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Desde los inicios del siglo XX Brasil, que controlaba un 80% de la
producción mundial del grano, comenzó a regular el mercado cafetero en
forma unilateral. Desde 1902, estableció la primeras restricciones a
nuevas siembras de café. Esta política fue sucedida por las denominadas
valorizaciones, emprendidas por el estado de Sáo Paulo en 1905 y 1917
y posteriormente por el gobierno federal en 1921. Desde fines de 1924
estas intervenciones esporádicas dieron paso a una política más estable
por parte del estado de Sáo Paulo, que se denominó de defensa
permanente.
Las grandes siembras que se llevaron a cabo a nivel mundial en los años
veintes, combinadas con la Gran Depresión que se inició en 1929,
generaron uno de los problemas de sobreproducción más críticos de la
historia cafetera mundial. La magnitud del problema se puede medir a
través de las siguientes cifras brasileñas: su producción entre los años
cafeteros 1929/30 y 1933/34 fue de 119.2 millones de sacos, de los
cuales se vendieron sólo 76.7; de esta manera quedó un exceso de 42.5
millones de sacos, al cual hay que agregar 10.3 de inventarios
acumulados a mediados de 1929. La magnitud del problema llevó, por lo
tanto, al gobierno brasileño a destruir físicamente el café arrojándolo
al mar o quemándolo a partir de 1931. Además, lo condujo a buscar un
acuerdo con Colombia, que para entonces era ya el segundo productor del
grano.
En mayo de 1931, por iniciativa del Brasil, se reunió un congreso
internacional en Sáo Paulo para discutir la posibilidad del acuerdo.
Colombia no envió inicialmente un representante. No obstante, a
solicitud de los asistentes, Mariano Ospina Pérez, entonces gerente
general de la Federación Nacional de Cafeteros, participó más tarde en
las deliberaciones. No se logró convenio de ninguna naturaleza, incluso
porque existía escepticismo sobre el éxito de un acuerdo internacional
en varios sectores brasileños.
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Luis de Faro Jr., cónsul general del Brasil; Miguel López Pumarejo,
ministro de Colombia; Herbert Delafield, presidente de Associated
Coffee Ind. of America; en la Conferencia Cafetera de Chicago, julio
de 1935
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Dos años más tarde Brasil presentó en la Conferencia Monetaria y
Económica de Londres una propuesta en el mismo sentido. En este caso,
tuvo recepción favorable por parte del delegado colombiano Alfonso López
Pumarejo, quien no sólo veía razones económicas para un acuerdo
internacional, sino también un motivo político: el apoyo brasileño a los
puntos de vista colombianos en el conflicto fronterizo con el Perú. La
oposición de la Federación Nacional de Cafeteros a un acuerdo fue, sin
embargo, frontal. En carta dirigida a López el 15 de noviembre de 1933,
Ospina Pérez se opuso a cualquier restricción a la producción o a las
exportaciones cafeteras de Colombia. Los argumentos esenciales eran
tres: 1º el consumo mundial se estaba desplazando hacia los cafés
suaves, lo que permitía a Colombia seguir exportando toda su producción
a un precio superior al de los granos del Brasil; 2º el carácter
democrático de la producción cafetera colombiana, que era necesario
fomentar en un momento de recrudecimiento de los conflictos agrarios; y
3º la gran capacidad de resistencia de la producción campesina ante una
eventual guerra de precios, asociada al hecho de que en las pequeñas
parcelas se producía la mayor parte de los alimentos que los productores
consumían.
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Primera Conferencia Panamericana del Café, inaugurada por el
presidente Alfonso López Pumarejo, Bogotá, 1936
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Cabe
anotar, por otra parte, que aunque la Federación se había opuesto a un
acuerdo internacional, venía interviniendo en el mercado interno del
grano desde fines de 1929, cuando se aceleró la apertura de los primeros
Almacenes Generales de Depósito. No obstante, esta intervención fue muy
limitada en la primera mitad de la década de los treinta, no sólo por el
escaso desarrollo de los Almacenes, sino además por política expresa del
gremio y por la oposición de la Asociación Nacional de Exportadores de
Café.
EL
PACTO COLOMBO-BRASILEÑO DE 1936
Con la llegada a la presidencia de la República de López Pumarejo,
el balance de fuerzas en el país se inclinó temporalmente hacia un
acuerdo internacional. A pesar de la oposición de un sector importante,
en el VII Congreso Nacional de Cafeteros, reunido en Bogotá a fines de
1935, López logró imponer un cambio en la composición del Comité
Nacional de Cafeteros, que le daba al gobierno una representación
paritaria, y al presidente de la República la capacidad de dirimir los
conflictos que surgieran entre los representantes privados y del
gobierno. Además, el presidente de la República quedó investido con la
facultad de elegir el presidente de la Federación de una terna
presentada por el Congreso Cafetero. En esa forma, nombró a Alejandro
López, un economista antioqueño que había redactado la plataforma
liberal de 1934.
Bajo la gerencia de Alejandro López, la Federación auspició la Primera
Conferencia Panamericana en Bogotá, en octubre de 1936. En dicha
conferencia se llegó a un acuerdo de principio entre Brasil y Colombia.
Las conversaciones continuaron en Nueva York, y el 3 de diciembre se
firmó un pacto secreto, según el cual los precios mínimos en Nueva York
serían de 10.5 centavos la libra para el Santos 4, de 12 centavos para
el Manizales, y se mantendría una diferencia mínima entre uno y otro de
1.5 centavos.
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Alejandro López,
gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, 1935 -1937
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Aún
antes de protocolizarse este acuerdo, la Federación comenzó a intervenir
el mercado interno en gran escala y entre octubre de 1936 y abril de
1937 compró 353.757 sacos, equivalentes a un 8% de la producción del
país, comprometiendo cerca de $6 millones en la operación. El precio
interno en Girardot mejoró en un 17% entre octubre de 1936 y enero de
1937, y se mantuvo a niveles altos durante los tres primeros meses de
1937.
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Artículo sobre la producción
cafetera en Colombia, publicado en The Spice Mill de Nueva York,
enero de 1937
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A primera vista, el éxito de esta política era innegable. La
intervención encontró, sin embargo, grandes obstáculos, que condujeron
finalmente a su fracaso. El primero, y sin duda el más importante, fue
la baja capacidad financiera de la Federación. Dicha entidad dependía
básicamente del impuesto de exportación de café, establecido en 1927, y
de su participación en el impuesto de giros, que le reportaban unos $
900.000 anuales. Alejandro López esperaba encontrar el apoyo del Banco
de la República, no sólo a través de créditos directos el primero de
los cuales, por $ 500.000, se otorgó a la Federación en noviembre de
1936 sino, especialmente, del redescuento de bonos de prenda agraria
emitidos por los Almacenes Generales de Depósito. Sin embargo, la junta
directiva del banco comenzó a oponerse crecientemente a las operaciones
con la Federación por considerarlas inflacionarias. El gobierno presentó
entonces un proyecto de ley que elevaba el impuesto de exportación y
entregaba a la Federación, a partir de 1938, la totalidad del impuesto
de giros, ligeramente reducido.
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Acuerdo Cafetero de
New York, entre Brasil y Colombia, firmado en 1936. Alfredo García
C., Eurico Penteado y E. Scholtz; atrás, Miguel Samper, E. J. Nolan,
Raoul Arnoldson, José Bacells, Javier J. Garzón y Alberto Ortega
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El fracaso de la política de intervención se aceleró por dos motivos
especiales, que elevaron sustancialmente las compras de la
Federación. En primer lugar, las exportaciones a Alemania se
paralizaron mientras se discutía el tratado de compensación, que
sólo se firmó a mediados de 1937. En segundo término, en febrero del
mismo año, el precio del Santos 4, que venía subiendo desde octubre
del año anterior, llegó a 11.8 centavos, muy por encima del precio
mínimo pactado. La Federación consideró que en esas circunstancias
no tenía por qué conservar la diferencia mínima de precios y lo
comunicó así al Departamento Nacional de Café (DNC) del Brasil. En
todo caso, hizo compras a los precios altos, de tal manera que, sin
el apoyo del Banco de la República, no tuvo fondos para mantener su
intervención en el mercado cuando los precios externos empezaron a
bajar; el 19 de marzo suspendió las compras. El debate que se
suscitó entonces tuvo un carácter violento, que se agudizó por la
difícil coyuntura política que vivía el país. Alejandro López
renunció a la gerencia de la Federación y se inició un largo proceso
para encontrar quién lo reemplazara, que sólo se resolvió más tarde,
cuando Manuel Mejía aceptó la designación. La oposición, encabezada
por Ospina Pérez acusó a la Federación de permitir que los cafés
centroamericanos desplazaran a los colombianos del mercado, de
contraer compromisos sin respaldo adecuado y de involucrarse en
operaciones especulativas. Pese a la interinidad en la gerencia de
la Federación y a la oposición a la política de intervención, esta
última logró algunos avances en los meses siguientes. La ley 41, que
elevaba los impuestos cafeteros, fue aprobada por el Congreso el 7
de mayo. El Banco de la República concedió nuevos créditos a la
Federación a partir de abril, hasta alcanzar $1.7 millones en junio.
Además, el Acuerdo Nº 2 del VIII Congreso Nacional de Cafeteros
declaró el 3 de julio que era de alta conveniencia un acuerdo
internacional y que la Federación debería continuar interviniendo
para defender los precios. A pesar de todo, la dificultad para
llegar a un consenso sobre la forma más deseable de intervenir en el
mercado internacional hizo suspender las deliberaciones del Congreso
Cafetero hasta que se reunió la segunda Conferencia Panamericana de
La Habana en agosto.
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Mesa directiva del
Congreso Cafetero: Pedro Uribe Mejía, Alberto Camilo Suárez y
Mariano Ospina, 1938
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LA RUPTURA DEL ACUERDO
Las deliberaciones de la Conferencia de La Habana fueron muy
complejas, no sólo por la ausencia de consenso en Colombia sobre la
conveniencia de extender el acuerdo con Brasil, sino además por la
interpretación que se dió en este último país a la evolución de los
precios del café desde que la Federación suspendió su intervención
en gran escala en marzo de 1937. Las cotizaciones del café Santos 4
en Nueva York se mantuvieron relativamente elevadas, alrededor de
11.5 centavos, pero el precio del café Manizales se situó por debajo
de 12 centavos, de tal manera que el diferencial entre las
cotizaciones de los granos colombianos y brasileños se redujo a
niveles ínfimos. En Brasil varios analistas arguyeron que una
situación de esta naturaleza conduciría al desplazamiento gradual de
los cafés brasileños del mercado. Fue, además, ganando terreno la
hipótesis según la cual, con una guerra de precios, Brasil volvería
a ganar participación en el mercado. Finalmente, después de siete
años de sostener el mercado cafetero, muchos sectores no aceptaban
seguir defendiendo unilateralmente el precio del grano.
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Manuel Mejía
Jaramillo, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, 1937 -
1958
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La situación no era, así, en ninguno
de los dos países, propicia para la extensión del acuerdo. La
ruptura definitiva no tuvo lugar, sin embargo, en La Habana, sino
dos meses más tarde, en Nueva York, donde continuaron las
negociaciones entre los dos países. A comienzos de noviembre de
1937, Brasil anunció su nueva política de libre comercialización del
café, redujo los impuestos de exportación, pero continuó con la
política de destrucciones físicas. La guerra del café, como se de
nominó la nueva política brasileña, no tuvo, sin embargo, grandes
repercusiones en Colombia. Después de un período crítico de unos
seis meses, las cotizaciones del café de nuestro país en el mercado
internacional se recuperaron y ya para fines de 1938 estaban por
encima de los niveles alcanzados durante el período de regulación
del mercado. A este hecho coadyuvó, sin duda, la fuerte preferencia
por café colombiano en los Estados Unidos. De esta manera, los
impactos más importantes de la política brasileña fueron la
ampliación del diferencial entre el café de nuestro país y el de la
potencia suramericana y pequeñas ganancias de este último país a
costa de Centroamérica en el mercado norteamericano.
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