Guerra de los Mil Días : reclutamientos, ascensos y deserciones

Por: Jaramillo Castillo, Carlos Eduardo, 1932-

Ficha bibliográfica
Titulo: Guerra de los Mil Días: Reclutamientos, ascensos y deserciones
Autor: Carlos Eduardo Jaramillo C.
Edición original: 2005-06-22
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Carlos Eduardo Jaramillo C.
Notas:

 

Revista Credencial Historia


ENERO 2000.



Guerra de los Mil Días:
Reclutamientos, ascensos y deserciones
.
Por: Carlos Eduardo Jaramillo C.

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Enero 2000. No. 121

 

 

 

 

 

 

 


Estar en armas y participar activamente en el conflicto no fue siempre un acto voluntario, ni siquiera para las fuerzas irregulares que eran grupos que por su naturaleza deberían tener esta característica. Muchos de los hombres que participaron en ella, por no decir la mayoría, fueron llevados a la fuerza hasta los campos de batalla, las más de las veces contra su abierto y franco deseo de no tomar las armas.

RECLUTAMIENTO

Iniciadas las hostilidades, aunque el gobierno acrecentó sus filas con muchos voluntarios conservadores, su recurso natural fue la conscripción obligatoria. En un principio ésta se realizó ciñéndose a disposiciones oficiales que establecían límites de edad y permitían algunas excepciones por impedimentos físicos o estado civil, pero pasados apenas unos pocos meses los reclutamientos tomaron un carácter indiscriminado, inclusive políticamente. Aunque se trataba de un guerra civil entre dos partidos, en las redadas que se hacían para engrosar las filas del ejército no sólo se tomaban ancianos y niños, jefes de hogar, enfermos y limitados físicos, sino militantes del partido contrario.

En el caso del liberalismo, aunque primó el carácter voluntario en sus fuerzas, las conscripciones forzosas no fueron excepcionales, particularmente cuando se trataba de constituir fuerzas regulares. En el caso de las guerrillas que se conformaron voluntariamente, una vez avanzado el conflicto muchos jefes apelaron a la fuerza para aumentar sus efectivos o remplazar sus muertos, perdiéndose así los límites entre lo voluntario y lo forzoso.

Entre los principales agentes con que contó el liberalismo para constituir sus fuerzas figuraron, en primer término, los propietarios de haciendas, quienes arrastraron consigo a su servidumbre y su peonada, y luego los mayordomos y capataces, dos importantes pilares de la hacienda colombiana, de cuyas filas surgieron los más aventajados combatientes irregulares.

Dentro de las modalidades más socorridas de reclutamiento podríamos hablar de una de carácter lógico, de la que harían parte el llamado reclutamiento voluntario y la modalidad inicial de la conscripción que, aunque prescinde del carácter voluntario, establece unas reglas de juego permanentes con límites claros que permiten algunas salidas aceptables a la opción de ir a la guerra. Las otras modalidades son todas de carácter forzoso, caracterizadas por la utilización de la violencia y la amenaza, donde los individuos no gozan de alternativas lógicas para evitar la conscripción.

La forma más elemental de esta modalidad fue la practicada por el jefe guerrillero del Cauca, Paulino Vidal, quien le preguntaba a los hombres recién recogidos en los campos si querían formar en sus filas, emprendiéndola a planazos (golpes dados con la hoja del machete) contra quienes se negaban a ello, castigo que sólo suspendía cuando sus víctimas optaban por acompañarlo "voluntariamente" a la guerra.

Otra forma es la que podríamos denominar "el servicio o la vida". Esta se dio casi siempre ligada a modalidades de tipo económico en las que se ponía precio a la vida o a la libertad de los viajantes a cambio de formar en las filas de sus captores. Por último, tenemos una modalidad que hizo popular el gobierno y se conoció como encierros de plaza o reclutamiento con lazo. Consistía esta práctica en acciones imprevistas por medio de las cuales se cercaba la plaza de mercado de los pueblos en sus horas de mayor afluencia y se tomaban como reclutas los hombres requeridos por la guerra, que normalmente eran todos los presentes. A fin de evitar evasiones, era común que se les amarrara con lazos y se les llevara de cabestro a los cuarteles.
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RECUADRO:
A LA GUERRA DE CABESTRO

"A las once de la mañana, atados las manos y asegurados cuello a cuello por una reata, salen 400 hombres, unos conservadores otros liberales, rumbo a los cuarteles de Pasto de donde partirán a los campos de batalla. Es la guerra, a estos hombres todos los obsequian con comida y son despedidos por las mujeres con llanto. El alcalde hace tocar a los músicos La Guareña ..."

Laurencio Ortiz "Anecdotario histórico de la guerra civil de 1900", Revista Cultural Nariñense (mayo-agosto, 1980).
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DESERCIONES

Con las modalidades de reclutamiento antes descritas, es apenas lógico esperar una altísima tasa de deserciones, que se vieron incentivadas por otros fenómenos tales como la movilización de las tropas hacia regiones distantes o insalubres. Antioquía y los departamentos de la Costa Atlántica fueron las zonas del país donde los hombres mostraron mayor reticencia a abandonar su terruño, aunque sus motivos no fueron los mismos. Para los costeños se trataba de razones de carácter cultural (apego a sus gentes, a sus costumbres, a su forma de vida, a su paisaje, etc.), en tanto que para los antioqueños los motivos eran el pánico que en ellos despertaban los climas cálidos con sus fiebres y plagas, así como el temor que les infundían los macheteros de la guerrilla.

En lo referente a las deserciones de antioqueños y costeños, cuando de salir a combatir fuera de sus tierras se trataba, no hubo diferencias; ambos se esfumaban con la misma frecuencia. A Rafel Uribe Uribe, en el departamento de Bolívar, le desertó un tercio de su fuerza en una sola noche; a Justo L. Durán, cuando ordenó a San Juan marchar hacia riohacha, le desertaron dos batallones; a las tropas conservadoreas en una marcha de Chiriguaná se les refundió más de medio batallón; y en Antioquía, a Pedro Nel Ospina, se le fugaron la mitad de los batallones que sacaban de Medellín (Pedro Nel Ospina a gobernador de Antioquía. Salamina, marzo 17, 1900, Archivo ministerio de defensa, caja 32). Sobre la participación de los antioqueños en la guerra hay que aclarar que, aunque las deserciones fueron muchas, sus jefes siempre lograron llevarlos a combatir a casi todos los escenarios del país, cosa que no ocurrió con las tropas costeñas.

El desgano y el carácter forzado con que se mantenía a la gente en las filas, exacerbó las razones para su deserción. Así, la falta de vestuario, la carencia de municiones, el retraso en los sueldos, la escasez de bebidas embriagantes y la penuria de alimentos fueron razones suficientes para abandonar las filas. La baja moral que venía aparejada con las derrotas y el desorden de las retiradas, fueron también ocasiones propicias para quienes pensaban más en volver a sus tierras que en continuar padeciendo los rigores de las campañas.

LOS ASCENSOS

La precaria estructura militar del ejército oficial y su reducido pie de fuerza para enfrentar un conflicto de carácter nacional, llevó tanto al gobierno como a sus oponentes a adiestrar y estructurar jerárquicamente a sus fuerzas sobre la marcha de las acciones. Para ello apelaron a las constantes experiencias bélicas a que habían sido sometidos los colombianos, buscando formar con ellos sus cuadros militares. Así, cuando reclutaban, forzada o voluntariamente, preguntaban a los hombres por su experiencia en guerras pasadas y en especial por los grados militares alcanzados en ellas, a fin de otorgarles uno similar o mayor en las fuerzas que se constituían. Por este camino muchos vivos dieron saltos infinitos en el escalafón militar, algunos sin haber disparado nunca un tiro de fusil de guerra.

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RECUADRO
COMO LOGRAR UN ASCENSO

La siguiente anécdota, sucedida al general Benjamín Herrera y relatada por Belisario Porras, ilustra el fenómeno y las argucias utilizadas para lograr ascensos:

Recuerdo que al organizar Herrera nuestros cuadros en Buriticá y habiendo en el grupo de invasores tantos oficiales que ello dio lugar a la picante ocurrencia del célebre antioqueño, La Puerta.
Preguntábale Herrera a cada uno del grupo: ¿ha militado usted?, ¿que grado tiene?, y cada uno iba contestando según el caso:
--¿Yo?... ¡yo soy coronel...!
--¿Yo?... ¡yo soy mayor...!
--¿Yo?... ¡yo soy teniente coronel...!
Ninguno resultaba ser alférez, ni teniente, pero ni siquiera capitán, y al llegar a nuestro antioqueño: y usted, ¿que es usted?, preguntó Herrera, y con la mayor seriedad contestó:
--¿Yo?... ¡Yo soy mariscal...!

Belisario Porras, Memorias de las campañas del Istmo 1900. Panamá: Imprenta Nacional, 1974.
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Por esta vía, y por otros medios las filas de las dos fuerzas se vieron abarrotadas de oficiales, ya que ningún profesional y nadie que tuviera algunos años de estudio, fuera político, comerciante, hacendado e inclusive mayordomo de hacienda o simplemente que tuviera presencia, se resignaba a ser suboficial y menos aún soldado. El carácter clasista de la sociedad colombiana se hacía muy notorio en estas oportunidades, ya que para que a los hombres se les creyera que en períodos anteriores habían gozado de rango en la oficialidad tenían, antes que haberlo sido, parecerlo, es decir, "tener cara de gente", como en la época se decía de las personas que no presentaban evidentes rasgos negroides o indígenas.

Los llamados ascensos por mando de tropa fueron tal vez el camino más expedito para hacerse oficial. Todos los terratenientes y los hacendados que marcharon a la guerra llevando tras de sí a sus dependientes y asalariados se ganaron por esta vía un grado en la oficialidad, regularmente el de generales. Es decir, la persona que tuviera la capacidad para organizar bajo su mando una fuerza, así no superara los ocho hombres, se hacía acreedor al rango de oficial.

También se dio la siniestra modalidad de conceder ascensos por el número de muertos causados al enemigo, mecanismo oficializado por el gobierno, cuando estableció por medio de su ministro de Guerra José Vicente Concha: "Como los ascensos se han venido confiriendo con una largueza tal, que hasta los alcaldes y los prefectos han hecho coroneles y generales, en lo venidero este despacho será la única entidad que los otorgará, a propuesta de ustedes, pero se advierte que el requisito indispensable para ascender de mayor a teniente coronel será el de que el agraciado haya dejado cuando menos cien muertos en el combate" (Leonidas Flórez, Historia militar de Colombia, campaña de Santander 1899-1900. Guerra de montaña. Bogotá: Imprenta Estado Mayor General, 1938). También fueron frecuentes los ascensos por aclamación, normalmente derivados de actos de valor, que llevaban a que los subalternos o compañeros exigieran a sus mandos la promoción de algunos arriesgados y astutos combatientes.

Finalmente, nos encontramos con una modalidad que, aunque no fue muy generalizada, tampoco fue escasa, y fueron los ascensos debidos al ingenio y a la astucia. Grupo en el que podríamos incluir los ya mencionados y originados en la viveza de quienes mintiendo sobre anteriores jerarquías militares lograron elevados grados. Los casos que hacen parte específica de esta modalidad se constituyeron por caminos menos fáciles; estos ascensos se lograron las más de las veces como producto de la audacia combinada con la buena suerte. Ejemplo de ello es el generalato que logró el joven conservador Roberto Leiva en la vereda de Javalcón (Tolima), lugar en el que, habiendo sido ya condenado a muerte por las fuerzas liberales y estando atado al árbol que le serviría de patíbulo, logró convencer al jefe de sus verdugos para que lo soltara, argumentando que era un joven inteligente que habría de prestarle muchos servicios a la patria, y que su conservatismo era de familia y no de convicción. Los conservadores de la región lo llamaron desde entonces general, porque dizque le había salido general a los liberales. Cuando Leiva formó al lado del gobierno, todos le decían general, y con este grado fue recibido en las filas conservadoras. (Este Roberto Leiva, según la historia regional, no sólo le resultó general a los liberales y después a los conservadores, sino también a sus vecinos y a los pobres de su tierra, ya que después de terminada la guerra, con el apoyo de las autoridades conservadoras, corrió cercas, amplió límites y violentó a sus vecinos hasta lograr un inmenso latifundio). (Entrevista con Rosendo Santos. Vereda Javalcón, agosto 26, 1983).

Como muchas cosas en esta guerra con que iniciamos el siglo XX, los reclutamientos, deserciones y ascensos se movieron con la dinámica propia de un conflicto irregular, en un país carente de unidad nacional, plagado de caciques y jefes regionales, que se habían acostumbrado a hacer de las armas su recurso más socorrido frente a cualquier dificultad, fuera ésta política, social o económica. Costumbre que, por encima de la razón, hemos sabido cultivar hasta el presente.

 

 

 

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