmente eran todos los
presentes. A fin de evitar evasiones, era común que se les amarrara con lazos y se les
llevara de cabestro a los cuarteles.
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RECUADRO:
A LA GUERRA DE CABESTRO
"A las once de la
mañana, atados las manos y asegurados cuello a cuello por una reata, salen 400 hombres,
unos conservadores otros liberales, rumbo a los cuarteles de Pasto de donde partirán a
los campos de batalla. Es la guerra, a estos hombres todos los obsequian con comida y son
despedidos por las mujeres con llanto. El alcalde hace tocar a los músicos La Guareña
..."
Laurencio Ortiz
"Anecdotario histórico de la guerra civil de 1900", Revista Cultural Nariñense
(mayo-agosto, 1980).
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DESERCIONES
Con las modalidades de
reclutamiento antes descritas, es apenas lógico esperar una altísima tasa de
deserciones, que se vieron incentivadas por otros fenómenos tales como la movilización
de las tropas hacia regiones distantes o insalubres. Antioquía y los departamentos de la
Costa Atlántica fueron las zonas del país donde los hombres mostraron mayor reticencia a
abandonar su terruño, aunque sus motivos no fueron los mismos. Para los costeños se
trataba de razones de carácter cultural (apego a sus gentes, a sus costumbres, a su forma
de vida, a su paisaje, etc.), en tanto que para los antioqueños los motivos eran el
pánico que en ellos despertaban los climas cálidos con sus fiebres y plagas, así como
el temor que les infundían los macheteros de la guerrilla.
En lo referente a las
deserciones de antioqueños y costeños, cuando de salir a combatir fuera de sus tierras
se trataba, no hubo diferencias; ambos se esfumaban con la misma frecuencia. A Rafel Uribe
Uribe, en el departamento de Bolívar, le desertó un tercio de su fuerza en una sola
noche; a Justo L. Durán, cuando ordenó a San Juan marchar hacia riohacha, le desertaron
dos batallones; a las tropas conservadoreas en una marcha de Chiriguaná se les refundió
más de medio batallón; y en Antioquía, a Pedro Nel Ospina, se le fugaron la mitad de
los batallones que sacaban de Medellín (Pedro Nel Ospina a gobernador de Antioquía.
Salamina, marzo 17, 1900, Archivo ministerio de defensa, caja 32). Sobre la participación
de los antioqueños en la guerra hay que aclarar que, aunque las deserciones fueron
muchas, sus jefes siempre lograron llevarlos a combatir a casi todos los escenarios del
país, cosa que no ocurrió con las tropas costeñas.
El desgano y el carácter forzado con que se mantenía a la gente en las filas, exacerbó
las razones para su deserción. Así, la falta de vestuario, la carencia de municiones, el
retraso en los sueldos, la escasez de bebidas embriagantes y la penuria de alimentos
fueron razones suficientes para abandonar las filas. La baja moral que venía aparejada
con las derrotas y el desorden de las retiradas, fueron también ocasiones propicias para
quienes pensaban más en volver a sus tierras que en continuar padeciendo los rigores de
las campañas.
LOS ASCENSOS
La precaria estructura
militar del ejército oficial y su reducido pie de fuerza para enfrentar un conflicto de
carácter nacional, llevó tanto al gobierno como a sus oponentes a adiestrar y
estructurar jerárquicamente a sus fuerzas sobre la marcha de las acciones. Para ello
apelaron a las constantes experiencias bélicas a que habían sido sometidos los
colombianos, buscando formar con ellos sus cuadros militares. Así, cuando reclutaban,
forzada o voluntariamente, preguntaban a los hombres por su experiencia en guerras pasadas
y en especial por los grados militares alcanzados en ellas, a fin de otorgarles uno
similar o mayor en las fuerzas que se constituían. Por este camino muchos vivos dieron
saltos infinitos en el escalafón militar, algunos sin haber disparado nunca un tiro de
fusil de guerra.
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RECUADRO
COMO LOGRAR UN ASCENSO
La siguiente anécdota,
sucedida al general Benjamín Herrera y relatada por Belisario Porras, ilustra el
fenómeno y las argucias utilizadas para lograr ascensos:
Recuerdo que al organizar
Herrera nuestros cuadros en Buriticá y habiendo en el grupo de invasores tantos oficiales
que ello dio lugar a la picante ocurrencia del célebre antioqueño, La Puerta.
Preguntábale Herrera a cada uno del grupo: ¿ha militado usted?, ¿que grado tiene?, y
cada uno iba contestando según el caso:
--¿Yo?... ¡yo soy coronel...!
--¿Yo?... ¡yo soy mayor...!
--¿Yo?... ¡yo soy teniente coronel...!
Ninguno resultaba ser alférez, ni teniente, pero ni siquiera capitán, y al llegar a
nuestro antioqueño: y usted, ¿que es usted?, preguntó Herrera, y con la mayor seriedad
contestó:
--¿Yo?... ¡Yo soy mariscal...!
Belisario Porras, Memorias
de las campañas del Istmo 1900. Panamá: Imprenta Nacional, 1974.
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Por esta vía, y por otros
medios las filas de las dos fuerzas se vieron abarrotadas de oficiales, ya que ningún
profesional y nadie que tuviera algunos años de estudio, fuera político, comerciante,
hacendado e inclusive mayordomo de hacienda o simplemente que tuviera presencia, se
resignaba a ser suboficial y menos aún soldado. El carácter clasista de la sociedad
colombiana se hacía muy notorio en estas oportunidades, ya que para que a los hombres se
les creyera que en períodos anteriores habían gozado de rango en la oficialidad tenían,
antes que haberlo sido, parecerlo, es decir, "tener cara de gente", como en la
época se decía de las personas que no presentaban evidentes rasgos negroides o
indígenas.
Los llamados ascensos por
mando de tropa fueron tal vez el camino más expedito para hacerse oficial. Todos los
terratenientes y los hacendados que marcharon a la guerra llevando tras de sí a sus
dependientes y asalariados se ganaron por esta vía un grado en la oficialidad,
regularmente el de generales. Es decir, la persona que tuviera la capacidad para organizar
bajo su mando una fuerza, así no superara los ocho hombres, se hacía acreedor al rango
de oficial.
También se dio la
siniestra modalidad de conceder ascensos por el número de muertos causados al enemigo,
mecanismo oficializado por el gobierno, cuando estableció por medio de su ministro de
Guerra José Vicente Concha: "Como los ascensos se han venido confiriendo con una
largueza tal, que hasta los alcaldes y los prefectos han hecho coroneles y generales, en
lo venidero este despacho será la única entidad que los otorgará, a propuesta de
ustedes, pero se advierte que el requisito indispensable para ascender de mayor a teniente
coronel será el de que el agraciado haya dejado cuando menos cien muertos en el
combate" (Leonidas Flórez, Historia militar de Colombia, campaña de Santander
1899-1900. Guerra de montaña. Bogotá: Imprenta Estado Mayor General, 1938). También
fueron frecuentes los ascensos por aclamación, normalmente derivados de actos de valor,
que llevaban a que los subalternos o compañeros exigieran a sus mandos la promoción de
algunos arriesgados y astutos combatientes.
Finalmente, nos encontramos
con una modalidad que, aunque no fue muy generalizada, tampoco fue escasa, y fueron los
ascensos debidos al ingenio y a la astucia. Grupo en el que podríamos incluir los ya
mencionados y originados en la viveza de quienes mintiendo sobre anteriores jerarquías
militares lograron elevados grados. Los casos que hacen parte específica de esta
modalidad se constituyeron por caminos menos fáciles; estos ascensos se lograron las más
de las veces como producto de la audacia combinada con la buena suerte. Ejemplo de ello es
el generalato que logró el joven conservador Roberto Leiva en la vereda de Javalcón
(Tolima), lugar en el que, habiendo sido ya condenado a muerte por las fuerzas liberales y
estando atado al árbol que le serviría de patíbulo, logró convencer al jefe de sus
verdugos para que lo soltara, argumentando que era un joven inteligente que habría de
prestarle muchos servicios a la patria, y que su conservatismo era de familia y no de
convicción. Los conservadores de la región lo llamaron desde entonces general, porque
dizque le había salido general a los liberales. Cuando Leiva formó al lado del gobierno,
todos le decían general, y con este grado fue recibido en las filas conservadoras. (Este
Roberto Leiva, según la historia regional, no sólo le resultó general a los liberales y
después a los conservadores, sino también a sus vecinos y a los pobres de su tierra, ya
que después de terminada la guerra, con el apoyo de las autoridades conservadoras,
corrió cercas, amplió límites y violentó a sus vecinos hasta lograr un inmenso
latifundio). (Entrevista con Rosendo Santos. Vereda Javalcón, agosto 26, 1983).
Como muchas cosas en esta
guerra con que iniciamos el siglo XX, los reclutamientos, deserciones y ascensos se
movieron con la dinámica propia de un conflicto irregular, en un país carente de unidad
nacional, plagado de caciques y jefes regionales, que se habían acostumbrado a hacer de
las armas su recurso más socorrido frente a cualquier dificultad, fuera ésta política,
social o económica. Costumbre que, por encima de la razón, hemos sabido cultivar hasta
el presente.
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