Los Pintores de la Expedición Botánica

Por: Gonzalez, Beatriz, 1938-


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SALVADOR RIZO BLANCO. Retrato alegórico de José Celestino Mutis.  En el pedestal, la planta Mutista, que Linneo bautizó en su honor. Oleo sobre lienzo, 119 x 104.5 cm.
Casa Museo del 20 de Julio, Bogotá.


   

Esta es quizá la primera vez que se publica un diccionario especifico del conjunto de pintores, aprendices y alumnos de la Oficina de Pintores, la Escuela de Dibujo y la Escuela Gratuita de Dibujo de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1783-1816). Es importante tener presente que sólo el personal relacionado con las artes gráficas ostentó en la Expedición las categorías formales de aprendiz y alumno. Al trabajo de recopilación sistemática de datos más o menos conocidos hay que agregar el aporte, sea de nuevos personajes que emergen de la penumbra (José Antonio Abondano, José Isidoro Talero), sea de información novísima sobre personajes conocidos, tal como sucede con Pablo Antonio García del Campo, entre otros. Debe señalarse con franqueza que, en general, el estado de las biografías de los pintores de Mutis no se concilia con el protagonismo que aquellos alcanzaron en los anales de la historia del arte y de la ciencia. El presente repertorio ha sido elaborado con la intención de convertirlo en una plataforma que puede y debe seguirse construyendo con documentos privados y públicos, parroquiales, notariales y académicos. Les dejamos la palabra entonces a los estudiosos de nuestra cultura en los distintos rincones de Colombia.

  No se puede emprender un estudio de la obra de los pintores de la Expedición Botánica sin evocar en primer lugar la figura de su director, el naturalista gaditano José Celestino Mutis Bosio (1732-1808). Mutis inspiró y dirigió la formación estética y científica de aquella pléyade de artistas, secundado casi en todo momento por Salvador Rizo, individuo de dotes geniales como hombre, como artista, como maestro y como administrador. A pesar de ello no dejó Mutis obra iconográfica o al menos nadie ha documentado hasta la fecha un dibujo suyo. Muchos libros se han escrito sobre Mutis y en algunos de ellos se ha evaluado con desigual objetividad su papel en la formación de la generación de la Independencia. Pero su ingente tarea magisterial con el grupo de sus dibujantes no ha sido valorada todavía en toda su dimensión y proyecciones.

  Mutis llega al Nuevo Reino en 1760, con la decorosa posición de médico de cámara del virrey Pedro Messía de la Cerda (1700-1783). Su soltería y la frescura de sus 28 años hacían esperar que su viaje al Nuevo Mundo dejaría en su espíritu una impronta durable. La invitación que el virrey le formulara aquel mismo año le había hecho concebir, en Madrid, la idea de preparar una Historia Natural que debía abrazar los tres reinos. Ese misino año dio comienzo, en Cartagena, en el mes de noviembre, a la célebre Flora de Bogotá, la parte botánica de aquella obra.

  Durante sus primeros años en América, Mutis se limitó a colectar, describir e intentar sistematizar los materiales que iba encontrando. No se planteó entonces problemas relacionados con el dibujo, la iluminación o el grabado de su obra. Su afán estético no iba más allá que el de cualquier naturalista, no era ni mucho menos un propósito deliberado que buscara codiciosamente. Esta actitud no sorprende en alguien que procedía de un país como España, donde las artes asociadas con la ilustración del libro de Historia Natural florecieron apenas a lo largo del siglo XVIII. Así, no parece pertinente indagar en España las fuentes del Mutis inspirador de una de las escuelas de iconografía científica más importantes de todos los tiempos.

  En Nueva Granada, Mutis no encontró artistas profesionales capaces de asumir el dibujo, el colorido y el grabado de su obra. El asunto no debió preocuparle demasiado, puesto que en sus miras iniciales no figuraba" la de quedarse indefinidamente en estas tierras. Una serie de interrogantes relacionados con la ilustración de su obra debieron surgirle cuando comenzaron a desvanecerse sus posibilidades de regresar a la metrópoli y cuando comenzó a echar raíces en el virreinato. ¿Se encargaría él mismo de prepararla? ¿Formaría en América el personal idóneo capaz de realizar la tarea? Inútil señalar que la posibilidad de hacer venir de España o de Europa expertos en la materia ni siquiera se le planteaba, dados los costos y dificultades. Lo que resulta indudable es que fue aquí, en Nueva Granada, donde Mutis concibió la idea de ilustrar su obra.

  Su inclinación iconográfica comienza a hacerse verdaderamente visible unos diez años después de su llegada. Las primeras noticias acerca de planchas para su obra datan justo de 1772. Inicia su trabajo con un solo dibujante, el santafereño Pablo Antonio García del Campo. En este momento comienza a perfilarse su papel como pedagogo de artistas. Este papel lo realizará como sus colegas médicos europeos del siglo XVIII, quienes para ilustrar sus obras se limitaron por regla general a utilizar los servicios de dibujantes y grabadores profesionales. Frente a García, Mutis aparece como un cliente particular que requiere el tratamiento de un tema inédito en estas latitudes -la representación del natural de plantas y animales- y que propone y aporta una técnica nueva para tal fin: el dibujo a lápiz, la tinta y la aguada sobre papel. Como naturalista. Mutis seguía al pie de la letra los preceptos recomendados por Linneo: representar fiel y simplemente la naturaleza en su tamaño y disposición naturales. En esta coexistencia de la esfera de la ciencia con la del arte. Mutis se proyecta como quien toma la iniciativa de la intermediación, como el agente activo que asume y expande las exigencias de la ciencia, pero que accede también a la órbita del artista para señalar nuevos horizontes temáticos y nuevos procedimientos técnicos. Sabido es que para que un pintor pueda ejecutar profesionalmente el retrato de una planta le es indispensable conocer las nociones básicas de la botánica, en particular el vocabulario de esta ciencia. Por muy talentoso que se revele un dibujante, su obra botánica será mediocre si su pincel no se halla dirigido por la mano del naturalista.

 

   
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PRUDENCIA BULTRÓN Y FROILÁN GÓMEZ. Retrato de Javier Matís.
Grabado sobre un dibujo de José María Espinosa.
"El Mosaico", No 6, febrero de 1860. Academia Colombiana de la Lengua.


   
 

  La creación de la Expedición Botánica en 1783 fue un hecho cargado de consecuencias para la iconografía mutisiana. El real patronato merecía y exigía la preparación de una obra suntuosa. No fue por azar que Mutis descubrió y comenzó a aplicar sistemáticamente el colorido a sus planchas a partir de 1784. Con el concurso de Pablo Antonio García, Salvador Rizo y Francisco Javier Matis, logró estabilizar una gama cromática y la técnica de la pintura al temple que habrían de aplicar y perfeccionar más tarde los quiteños. La creación de una Expedición Botánica con una Oficina de Pintores anexa introduce una innovación fundamental. Se trata de un cuerpo de pintores vinculados orgánicamente a una empresa científica, que laboran, viven, comen, departen y comparten en su sede, que se desplazan con ella, que se hallan en relación permanente con sus naturalistas y colectores («herbolarios»), que, en fin, integran una familia unida por los lazos del amor a la ciencia y al arte. La formación académica de los pintores quiteños, que comenzaron a llegar en 1787, los predisponía para asimilar todas estas influencias. Su llegada vino a favorecer y a fijar definitivamente muchas de las tendencias mencionadas. La Oficina de Pintores generó sus propios mecanismos de reproducción gracias a la creación en Mariquita, en 1787, de la Escuela de Dibujo, que florecería en Santafé a partir de 1791. Acogió este plantel hasta 32 alumnos simultáneamente y produjo algunos de los mejores pintores que conoció la obra de Mutis (Lino José de Acero, Camilo Que-sada, etc.). La creación en la capital a principios del siglo XIX de la Escuela Gratuita de Dibujo permitió que se vincularan a la Expedición vastagos del patriciado criollo, deseoso de procurar a sus hijos una formación en bellas artes.

  Frente a sus pintores. Mutis sugiere el tema y enseña la técnica para tratarlo, pictórica y científicamente. Supervisa la ejecución y dispone del monopolio del tiempo de trabajo de los pintores y, en consecuencia, del producto terminado. Los pintores estaban impedidos para producir iconografía científica destinada a particulares. Sobre todo, Mutis enseña a observar lo inédito, a pintar lo real. Supo conducir a la gloria a sus pintores porque supo inculcarles disciplina y rigor en la observación y representación de la naturaleza. Se acercó a ellos convencido, según le decía a Linneo, que en el futuro las musas de las ciencias y de las artes fijarían su morada en América. Uno de los éxitos de Mutis como botánico, y no el menor, fue haber cultivado la habilidad de las poblaciones mestizas para representar la naturaleza, como lo percibió Humboldt con acierto. Resulta sorprendente que una posición de tantas exigencias científicas y estéticas hubiera podido abrirse camino en la colonia neogra-nadina de finales del siglo XVIII.

  Sería erróneo suponer que los dibujantes llegaron de golpe y como por ensalmo a producir las láminas espléndidas que suelen circular en las conmemoraciones de diversa índole de que suele ser objeto de tiempo en tiempo la Expedición Botánica. Llegar a un grado de perfección semejante supuso un largo y complejo proceso de tanteos y maduraciones, que no ha sido todavía analizado cumplidamente en lo que toca a la creación, ampliación y aplicación de una gama cromática, al inventario de juegos de composición de la información sobre el papel, para no citar sino dos aspectos que merecen ser investigados sistemáticamente.

  La dimensión del desafío que Mutis encaró cobra toda su magnitud cuando se considera que en la práctica todo su equipo de pintores era de origen americano y más precisamente de la Nueva Granada. En la metrópoli nunca se reconoció a cabalidad el mérito de estos artistas, dignos de convertirse en miembros, por ejemplo, de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando. Muchos de ellos, en particular Salvador Rizo, reunían todos los merecimientos para ello: dominio de una técnica maravillosa en el tratamiento del color, apoyada en un aprendizaje prolongado y riguroso del dibujo y coronado con la preparación de un tratado inédito, «Experimentos prácticos para la miniatura, nuevas composiciones de colores para la imitación del reino vejetal (sic), inventado en la Real Expedición Botánica del Nuevo Reyno de Granada para su flora» (Santafé, 1804).

  En la composición social de la Oficina de Pintores -oficiales, aprendices, alumnos- se percibe otra dimensión experimental de indudable trascendencia. Allí llegaron a estar representados, en un mismo local, todos y cada uno de los estamentos de la sociedad colonial. Mutis, primer botánico y astrónomo del rey, coexistía con su «familia» de patricios criollos, blancos pobres, mestizos, mulatos e indios.

 

 

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