Los toros en la Colonia: fiesta de integración de todas las clases neogranadinas

Por: Rodríguez Jiménez, Pablo




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Al Nuevo Reino de Granada el toreo llegó con la conquista. En un año tan temprano como 1532, en Acla (Darién), entre los festejos que realizaron los vecinos para recibir al gobernador Julián Gutiérrez, hubo una corrida. Un informe de la época consignó: «Con toda la dicha gente se salió a la plaza y corrió y capeó un torillo pequeño que se había encerrado; y porque era bravo se lo mandó echar fuera». Unos pocos años después de la fundación de Santafé, el adelantado Luis Alonso de Lugo trajo a la Sabana treinta y cinco toros y treinta y cinco vacas, que vendió entre sus hombres a mil pesos oro cada uno. Del siglo XVI, se tiene al menos noticia de seis corridas: a la llegada del adelantado Alonso de Lugo; en 1545, cuando tomó el mando Pedro de Ursúa; en 1547, a la llegada de Miguel Diez de Armendáriz; en 1550, cuando el establecimiento de la Real Audiencia; en 1551, durante la posesión de Juan de Montano, y en 1564, cuando Andrés Diez Venero de Leyva tomo posesión del gobierno de Santafé.

  La corrida de toros llegó a ser considerada como la parte galante de todas las fiestas civiles y religiosas. Con ella se agasajaba a los presidentes y a los obispos, se celebraba la coronación de los reyes y las noticias del nacimiento de los infantes y con ella se daba alegría al festejo de los santos patrones. Es decir, casi a todo lo largo del año se podía disfrutar de la fiesta de los toros. Los encargados de promoverlas y organizarlas eran los cabildos de las villas y ciudades, quienes solicitaban los toros a los hacendados más prestantes de cada localidad. Como no existían plazas especiales para las corridas, los cabildos nombraban vecinos que costearan el tablado de la plaza mayor y la construcción de los balcones. En Popayán, por ejemplo, el cabildo, con ocasión de las fiestas del Santísimo Sacramentado de 1629, cargó a distintos encomenderos y caciques de la región estas obligaciones. Andrés del Campo, que tenía las encomiendas de Polindará y Pízabaro, debía construir el toril para encerrar los toros y el bastidor de cuero que servía de puerta. Iñigo de Velasco, encomendero de Coconuco y Cajibío, debía cercar la esquina del convento de las monjas y construir puerta de cuero y bastidor. Los balcones fueron encargados a otros vecinos.

 

 

   
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La montada en corrida de toros. Litografía de Ramón Torres Méndez,
ca. 1850. Biblioteca Nacional, Bogotá.


   


  La plaza de toros era la misma plaza principal, cuyo contorno era cercado con madera, para que desde los callejones hicieran sus lances los más diestros en torear. En lugares especiales se levantaban palcos o balcones para seguridad y comodidad de las autoridades y de los beneméritos. En la construcción de estos tablados, en la pólvora y en el ornato, los cabildos y los vecinos gastaban crecidas sumas de dinero. El encierro de la plaza no siempre daba seguridad a los vecinos. En ocasiones las reses burlaban el cerco y provocaban el pánico en la población. En un caso pintoresco ocurrido en Santafé y referido por el genealogista Juan Flórez de Ocariz, Luis López Ortiz se encontraba rezando en un banco, detrás de la puerta de su tienda, cuando entró un toro furioso que lidiaban en la plaza mayor. La fiera le puso el hocico en el hombro, sin ofenderlo en más que ensuciarle el vestido con la espuma de su baba, y volvió a salir. Después de este suceso la devoción del señor López Ortiz fue tal, que donó su fortuna para la ción del convento e iglesia de la Concepción. Por su parte, Juan Rodríguez Frayle refiere que en 1738, para celebrar la llegada del presidente Antonio González, hubo comedias, toros y pandorgas.

  Las fiestas normalmente se iniciabana con un desfile a caballo de las autoridades locales, que recorrían los barrios leyendo los bandos e invitando a las festividades. Este recorrido iba acompañado de músicos y polvoreros. Había también mojigangas, comparsas y disfraces. Las jornadas de toros duraban según resultara bravio y furioso el animal. En cada día podían correrse cuatro o cinco toros. Tal parece que las cornadas y muertes de los temerarios no alteraban la alegría del certamen. Simplemente eran sacados y las faenas continuaban. Las fiestas calaron hondo en todos los sectores de la sociedad neogranadina. Los indígenas, especialmente, tomaron una notable afición por los toros, llegando a desarrollar formas muy particulares de lidia. Oviedo señala que llegaron a ser famosos para torear los indios de Coyaima, Natagaima y Ataco. Los negros, de quienes se ha dicho que carecían de espíritu para la fiesta brava, hicieron memoria en Santafé, Cali, Medellín y Cartagena. Los religiosos neogranadinos jamás estuvieron ausentes de esta festividad y ocupaban palco preferencial. En Pamplona, por ejemplo, las monjas del convento carmelita, que quedaba en un costado de la plaza, llegaron a ser sancionadas por el griterío que formaban asomadas en las ventanas los días de toros.

 

 

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Accidente de un jinete en la plaza de toros. Dibujo de Ramón Torres Méndez.
Museo Nacional, Bogotá.


 

 

  Al finalizar el siglo XVII, las autoridades eclesiásticas de Santafé se vieron precisadas a prohibir las corridas de toros, cumpliendo una orden de Roma. El presidente Diego Córdoba Lasso de la Vega logró restablecerlas a principios del siglo XVIII, con la condición de que «con ningún pretexto ni causa, llegada la noche desde las Ave Marías, no salgan ni corran a caballo, ni saquen toro dentro del lugar ni sus arrabales hasta la hora común del alba, como ni tampoco al tiempo que se celebran los oficios divinos; pena al transgresor del perdimento del caballo y silla y dos meses de cárcel». Según las quejas que se presentaban, los aficionados echaban toros a correr por las calles a cualquier hora del día o de la noche, y sin respetar las horas de misa. En Tunja, en 1624, se jugaron toros para celebrar la beatificación del jesuíta San Francisco de Borja, como lo relatara el cronista Pedro de Mercado.

  Con la creación del virreinato y el establecimiento de Santafé como su capital, las corridas de toros se incrementaron y enriquecieron en boato. La llegada al trono de cada monarca o el arribo a la ciudad de un nuevo virrey eran motivo de festividades que obligadamente incluían corridas de toros. Una de estas celebraciones siguió a la jura de Femando VI. El 29 de mayo de 1749 hubo una gran cabalgata de antorchas y carros alegóricos. En los días 30 y 31 se festejó con fuegos artificiales fabricados por un francés y pagados por los gremios, y en las calles -se dijo- nunca cesaron las chirimías. A estas fiestas siguieron cinco días de toros en la plaza mayor. Para ello, el contador Arce y Nicolás Burgos se convirtieron en empresarios y construyeron los palcos y el cerco. En los palcos habían acondicionado 300 puestos que aspiraban a alquilar a 15 pesos, suma imposible de pagar por los santafereños, por lo que se vieron obligados a rebajarlos a medio real.

 

Sin embargo, fue en el gobierno del virrey José Solís cuando las corridas de toros se convirtieron en el espectáculo más concurrido y disfrutado. Poco después de su llegada, el cabildo llamó a cinco días de toros en honor del virrey, quien los presidiría desde el palco principal. Se iniciaron con un paseo a caballo de los dos alcaldes y sus subalternos, para despejar la plaza. A continuación pidieron licencia a Su Excelencia el señor virrey y al reverendo arzobispo, para que por medio de su venia se diera inicio a la función. Entonces el capitán de guardia subió al balcón de Palacio a recibir ordenes del virrey, y la tropa, al mando de un alférez quedó formada frente al vasto edificio. Según la crónica que sobre esta fiesta escribió Pedro María Ibáñez, luego de la corrida, que fue brillante y aplaudida con frenético entusiasmo, «como sucede siempre en los pueblos que tienen mezcla de sangre española», el virrey obsequió en palacio un delicioso refresco a la Real Audiencia, a los empleados y a las damas de la nobleza, ágape que se repitió en los dos días siguientes. Tres años después, en 1756, informado el cabildo de que el hermano del virrey había recibido la investidura de cardenal, preparó un homenaje especial. En esta ocasión las corridas de toros duraron seis días, con participación de toreros de Honda y un grupo de música dirigido por el maestro José de Vargas y Groot.

  Correspondió al propio virrey Solís preparar el festejo del ascenso al trono de Carlos III. Para ello, hizo cercar la plaza, en las esquinas se colocaron grabados alegóricos de las cuatro partes del mundo y en el centro, alegoría de los tres tiempos. Se hizo construir un balcón especial adornado con distintas pinturas y revestido de damasco. Los balcones del palacio, del cabildo, del eclesiástico, del alférez real y el de la aduana, ostentaban espejos, arañas, cornucopias e imágenes en plata del rey. El primer día se hizo la Jura y desfilaron los caballos bellamente enjaezados. En las noches hubo fiestas de fuegos artificiales a cargo de los gremios de plateros, sastres, zapateros, comerciantes y pulperos. Para las corridas hubo hombres vestidos de uniforme con penachos en la cabeza, a modo de mitras, encargados de puyar a los toros. Los hombres de a caballo y a pie estaban muy bien vestidos. No obstante, quien hizo el deleite del público en aquellas tardes fue un español que llegó con un negro, en el cual se subía como si fuese caballo y hacía con una lanza la suerte de los toros más bravos. El chapetón y el negro quedaron en la memoria como quienes habían hecho las suertes más extraordinarias. Un indio, también montó un toro y anduvo toda la plaza como buen jinete.

  Poco debía imaginar el virrey Solís que el monarca que homenajeaba al poco tiempo de subir al trono aboliría las corridas de toros en sus dominios. Carlos III, como muchos ilustrados de la época, condenó las fiestas de toros y las estigmatizó considerándolas propias de gente bárbara y baja. Es muy probable que corresponda a la época de Carlos III el surgimiento de la simulación de la corrida de toros llamada «vaca loca». Diversión muy popular y que hasta hace pocos años se encontraba en todos los pueblos colombianos. Consistía este juego en fabricar una armazón de madera en forma de toro; en su interior se colocaba una persona para manejarlo. Su tarea era llevarlo en dirección a los grupos de gente. Para darle mayor aliciente al espectáculo, en los cuernos del toro se colocaban unas estopas que empapaban con brea y a las cuales prendían fuego. Los espectadores y participantes tenían que avivarse para no salir chamuscados, hecho que producía gran alborozo.

 

 

 

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Fiesta de aldea. Grabado de Ramón Torres Méndez. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 

  En España, durante este siglo XVIII, el toreo sufrió grandes transformaciones. Se pasó del toreo a caballo al de a pie. La nobleza se retiró de las plazas y dejo el lugar a las clases más bajas. A cambio, aparecieron las cuadrillas de banderilleros, las banderillas, la muleta y el estoque en la suerte de matar. De ésta época son las figuras legendarias de Pepe Romero, Pepe-Hillo y Gerónimo José Cándido, que ya vestían calzón corto, chaqueta y coleta. Se dice, además, que fue en 1740 cuando el torero Ronda inventó el estilo que hoy se llama de matar recibiendo. En el Nuevo Reino de Granada la disposición de Carlos III fue acatada de manera contradictoria. El virrey Pedro Messía de la Cerda, sucesor de Solís, cordobés y gran amante de los toros, mantuvo el respeto hacia el monarca y nunca promovió estas festividades desde su despacho. No obstante, en su casa de campo situada en El Aserrío, que luego fue de Antonio Nariño y de Domingo Caycedo, organizaba novilladas para su propia diversión y la de sus amigos, conformadas, como era de esperarse, por lo más selecto de la sociedad santafereña. Del virrey Messía se dice que dejó un notable escrito llamado «Discurso sobre la Cavallería del Torear». Alguien que le siguió los pasos fue su pupilo JosefDaza, «tan hábil en practicar como docto en explicar». Con la muerte de Carlos III, en 1788, las corridas volvieron a celebrarse públicamente. Desde entonces, aun en las fiestas de Corpus Christi, San Juan y San Pedro se corrieron toros.

 

 

 

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Ataque a un jinete. Ramón Torres Méndez.


 
 

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Corrida.  en la plaza de Cuenca. Grabado de 1739. Museo Nacional, Bogotá.


 
 

  En Medellín y Cali las fiestas de toros no eran menos esplendorosas. En MedeIlín, una de estas celebraciones fue comentada de la siguiente forma por el escribano del cabildo: «el primer día hubo sermón con muchas luces de cera en todo el retablo, procesión en la forma prevenida, y hachas encendidas y alarde ostentoso de gente numerosa y principal en que se dio al fuego cantidad considerable de pólvora. Ya acabada esta función se lidiaron por la tarde ocho toros en la plaza pública en que salió mucha caballería de gente principal, costosos y lucidos jaeces y caballos lósanos, de los cuales hubo algunos heridos y muertos, y por la noche luminarias por los balcones de la plaza y calles. Y en el segundo día siguieron en la misma celebración así en el culto divino como en la plaza de caballería y toros medianos, por ser día feriado, que se lidiaron de a pie, en que también se Jugaron lucidas escaramuzas. Y el tercer día celebraron los eclesiásticos el culto divino con bastante ostentación y lucimiento y mucha cera labrada y por la tarde hubo corrida de seis toros con el producto que se recogió de las mandas de unos y otros». Estas fiestas se hicieron «sin discordia alguna, antes bien con toda concordia, urbanidad y paz, así en lo principal de los habitantes como en la plebe». Y, en Cali, los gremios de españoles, montañeses y pardos se distribuían el encierro de la plaza y la organización de las comedias, las mojigangas y los matachines. Los hacendados caleños, figuras principales en estas fiestas, aportaban los toros y hacían de capitanes en el desfile a caballo.

  Correr toros, jugar toros y torear fueron algo más que pasatiempos ocasionales en la época colonial. Y aunque en un comienzo eran una distracción de españoles, pronto se transformaron en un espectáculo popular. Fue una fiesta integradora de los distintos estamentos de la sociedad y el escenario ideal para la demostración del estatus de cada uno. En ellas podemos, así mismo, percibir la particularidad de la vida en las colonias: mientras en la metrópoli se prohibía la fiesta, en las poblaciones americanas más apartadas se las vivía sin quebrantos.

 

 

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Ganadero en la sabana de Bogotá. Litografía de Ramón Torres Méndez. Biblioteca Nacional, Bogotá.


 
 

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Cartel taurino, 1898. Museo Taurino, Bogotá.


 

Bibliografía

LOPEZ CANTOR, ANGEL. Juegos, fiestas y diversiones en la América española. Madrid, Mafre, 1992.

ORTEGA RICAURTE, DANIEL. «Los Toros en Santafé». Santafé y Bogotá, N° 11, 12 y 14 (1923-1924).

PARDO UMAÑA, CAMILO. Los toros en Bogotá. Historia y crítica de las corridas. Bogotá, Editorial Kelly, 1946.

Título: Los toros en la Colonia: fiesta de integración de todas las clases neogranadinas
Lugar: Colombia


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